Lección de física

Ednodio Quintero

(fragmento: pp. 73-76. Trilce Ediciones, México D.F. Agosto de 2000.)


Más tarde atravesamos un sendero paralelo al río, sombreado por bucares, Chalo a horcajadas en Marisela y yo en Luzardo, un potro cerrero que había estado a punto de derribarme en un vado. Nos detuvimos en el patio de un trapiche abandonado, y mi amigo retomó el tema de la gallina asesinada frente a la catedral. En esta ocasión aprendí la palabra bizantina, aplicada a las discusiones inútiles, estériles, bizantinas. Chalo me explicó, con lujo de detalles, el origen de la expresión. Bizancio, los cardenales cebados como pavos de Navidad, el sexo de los ángeles y los turcos saqueando la ciudad. Chalo era mi proveedor de palabras. Tenía una habilidad extraordinaria para atraparlas, las cazaba al vuelo. Y cuando ya las había examinado en todas sus aristas, vueltas al revés, alumbradas por cualquier luz, se me acercaba con su mejor sonrisa y me decía al oído: "Tengo una para ti". Entonces se apoderaba de mi una inmensa alegría, comparable a la euforia de un sultán que contempla los encantos de una concubina recién llegada a su harén. Guardaba mi nueva adquisición debajo de la almohada, la deletreaba hasta el agotamiento, y me dormía con ella entre los dientes saboreando su dulzor. Escafandra, clítoris, misantropía, infundibuliforme, solípedo, auriga, cibernético. Como el sultán coleccionaba concubinas, yo atesoraba palabras. Sin embargo, ignoraba el destino de mi harén. ¿Sirven de algo las palabras? Con ellas se hiere, se engaña, se mata o se consuela. ¿No serán acaso un miserable sucedáneo del placer? Con mis quince años, acercándome a los dieciséis, me consideraba un inexperto, incapaz de utilizar con propiedad aquellas armas tan terribles. ¿Y si probara escribir un poema? Tenía ya un título, que me llenaba de orgullo épico: "Héroe a la intemperie", inspirado en el patriota ecuestre. Y muy ufano se lo confié a mi amigo Chalo. Este me fulminó con la mirada, y con una frase lapidaria decidió mi vocación: "Cacofónico, para empezar". Lacónico, él. Sí, ya lo sabía, seré físico nuclear. Pasaré mi vida sumergido en agujeros negros, envuelto en un sudario de antimateria, sólo fotones y partículas de uranio alumbrarán mi vejez. Exiliado en un territorio de puro silencio escaparé a la peste verbal. No obstante, este primer fracaso no me impidió continuar disfrutando de mi afición por las palabras. Aparecieron otras, sonoras algunas, jugosas, tibiecitas. Las había crípticas, escurridizas, saltarinas, aromáticas como albahaca y jazmín. Una de las últimas, paranoico, fue un regalo involuntario de Hans. La soltó, sin darse cuenta, a propósito de su padre. Me apropié de ella y la incorporé a mi arsenal. A decir verdad, me encanta paranoia, a causa del triptongo... Pero, ¿qué sucede? ¿A qué extraño mundo de abstracciones y representaciones vacías he ido a parar? Aterriza, Joe. Ya, aquí estoy. Varado en esta esquina. Insomne y gramático, me pregunto con voz acongojada si no me habré vuelto paranoico. No seas pretencioso, amigo mío. No seas esnob. ¿Qué ganas con atribuirte una dolencia propia de alemanes? La naturaleza de tu mal es bien distinta. Te has convertido en un retórico, eso es, no le des más vueltas. Reconócelo... ¿Será ésa la voz de Digna Rosa, mi amiga del alma? ¿O la de ese instigador, sembrador de cizaña, mi ángel guardián?