Tributo
SERGIO PITOL
Una bocanada de contemporaneidad que se cuela en el Premio Juan Rulfo
Ednodio Quintero. Narrador
El Universal.com - Verbigracia, nº 63.
Méritos le ha reconocido la crítica internacional al novelista y traductor mexicano Sergio Pitol. Ahora, cuando se le acredita como merecedor del consagratorio Premio Juan Rulfo, sus lectores encuentran un nuevo motivo —a más de sus novelas— para celebrarlo. Ednodio Quintero lo hace aquí en "breve" y no por "apurada" menos depurada nota, en nombre propio y en el de sus amigos venezolanos: "Que se le conceda uno de los más importantes reconocimientos literarios, es algo más que un acto de justicia poética. Es una fiesta".
Foto: Vasco SzinetarEl Premio de Literatura Latino americana y del Caribe Juan Rulfo, que se otorga cada año en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, ha sido concedido en ésta su IX edición al narrador y ensayista mexicano Sergio Pitol. Se trata de un premio consagratorio, que reconoce la trayectoria completa de un escritor. Este año concurrieron a la convocatoria del Juan Rulfo 133 escritores de 22 países. Y como ya es tradición, el jurado estuvo integrado por siete críticos ampliamente conocidos. En ocasiones anteriores han sido galardonados, entre otros, Nicanor Parra, Juan José Arreola, Nélida Piñón y Julio Ramón Ribeyro. Escritores con méritos más que suficientes para asentar el prestigio de un premio que se ha convertido en una referencia obligatoria en el ámbito de las letras iberoamericanas.
La concesión del Premio Juan Rulfo a Sergio Pitol nos llena de alegría y satisfacción. Pues, además del reconocimiento merecidísimo a un extraordinario escritor, muy cercano a nuestro afecto y a nuestra sensibilidad de lector, introduce, dentro de lo que podríamos llamar el entramado secreto del galardón, un decidido aire de contemporaneidad.
Sergio Pitol nace en Puebla, México, en 1933. Su infancia y primera adolescencia transcurren en el trópico de Veracruz. El entorno familiar y un espíritu sensible y curioso lo predisponen muy temprano para la literatura. A los veinte años, a la manera de un personaje de Conrad, emprende una dilatada travesía, con una escala inicial y casual en la Caracas de Picón Salas, que lo llevará durante más de tres décadas por los más exóticos parajes de la geografía: Barcelona, Moscú, París, Bristol, Viena, Venecia, Roma, Pekín, Varsovia, Budapest, Praga. Estudiante, traductor, profesor, diplomático, embajador: un auténtico peregrino de la era espacial. En el transcurso de esa enriquecedora experiencia de viajero pertinaz, tan parecida a un exilio involuntario, los temas y motivos de la narrativa de Pitol van adquiriendo nuevos e inéditos perfiles, que definen una especie de cosmopolitismo desenfadado. Y su escritura, cada vez más exigente y rigurosa, alcanza los límites del esplendor. Luego de ese amplio periplo existencial, que dibuja también las coordenadas de una evolución espiritual, el viajero Pitol regresa a su tierra natal. Desde hace unos años vive en las afueras de Xalapa, Veracruz. Donde lo imagino, pletórico, enfundado en un sobrio gabán, saliendo de paseo con su fiel samoyedo traído de la lejana y sombría Praga.
En esta breve y apurada nota habrá que recordar al Pitol traductor, un traductor de excepción que ha vertido a nuestra lengua escritos de Gombrowicz, Henry James, Pilniak, Conrad, Jane Austen, Andrejewsky. Y no podemos pasar por alto al Pitol lector: omnívoro, agudo, voraz. Conocedor a fondo de la literatura occidental, estudioso de los formalistas rusos, aventajado alumno de Bajtín. En fin, Pitol como paradigma del hombre de letras, una rara avis en estos tiempos de literatura light, una especie noble en vías de extinción. Un escritor que ha sabido integrar dentro de su propia obra la erudición literaria y un profundo conocimiento de la condición humana.
La obra de Pitol es vasta y variada, fundamental, y a ella me referiré en otra ocasión. En estas líneas, que quisieran ser un saludo y un homenaje de sus amigos venezolanos, apenas queda espacio para recordar que la casi totalidad de sus cuentos han sido recogidos en El relato veneciano de Willie Upward, editado por Monte Avila. Recordar que El desfile del amor es una de las novelas que mejor ha logrado retratar y diseccionar la compleja y escurridiza realidad mexicana. Recordar que esa deliciosa fábula escatológica titulada Domar a la divina garza es uno de los relatos más frescos e hilarantes que he tenido la fortuna de leer. Recordar que El arte de la fuga, uno de los últimos libros de Pitol, el más autobiográfico de todos, constituye un ejemplo de valentía y honestidad, y una extraordinaria lección de literatura.
Conozco a muy pocos escritores consagrados en cuerpo y alma a su vocación. Sergio Pitol es uno de ellos. Que se le conceda uno de los más importantes reconocimientos literarios, es algo más que un acto de justicia poética. Es una fiesta. Desde nuestra Pequeña Venecia, donde Pitol ha cosechado cálidos afectos, sus amigos y admiradores nos unimos a la celebración.
Encontrado en: http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N63/contenido04.htm