Ednodio Quintero

(Julio Miranda: El gesto de narrar. Monte Ávila Editores Latinoamericana. pp. 57-61)


NACIÓ EN Las Mesitas (Trujillo) en 1947. Vivió en diversas localidades del mismo Estado, estableciéndose finalmente en Mérida desde hace casi 30 años. Ingeniero Forestal por la ULA, donde ejerce como profesor. Fue director fundador de la revista y editorial Solar, organizador de la I Bienal Nacional de Literatura "Mariano Picón Salas", creador del taller literario TAL. Guionista cinematográfico. Antólogo (Narradores andinos contemporáneos, 1980), ensayista (dos libros en prensa en LUZ). Ha publicado los cuentos de: La muerte viaja a caballo (La Draga y el Dragón, Mérida, 1974), Volveré con mis perros (Monte Ávila, Caracas, 1975), El agresor cotidiano (Fundarte, Caracas, 1978), La línea de la vida (Fundarte, Caracas, 1988), Cabeza de cabra y otros relatos (Monte Ávila, Caracas, 1993) y El combate (UNAM, México, 1995), y las novelas y noveletas La danza del jaguar (Monte Ávila, Caracas, 1991; dos ediciones el mismo año; Premio Conac de Narrativa 1992), La bailarina de Kachgar (Solar, Mérida, 1991), El rey de las ratas (Planeta, Caracas, 1994; Premio "MOS", 1994) y El cielo de Ixtab (Planeta, Caracas, 1995).

Narrativa de ecos, de reflejos, de circularidades múltiples. Narrativa de borradores que se van afinando a cada nueva versión. Narrativa de muñecas rusas, unas dentro de otras. Narrativa de crecimiento vegetal, orgánico, recorrida por una misma savia, siempre enriquecida. En cualquier lectura más o menos atenta, salta a la vista el carácter reiterativo de toda la obra de Ednodio Quintero, en dos aspectos complementarios: por una parte, un sistema de palabras clave, de imágenes, de metáforas que vuelven una y otra vez, tomadas de la naturaleza e insertadas en un discurso suntuosamente sensual, que pone en juego los cinco sentidos; por otra parte, la cíclica reasunción de temas, situaciones, personajes; hasta de cuentos enteros.

Es probable que, dada la desigualdad de su libro inicial La muerte viaja a caballo (36 textos en 41 pp.; 35 breves), su autor se haya creído obligado a retomar cierto número de sus piezas, llevando a su culminación lo que plasmaciones deficientes, menores o aproximativas habían dejado allí como posibilidades. Pero también La muerte..., con su abanico amplísimo, ha resultado una cantera en cuyos más ricos filones Quintero se ha ido adentrando poco a poco. Ya están ahí la serie relacionada de incesto, parricidio y venganza; el encierro con la polaridad entre el encerrado y su antagonista (su doble o la mujer liberadora); las metamorfosis; el esquema de western (duelo y trasfondo de violencia rural); un imaginario hecho de creencias tradicionales pero que echa raíces en lo arquetípico; finalmente, las "perversiones", desde un erotismo provocador, de ribetes sacrílegos, hasta el canibalismo.

Y, en el plano formal, la circularidad de la narración misma que, con la textura lírica de su lenguaje, constituyen la base del barroco ednodiano.

Volveré con mis perros (16 cuentos en 126 pp.; 1 breve) reproduce el único cuento no breve del conjunto anterior, "La puerta": el eros como única salida, la mujer como destino del protagonista monologante que imperará cada vez más en esta narrativa. Exploraciones de infancia («El biombo», «Otras líneas»); una pieza de ciencia-ficción que, máquina del tiempo mediante, ilustra otra especie de encierro en el repetido (des)encuentro consigo mismo («Valdemar Limes, el inmortal») y un cuento sintético -incesto, amor infantil, odio al padre admirado- como «Rosa de los vientos» son las cimas del libro.

El agresor cotidiano (8 piezas en 46 pp.; 2 breves) es un conjunto espléndido. Varios relatos llevan a la perfección sendas líneas intratextuales: la metamorfosis en perro («Álbum familiar»), el encierro («El zarpazo»), el doble («El agresor cotidiano»), el eros infantil -y sacrilego- («María»), la mujer mágica («35 mm»).

Tras un silencio de diez años, La línea de la vida (18 cuentos en 81 pp.; 8 breves) retoma 12 de los textos mínimos de La muerte..., reelaborados ahora con la densa prosa lírica ya habitual en su autor. Es inusual entre nosotros que se reescriba explícitamente lo publicado, conservando incluso los mismos títulos. El resultado, más allá del «ejercicio de estilo», dota a aquellas tramas de un espesor que, efectivamente, les faltaba, pero no siempre aumenta su eficacia: sencillamente, se dilata el desenlace, haciéndonos gustar la escritura a cambio del frágil anecdotario. Significativamente, el cuento más hondamente transformado, y que sí convierte en del todo prescindible a la primera versión, ha cambiado de titulo («Los dioses», en vez de «El dios llegó tarde») y no lo incluye Quintero entre las «primeras historias», dándolo como nuevo. Los que lo son efectivamente («La noche», «Jinetes», «Antares», «La línea de la vida» y un par más) muestran la red fantástica que su autor es capaz de crear en torno a neblinosos caballeros, ciudades fabulosas, buscadores del destino, magos e hijas de magos, memoriosos astrónomos y demás habitantes de ese territorio imaginario -entre el desierto y la montaña- que se abre, como un vértigo, en cada página.

De alguna manera, la plenitud de ese mundo, suficiente y autónomo; la compacta intratextualidad; la persistente elaboración de un soliloquio que, en distintas edades de la vida y al azar de múltiples aventuras, mantenía un mismo tipo de protagonista, pedían su expansión a las dimensiones de la novela. Y así, La danza del jaguar (293 pp.) cumple con todas las expectativas de la cuentística anterior, llevándolas a la vez a un grado al parecer máximo de desarrollo. Aquí culmina esa especie de «teatro barroco» del personaje monologante, en escenarios ahora multiplicados que van desde la montaña y la selva hasta Europa y África, mientras las peripecias, los disfraces, las versiones, los desdoblamientos pero también los encuentros se acrecientan igualmente y se potencian, tornando ígneo el erotismo de muchas páginas y dejando, al cabo, al yo-histrión-narrador-sobreviviente en la radical soledad que no lo ha abandonado nunca y desde la que emite la última frase de la novela: «sobre la superficie cambiante del agua trazo unos signos relampagueantes, escribo la palabra amor» (p. 315).

La estructura flexible -pero, ojo, no fragmentaria- de La danza del jaguar, en cinco «libros» relativamente autónomos que trazan otros tantos segmentos de la vida del protagonista, no es el menor de sus méritos. ¿Novela-río -a escala venezolana en cuanto a la extensión, y río bien encauzado, nunca desbordado? ¿Bildungsroman? ¿Periplo iniciático? ¿Poema en prosa -a ratos? Todo eso seguramente, y más. Esta es, sin duda, la mejor novela de la nueva narrativa.

En lo que respecta a la obra de Quintero, La danza del jaguar puede tener un curioso efecto hechizante, al menos para el lector quizá sea difícil que, conociéndola, aprecie en su justo valor el esplendor autónomo de una noveleta como La bailarina de Kachgar, sin relacionarla con el círculo mágico inmediatamente anterior, como si fuera una más de sus eventuales facetas. Pero acaso también ocurra lo contrario: que prefiera el ceñido marco de sus 52 páginas para que un protagonista similar vivencie apretadamente un eros maravilloso, enraizado en la infancia, con el personaje femenino más atractivo de toda la narrativa de nuestro autor.

Cabeza de cabra y otros relatos antologiza -dando nuevas versiones de muchos de ellos- 44 de los 65 cuentos ya publicados en los cuatro conjuntos precedentes, y agregando el que titula la recopilación. Por su parte, El combate reúne catorce relatos precedidos de un texto ensayístico, «Fragmentos de una autobiografía. Ars narrativa», cuyo tono y textura introducen perfectamente tanto a los monólogos alucinados en paisajes ásperos y neblinosos, con un mínimo de acciones y a veces con el hablante como único personaje, de la primera parte, como al erotismo hecho de sangre, semen y sueños, centrado en el mandala del sexo femenino, de la segunda parte.

Entre ambos libros de cuentos, la novela El rey de las ratas y la noveleta El cielo de Ixtab (su volumen incluye la reedición de La bailarina de Kachgar) completan la obra quinteriana. El rey de las ratas (127 pp.) nos instala en una sociedad de roedores con historia, genealogía monárquica, límites geográficos, enemigos y exploradores que cuentan a su regreso las increíbles costumbres de los humanos. Su no tan viejo ex rey, voluntariamente exiliado en su refugio montañoso, o quizás el pintor que lo visita, inventa o recuerda su vida en el trono, tras agotar todas las posibilidades de la existencia. Queda, al cabo, sólo la escritura, sin objeto ni destinatarios. Por su parte, El cielo de Ixtab (90 pp.) es otro canto de amour fou en torno a una de esas muchachas de ensueño que reúnen en su cuerpo el cielo y el infierno.