RAYUELA:
una propuesta para el próximo milenio.
Ednodio
Quintero
1
¿Encontrará a la Maga? Llamémosla adánica, esa imagen primigenia de
Horacio
Oliveira caminando por la rue de Seine en un París de ceniza otoñal.
Divisa la silueta del Pont des Arts, se detiene para encender un cigarrillo
o conversa en etrusco con un gato, y ya lo vemos subir los peldaños del puente.
Pero esta vez no encontrará a la Maga, pues aunque sabe que buscar es
su signo, a esa mujer descifradora de enigmas, a esa criatura que ha
entrado
en su vida como una llama dulce que lame las rodillas y los huesos,
a
ella la ha encontrado siempre sin buscarla. Ya desde las primeras líneas, cualquiera
que hayan sido los senderos elegidos por el lector en esta novela laberinto,
el tono fascinante de la escritura de Julio Cortázar lo envuelve en una
red de hilos invisibles, lo cubre como un manto de luz opalina y neblinosa en
el cual podría quedarse cómodamente para soñar. Pero hojo, hipócrita lector,
mon frère, ¡hojo habisor!, ahí está el Gran Cronopio, disfrazado de demiurgo,
testigo, protagonista, filósofo en gorro de dormir, jinete en la
silla
de un café, dejando que el bicho -la novela- galope a su antojo (No sé
por qué, mientras comienzo estos apuntes, veo una mosca verde de alas transparentes
caminar sobre la portada blanca como la nieve de la Poética de
Aristóteles), para luego frenarlo con mano de seda o brusquedad de chalán,
léase amansador. Ojo por tercera vez -el tercer ojo-, Rayuela no es
una
novela para lectores distraídos. Al menor descuido, el niño travieso de
ojos
azul pizarra te puede poner un barril de pólvora debajo de tu cómodo
sillón.
La Gran Costumbre saltará vuelta añicos y tus escasas convicciones, cepillo
dental y camisa de cuello planchado, no escaparán al cataclismo. Además,
si eres tan ocioso o indulgente como para haber comenzado a leer esta
parrafada antes que la novela, te recomiendo que saltes a la casilla 73 donde
empieza de verdad verdad el juego. Advierte lo que ahí se dice: "Todo es
escritura, es decir fábula". Y una línea más adelante: "Nuestra
verdad
posible
es invención, es decir escritura". Y todas las turas posibles incluyendo
la cunicultura, digo yo, que ya me estoy convirtiendo en un comentador impertinente. ¿Y esto, che, qué quiere decir? Llamémoslo pájaro
sobrevolando
una ola, conejo -para seguir el hilo cunicular- dibujando en
su pequeño cerebro de roedor las curvas imprevisibles de sus saltos; llamémoslo
conciencia, conocimiento, lucidez. Pues, ya se sabe, Rayuela
es
muchos libros o un único e inimitable y sorprendente libro: un objeto fabricado
no sólo con palabras, sino con emociones, sensaciones, premoniciones,
constelaciones, ones. Hecho de saltos como el juego que lo nombra y
lo alienta y lo impulsa y lo cierra magistralmente. Entretejido con hilos de neblina
y aromas leves de perejil, con piolines de colores atados desde el
espaldar
de una silla hasta el picaporte de una puerta, con danzas y fragancias,
puentes de tiza, oquedades. En fin, con los trazos feroces de una escritura
que se niega a sí misma... Alligator's smile del Cronopio y cambio de casilla.
2
¿Un prólogo para Rayuela? ¿Acaso esa antinovela genial necesita de
prolegómenos?
Cálmese, se lo vamos a explicar. Se trata, señor, de una edición
conmemorativa. Treinta años, treinta, de la primera edición. Los editores
consideramos la pertinencia de un prólogo, unas palabras de presentación.
Muy bien, celebro la iniciativa, pero, ¿por qué creen ustedes que yo
pueda escribirlo? No soy crítico, no soy... Tal vez por eso mismo; de
cualquier
manera, no lo vamos a obligar. Decida usted, tiene un mes para
pensarlo.
Y me quedé con el teléfono en la mano, como si sostuviera un peso muerto. Pasó el tiempo y quise olvidarme del asunto. Simulé gripes y
ataques
de melancolía en un intento vano por zafarme de la tentación. Hojeé
una de las tantas recopilaciones de estudios acerca de la obra de Cortázar, y
el apéndice bibliográfico, que incluía alrededor de dos mil referencias
(una
tercera parte dedicadas a Rayuela), me mareó. Ríos de tinta. Cuántas
cosas
no se habrán dicho y repetido en aquel maremágnum de papel. Cerré el
libro y pensé que si alguna vez me he arrepentido de algo ha sido de mis omisiones.
Y me dije que escribir acerca de un autor, a quien he mantenido siempre
en un sitial muy elevado, era, antes que una obligación, un privilegio.
Y heme ya, en la segunda casilla, intentando cumplir un cometido impuesto
sólo por la voluntad, el asombro y la admiración.
(Las ideas aquí esbozadas me fueron sugeridas por una relectura
compulsiva
y delirante de Rayuela -que apenas me permitió tomar algunas
notas sueltas. Hice consultas mínimas y renuncié a un arqueo bibliográfico
que me hubiera condenado a la parálisis o a un mal peor: la paráfrasis. Sí,
el título se lo debo a Calvino).
3
Si acaso Rayuela (ese torbellino) tiene un eje, éste se centra en la
figura
de
la Maga. Pues todo parece girar en tomo a ella. ¿La Maga, criatura de elección?
No, por cierto. Porque las Eurídice, Beatriz, Justine no se eligen. Caen como un ladrillo del cielo negro y te rompen el cráneo. A este
fenómeno,
los occidentales, en su afán por poner etiquetas, le han dado el nombre
de amor. Un "sentimiento" que pertenece al campo de la patología, que
preludia
el desastre y que acentúa, hasta volverlas trizas, las contradicciones.
Pero el amor es también un juego, una vía dolorosa hacia el conocimiento,
un rito de purificación similar a la cura escatológica recomendada por
Heráclito. Dentro de estas coordenadas, móviles e imprecisas, es que quiero
situar a la Maga.
a) De la misma manera que encontraba en la calle alambres y cajones de
manzanas
para construir sus artefactos, Horacio encuentra a la Maga sin haberla
buscado. La incorpora a su mundo -al menos hace el intento, se ocupa
de su "educación"- y vive con ella un romance que no excluye la desesperación.
Comparten su afición por los felinos y los musgos, caen "en hidromurias
y en salvajes ambonios"; el tiempo, entre citas en hoteles de paso,
paraguas rotos y paseos a través de una ciudad casi irreal, se convierte
para
ellos en una sustancia huidiza y engañosa. Luego el despertar: Pola París,
la amante casual, y su equivalente en los celos de Horacio a causa de un
Gregorovius paternal. La convivencia previsiblemente desastrosa, olor a
pañales, tristeza, Rocamadour. De ahí a uno de los posibles finales de la novela
no hay más que un salto: "paf se acabó". Pero ésta no es más que una
simplificación empobrecedora y un tanto maniquea, apropiada tal vez para
lectores-hembra (como los definiera el propio autor), insatisfactoria y
reduccionista.
¿Por qué el pathos del homo occidentalis habrá de resolverse
siempre
en la locura? La locura como purga del pecado original.
b) Horacio encuentra a la Maga. Se prenda de ella por algún motivo que
escapa
a la razón, y que él intentará en vano definir. Un fuego que titila como
un cocuyo, el reflejo de una llama que arde y parpadea. ¿Acaso la Maga
no se llama Lucía, dadora de luz? Horacio reconoce en la Maga su lado
escindido (sí, Platón) y se amolda a él con exquisito placer, no sin dolor.
Horacio ve o proyecta o imagina en la Maga su ánima (sí, Jung) y se
junta
a ella en un abrazo reconciliador. Pero es sabido que las formas puras sólo
existen en un plano virtual. La condición humana parece estar signada por
el movimiento, la mudanza que conduce al abismo o a la entropía, c'est pareil.
Horacio, aprendiz de filósofo (como lo caracteriza off record el mismo
Cortázar), heredero y depositario de 5000 años de cultura occidental, con
su metafísica de bolsillo que incluye una dosis nada despreciable de
budismo zen, dinamitero de vocación, homo ludens que duda ante cada
jugada
y que ve señales y figuras en las grietas de un muro y en las resonancias
guardadas en el buche de un pajarito, Horacio encuentra en la Maga la horma
de su zapato -para utilizar una metáfora pedestre, de acoplamiento y
ajuste, que deje satisfechos a Jung y Platón. Es el mismo Horacio-Cortázar
quien
lo dice: "Hay ríos metafísicos, ella los nada. () Yo describo y defino y
deseo esos ríos, ella los nada". Al infalible Horacio, el cuestionador, el
sa-be-lo-to-do,
se le mueve el piso. La Maga, no sólo lo desarma con su
poder
de elipsis que le permite guardar en el puño de su mano una luciérnaga
capaz de contener la energía de una estrella, sino que lo lanza -como una
tea encendida en la oscuridad- hacia el otro territorio. El territorio de la
locura o del conocimiento, c'est pareil. Allí, enceguecido, con los ojos vendados,
pues nadie atraviesa impunemente aquel túnel de luz, Horacio,
en
otro de los finales posibles de la novela, tal vez el más plausible, encuentra
alguna forma, no importa cuan precaria y transitoria, de mantenerse a
flote. Mírenlo si no, sometido a los cuidados de la maga Talita, otra
santa Lucía, protectora de los ciegos (sí, hagiografía para lectores del
suplemento dominical). Pero, ¿no es ésta otra arbitraria simplificación?
c) Ensayo una tercera -y última. Y la sintetizo al máximo. Invierto el
juego, cambio "Cielo" por Hades, me salto todas las casillas,
acompaño a
Horacio en su descenso. Veo a Orfeo en la morgue del manicomio, lo escucho silbar, pues a falta de lira o bandoneón ha encontrado en los
silbidos el
zumo de su ser musical. ¿Qué hace en aquel Hades refrigerado? A sus espaldas, Talita, a quien había confundido con la Maga, lo acusa de "necrófilo"
y lo interroga. De pronto Horacio se percata de que no hay ninguna Eurídice
que buscar, abre una de las neveras donde se guardan los orates muertos y
saca una cerveza. Fin del sketch. Pongámosle un título antes de cerrar:
"El
mito y la parodia".
Cualquier intento por encerrar esta novela dentro de coordenadas
conocidas (mito, historia, sociología, tradición) nos dejará siempre
insatisfechos.
Pues la rayuela que conjura su título no ha sido hecha para ser
interpretada,
sino para jugarla. Las tres variaciones que he propuesto, centradas en el
personaje de la Maga, son apenas una muestra de la complejidad y riqueza
de Rayuela, de los múltiples planos en los cuales se mueve su escritura
y de
la infinidad de figuras que sugiere una lectura libre y desprejuiciada.
Cortázar,
al apostar por el lector-cómplice, construye una novela que admite
tantas
lecturas como lectores se acerquen a ella con el espíritu aventurero del
jugador
4
Maleable como el mercurio, poliédrica como el diamante, la estructura
(vale decir el arreglo de los elementos en un todo) de Rayuela está sustentada en dos pilares básicos: la imaginación y la reflexión.
Cortázar, que se había revelado ya como un cuentista consumado
(Bestiario, 1951; Final de juego, 1956; Las armas secretas, 1959) y como
un novelista de amplios recursos (Los premios, 1960), despliega en
Rayuela todo su arsenal: la imaginación, rigurosamente controlada y vigilada, al
servicio de la narrativa y de la nada. Romántico incurable, no cae, sin
embargo, en las trampas del romanticismo; como buen equilibrista permanece
al
borde sin perder la perspectiva, y en los momentos de peligro se libra
mediante
la ironía o la parodia. Aprovecha la mejor veta del surrealismo,
aquella
de raíz bretoniana -la más pura, véase "Unión libre"-, y con ella
impregna sutilmente los pasajes eróticos. Pero es en la herencia reciente del
existencialismo
de posguerra donde sus personajes (me refiero en especial
al
grupo del Club de la Serpiente) se mueven como peces en una pecera,
donde
expresan su nihilismo desesperanzador. Tampoco rehúye lo fantástico,
presencia constante en su obra anterior, pero es fiel a su propia visión
que
excluye lo espectral y opta por el extrañamiento: se mantiene dentro de
un
plano sugerente, como de suspenso, sin dejar que el tigre que ronda por
los
aposentos enseñe sus colmillos.
El carácter reflexivo de Rayuela -tal vez el mejor logrado en novela
alguna
escrita en español en lo que va de siglo- se ofrece en dos vertientes
que
tienen como denominador común la conciencia hipercrítica del narrador. Morelli, el escritor-filósofo, alter ego de Cortázar, vigila desde su
"laboratorio",
comenta, acota, critica la novela que se está gestando y que se
cumple
ante la mirada hipnotizada del lector. Despiértese, señor, entre en el
juego,
salte en un solo pie, arme usted mismo su mecano o váyase a dormir.
La
novela como obra abierta, el lector-cómplice, la transgresión de "las
severas
reglas y cánones del Arte", lo fragmentario como totalidad, posibilidades
que Cortázar había planteado en sus escritos teóricos diez años atrás,
encuentran
en Rayuela el espacio apropiado para su concreción, se desarrollan
hasta
límites insospechados. En relación a Morelli, me permitiré una observación.
Éste, que al principio pareciera un recurso del cual echar mano para
sustentar
el bagaje teórico-critico del autor, se convierte en personaje. La
famosísima
noche joyceana de Berthe Trépat y Rocamadour, un auto atropella
a Morelli delante del atribulado Horacio, y esta vuelta de tuerca coloca
a Rayuela en una dimensión distinta, tal vez inédita, lejos de sus fuentes
nutricias,
pues, ¿acaso Sterne o Joyce se atrevieron a tanto?
En un segundo plano, no menos importante, Horacio, en sus soliloquios
y
en las maratónicas conversaciones con sus pares del Club de la Serpiente,
indaga
con una voracidad manifiesta en una serie de temas que han sido
motivo
de constante preocupación para el hombre desde el mismo instante
en
que éste tuvo conciencia de su estar sobre la tierra, de su fragilidad y de
su
desamparo. El destino, el sentido de la vida, la otredad. El nihilismo, al
cual
nos referíamos más arriba, y que pareciera ser el signo -como la marca
al rojo vivo en la frente de Cain- del pensamiento de la segunda mitad
del
siglo XX, esa doctrina escéptica de la duda y la negación no le impide a
Horacio
seguir haciéndose preguntas. Oigamos esta reflexión suya en un
instante
de horror vacuis cuando acaba de contemplar una serie de fotos de
la
más refinada y cruenta tortura china: "Lo que pasa es que me obstino en
la
inaudita idea de que el hombre ha sido creado para otra cosa". Tampoco
escapan
a la inteligencia agudísima del Cortázar narrador (o de su vicario
en
la novela, Oliveira) los temas de la actualidad, la crítica de arte o los más
recientes
hallazgos de la ciencia con su correspondiente cuota de alejamiento
de
lo humano, y las nuevas relaciones espacio-tiempo vislumbradas por la
física
moderna, y que Einstein había convertido en asunto metafísico. En
fin,
Horacio y sus contertulios discuten dialécticamente acerca de lo humano
y lo divino, despliegan el ovillo de su reflexión en cuyo centro está la
preocupación
más íntima del artista: el acto creador. La antinovela suele ser
el
núcleo del asunto, y aquí el autor plantea implícitamente una paradoja
ejemplar,
pues en esa narración que se discute y se afirma y se niega a sí
misma,
los personajes no tienen "conciencia" de su condición, no saben
que
son actores de un soberbio experimento llamado Rayuela, no saben que
han
atravesado el umbral.
5
"... no hay mensaje, hay mensajeros y eso es el mensaje". Fuera de
contexto,
esta frase de Morelli pareciera un aforismo zen. La idea subyace
como
un hilo subterráneo a lo largo de la novela, y es quizá esa
indeterminación,
a la manera de un koán, uno de los mayores atractivos de
Rayuela.
¿Por qué los biólogos y los físicos y los linguístas y los astrólogos
y
los jugadores de ruleta rusa la leen con tanta devoción? ¿Se trata acaso de
una
novela iniciática? No sabría responder esta pregunta. Sólo en parte, el
poder
encantatorio de Rayuela se podría explicar por las cualidades y por la
eficacia
del lenguaje: ese formidable aparato verbal que gobierna y articula
cada
frase y cada párrafo, incluso en aquellas secuencias deliberadamente
"mal
escritas". Lenguaje, remember "...invención , es decir
escritura", que no
cesa de sorprendemos, y que le hubiera bastado al Cronopio Cortázar
para
convertirse en un clásico. Lo otro -y es aquí donde quisiera detenerme-
es la esencia, el hueso al desnudo que sólo la novela, un género en
constante
crisis, puede mostrar: aquello que asombra y subleva y emociona
(por
qué no) y hace reír y soñar e imaginar. Esencia que se escapa, espejo en
plena
fuga, pulpo en un jardín de enredaderas. ¿De qué estamos hablando?
De
la incertidumbre, mon vieux. Rayuela es una máquina que hace preguntas,
que no concede tregua alguna en su afán de preguntarse y preguntarnos.
(En
este punto me asalta una imagen que articula la primera idea de esta
casilla:
la imagen del arquero que continuamente lanza flechas a la luna,
tensa
el arco, afina la puntería, y sabemos y él lo sabe también que ninguna
flecha
dará en el blanco... pero, quién lo duda, el constante ejercitarse en
aquella
tarea insensata lo convertirá en un arquero excepcional) Y es esa
cualidad,
refractaria para el que se acerque a Rayuela como quien se asoma
a
un espejo, uno de sus logros primordiales. El sagaz Cronopio lo sabía: ya
la
novela no es el lugar apropiado para la prédica, ni púlpito ni cátedra ni
tarima,
es un espacio abierto, desolado tal vez, abismo a la intemperie, donde
el escritor, acompañado de su cómplice, puede desplegar los múltiples
registros
de su voz, donde le es permitido expresar su ansia por reconocer
lo
que aún le resta de humano, donde acepta, al fin, su parentesco con los
dioses
muertos, con el agua que corre y con el polvo estelar.
6
¿Poliédrica o polimorfa? De múltiples aristas y facetas,
interpolaciones,
traslapes,
digresiones. Planteada como un juego, un laberinto en el cual el
lector
se queda girando en una especie de lazo verbal -o cae en un LOOP,
para
utilizar un término de programación-, Rayuela se nos ofrece también
como
una caja de Pandora de la cual podemos sacar una nube Magritte, un
trompetista
de New Orleans, un guijarro pulido por siglos de lluvia y sol (si
esto
sucediera, se recomienda frotarlo entre los dedos hasta que brille como
un
talismán y luego guardarlo en el bolsillo izquierdo de la camisa, cerca
del
corazón), una alacena olorosa a yerba mate y café, y, cuidado, una ahogada
flotando boca arriba en un río de aguas sucias color melena de león.
Elijo,
a mon seul désir, esta última imagen y la inserto en el cerebro vuelto polvo
de Horacio, justo cuando éste se hunde en la inmundicia siguiendo
las
instrucciones del Oscuro Heráclito -que recomendaba una cura parecida
para aliviar la hidropesía. Luego interviene el orden, la police, y Horacio
es
arrancado de los dientes de la clocharde y enviado de un envión a su lar
nativo. Traveler, irónicamente sedentario, y Talita, que lleva en una cesta al
gato
calculista, lo aguardan en el puerto. Pero la imagen está ahí, y aunque
Horacio
silbe para espantarla, persiste. Se hace nítida en las madrugadas de
insomnio
y duele cuando Horacio contempla a Talita a horcajadas en el
tablón.
Horacio reconoce en Talita a la Maga fugitiva -ahogada o gitana
en Transilvania. El reconocimiento puede no ser consciente, sin embargo,
la
proximidad de Talita en el circo y en el manicomio -espacios ideales
para
la puesta en escena- acelera el proceso: la posesión se cumple como
un
acto de simulación. ¿Sabrá Talita que está siendo invadida por el espíritu
de
una desconocida? Si no lo sabe, lo presiente y hasta el final se rebela:
"Yo
no soy el zombie de nadie", dice. Pero la rayuela es un juego, una
forma
sin centro que no alcanza a ser un mandala, y ella lo juega. Horacio,
el
oscuro y lúdico Horacio también juega. Aun cuando desde el episodio
del
tablón ha tenido la certeza de la derrota, pues Traveler sujeta a Talita por
las
axilas y la hace reingresar en su territorio, Horacio realiza una nueva
jugada:
convierte al amigo y aliado en su Doppelgänger, delega en él su
deseo,
y así Horacio y la Maga vuelven a estar unidos, cumplen su destino
en
otra dimensión. Aquí me detengo, pues me zumba un oído. Amiga lectora,
veo que te quitas las gafas y protestas: ¡Este idiota me está contando la
novela!
No, cara, te equivocas. Mi impertinencia no llega a tanto. Si me
permito
esta lectura personalísima (no pretendo que original como tampoco
lo son las de la casilla 3) es sólo para demostrar(me) el efecto liberador
que
produce Rayuela, ese poder de transferir al lector las llaves de la narración,
de implicarlo y sacarlo de sus casillas, de abrirle puertas (o mejor de
permitirle
que él mismo las abra) a través de las cuales sea posible vislumbrar,
todavía, sí, todavía, bajo un cielo surcado por los vientos cargados de
gases
tóxicos del fin de milenio, vislumbrar, digo, un prado de hierbas color
salmón
donde pasta el unicornio.
7
Se ha querido ver en Rayuela el producto de una experiencia zen. Sin
duda
Cortázar conocía suficientemente los principios de esta filosofía, y
como
todo gran novelista, un animal omnívoro por excelencia, los utilizó y
se
dejó usar por ellos en su narración. Afirma Morelli: "Escribir es
dibujar
mi
mandala y a la vez recorrerlo, inventar la purificación purificándose,
tarea
de pobre shamán blanco con calzoncillos de nylon". La ironía de la
última
frase pareciera desmontar el tinglado zen, al menos reconoce las
limitaciones
del aprendiz de brujo. Pues un mandala es una figura mágica,
un
objeto de poder
"Digamos que el mundo es una figura, hay que leerla". En esta propuesta
de Morelli importa la figura. Aquí se me aparece la silueta casi
espectral
de un Horacio pintado por Soutine, asomado al hueco negro de la
ventana,
trazando figuras en el aire con la brasa de su cigarrillo. El dibujo
podría
corresponderse a su mandala, pero aquél cambia a cada instante,
fluye
como la escritura, y en un momento determinado es esa rara mariposa
que
lleva en su lomo la forma nítida de una calavera, y en última instancia,
last
but not least, es también una fórmula química, una de las tantas que
Talita
tuvo que aprenderse en sus estudios de farmaceuta: signos, ideogramas, cifras
de un alfabeto secreto que aspiran a ser leídas por el otro, es decir la
otra
(Talita), que tal vez a esa hora unánime de la madrugada se asoma a la
ventana
de enfrente.
8
Desde sus inicios la novela hispanoamericana estuvo volcada hacia lo
exterior:
paisaje, historicismo, atavismo, identidad. Vocación de conquista
y poblamiento, intentos por abarcar regiones tan vastas que no cabían en el
cuenco
de la mano. Necesidad de nombrar sin nombrarse. Los personajes
se
movían en un espacio dilatado -la selva, el desierto, el campo agreste-
que los empequeñecía. Su tema predilecto, ya se sabe, era la
domesticación
de la naturaleza. Vinieron luego las disidencias, teñidas de
sociología,
psicologismo a la moda, búsqueda de lo auténtico. Hubo de
todo,
desde tímidos balbuceos hasta notables aciertos. Los resultados están
a
la vista para el que quiera ver: Hispanoamérica ocupa hoy en día un sitial
de
relevancia en la historia de la novela. Podríamos citar una docena de
ejemplos,
y el lector informado agregaría una docena más. Harían falta, sin
embargo,
las precisiones ineludibles y los deslindes. Pero en esta octava
casilla
no tenemos lugar para una discusión exhaustiva ni tan siquiera somera
de un tema suficientemente debatido por los especialistas. Me limitaré
entonces a continuar el juego: salto en un solo pie.
Con Rayuela, novela fundadora de lo imaginario, los personajes recuperan
su espacio interior, el inmenso territorio de su espíritu. ¿Se convierten
en
filósofos? No, qué horror Digamos que piensan. Pero no habitan en un
mundo
de abstracciones, mantienen un cable en tierra, son criaturas de su
tiempo.
Su calidad de seres de ficción está revestida con ropajes convincentes,
aquellos de lo verosímil. Y su sustancia, claro está, ha sido vaciada en
los
moldes de lo simbólico. Veamos a Horacio Oliveira, un Ulises porteño
de
los años cincuenta que viaja a París, cumple su odisea y vuelve a su Itaca
(Buenos
Aires). No se alimenta sólo de Kierkegaard y Wittgenstein, también
de las noticias de los periódicos -incluyendo la página de deportesy
de infusiones de yerba mate. Ah, y del café con leche que le prepara su
Penélope (Gekrepten) mientras lauta (la Maga o la imposible Eurídice) se
balancea
en el tablón. Extraña y afortunada síntesis, Rayuela, capaz de conciliar
los extremos de una realidad doméstica que bordea el costumbrismo
con
las incursiones en la pura metafísica. Y toda esta formidable aventura
de
la imaginación sostenida por el mito, la erudición, el juego, la ironía, el
conocimiento
esotérico, las leyes de Newton, la sonrisa del Gato de Cheshire,
un
compás de jazz, el erotismo, la locura, la compasión, y la aspiración
secreta
de que todavía es posible acceder al Kibbutz del Deseo, la tierra de
Hurqalyá,
el cielo negado.
En Rayuela se funden dos planos: la preocupación estética y el problema
existencial. Y es esta íntima fusión la que imprime a la novela su sentido
de
totalidad. Rayuela es sin ninguna duda la propuesta más audaz de la
novelística
hispanoamericana de este siglo. Publicada en 1963, a 37 años
del
fin de milenio, ha sido celebrada con asombro y entusiasmo. Es leída
por
los más jóvenes y releída en la madurez. Conserva intacta esa frescura
y
desparpajo que la convirtió, a pesar de los desafíos que plantea al lector,
en
una obra accesible e incluso popular. Y como una criatura de la imaginación,
aguarda por sus nuevos lectores, aquellos que aún no han nacido, los
del
próximo milenio. Ellos encontrarán en sus páginas temas y variaciones,
encantos,
aromas, sensaciones, que la miopía que produce la proximidad de
lo
contemporáneo no nos ha dejado ver.
9
La vida de Julio Cortázar (1914-1984) es un tema para una biografía
fascinante.
Desde siempre y hasta la publicación de Rayuela (1963), para
señalar
una fecha decisiva, Cortázar se había consagrado por entero a la
literatura.
Era una escritor químicamente puro? Luego, durante los últimos
veinte
años de su fecunda existencia, se convirtió en una especie de apóstol
de
una causa que hoy creemos perdida. Participó en el escenario público de
una
manera exhaustiva, total. Su apuesta por la solidaridad y el giro que
quiso
imprimirle a su obra posterior -valga el Libro de Manuel (1973)
como
el mejor ejemplo- respondieron a lo que él calificaba como ingreso
a
la "dimensión histórica"(ausente, según su opinión, en su vida
pasada de
intelectual
encerrado en una torre de marfil). No es éste el espacio para
emitir
algún juicio apresurado acerca de las motivaciones de un Cronopio
que
hizo de la razón dialéctica y de "la imaginación al servicio de
nadie" el
lugar
de las contradicciones. El legado de Cortázar (vida y obra) posee
todas
las dimensiones que los ojos abiertos, o vueltos hacia adentro como
en
el poema de Rilke, quieran ver.
10. El cielo.
El juego de la rayuela es la simulación de un rito de paso. Rito que se
cumple
cuando el jugador alcanza la última casilla: el cielo. Veamos al jugador
que avanza, en palabras de Horacio Oliveira, "a la conquista de un cielo
que
parecía desencantarlo apenas ganado". ¿No es acaso ésta un de las más
extraordinarias
metáforas del acto creador?