Sombras en el agua
Ednodio Quintero
- ¿Con qué derecho me incluyes en tus aventuras fluviales?
Tu voz resuena en mi memoria, se abre camino como un incendio subterráneo desde tu boca de labios finos hasta la inmensa noche que cobija mi soledad. Me balanceo en la hamaca y otra vez, como si estuvieras a mi lado, pongo atención a tus palabras.
- El corazón no es un reloj de precisión, ni siquiera un instrumento imperfecto al servicio del amor. Es una llama que se aviva y se apaga, que arde y se consume ante el soplo inesperado de la pasión.
A decir verdad, no me interesaba el sentido de las frases. Si acaso, el sonido. Tu presencia era para mí puramente visual. ¿Debo confesar que tus ojos azul cielo me habían, desde un primer momento, deslumbrado? Recuerdo que mientras hablabas, la punta rosada de tu lengua se asomaba entre tus dientes y empujaba torrentes de saliva que hervía y chisporroteaba como olas que golpearan un acantilado. Pero enseguida, aquella masa espumosa volvía a su cauce. Sólo mi visión microscópica había sido capaz de registrar semejante fenómeno. Luego, como si tus propias palabras, contundentes y sabias, te asustaran, callabas bruscamente. Yo aguardaba entonces que el silencio se adensara, que se hiciera tal vez intolerable, antes de intervenir, y mientras tanto observaba tu mirada movediza - que le daba al conjunto de tus facciones un aire de fiera acorralada -, y cuando ésta se fijaba en alguna suciedad del aire, delante de mí, yo percibía en ella una opacidad de espejo empañado, una superficie como de plomo derretido que me hacía pensar en los ojos de un animal muerto. También en este caso me correspondía a mí deshacer el hechizo, de alguna manera, devolverte a la vida: agitaba mis manos abiertas delante de tu rostro como si te defendiera de una bandada de zamuros.
- Despierta, despierta.
¿Dónde andabas? ¿En qué oscuro paraje de tu infancia infeliz te habías extraviado? Aquí, en este punto preciso de mi evocación, cuando el rumor como de bestia sofocada que el viento trae a ráfagas desde el río se filtra en mi pensamiento, soy capaz de imaginar la escena que se representaba en tu mente, aquel recuerdo que hubieras preferido olvidar. Pero, ¿qué sabía yo de tu vida para trazar un arco en el tiempo y sorprenderte en tu niñez? Casi nada sabía; sin embargo, unos pocos datos me bastaban para elaborar un retrato. A pesar de mi carácter obtuso, salto - a veces con una facilidad que a mí mismo me espanta - del caos al lápiz labial. "Me llamo Carlota, como la amiga de Goethe, tú sabes, Nací en Frankfurt, el último año de la guerra. Mis padres emigraron a Venezuela, y aquí crecí, en una granja de la colonia Tovar. Mis primeros recuerdos son una mezcla indiscernible de chillidos. Chillidos de cerdos sacrificados. Mi padre se levantaba muy temprano y los colgaba cabeza abajo - como dicen que crucificaron a San Pedro, ¿no te parece gracioso? -, y los pobres chillaban como demonios y yo me despertaba aturdida, me asomaba a la ventana y los veía debatirse en el aire. Veía a mi padre acercarse blandiendo un cuchillo, que luego hundía con saña en la garganta del animal, y un chorro de sangre humeante caía entonces en el balde que mi padre sostenía con ambas manos, algunas gotas le salpicaban el delantal". Suficiente, amiga mía. Lo demás corre por mi cuenta. ¿Sabías que la elipsis es mi figura predilecta? reconozco muy bien los otros chillidos, son humanos, ¿verdad? Y sé que ellos, al igual que la música de fondo de una ópera trágica, acompañarán mi insomnio, pues esta noche de luna negra he sido condenado a permanecer con los ojos abiertos escudriñando la oscuridad.
EI insomnio no debería preocuparme, ya estoy acostumbrado. Al amanecer, el sueño llegará. He colgado mi hamaca entre dos palmas, lejos de las chozas de los indígenas. El barquero y el perito prefirieron dormir en la lancha, creo que les temen a las culebras. A mí esos animales rastreros no me agradan, pero aquí en este lecho aéreo y confortable me siento a salvo de cualquier ponzoña. En cambio, si estuviera echado en el fondo de la lancha, y si por un milagro me quedara dormido, ¿cómo me iba a librar de una pesadilla de ahogado? Pasar la noche en blanco me tiene sin cuidado, de verdad que sí. Mañana será otro día. De cualquier manera, la fatiga del largo viaje, río arriba, bajo un sol pertinaz, ya comienza a desaparecer. Y los signos de la próxima jornada son propicios. El baquiano que nos recomendaron en San Carlos de Río Negro, un indio fornido con un bigotito a lo Cantinflas, aceptó el trabajo sin rechistar. Es una suerte, pues dicen que reconoce cada árbol con una facilidad que hubiera envidiado Pittier. Ah, y los cinco macheteros contratados para abrir las picas sólo exigieron una condición, que al final les regalen los machetes. Trato hecho, camaradas, les dije con seguridad. Y para coronarla, creo que me aseguré mi ración de casabe por un mes.
Al anochecer, mientras revisaba al lado de la hamaca algunas de las prensas donde se guardan las muestras botánicas, se acercó una muchacha, cubierta apenas por un diminuto guayuco de algodón, y estuvo un rato observando con curiosidad los objetos dispersos alrededor del morral: la brújula, el clisímetro, las binoculares, el par de podadoras, mis lentes de sol, el reloj despertador. Se quedó como hipnotizada delante de un pequeño transistor, y antes de que saliera de su trance le dije que se lo regalaba, sí, es tuyo, llévatelo. No, no te estoy engañando, es tuyo, de verdad. Parecía no entender, me miró a los ojos y me vi reflejado en los suyos de culebra, espejos de ámbar, profundos e inquietantes, plenos de vida, que recogían las últimas luces de un día agobiador. Intenté sonreír para darle confianza, y ella hizo un movimiento envolvente con sus manos en dirección al objeto de su deseo, pero luego, como si hubiera estado a punto de quemarse con un fuego invisible, se apartó de un salto. "No es verdad, no es verdad", dijo entre dientes, sofocada por la excitación. Y así se mantuvo, a dos pasos del forastero, tensa y alerta, su piel sedosa brillante de sudor y sus senos de pezones amoratados apuntando como los capullos de una flor carnívora hacia una región del cielo vedada para mí. Sentí de pronto un ramalazo de candela en la entrepierna. Qué extraño es todo esto -pensé. Cuántas veces he estado en playas nudistas sin fijarme en el cuerpo de la mujer. Sin tener conciencia de la desnudez. Carne cruda moviéndose de aquí para allá. Grietas, escoriaciones, cicatrices, quemaduras. Gallinas desplumadas. Miré a la muchacha y caí en la cuenta de que la veía por primera vez. Decir que era bella sería ocultar parte de la verdad: era la belleza encarnada en un ser terrenal. Una visión que perturbaba mis sentidos - privilegio único, que no se habría de repetir. ¿Cuánto tiempo permanecí en actitud de adoración? Apenas unos segundos, imagino. Tenía que actuar con rapidez y precisión, pues si me equivocaba, la muchacha se eclipsaría, y rescatarla en aquellas condiciones sería tal vez una tarea que rebasaba mi poder. "Cálmate, muchacha, cálmate. Haremos un trato tú y yo. Escúchame bien llévate el radio y a cambio me traes unas tortas de casabe. ¿Entiendes?". Sus ojos se iluminaron y sus dientes teñidos de negro carbón se desplegaron en una sonrisa encantadora. "Sí es verdad, sí es verdad".
Siempre que vengo a la selva experimento una rara sensación. Una especie de cosquilleo que me recubre la piel. Entro en un mundo como de sueños, que creía olvidado. Quizá exagero si afirmo que la calidad del aire renueva en mí la alegría de vivir. Al menos, y de eso sí puedo estar seguro, aquí respiro mejor. Mis pasos se aligeran, el oxígeno limpia mi sangre y mis pulmones se dilatan, recupero el apetito y la voz. Hacía ya más de un año que no salía de la ciudad, y aunque mi trabajo en el laboratorio - rutinario y aséptica, en un ambiente más bien sereno, que tiene algo de bucólico - no me produce ninguna desazón, el trayecto desde mi apartamento en la zona Este hasta el Jardín Botánico, a través del estruendo y el humo de los autos, corroe como un ácido mi voluntad. A veces, cuando la autopista se satura a causa de un choque o cuando me quedo varado a mitad de un túnel, tomo la decisión - furiosa, pero en fin transitoria - de renunciar. Este viaje de cinco semanas me ha caído como un regalo del cielo, acumularé fuerzas para recomenzar. Y tendré tiempo de sobra para pensar en Carlota. Intentaré descifrarla, despejar el enigma de su mirada. Recordaré cada instante de nuestros encuentros fulminantes en esta última semana llena de sorpresas. ¿Por qué la conocí justo antes de mi partida? ¿Aprenderé a amarla desde la ausencia y la distancia? ¿Qué es eso del amor? Tantas preguntas seguidas me producen vértigo. Y no se me ocurre ninguna respuesta apropiada, sólo nuevas interrogantes. Quizá la noche, espesa y alegrísima, que se abre delante de mí como la boca del infierno, me traiga alguna forma de consuelo. ¿Acaso una voz? Lo cierto es que aquí, en el corazón de la selva amazónica, el aroma rancio de la piel de Carlota, esa esencia que recuerda el almizcle y la carne secándose al sol, aún permanece adherido a mis fosas nasales.
Sopla una brisa ligera que barre cualquier rastro de calor. Falta una hora para la medianoche, creo que la madrugada será aún más fresca. Tendré que procurarme una manta, pero ahora mismo no me animo a levantarme y buscar a tientas el morral. No sé dónde dejé la linterna. Si aproximo mis manos a mi rostro veo unas formas borrosas, y la malla fina del mosquitero se distingue apenas como el manto de un espectro que se bamboleara en el aire. Y si no fuera por el rumor intermitente del río, quién sabe si el silencio se pudiera soportar. La música que venía desde las chozas hace rato se apagó. La muchacha mantuvo el radio encendido hasta las diez. Durante un instante, mientras los ruidos que parecían salir de la misma selva llegan a mis oídos en oleadas lentas, oscilantes, creí ser víctima de una alucinación. Aislados, los sonidos no me decían casi nada. Muy bien podían tomarse por la algarabía de pájaros nocturnos que el aire transformaba en lamentos, tal vez no fuesen más que fragmentos de una fanfarria. Pero luego se enlazaban y se ajustaban como los eslabones de una cadena. La melodía adquiría forma hasta el punto de ser reconocida. La radio transmitía una ópera: La Carmen de Bizet. Oh, Dios, ¿qué sucede?, me pregunté sobresaltado. ¿Es esto lo que llaman sincretismo cultural? ¿No se tratará, más bien, de una aberración? Imaginé a la muchacha, desnuda en la hamaca, mecida por los acordes de la guitarra y por la vibración quejumbrosa de las voces. Su piel aceitunada relumbrando como una zarza ardiente en la oscuridad. Y sus dedos, largos y finos, cargados de electricidad: el índice y el medio de la mano derecha frotando con sus yemas el botoncito alerta de su sexo, la primula rosa, extrayendo de aquella fuente misteriosa aromas profundos, candelas y humedades. ¿Por qué me demoro en estos pensamientos? ¿Qué sé yo de esa criatura salvaje de mirada transparente? ¿A cuenta de qué le atribuyo un comportamiento propio en todo caso de Carlota?
A propósito, ¿quién es Carlota? Hace apenas una semana no existía para mí. Conocerla fue un suceso en el cual no intervino para nada la casualidad. Al menos, así lo registra mi memoria. Yo afinaba los preparativos del viaje al Amazonas y aún me faltaban los mapas de la zona de estudio. La Oficina de Cartografía, un reducto de burócratas ociosos, no atendía mi solicitud. Exasperado ante la tardanza, opté por una solución heroica: me apersonaría en la oficina, aún cuando un paseo al centro de la ciudad - donde un enjambre de asaltantes, buhoneros y mendigos se abalanza contra ti sin piedad - era lo último que se me podía ocurrir. A fin de hacer más llevadera aquella peligrosa incursión decidí visitar a Roxana, una amiga que en otro tiempo me proporcionó inolvidables momentos de placer y torturas sin fin, y a quien no veía desde el año pasado. Le perdí la pista, pero unos días atrás me enteré por el periódico de que la habían nombrado en un alto cargo del Ministerio de Cultura. Su despacho ocupa un amplio espacio en el piso treinta y siete del edificio adyacente al Ministerio de Minas, donde se halla la Oficina de Cartografía. Así que, marqué su número de teléfono y concertamos una cita. Iría a buscarla a su trabajo y de allí saldríamos a almorzar.
Desde temprano, la ciudad con su bandera de humo negro me fue mostrando los signos que anunciaban nuestro encuentro. No hablo de Roxana sino de ti, Carlota, pues Roxana, como una eficiente Celestina, sólo se ocupó de hacer los movimientos justos, en apariencia imperceptible para que tu presencia - y la mía - en su despacho hipermoderno parecieran una mera coincidencia y no un plan urdido con anticipación. Yo había dejado ya de interesarle, sin embargo, por un extraño impulso maternal sentía la obligación de protegerme. Le preocupaba que a mis treinta años me mantuviera aún soltero - desparejado, como solía decir - y veía en ti un bálsamo para mi soledad. Pero me estoy adelantando. Al volante del pequeño auto me deslizo sobre la larga y espejeante franja de asfalto y vislumbro fragmentos de tu rostro en una gran valla que domina el sector sur de la autopista. Tu sombra de luces y de arena se alarga contra la superficie rugosa de los muros, crece y rueda como una esfera transparente repleta de grillos y luciérnagas. ¿Qué estoy diciendo? Empiezo a delirar. Falsifico mis propios recuerdos, percibo señales inequívocas de tu existencia en los lugares donde sólo hay formas chatas y fealdad. Esta ciudad es horrible, ruin, llena de cráteres y atiborrada de cachivaches y basura, hedionda como un matadero. Los parches lujosos, a manera de cintas de seda en el traje de un mendigo, no logran disimular sus carencias. Más bien las magnifican. ¿Acaso se te parece? Quizá el color del cielo, de una pureza insólita, se corresponda con el azul de tus ojos. Pero ese cielo ha estado ahí desde siempre, ¿ por qué precisamente ahora, cuando avanzo como un lunático por una serie de callejuelas grises buscando un sitio para estacionar, por qué, dime, habría yo de atribuirle dones premonitorios? "Encuentros mágicos", dijiste. La magia, sin embargo, suele mostrar sus debilidades. Un encuentro no es más que una metáfora - pienso desde mi refugio en la selva, protegido por el cielo negro. Pero esta idea repentina no bastará para salvarme, pues ya me veo delante del ascensor que nos conducirá hasta el lugar de la cita. Sí, tú viajabas a mi lado en aquella jaula de sonámbulos, y aunque te hubieras ocultado bajo un disfraz de astronauta tu presencia no habría pasado desapercibida para mí. No tanto por las formas armoniosas de tu cuerpo (en la ciudad abundan las hembras bien alimentadas), tampoco por el escote agresivo de tu blusa color salmón, sino por el olor. De tu carne madura brotaba un aroma inquietante, dulzón. (Aún cuando hablo conmigo mismo, intento ser sutil, no sé por qué). ¿Qué otra cosa recuerdo? ¿Algún detalle? Sí, la trayectoria oblicua de mi mirada y un reflejo como de oro quemado en tu garganta.
Sentada frente a un amplio ventanal y haciendo volutas con el humo de su cigarrillo nos aguardaba Roxana. Disimuló muy mal la sorpresa de vernos llegar juntos. "Los dos ligaditos. Qué casualidad, ¿no?", dijo con voz de niñita pillada en una travesura. Como si la muy bribona no nos hubiera citado para la misma hora. "que extraño que no se conozcan. Yo juraba... bueno, en fin". Y procedió a las presentaciones, asignándonos atributos divertidos para romper el hielo y hacernos reír. A Carlota la tildó de "Sanguinaria princesa renana" y a mí de "botánico superbo y maricón". "Heredero de Humboldt, pues", dijo volteando los ojos. Y luego ordenó que nos trajeran una jarra de té frío. "Y para mí un café negro bien cargado", agregó. Nos sentamos en unas butacas mullidas, alrededor de una mesa de caoba y cristal. Roxana habló con Carlota de un proyecto musical, un concierto al aire libre con la participación de varias bandas de rock. "Un show cojonudo, sí, señor", precisó. Estas andan en una de revival -pensé. Carlota se encargaría de la coordinación del festival, selección de los grupos, contratos, publicidad. Graduada en lenguas muertas y con un postgrado en Lingüística, Carlota se ganaba la vida en el mundo del espectáculo. "Estos tiempos son básicamente irónicos", decía para justificar su elección. Yo me mantuve un poco al margen, siguiendo con la mirada los gestos de aquel par de alegres cuarentonas, sordo al parloteo, más bien desubicado como si me hubiera equivocado de lugar. Viendo el rostro barnizado de Roxana y su cuello de acordeón me preguntaba cómo fue que apenas dos años atrás viví con ella un romance desesperado. Acepté humillaciones que hoy me avergüenzan, y el día que me abandonó estuve a punto de suicidarme. Qué extraños somos los humanos. No me reconozco en aquel idiota que fui, lo compadezco. Y ni siquiera siento el más mínimo rencor por esa mujer. Debería estar agradecido de su decisión, pues hizo lo que tenía que hacer, yo me había convertido para ella en un estorbo. En cambio, Carlota, una desconocida, a quien, de haberla visto a través de un cristal no le hubiera dedicado un segundo de atención, comenzaba a tomar forma delante de mí, se iba armando como un rompecabezas, y cada nueva pieza que se revelaba adquiría una importancia inusitada, me sorprendía y me deslumbraba. Estuve tentado de huir, pues no estaba yo preparado para enfrentar a la figura final. Desde mi fracaso con Roxana, me refugiaba en una continencia caprichosa, que en modo alguno consideraba definitiva, pero a la cual no atribuía ningún mérito especial. No, no me reservaba para nadie. Al igual que un boxeador maltrecho me limitaba a saltar la cuerda, guanteaba con mi sombra y descargaba mi furia contra un saco relleno de goma espuma. Pero Roxana tenía otros planes. Antes de soltarme en el centro del ring, me ablandó. Preguntó acerca de mi viaje y quiso saber si de verdad aquellos indios eran antropófagos. "Comen carne cruda", aclaré y vi un brillo sangriento en los labios de Carlota. Roxana insistió: "¿Es cierto que las serpientes se deslizan en las hamacas de los hombres buscando calor?" "Son cuentos de Quiroga", dije sin convicción. Agotada la serie de preguntas, Roxana hizo sonar la campanada del primer round y ya no pude escapar. "Ah, por cierto", dijo en tono distraído, "no podré almorzar contigo. A última hora me convocaron para una reunión urgentísima. Salgo en quince minutos. Pero, ¿no tendrás inconveniente en acompañar a Carlota, verdad?". Amiga mía, no faltaba más.
"Agnus Dei qui tollis peccata mundi", el cordero en salsa despertó el humor de Carlota. Y a mí el vino me soltó la lengua. Luego nos refugiamos en un bar. Disponíamos de la tarde entera para reinventar un pasado que, de alguna manera, no nos contentaba, pues nada había en él que pudiéramos compartir. ¿Fue entonces cuando sentimos la necesidad de fundirnos en un abrazo capaz de anular nuestra insatisfecha relación con la memoria? Recuerdo que busqué los signos de mi muerte en las líneas de tu mano y te hablé de un río del Amazonas. Aguas abajo, veníamos remando desde muy atrás - dije. Desde el origen. A tientas como ciegos. Al atardecer, el sol incendiaba las riberas bordeadas de árboles, iguanas y palmeras, y nuestra nave se tambaleaba al igual que una burbuja llevada por el viento. Las noches, silenciosas a veces, traían a nuestros cuerpos cierto alivio, y soñábamos con la mirada abierta hacia los confines de la Vía Láctea. Y mientras la fiebre me hacía ver espectros danzantes en tus ojos, aprendí a diferenciar un espejismo de un celaje. ¡Qué confusión, amiga mía. Yo, que mantengo ana relación más bien distante con el alcohol, bebía como un cosaco. Tuviste que intervenir para evitar que nuestra frágil embarcación se precipitara en los raudales. "¿Con qué derecho me incluyes en tus aventuras fluviales?", dijiste en un tono que no sabía disimular la brusquedad, y aquella manera de cortar mi delirio me perturbó. Pero luego me veo, como en una película acelerada, colgado de tu hombro, dejándome arrastrar a través de un laberinto de escaleras mecánicas, pasajes subterráneos y calles mal iluminadas. Anochece ya. Escucho la sirena de una ambulancia, tu voz airada retumba cerca de mí. ¿Discutes con el taxista? Atravesamos un largo pasillo bordeado de macetas y espejos. Abres la puerta de tu apartamento, un espacio negro se dibuja en mi memoria y a medida que intento dilucidarlo se ennegrece aún más. ¿Nos amamos a muerte? Quisiera creer en tu testimonio. Recuerdo que en un raro instante de lucidez te vi desnuda, de pie en mitad de la habitación, tu cuerpo bañado por el resplandor de neón que se filtraba a través de la ventana. La imagen se disolvió con tal rapidez que no es ocioso pensar en algún artificio de prestidigitación o, por qué no, en un recurso subliminal; No supe en qué momento me quede dormido. El frío del amanecer me despertó. Un olor atosigante impregnaba el aire, las cobijas y mi piel. Tuve la sospecha de que respirar aquel aroma espeso y punzante se convertiría en una operación de alto riesgo, tal vez letal. Recogí mis ropas y huí. Trabajos perdidos, señor, pues cerca del mediodía el teléfono repicó y me precipité a responder como si de aquella llamada dependiera mi vida, yo sabía que eras tú.
Ah, si pudiera borrar de un manotazo esta semana infausta. Salir de la Oficina de Cartografía y encaminar mis pasos rumbo a la estación del metro. Buscar el auto y volver al laboratorio. Nada hubiera sucedido. Mis pensamientos de esta noche no estarían envenenados por tu recuerdo. Pera, ¿cuál es mi reproche? ¿Acaso me obligaste, con el cañón de un revólver hundido en mi nuca, a realizar alguna acción contra mi voluntad? No, amiga mía, no se trata de eso. Me atrevo a decir, incluso, que yo tenía una conciencia muy aguda de mis actos. No obstante, aún cuando hubiera luchado para librarme de mi destino, mis esfuerzos habrían resultado inútiles. Hay en todo esto una contradicción y es ahora cuando empiezo a vislumbrarla. Vagamente, es verdad. Lejos de ti, sobrevolando un territorio inhóspito, te imagino como a un ser cruel, capaz de hacer daño sólo por el hecho de existir. Luego, cuando me acerco, fascinado por el vaho de muerte que exhalan tu aliento y tu piel, olvido la amenaza que se cierne sobre ti y te conviertes entonces en un exquisito manjar para deleite de mis sentidos.
¿Es esa ambigüedad lo que me atrae hacia Carlota? Esta mañana, mientras la lancha avanzaba bordeando la ribera rocosa, yo cerraba los ojos e intentaba reconstruir su rostro en la oscuridad, pero sólo distinguía unas formas vagas, semejantes a un par de pétalos hinchados o a gotas de azogue flotando en el vacío. El esfuerzo me fatigaba, e irritado volvía a una ocupación menos penosa, inútil también: contemplaba mi sombra proyectada en la superficie del agua. El sol golpeaba por el flanco izquierdo y la sombra iba trazando sobre la corriente un surco cambiante, irregular. Pero nada sucedía en verdad. La sombra y el agua no se mezclaban, ni siquiera llegaban a rozarse. Si acaso, los cambios ocurrían en algún lugar de mi cerebro recalentado por los vapores de la estación. ¿Qué conclusión puedo extraer de estos recuerdos que apenas a unas cuantas horas de haber estado ahí alumbrando como manchas de claridad el presente comienzan ya a enturbiarse? Y qué de los otras, desperdigados a lo largo de una semana tormentosa ¿Cuál de ellos vendrá esta noche a bordar figuras en mi mente?
Cubres tu desnudez con una manta de alpaca y te paseas por la habitación. Corres las cortinas del ventanal y un falso atardecer como un crepúsculo lechoso se apodera del aire. Luego enciendes un cigarrillo que se consume entre tus dedos al igual que una tea olvidada en un agujero de la pared, Buscas asiento al borde de la cama revuelta, apartas una almohada, te acercas a la esquina donde aguardo con rabia, ojos alucinados y ansiedad. Mi cuerpo dolorido, sacudido por corrientazos de alto voltaje, no da más. Una idea me perturba, una idea relacionada con tu comportamiento, pero no hallo la manera ni li oportunidad di hacértela saber. Llevamos ya tres días encerrados en este aposento, amándonos como pasesos, de sol a sol, comiendo puñados de frutos secos, bebiendo vino y vodka, separándonos apenas para ir al baño y salpicar con agua fría nuestros rostros empapados en sudor. He recorrido con mi lengua y con mis manos el territorio íntegro de tu piel. Jinete y caballo, trapecista, mono enloquecido, tábano, piojo, sacerdote y bufón. Flecha y herida, esto y lo otro he sido - para ti -. Pero, ¿por qué extraña perversión te has negado a dejarte contemplar? A excepción de la primera noche - como un destello verdoso en lo que queda de una caverna-, créeme, no he visto tu cuerpo desnudo. Te ocultas bajo las sábanas o la oscuridad te sirve de protección. ¿Escondes alguna horrenda cicatriz, un estigma vergonzoso que las yemas de mis dedos no pueden detectar' Deja de preguntar tonterías, si quieres verme, mírame a los ojos y ya - éstas hubieran sido tus palabras de haber cometido yo la imprudencia de hablar. Aún permaneces callada, tu cigarrillo se apaga. ¿Por qué te has puesto triste, mujer? Yo estoy en el fondo de la noche, boca arriba en una hamaca colgada entre dos palmas, atento al zumbido del silencio. Aguardo tu voz. Ahí viene, la escucho ya. Bulle y reverbera. Se hace nítida, la reconozco. "El bruto golpeaba a mi madre, te lo aseguro. Deja de mirarme así, no estoy inventando. Y la insultaba como si se tratara de una bestia y no de su mujer. La llamaba perra renana, puta, malparida y no sé cuantas lindezas más. Y mi madre, te lo juro, aguantaba como una mártir, apenas gemía cuando el castigo le resultaba intolerable, pero nunca la escuché protestar. Alguna vez dijo, no estoy segura de las palabras exactas, dijo que para ella la guerra aún no había acabado. No le faltaba razón. Mi madre era un ser frágil físicamente, quiero decir; sin embargo, de haber tenido la fuerza suficiente para enterrarle a su marido un cuchillo en mitad del corazón, no hubiera vacilado un solo instante". "¿Por qué entonces no lo envenenó?", soy yo quien te interrumpe, agrego mi granito de arena a esta edificante narración. Y tú continúas como si nada: "Ella apostaba a la paciencia, aguardaba el desenlace que al fin llegó. Macabro y sangriento, no diré que justo, pues, ¿quién soy yo para juzgar a los demás? Mi padre se levantaba muy temprano y sus verdugos lo sorprendieron en la oscuridad. Nos dimos cuenta a la hora del desayuno cuando echamos de menos a los perros. Mi madre salió corriendo y se olvidó de mí, pero yo la seguí casi pisándole los talones. Colgado de un gancho de carnicero - hundido entre la garganta y la mandíbula -, estaba mi padre. Flotaba desnudo en el aire frío de la mañana, peludo como un oso, la boca llena de espuma y sangre. "Es una pesadilla, ¿verdad?", quise preguntarle a mi madre, pero ninguna voz salía de mí. "Si me sacudes con fuerza, despertaré", lo intenté de nuevo y fracasé. Busqué el rostro de mi madre y la vi sonreír. Sí, te lo juro, vi su sonrisa idiota, y luego la escuche carcajearse como una loca. Huí de aquel infierno y me refugié en mi cuarto, hundí mi rostro entre Ia almohada y no supe más".
"El resto de la historieta puedes averiguarlo por tu cuenta. Está en los periódicos de la época. Incluso un periodista enano que se creía un Truman Capote local escribió una novela inspirada en el "caso verídico del alemán ajusticiado". Un bodrio, che, como diría un argentino. Inventó un comando vengador israelí, y sugirió con malevolencia la complicidad de mi madre - quien, según él, tenía sangre judía. Lo cierto es que aquel horror, además de enriquecer a un editor inescrupuloso, se convirtió en el cangrejo del año. Y hasta el sol de hoy no se tiene ni una pista de los asesinos. Nadie exhibió ninguna prueba de que mi padre hubiera sido un nazi. Viví en Alemania durante doce años, casa de unos parientes que me rescataron, y me convencí de la imposibilidad de la hipótesis planteada por aquel fablistán cerebro de pollo. No quiero decir que mi padre fuera un santo, fue cruel con mi madre, no lo puedo negar. Pero, ¿acaso merecía tan espantoso final'?. "¿Y tu madre, qué sucedió con ella?", pregunto. "Se volvió loca, no era para menos, ¿verdad?. De vez en cuando la visito allá en el sanatorio, pero nunca ha dado muestras de reconocerme".
Había algo que no me convenía en el relato de Carlota. La trama era demasiado truculenta, me sonaba a cuento chino, como si Carlota, no sé con qué aviesa intención, la hubiera inventado para mí. El día anterior le había tocado el turno a su primer amante, un profesor de latín, obeso y libidinoso, que al sentirse burlado por su joven alumna - que no cesaba de manifestar una conducta por demás extraña, adquirida durante su larga estancia en un país bárbaro -, se lanzó al Main desde el Alte Brücker. Un gordo suicida, qué extraño - pensé. Sin embargo, esta nueva ordalía, la de su padre charcutero, me produjo una especie de crispación. Pues, ¿acaso esas muertes violentas no obedecerían a una serie en la cual yo era apenas otro eslabón? Destino éste que no me hacía ninguna gracia, y en un intento vano por escapar de él me dije a mí mismo que Carlota mentía a conciencia. Pero no me iba a tomar el trabajo de revisar periódicos viejos - justo los del año de mi nacimiento - para comprobar mi sospecha. Decidí enfrentar a Carlota directamente, le expresé mis dudas. No es un defecto, dije, poseer una mente fantasiosa. Ella, que parecía no estar dispuesta a retractarse, me interrumpió: "Mírame a los ojos, ¿crees que soy capaz de mentir?". La piel lisa y brillante de su rostro, que le daba un aspecto de muñeca malvada, me alarmó, pero nada vi en sus ojos, y no es que estuvieran apagados o carecieran de expresión, sino que habían sido vaciados de toda luz.
¿Soy insensible o refractario? ¿Acaso me he curado de espantos? Si lograra ponerme de acuerdo conmigo mismo, no estaría, como ahora, metiendo el dedo en heridas que no acaban de supurar. Ah, y dando vueltas en esta hamaca, oyen- do voces dentro de mi cráneo y ruidos allá afuera, como de seda rasgada, amplificados por la caja de resonancia, oscura y vasta, del silencio. Pero, ¿son ruidos imaginarios o es una culebra que se arrastra entre la hierba seca? La brisa enfría el aire, sacude la malla del mosquitero, y el insomnio que hace rato me tenía sin cuidado comienza a fatigarme. Si no me equivoco, debe ser medianoche apenas, uf, qué inmensa travesía de aquí al amanecer. ¿Las noches con Carlota fueron breves? Creo que formaron un todo, caótico y confuso, con los días.... Una cuchillada de luz amarillenta que se filtró de repente en la habitación vino a cortar aquel idilio sin tiempo. La claridad inesperada me produjo una suerte de mareo: tambaleándome caminé hasta el baño, humedecí mi rostro en agua fresca, me asomé al espejo, y en mi rostro demacrado y sin rasurar supe que era jueves. Tres días en el túnel, tres días amortajado, tres días sin respirar. Mientras repetía la letanía buscaba grietas en el aire, alguna fisura que me permitiera escapar. "Pasado mañana salgo para el Amazonas", dije en voz alta al regresar a la habitación. La frase sonó hueca, carente de sentido, como si hubiera brotado de los labios de un profesor de idiomas que en un salón vacío ensaya su lección. Pero no me di por vencido ante aquel primer descalabro, pues una fuerza a la cual no cabía oponer ninguna resistencia tiraba de mí. Me aproximé a Carlota y susurré la frase muy cerca de su oído. Y al escucharla, Carlota se levantó de la cama como impulsada por un resorte. Dio unos pasos de ballet, precisos, automáticos, que dibujaron en el espacio alumbrado por el resplandor mortecino del atardecer una figura simétrica parecida a una flor trazada por un compás. "Fin del primer acto", dijo Carlota, al tiempo que remataba su danza. Y de un salto que me sorprendió por su elasticidad, traspuso el umbral del baño. Deberías aprovechar la oportunidad para salir en estampida - me dije en un instante de desesperación. Recoge tu ropa y hazte humo, ¿qué esperas? Amigo mío, sosiégate, no se trata de una fuga, ¿verdad? El chisporroteo de la ducha me adormeció, y en aquel breve lapso tuve un sueño inquietante, que en otras circunstancias hubiera clasificado de divertido. Estoy arrellanado en el asiento trasero de un taxi que se desplaza a velocidad de crucero por las calles oscuras de una gran ciudad. La amplia ventanilla permite ver un paisaje evanescente: edificios grises, pálidos avisos de neón, alguna luz difusa bailoteando en una terraza. El taxi se estaciona al borde de una calzada, el conductor se voltea y dice algo que no alcanzo a comprender. ¿Me informa que ya llegamos al punto convenido o me pide que le repita la dirección? Tal vez anda extraviado en el laberinto de callejuelas de esta ciudad que me resulta, desde cualquier ángulo, desconocida. En cambio, a él sí lo conozco, su perfil es para mí absolutamente familiar, me sé de memoria el mapa erosionado de ese rostro. ¿Cómo no voy a reconocerlo si es mi padre? Pero, ¿qué hace manejando un taxi a esta hora avanzada de la noche? A sus noventa años no debería arriesgarse a salir a la intemperie. Un resfriado lo puede matar. Mientras reflexiono sobre esto y lo otro, un automóvil, que tal vez nos venía siguiendo, se detiene justo detrás del nuestro y apaga las Iuces. Mi padre, que ha observado a través del espejo retrovisor la maniobra de los perseguidores, dice en voz alta: "Ese es el carro de los bandidos ¡Vámonos!". El taxi arranca picando cauchos y el chirrido de los neumáticos mordiendo el asfalto me despierta. Qué extraña es la lógica de los sueños, le comento a un interlocutor invisible. En ningún momento recordé que mi padre no sabía manejar, y olvidé también que hace ya quince años, una tarde soleada, en el tope aplanado de una colina desde la cual se dominaba el sector sur de la ciudad, lo habíamos sepultado. Contrariando su postrera voluntad, pues en los escasos momentos de cordura que hacían levemente soportable su ya largo padecimiento - calificado por los médicos como demencia senil -, insistía en que a la hora de su muerte lo incineraran y arrojaran las cenizas en el río de su infancia. "En el sitio que llaman Pozo Hondo, justo bajo el puente", precisaba. Y luego como si estuviera contemplando su sombra sobre el agua, comentaba: "Allí fui feliz". De mi padre heredé una colección de plantas y lagartos fósiles - que incluían, entre otras rarezas, un ejemplar tal vez único de un helecho que crecía en los taludes rocosos que bordeaban un lago, milenios antes de la aparición del depredador conocido como Homo sapiens. Heredé también estos ojos color miel que intentan en vano descifrar los enigmas de la oscuridad. Pues la noche ennegrecida se ha cerrado sobre mí como la puerta de una tumba. ¿Quién vendrá a mitigar mi soledad? Carlota aún permanece bajo la ducha y la culebra que hace rato se arrastraba entre la hojarasca acaso encontró un lugar tibio donde reposar.
El otro sueño no es menos extraño, y en él, aunque sólo se tratara de una presencia anunciada, también estaba mi padre. Lo soñé ayer durante el trayecto Puerto Ayacucho - San Carlos de Río Negro. La frágil avioneta sobrevolaba un banco de niebla deslumbrante que hacía pensar en un mar de leche fermentada. De vez en cuando, de aquel manto blanquísimo sobresalía la corona verdeazul de un tepuy. El zumbido de abejorro del motor, el cansancio acumulado y el resplandor acerado del sol desbordaron mi capacidad de resistencia. Cerré los ojos y Roté entre capas de aire enrarecido, olía a lluvia y un vientecito tenaz me chicoteaba los pantalones. Delante de mí se abría un camino resbaladizo y estrecho que seguía una pendiente abrupta y traicionera que acababa en el lecho de un río seco. Me aferré al manubrio de la bicicleta y probé a disminuir la velocidad pulsando el freno trasero (una regla de oro me impedía tocar el otro freno), pero al primer intento desistí pues la rueda se desvió peligrosamente hacia el barranco. Maniobré con los pedales y la cadena se trabó, perdí el control y caí de bruces en una zanja. Me levanté y escupí en el cuenco de mi mano un puñado de dientes. Amuletos de marfil ensangrentados - pensé. Y aquel pensamiento, que no era propio de un muchacho de once años, me consoló. No porque tuviera algún poder capaz de restituirme los dientes arrancados y ni siquiera porque me aliviara del dolor. Un pensamiento inservible, tal vez, pero que a mí me causaba placer. Los lavaré con agua fresca y se los regalaré a mi padre. El los observará con su lupa y luego los guardará en un cofre de latón, al lado del lagarto negro que halló en el flanco rocoso de una montaña, cerca del mar. "Qué bonitos los dientes de mi hijo, amuletos de marfil", dirá.
"El sueño típico de un masturbador", comenta Jean-Luc. Quién me manda a estar contando mis intimidades. El biólogo francés, que ha venido a enterrarse en vida en lo más profundo de la selva, conduce el jeep con una mano y con la otra se acaricia la barba desteñida. Y se ríe, como un Freud de pacotilla, de su genial interpretación. Hace media hora que salimos de San Carlos de Río Negro. Avanzamos por la carretera llena de baches rumbo al Casiquiare. Por suerte Jean-Luc se ofreció para llevarnos hasta el embarcadero, de otra manera hubiéramos tenido que esperar hasta pasado mañana. A Jean-Luc lo conocí ocho años atrás, cuando estuve aquí por primera vez recogiendo datos para mi tesis. Al principio su cinismo me desconcertó y yo interpretaba sus opiniones atrabiliarias y suficientes como un complejo de superioridad. ¿Se cree la madre de Tarzán o qué?, me preguntaba con rabia. Sin embargo, la imagen detestable que me había formado de aquel extranjero tuve que cambiarla por otra, bien distinta, trágica, ciertamente admirable. Un atardecer sofocante, mientras yo ordenaba un material recién recolectado, Jean-Luc, sentado en su hamaca y fumando un tabaco asqueroso que mantenía a raya a una nube de mosquitos, me contó lo que llamaba su "aventura equinoccial". Desde muy joven estuvo fascinado por el trópico y esa afición determinó incluso su vocación por la Biología, pues sus planes eran los de mudarse para siempre a una selva tropical. Estudió con empeño y se especializó en flora mínima del Amazonas. Antes de partir a Venezuela, becado por una Fundación, conoció a Gertrude, una estudiante holandesa que compartía con él aquel anhelo selvático. "Bellísima como una virgen de Van Eyck que vi en un museo de Alemania", subraya mi informante con la mirada perdida en la puerta que da al jardín. Se enamoraron como locos y juraron amarse de aquí a la eternidad, se irían a vivir a orillas del Río Negro y allí construirían un refugio seguro donde darían rienda suelta a la pasión. Lo construyeron y lo disfrutaron durante un año justo. Y como en los sueños demasiado vivos, el despertar fue brutal: una fiebre repentina atacó a la bella Gertrude. La virgen flamenca, ante la mirada desorbitada de su amante, murió entre vómitos y convulsiones antes de que llegara el helicóptero salvador. Jean-Luc la sepultó en el jardín y desde entonces "me he convertido en el guardián de su tumba. Vivo sólo para Gertrude, y he tomado las previsiones para que me entierren a su lado. Aguardo ese momento con ansiedad". ¿Y por qué no se mata de una vez y así abrevia la espera?, pienso yo. Y Jean-Luc, como si me hubiera leído el pensamiento, se queda contemplando el humo espeso de su pipa, y con voz que se me antoja un poco triste habla para sí mismo: "No pertenezco al género suicida, que lástima, ¿'no?". Doce años bajo este sol inclemente y feroz han convertido a Jean-Luc en una criatura espectral, mezcla de pájaro con las plumas alborotadas y arbusto seco de tallo escamoso y retorcido. Podría muy bien entreverarse con el paisaje, pasar inadvertido como el camaleón. Me extravío en consideraciones que no vienen al caso, pues el destino de ese señor - que ahora apoya su mano nudosa en la palanca de cambios y recorta la velocidad - me es ajeno. Me conmueve, sí, no soy una roca, pero lo veo desde afuera como si estuviera impreso en las páginas de un libro, el cual podemos cerrar y devolver a su estante. Jean- Luc interrumpe mis divagaciones, me llama la atención acerca de un grupo de zamuros que revolotean alrededor de un animal muerto, hinchado ya, tirado con las patas al aire en el fondo de una cuneta. "Es una danta", informa el perito - que se ha despertado con un sobresalto e intenta acomodarse mejor en el asiento trasero, entre los doscientos kilos de equipaje. Los zamuros se acercan y se alejan, oscilan a pocos palmos del suelo, sacuden sus alas sucias que al entrechocarse resuenan como tijeretazos, posan sus garras en el suelo guijarroso, bailotean. Algunos, parados en las ramas bajas de los arbustos que bordean la carretera, estiran sus cuellos pelados y vigilan. Observo que la danta aún permanece intacta (señores, la mesa está servida) y me pregunto qué esperan aquellas aves voraces para dar inicio al festín. "Aguardan la llegada del rey", es la voz, de Jean-Luc, tan oportuno él. Luego, como si el tema me interesara en demasía (no, no es verdad, amigo mío) se dispone a saciar mi curiosidad. Lo escucho, sí, afiné mi oído y lo escuché, y todavía entre las capas intensamente oscuras de esta noche reverbera su voz. El rey zamuro se distingue de los demás por su porte altivo y por la capa de plumas blancas que lo recubre a manera de manto real. También su pico es diferente, fino y delicado, ligeramente curvado, amolado como un cuchillo de diamante. Cuando el rey hace su entrada en escena, los súbditos se agitan, intercambian miradas golosas, se colocan en sus marcas como atletas disciplinados e impacientes. Ninguno se atrevería a dar un paso en falso, mantienen hacia el jefe una actitud reverencial. Vamos, Jean-Luc, acaba de una vez. Soy yo el que ahora se impacienta, y, por si fuera poco, comienzo a ponerme tenso, pues he vuelto a escuchar un ruido entre las hojas secas. ¿Se habrá despertado la culebra?. El rey, solitario delante de la presa, la ausculta con morosidad, precavido y desconfiado, como si quisiera asegurarse de su definitiva indefensión. El olor a carne descompuesta no le basta. Intuye que una última chispa de vida se esconde en algún lugar y no se dará por satisfecho hasta encontrarla. Busca y rebusca. No la halla ¿qué sucede? ¿Se habrá descompuesto mi radar? Ah, al fin, ahí está. ¡Los ojos!, por supuesto. Los ojos abiertos del animal, que guardan la silueta del matador o un girón de nube o una rama que se bambolea contra el cielo del atardecer. Espejos convexos, pulidos por la claridad, capaces todavía de reflejar la forma amenazante que se aproxima. El rey toma impulso, hunde su pico torcido en la piel blanda del ojo, y de un sorbo lo vacía de toda luz. ¿Sabrá acaso que su propia imagen de ave carroñera ha saltado en pedazos? .
No era una culebra de verdad, menos mal. Silbó a dos pasos de la hamaca y luego habló en un susurro: "No te asustes, soy yo". Reconocí la voz. Te esperaba, te he esperado toda la vida - pensé. "Ven -le dije-, yo también tengo frío". La muchacha se acostó a mi lado y sentí el roce quemante de sus pezones en mi piel. Si la oscuridad me impide contemplarla, la acariciaré. Pasé mi mano abierta por su espalda y la fui bajando hasta que toqué el cordón del guayuco. "Sabía que estabas despierto", dijo. Y luego agregó: "Las noches sin luna no son buenas para dormir". "¿Cómo te llamas?", pregunté y quise envolverla en un abrazo. Creo que no me escuchó, se separó un instante como si la cercanía le impidiera respirar e hizo un comentario que se quedó zumbando en mi cerebro: "Hueles a muerto... Cuando amanezca nos bañaremos en el río". Sombras en el agua - pensé.