Para combatir entre nieblas con Ednodio Quintero

Domingo Miliani. Escritor


Aun cuando la escritura de Ednodio Quintero se revela hoy —"en apariencia"— "depurada de todo rastro anecdótico", la lectura de su más reciente libro, El combate, permite a Domingo Miliani hallar "una grieta de espacios e imágenes donde el sueño y la nostalgia abstraídos a la memoria remiten siempre al origen ancestral de la aldea perdida entre nieblas, reducto de la infancia". Recuerdos escritos por el artista bajo la forma de relato para combatir a su más grande rival: el lenguaje.


"¡Qué fácil es armar un diálogo imaginario! Pájaros sueltos las palabras, dibujando en el aire figuras caprichosas, trazando signos que sugieren la presencia de un bisonte o las notas en una canción. Piedras preciosas las palabras. En cambio, ¡qué difícil es hablar! Piedras de molino las palabras, desgastadas por el uso, atravesadas entre la lengua, los incisivos y el paladar".

(Ednodio Quintero, La danza del jaguar)

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Foto: Anabell Guerrero


Ednodio Quintero vive cazando las palabras

Por allá bien lejos, en las parameras de los Andes trujillanos, hay un punto emboscado en la neblina, de donde parten los caminos cerro abajo. Hacia el suroeste por un sendero de claveles y crisantemos se llega desde Tuñame a la Casa de hablas de Jajó, donde habitan los abolengos sonoros de Ana Enriqueta Terán. Si uno toma de Tuñame a Pueblo Llano, por el sureste es fácil tropezar en Las Piedras y verse cara a cara con Elio y Ernesto Jerez Valero. Ambos cantan el ascetismo de las brumas y los cielos en medio de los cuales es fácil hablar y hasta recitar con San Juan de la Cruz, que se fue hasta el otro flanco de la montaña hasta llegar a Monte Carmelo. Si prefiere el Naciente, hacia los llanos, por las barrancas del Burate y del Santo Domingo, usted puede encontrarse un compañero de viaje llamado Orlando Araujo. Pero si el norte está despejado, entre piedras de pizarra y frailejones usted desemboca en Niquitao donde José Ramón Heredia hacía sonar el gong en el tiempo en pleno surrealismo de 1936. Un poco antes, sin embargo, hay otra aldea, caserío perdido entre hondonadas grises. Allí, con excepción del viento, casi nadie habla. Todos se sientan arrebujados en sus cobijas a esperar que la muerte los salude o que alguien se lo lleve lejos, si es niño, para que no lo termine tuyendo la tristeza. El pueblo se llama Las Mesitas. La gente cría cabras, ovejas y vacas lanudas. Se alimenta con mantequillas blancas y quesos ahumados envueltos en aroma de frailejones. Salvo frailejones y malvas de trigo, escasea el forraje. Las vacas prefieren comerse las morocotas de un anciano abuelo. El viejo, a la muerte de la vaca, se pasará el resto de la vida persiguiendo los zamuros que le arrebataron el tesoro. Y un tío mira a su gallo cuando engulle alacranes. Los arácnidos voraces acabaron con todo el pueblo. Por eso dicen que allí la muerte viaja a caballo y en el anca vino Ednodio Quintero, breñales abajo hasta perderse en sus irrenunciables silencios, donde fue creciendo su avidez de alimentarse con libros sustraídos a la biblioteca de algún pariente y no regresar más nunca porque el viaje se le volvió infinito: da lo mismo que sea Noruega o Guanajuato, Mérida o México, o los astros y la China y el Japón donde siempre el yin y el yang lo persiguen. Por eso le cuesta mucho hablar pero pelea contra un rival indefenso: el lenguaje, cuya capacidad proteica es su abismo permanente. El yo del insomne halla un antídoto en los sueños inventados bajo forma de relatos, como el rostro descubre en el espejo un agresor cotidiano. Es asunto de los desdoblamientos. Entre los mexicas se hablaba de un nagual, en todo caso es el mito que acaba con los tiempos y regresa a la historia primordial de los comienzos.

Todo combate supone un adversario. El del hombre que escribe es una página blanca, una niebla retadora a través de la cual discurren los pedazos del yo convertidos en otros narradores, ya no implícitos sino disueltos en la terrible oscuridad del texto despojado de historias y de hombres, río crecido de frases, discurso desbordado de un libro a otro para hallar por fin al otro que lo reta: un lector sublevado o atónito, rebelde o indignado pero nunca indiferente.

Así ha venido creciendo este hermano de los riscos andinos. Supe de él primero en México. Había ganado un concurso de cuentos brevísimos promovido por la revista El cuento ilustrado, que editaban mis entrañables amigos Juan Rulfo y Edmundo Valadés. Juan me dijo: —¿cómo voy a creerte que no lo conoces si es incluso de tu mismo estado Trujillo y además vive en Mérida, donde tú trabajaste? Me dio un ejemplar de la revista y quedé asombrado de aquellos siete relatos microscópicos, entre los cuales no pude olvidar más nunca el de la vaca aureófaga, el gallo devorador de escorpiones y el loco que se fue tras las brujas montado en una escoba hasta que no se supo más de él en todo el pueblo. A mi regreso emprendí una labor detectivesca para encontrarlo. Pero lo único que logré saber es que, en efecto, era de Las Mesitas, había vivido en Niquitao. Estudió en Boconó, y nadie lo conocía en el mundo minúsculo de la Escuela de Letras de Mérida. El misterio era muy simple: no era literato sino ingeniero forestal y no se encontraba en la ciudad. Meses después me invitaron a participar como jurado en el Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional. Premiamos un extraño texto cuyo título era "El hermano siamés". Al identificar el seudónimo supe que era Ednodio Quintero. Costó esfuerzo convencerlo para que viniera a Caracas a recibir el premio. Concedió una entrevista muy escueta. Y se volvió a Mérida. Desde entonces formamos parte de la extraña cofradía donde nos comunicamos con silencios y encuentros ocasionales, pero detrás de todos ellos siempre hay un afecto infiltrado en la escritura de uno y la lectura reclamadora de otro. Hay algo más. En la misma revista mexicana donde fueron publicados los minicuentos ganadores, por los años setenta, venía inserto también un corto relato de Julio Miranda, el gran ausente con quien no hemos interrumpido nunca este diálogo interminable de sorpresas y encuentros fortuitos, no tan imaginarios, pero donde el dolor del compañero siempre se respeta, por supuesto que a través de un silencio de homenaje. Una vez anduvimos los tres, allá en Mérida, para discutir en voz pública otro libro de Ednodio y nunca la diferencia entre autor y lectores ha unido tanto una amistad.

Hoy la escritura de Ednodio está depurada de todo rastro anecdótico, en apariencia, porque tras la urdimbre de su discurso encabalgado entre la prosa poética y el mito hay una grieta de espacios e imágenes donde el sueño y la nostalgia abstraídos a la memoria remiten siempre al origen ancestral de la aldea perdida entre nieblas, reducto de la infancia. Esa nostalgia está escrita y reescrita muchas veces. Lo mismo en La línea de la vida, respecto a sus dos libros anteriores, que en La danza del jaguar, cuyo comienzo remite a esta frase clave: "Yo nací en un lugar agreste de la alta montaña. Entre peñascos y farallones". Y ahora, en el ars narrativa titulada Kaïkousé, fechada en 1993, con la cual se abre El combate, señala más desoladamente: "Yo nací en un lugar agreste de la alta montaña. Viví hasta una edad irremediable —los seis años— en aquella aldea de los Andes, un sitio olvidado de los cartógrafos y de Dios". Reescribir los recuerdos es un modo de ir desnudándolos de referencias para hacerlos atemporales, o al menos sucesión de instantes irrepetibles y de gestos como en los tropismos de Nathalie Sarraute o en el fabulario fantástico de Bierce.

Si el abuelo se pasó el resto de la vida cazando zamuros con una antigua escopeta, el nieto va pasando la suya en una cacería de pájaros sueltos llamados palabras, combate inagotable del artista con su propia imagen escurridiza ante el signo verbal o visual, melódico o simplemente onírico, con los cuales, en el decir de Eduardo Galeano, toda escritura no es más que una manera de juntar nuestros propios pedazos.

Encontrado en: http://www.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N85/contenido06.htm