Un rostro en la penumbra

Ednodio Quintero


Densa y arracimada, la niebla que me rodeaba se podía cortar con un cuchillo. Y a veces la senda tan cerca como un traje de polvo ceñido a la piel. Se me metía en las fosas de la nariz, empañaba mis ojos, se enredaba entre los flecos negros -teñidos de sudor- de mi cabello. Aunque el cansancio amenazaba aniquilarme, no podía siquiera pensar en hacer una pausa: si dejaba de avanzar, mis músculos se entumecerían, y la posibilidad de permanecer una noche a la intemperie me aterraba. No, no temía a la oscuridad, sino al frío nocturno que en aquellos parajes tiene un efecto letal. Hacía ya rato, horas tal vez, que andaba extraviado. Pero esta circunstancia no me producía una inquietud exagerada, pues parece ser que todo aquel que se adentra en la montaña debe darse por perdido. Lo que de verdad me preocupaba era hallar una salida antes de que la noche se me viniera encima; encontrar una cueva, una cabaña, lo que fuera que me permitiera guarecerme del frío y dormir.

  ¿Qué hacia yo danzando como una marioneta en aquel paisaje de pesadilla? De verdad no lo sabía, lo puedo jurar. Lo había olvidado, seguro que sí. Mi cerebro también había sido invadido por la niebla -un manto espeso velaba mis recuerdos. Y el trance por el que ahora pasaba no era el más propicio para esforzarme en recordar. Debería concentrar mis escasas energías en una tarea urgente: abrir un portillo entre la niebla. ¡Escapar!

  Por momentos el espacio en torno a mí se despejaba levemente, como si una luz que brotara del mismo suelo acudiera en mi ayuda. Y aquel breve y ceniciento resplandor me permitía reconocer el terreno que servía de escenario al drama insensato que me había tocado en suerte protagonizar -y del cual ninguna señal me indicaba un final feliz. Árboles enanos y achaparrados, de tronco rugoso y copa ancha y rastrera a causa del empuje tenaz del viento -surgían como espectros de un mal sueño. Escobas de bruja, pajarracos de mal agüero. Ya los había visto antes de que la niebla arreciara. Y ahora reaparecían, solitarios o en pareja, idénticos entre sí, agitando sus ramas ennegrecidas y resecas como manos de ahogados o esqueletos de pez. Flotaban entre la bruma aumentando mi confusión. Sí, pues una idea terrible tomaba cuerpo en mi mente: si aquellos fantasmas vegetales eran los mismos que había divisado al comienzo de la tarde, yo estaba girando en círculo, volvía al mismo lugar. La hipótesis no era del todo descartable si se la analizaba con cierta objetividad, ya que desde una hora temprana, próxima al mediodía, yo había culminado el fatigoso ascenso a través de un sendero empedrado, hasta llegar a una planicie inmensa -que parecía no tener fin-, acribillada por rocas grises cubiertas de musgo, tan altas como un hombre erguido, y de formas caprichosas: sapos, huevos de dinosaurio, un buey arrodillado. Y entre las rocas, como guardianes de un mundo perdido, esos árboles negros barriendo con sus ramas el aire enrarecido -que muy pronto sería cubierto por los nubarrones. Me interné en la meseta, y a medida que avanzaba fui rodeado por la tiniebla cierta o por la penumbra de un falso atardecer. Perder el rumbo en tales condiciones era un evento predecible, natural.

  Quise creer que me desplazaba -siempre- en línea recta. Pero aquel pensamiento apenas me servía de consuelo: carecía de puntos de referencia que justificaran con algún grado de certeza los progresos de mi avance. Tal vez si el aire se despejara y me permitiera ver el sol, podría orientarme y salir del laberinto. Apenas formulé esta idea -en esencia una súplica desesperada-, y como si la naturaleza obedeciera a mi deseo, la niebla comenzó a apartarse de mí. Se alejaba en ráfagas, empujada por vientos repentinos que surgían de algún lugar cercano cuyo centro parecía estar en mi mismo cuerpo. Y al alejarse arrastraba consigo polvo y hojas muertas. Aunque extraño, el fenómeno no me sorprendía del todo, pues aquella jornada, signada por el extravío y el olvido, estaba minando mi capacidad para el asombro. En pocos minutos tuve una visión de conjunto, que me produjo una mezcla -contradictoria- de desasosiego y alegría. De un lado confirmaba el hecho de no saber dónde me hallaba -ni hacia qué lugar concreto o imaginario me dirigía. Pero también, del otro, se me ofrecía una posibilidad de escapar. El sol rojo del atardecer, colgado a un palmo de una lejanísima serranía cubierta de nieve, tardaría una media hora en ocultarse. Y aquel lapso de tiempo podía ser mi salvación. Me vi diminuto y solitario en medio de la inmensa meseta y eché a correr de cara al sol. El embrión de un borroso recuerdo me decía que yo había partido -semanas atrás- de una ciudad del Este, un puerto de mar, y que debería cumplir -como un imperioso mandato- el resto de la travesía, que, de seguro, hoy estaría llegando a su fin. Corrí y corrí, sin detenerme, y al alcanzar el borde de la meseta supe que había tomado el camino correcto.

  El sol se había ocultado ya, pero aún persistía un rescoldo amarillento, como de laca, adherido al suelo y a las rocas, a las ramas negras de los feos arbustos y a las palmas de mis manos. Y del otro lado de la meseta, en la vertiente opuesta a la que había trepado antes del mediodía, al fondo de un vallecito triangular rodeado por farallones, se divisaba, nítida y resplandeciente, una cabaña. La imaginé abandonada, tal vez en ruinas; apropiada, sin embargo, como refugio provisorio. Su techo, inclinado e irregular, parpadeaba como una lámina de oro. ¿Me enviaba señales? No lo sé. De cualquier manera, ya había decidido pasar la noche en aquel bendito lugar. A decir verdad, no tenía otra alternativa. Respiré aliviado y esperanzado: aunque la cabaña estaba un poco lejos y la noche me alcanzaría en medio del camino, llegaría arrastrándome como un reptil o braceando en la oscuridad. Vamos, muchacho -me dije, para darme ánimo-, vamos, pues.

 

II

  No soy ningún muchacho, hace rato que cumplí los cincuenta, pero llegué. No se veía ni un rastro de luz dentro de la cabaña, lo que confirmaba mis sospechas: ¿quién podía vivir en estos parajes abandonados de la mano de Dios? Muerto de cansancio me apoyé en la puerta, y ésta se abrió con un leve crujido. Avancé a tientas en la oscuridad hasta tropezar con una superficie dura, que al examinarla con la punta de mis dedos resultó ser el borde de un camastro. Me dejé caer como la rama de un árbol desgajada por un rayo, y apenas tuve fuerzas para envolverme en unas mantas gruesas que olían a grasa de carnero y orín. Un lecho un tanto duro, pero confortable, no me puedo quejar -pensé. Creyéndome a salvo, mi cuerpo maltratado por la penosa caminata se relajó. Mis párpados, pesados como plomo, se cerraban aun contra mi voluntad. Quería, antes de quedarme dormido, taladrando las sombras, hacerme una idea aproximada de aquel sitio providencial. Cuando un aroma, distinto al que emanaba de mi cuerpo y de las cobijas que comenzaban a entibiarse con mi calor, me llamó la atención. Leña quemada -pensé. Y husmeando el aire como un galgo que se abre paso en la maleza, creí localizar la fuente del olor. Luego agudicé la mirada hacia el rumbo que me indicaba el olfato y confirmé mi suposición: un fogón ubicado en una esquina de la cabaña conservaba algunas brasas. Alguien, durante el día o la noche anterior, había encendido fuego para calentarse, tal vez para cocinar una magra ración antes de continuar su travesía. Sí, me dije, éste es un lugar de paso utilizado por excursionistas y exploradores de la sierra, quizá la última escala de aquellos que se aventuran hasta las montañas nevadas donde esta tarde vi ocultarse el sol. Y a mí, que no soy ni explorador ni alpinista, a mí, que he olvidado el propósito de mi viaje -si es que lo supe alguna vez-, me servirá para reponer mis menguadas energías. Mañana -¡qué lejos se veía el mañana desde aquella orilla del anochecer!-,cuando la bruma que ahora me impide recordar se disipe de mi cerebro, es posible que logre saber a ciencia cierta quién soy y por qué he venido a este apartado e inhóspito paraje montañés. ¿Hallaré algún tesoro oculto entre los rescoldos de ese miserable fogón? ¿Espejos de plata, monedas antiguas o un nido de escorpiones? ¿Vendrá alguien, en mitad de la noche, con pasos de seda para no despertarme, a enlazar sus manos heladas con mi cuello y librarme así, de una vez por todas, de la incertidumbre y la desazón? ¿Acaso no habré muerto ya, y mi espíritu perplejo -aún desacostumbrado a su nueva condición vaga por regiones desconocidas en busca de sosiego? Oscilando entre estos y otros pensamientos, me entregué al fin a la corriente de un sueño pesado, salpicado de sobresaltos.

  Soñé con una mujer alta y desnuda que caminaba como sonámbula por un puente estrecho, tejido con ramas de bambú, colgante sobre un abismo sin fondo. El puente se mecía y la mujer vacilaba, y yo quería advertirla del peligro, pero la voz áspera, semejante a un ronquido que se anudaba en mi garganta, se convertía al llegar a mis labios en una mueca inútil como el boquear de un pez. Entonces la mujer, tal vez respondiendo a mi preocupación, entonó una canción. Y aquel canto, agudo y lastimero, cuya letra lamentaba la pérdida de su hijo idolatrado, me despertó. Apagada la melodía, escuché una respiración entrecortada y me incorporé sobresaltado. Era yo quien respiraba, un tanto sofocado. Me envolví de nuevo en las cobijas, y mientras regresaba al territorio movedizo del sueño creí escuchar un sollozo.

  Soñé luego con un andamio que se alzaba hasta el cielo, coronado por una plataforma de madera en la cual un individuo trajeado con un overol azul, sentado a horcajadas en un tablón, rumiaba lentamente su almuerzo: dos rodajas de pan que aprisionaban un pez. El pez, mordisqueado ya por la cabeza, agitaba la cola como suelen hacerlo los perros en señal de alegría. El individuo del overol, que habría advertido mi presencia (yo estaría observándolo desde un globo o encaramado en el lomo de un cóndor), se volteó en mi dirección, y, con una sonrisa que tenía algo de macabro y que dejaba ver una hilera de dientes caballunos, extendió la mano ofreciéndome el asqueroso emparedado. Gracias, le dije y desperté. 

  Antes de caer en otro sueño ingrato me pregunté quiénes serían aquellos personajes: una cantante y un obrero de la construcción. ¿Qué destinos, venturosos o miserables, se ocultaban bajo tales apariencias engañosas? ¿Formarían acaso una pareja vil: el bruto que me engendró y la infeliz mujer que me dio la luz? ¿Por qué mi madre lamentaba mi muerte? ¿Y por qué el señor del overol quería compartir conmigo un sandwich de pescado? Hice a un lado esas especulaciones sin sentido e intenté volver a dormir. Supliqué a los dioses que me concedieran un sueño leve y reparador, ojalá que oscuro y sin imágenes. Y creo que los dioses me escucharon, pues al despertarme por tercera vez sentí que la fatiga había disminuido y que ningún espectro surgido del sueño me perturbaba. Es verdad que no tenía idea de la hora ni sabía cuánto había dormido, pero era evidente que mi situación tendía a mejorar. 

   Al abrir los ojos por completo percibí una leve claridad, una cinta lechosa que se colaba por la hendija de una ventana. Amanece, pensé, pero luego caí en la cuenta de que aquella franja de luz no provenía del sol sino de la luna. De cualquier manera, me dije, aprovecharé ese breve resplandor para hacer una inspección somera de mi refugio. Comencé por el techo, que me pareció muy bajo, de cañas resecas, a punto de derrumbarse. Las paredes, agrietadas, mostraban manchones de carbón, y, cosa curiosa, algunos signos, como ideogramas chinos, a la luz mortecina de la luna imposibles de descifrar. Me volví luego en dirección a la ventana, y cuando intentaba fijar la mirada en la madera desconchada descubrí un camastro, similar al mío, recostado a la otra pared. Aquello no tenía nada de particular: una habitación doble, dos camas paralelas, como las que alquilan en los hoteles. No hay motivo alguno para alarmarse, vuélvete a dormir -me dije en voz baja, convincente, como si hablara con un niño asustadizo, temeroso de su propia respiración. Sólo que yo mismo me negaba a obedecer aquella orden perentoria, pues mis palabras animosas o consoladoras -inaudibles, por lo demás- no podían ocultar el hecho de que el otro camastro, al igual que el mío, estaba también ocupado. Alguien dormía, y se agitaba en sueños, a mi lado.

  Tuve una idea repentina -y absurda-: levantarme y sacar a patadas al intruso. Pero, me dije oportunamente, quién sabe cómo saldría yo librado de la confrontación. A lo mejor ese hombre -mujer o animal- que duerme cerca de la ventana es el dueño de la cabaña, tal vez el inquilino o usurpador. Si intento desalojarlo, alegará, con toda razón, algún derecho indiscutible: precedencia o propiedad. Y si nos enfrentáramos en un combate cuerpo a cuerpo, será él quien lleve las de ganar. Es posible, también, que se trate de un excursionista extraviado en la montaña, como yo. En tal caso, seguro que nos ayudaremos mutuamente. Hablaremos de los motivos y peripecias que nos condujeron hasta este lugar. Él me contará alguna anécdota inverosímil, difícil de creer. Por mi parte, si aún la amnesia me mantiene en este limbo mental, tendré que improvisar. Le contaré un cuento chino. Oiga, usted, vengo huyendo de la peste negra o del acoso de una mujer -le diré mirando la pared. Y aunque al principio nos observemos con desconfianza recíproca, acabaremos siendo amigos, pues he oído decir que la convivencia forzosa establece vínculos de solidaridad. Quién sabe si una avalancha de nieve o un temporal nos obligue a permanecer aislados, como náufragos, durante meses, soportando los rigores de este clima hostil.

  Continué durante un largo rato barajando posibilidades, ideando estrategias de sobrevivencia, inventando diálogos tercos o conciliadores. Y de vez en cuando me volteaba para observar -con cierta saña, como si quisiera desnudarlo o despojarlo de una máscara adherida a la piel- a mi compañero de celda. ¿Amigo, verdugo o rival? Y mientras escudriñaba aquel amasijo de mantas, en cuyo interior se cobijaba un asesino o un santo, un escalofrío agudo y eléctrico recorrió mi columna vertebral: tuve la certeza de que mi anónimo acompañante estaba ya en la cabaña cuando llegué, y sabía además que me había estado vigilando durante mi sueño. ¿Significaba esto que habíamos acordado un pacto de mutua vigilancia? Sin palabras, claro está. ¿Nos turnábamos para velar? Aunque la idea no tenía mucho sentido, no dejaba de inquietarme. Pues si no lograba explicarme el cómo y el porqué de mi propia historieta de pérdida de identidad, cualquier hipótesis, aun la más descabellada, encontraría alguna resonancia en mi cerebro vacío de recuerdos, velado por la niebla persistente y falaz. Como esta otra que se me ocurrió de improviso, y a la cual me aferré como a un clavo ardiente: El hombre -ángel, bestia o mujer-, el ser que reposa en esa cama próxima a la ventana me ha estado aguardando desde siempre; el único propósito de su existencia ha sido el de esperar mi llegada, y mañana, al despertar me revelará un secreto. Debo tener paciencia, sofrenar mis impulsos criminales o suicidas, aguardar con calma el amanecer. Le di algunas vueltas al asunto, lo examiné desde diversas perspectivas, y debo confesar que la posibilidad de conocer un secreto -relacionado, me imaginaba, con mi vida personal, tal vez con un futuro promisor- acabó por seducirme. Y olvidándome del enemigo que yacía a mi lado, me dormí.

 

 

III

 

  Desperté bien entrada la mañana y me levanté sobresaltado. Una franja de sol se deslizaba por la puerta entreabierta, ya había sorteado el umbral y avanzaba como un brillante reptil hacia el centro de la habitación. El silencio, espeso y opresor -sólo interrumpido por un ruido liquido y puntual como los coletazos de un pez-, plenaba el espacio. Presté atención al singular sonido y supe que era mi corazón alborotado: ah, mi acompañante nocturno había desaparecido. Intenté poner orden en mis pensamientos, pues los sucesos de la noche anterior me resultaban confusos y deshilachados. Me concentré en el personaje ausente que me había mantenido en guardia durante un largo trecho de la ominosa velada, y quise creer que su presencia no había sido más que una ilusión de mis sentidos, acaso una proyección de mis aprensiones y temores. Tal vez un sueño, nada más. Pero el camastro revuelto, que delataba una huida apresurada, desmentía mis endebles y tibias especulaciones. El hombre o la bestia, quienquiera que fuese, al despertar había descubierto que un extraño dormía a su lado, y sin pensarlo dos veces huyó muerto de terror ¿Por qué anoche no me paseé por esa posibilidad? Venir a compartir esta cabaña arruinada con un miedoso y timorato. ¿Por qué no lo pensé? Debería haberme puesto en su lugar. Sí, no imaginé sus posibles reacciones. Cierto, sólo tomé en cuenta mi apurada situación. Sin embargo, me pregunto ahora qué daño o maldad podía aguardar de mí. Cómo iba el pobre a saberlo, si ni siquiera yo lo sé. He olvidado quién soy y de lo que soy capaz. A lo mejor cometí un crimen horrendo o un acto vergonzoso, y he venido a ocultarme tras estas montañas innombrables, a cumplir aquí, entre rocas frías, viento y oscuridad, mi condena. Y el infeliz, al contemplar mi rostro tal vez haya visto en él las marcas que distinguen a un ser ruin. ¿Por qué entonces habría de quedarse? Debería aprobar su conducta, movida por la sensatez. Yo, en su lugar...

  Basta, basta, ya estaba a punto de caer en un lazo de razonamientos sin salida. Si persisto en este juego maligno, me extraviaré otra vez en un laberinto mental. Lo que me conviene ahora -pensé- es sacudirme la modorra. Tenderme al sol y despejarme. Tomar aire y sumergir mi rostro en algún pozo de agua helada. Mascar un puñado de hierba para engañar el hambre, y sentarme a pensar. Dispongo de un día entero para averiguar quién soy.

  Al salir de la cabaña me deslumbró la claridad, una luz cruda y metálica que se precipitaba desde el cielo como una lluvia de cuchillos. Entorné los ojos hasta convertirlos en estrechas rendijas, y lo primero que distinguí con precisión fueron las huellas del fugitivo. En su huida precipitada había quebrado las ramas de unos matorrales enanos que crecían delante de la cabaña, y las marcas de sus pasos se dibujaban en el terreno húmedo que se abría en abanico desde la cabaña hasta el borde del valle. Era fácil deducir que mi compañero de infortunios había tomado el camino de descenso.

  Luego, luego. Si, eh, aquí estoy. ¿Cómo decirlo? Veamos, escuchen. Cuando mis ojos se habituaron a la claridad, supe con absoluta certeza que aquel paisaje me resultaba familiar: yo había estado allí treinta y tantos años atrás. Conocía cada detalle del relieve, la forma dentada de las montañas rocosas, el color y la calidad del aire, el rumor de alguna fuente, la textura de una hoja arrastrada por el viento -como si durante aquel vasto periodo de tiempo hubiera mantenido delante de mis ojos una fotografía a colores, de gran formato, del lugar. También supe quién era yo, nombre, profesión, estado civil, señales particulares, carnet de identidad. Y, como ya se lo habrán imaginado, sufrí una profunda desilusión. Y me eché a llorar. Pero esos detalles, al igual que los eventos que pudieran acontecer de ahora en adelante, habían dejado ya de interesarme. Aun cuando me quedara a vivir en aquel apartado territorio, pastoreando rebaños de cabras invisibles o convertido en dios de la lluvia; aun cuando hoy mismo o pasado mañana emprendiera el camino de regreso -que me habría de conducir a una existencia serena y rutinaria en un puerto de mar-, ya nada importaba. Lo único que contaba para mí era el hecho cierto de mi regreso a la cabaña, pues con esta vuelta el lazo que me unía a un pasado ya remoto se había cerrado.

 

 

IV

 

  Sí, hacía ya más de treinta años que yo había vivido una experiencia aciaga en esta misma cabaña. Creía haberla olvidado, y al reviviría sentí una mezcla de ternura y compasión por el adolescente que fui, y quise correr para dar alcance al ser que esta noche, sin proponérselo, me había acompañado desde su camastro. Me contuve al comprender que aquella empresa estaba, de antemano, condenada al fracaso. Jamás lo alcanzaría, pues a esta hora debe haberse alejado ya una docena de kilómetros o más. Y si porfiara en mi propósito, siguiendo sus pasos hasta dar con él, ¿qué le iba a decir?

  En aquel tiempo yo era un muchacho emprendedor y un tanto temerario. Amaba el sol, el mar y la vida al aire libre. A menudo, solitario o en compañía de un grupo de expertos montañistas o de simples aficionados, me aventuraba por los intrincados caminos de la sierra. Acampábamos en tiendas de lona, trepábamos los picos cubiertos de nieve, nos zambullíamos en lagunas heladas. En una ocasión me aparté del campamento, y sin darme cuenta me fui internando, cuesta arriba, a través de un sendero de cabras. Alcancé una estribación de la cordillera y divisé una cabaña entre la niebla. El lugar -un vallecito triangular encajado al pie de un desfiladero- me fascinó. Inspeccioné la cabaña -deshabitada- y la hallé confortable. Prendí fuego para asar una trucha que llevaba en mi pequeño morral. Luego permanecí largo rato, como alelado, sentado en el umbral de la puerta, contemplando las variaciones de color y los juegos de luces en la montaña de enfrente. Y al atardecer vi cómo la niebla, en remolinos, surgía de todas partes, cubría los cerros, ocultaba el alto cielo, entraba rauda en la cabaña, se pegaba al techo y a las paredes, me envolvía semejante a un manto protector.

  No quise correr el riesgo de volver al campamento en tales condiciones. Además, el sitio me agradaba: resultaba ideal para un espíritu solitario y fantaseador como el mío. Así que me quedé a dormir. Sabía que mis compañeros me echarían de menos, tal vez llegaran a preocuparse por mi ausencia. Pero ellos me conocían y confiarían en mis habilidades -que en otras ocasiones les había demostrado- para sobrevivir. Me acosté temprano y pronto me dormí. Debo haber caído en un sueño profundo, ya que, hasta donde alcanzo a recordar, en ningún momento de la noche me desperté. Y si tuve sueños, los olvidé. Salvo el último, que amenazaba convertirse en pesadilla, de la cual escapé por la puerta franca del despertar. Después de tantos años, aún recuerdo con nitidez la naturaleza de aquellas imágenes que en su momento me produjeron malestar y desazón. Yo estaba sentado al borde de un pozo de aguas claras en cuyo fondo nadaba un hermoso pez. Ligeramente ovalado y de escamas plateadas que reflejaban la luz cruda del sol, se deslizaba sereno sobre un fondo de arenas muy blancas, semejantes a grumos de leche o a diminutas bolitas de naftalina. De vez en cuando el pez se asomaba a la superficie y me hacía señales con su pequeño hocico -parecido al capullo de una flor- como si quisiera entablar conmigo alguna forma de diálogo. Y yo le hablaba en voz baja, aguardando una respuesta que nunca llegó. Me olvidé del pez, y al voltearme encontré sobre la hierba un espejo de plata. Pensé, antes de tomarlo por el mango, que se trataba de un objeto mágico, y no me habría sorprendido si al asomarme a él, en lugar de mi rostro de muchacho hubiera hallado la imagen del pez. Pero aquella superficie lisa y azogada, encerrada en un marco de plata, me devolvió un rostro envejecido, de ojos cansados y piel amarillenta surcada de cicatrices. Sin embargo, la sorpresa y el espanto no acababan allí, pues los rasgos erosionados -pómulos asiáticos, labios finos de mujer y nariz prominente- del ser que me miraba desde el fondo del espejo, se correspondían con los míos. La visión se me hizo insoportable, y, como si el mango del espejo me quemara, lo arrojé al pozo y desperté.

  Me quedé unos minutos contemplando las cañas del techo, que recogían, al sesgo, las primeras luces del amanecer. Presté atención al silencio como de tumba que reverberaba en la habitación, y escuché un ruido leve, sofocado, que provenía de algún lugar cercano. Un ruido más bien amortiguado, como si antes de hacerse patente al contacto con el aire tuviera que atravesar tubos taponados de gasa y humedad. Yo tenía ciertas dificultades para respirar, pero aquel ronquido como de bestia aletargada estaba fuera de mí. Un visitante inesperado se había refugiado en la cabaña aprovechándose de mi indefensión. Me levanté de un salto dispuesto a enfrentar un enemigo poderoso agazapado en la penumbra. En el camastro de al lado yacía un hombre boca arriba, un individuo inerme con aspecto de mendigo o salteador. De alguna manera, me desilusioné, pues aquel despojo humano no representaba ningún peligro para mí. Ni siquiera tendría fuerzas para hacerme frente -pensé. Debo irme ahora, no vaya a ser que se despierte e intente, mediante alguna de sus argucias, sacar provecho de la situación. A lo mejor acaba envolviéndome en un proyecto criminal: asaltar un convento o traficar con sal. Me encaminé rumbo a la puerta dispuesto a huir, pero un sentimiento contradictorio me detuvo. A pesar de la repulsa que el individuo me causaba, algo extraño -tal vez una curiosidad malsana-, me atraía hacia él. Algo en sus facciones, apenas entrevistas en la penumbra, procuraba mi atención. Con pasos precavidos me deslicé hasta el borde del camastro para observarlo de cerca. La escasa luz no me ayudó, y tuve la audacia de entreabrir la ventana para mejorar la iluminación. Me acerqué de nuevo, y delante de aquel rostro demacrado y ojeroso, sin afeitar, estuve a punto de lanzar un alarido de terror. No sé cómo logré contenerme, pues tenía frente a mis ojos el mismo rostro que había visto en la pesadilla del pez.

  De un manotón agarré el morral y salí corriendo como si huyera de la peste. Corrí y corrí. El viento frío chicoteaba mis mejillas y el filo de las piedras desgarraba las suelas de mis botas de explorador. Cuesta abajo corrí sin darme tregua, y mientras corría trataba de olvidar.

 

El corazón ajeno. Grijalbo de Venezuela (Grijalbo Mondadori S.A.). Noviembre de 2000.