JOSU LANDA NO HACE CONCESIONES A LA MODA

Zarandona, una épica de la pobreza

Ednodio Quintero. Narrador y ensayista

El Universal. Verbigracia. N° 50 Año III. Caracas, sábado 15 de abril de 2000 


Hacer literatura con elementos extraidos de la vida de un personaje del común, "un antihéroe
cuyas hazañas se podrían resumir en unos cuantos logros, nada espectaculares", no es fácil;
sin embargo, para Ednodio Quintero, la primera novela del poeta y filósofo Josu Landa, Zarandona, remonta esa cuesta: el autor logra una "sustancia densa y al mismo tiempo ligera, maleable,
dinámica y atractiva". Es una "biografía novelada y no autorizada", no limitada a lo anecdótico, que reflexiona "acerca del sentido de la vida".



Foto: Esso Alvarez
Josu Landa "logra crear ese fenómeno tan particular llamado suspenso"

Paulino Zarandona, un aldeano vasco de treinta años, sobreviviente de la Guerra Civil Española, llega a Venezuela a principios de la década de los cincuenta, en busca de un destino mejor: "una mujer y un nuevo país". Dos años después se le une su compatriota y prometida Zuriñe, con quien se ha casado por poder. En los comienzos viven en una especie de ghetto, en Carapa DF, y allí forman una pequeña familia compuesta por tres hijos: Imanol, Mikel y Ander. Luego emigran al oriente venezolano, en las mesetas de Guaicaipuro, tras la quimera del oro negro. Zarandona trabaja duro para mantener a la familia, al principio como obrero de unos contratistas paisanos suyos, y más tarde como mecánico de una empresa petrolera. Cuando el mayor de los hijos tiene ocho años, Zarandona envía a toda la familia al País Vasco para que los chicos se eduquen en la lengua materna y crezcan en el ambiente cultural de sus ancestros. Paulino Zarandona también aguarda su propio regreso, pues siempre ha pensado que su estancia en Venezuela será provisional, un exilio forzoso que pronto acabará. Pero, en palabras de Mikel, narrador de la novela, el proyecto de Zarandona se verá frustrado: "Franco no cayó ni murió cuando debía y nosotros nos quedamos sin padre". Los niños permanecen en el País Vasco, también sin la presencia de la madre, ya que ésta, al cabo de un año, vuelve al país tropical que le ha brindado asilo y trabajo a su marido. Diez años después, con el regreso de los hijos, la familia se reconstruye. Pero no por mucho tiempo. Los hijos van a la universidad, a centenares de kilómetros del hogar. Imanol, el mayor y más politizado de los vástagos de Zarandona, se rebela contra la autoridad paterna. La vida sigue su curso, el tiempo no se detiene. Zarandona continúa trabajando como una mula, progresa, construye una "casa grande", hace algún negocio con el cual aspira enriquecerse, fracasa, está al borde de la ruina, se recupera. A su lado, la fiel Zuriñe es su gran apoyo. Mientras tanto, el proyecto de Zarandona de volver al País Vasco como un indiano próspero y triunfador, se va postergando indefinidamente hasta perder sentido. El déspota español (Franco) es duro de morir, y Zarandona se va enraizando cada vez más en las resecas e inhóspitas sabanas de Guaicaipuro. Pero no todo es trabajo y sufrimiento en la vida de Zarandona: en su país adoptivo, sin apartarse un ápice de su naturaleza terca y ambiciosa y sin renunciar a sus creencias y tradiciones, encuentra espacio para el ascenso social.

Casi cincuenta años después de la llegada de Zarandona a Venezuela, la familia: Zuriñe, hijos, nueras, nietos (con la ausencia del hijo pródigo, Imanol), se reúne en la "casa grande" para celebrar el cumpleaños 77 del aldeano vasco devenido en patriarca. Ya todos, sentados alrededor de la mesa, se preparan para almorzar, cuando suena el teléfono. Llamada de Imanol. El hijo rebelde, desde algún remoto lugar, se hace presente. En este punto, y con la frase que sigue, comienza la novela:
"Yo estaba allí, cuando empezó a sonar el teléfono".

Es Mikel quien habla (escribe), y desde ese momento hasta la medianoche hará un recuento pormenorizado de la vida de su padre. Una biografía novelada y no autorizada, de cuyas líneas argumentales hemos intentado hacer una síntesis en los párrafos anteriores.

La narración de Mikel, la novela, más que el recuento de los avatares de una familia vasca en un país de ultramar, es una extraordinaria inmersión en las complejidades de la condición humana, simbolizada en la vida, sueños, fracasos y ambiciones de un personaje del común: Zarandona: un aldeano terco, rudo y poco instruido que intenta abrirse paso, a fuerza de voluntad y pertrechado con principios de honestidad y justicia, en un ambiente y una época hostiles. "Epica sordina", a decir del narrador, una épica de la pobreza, las aventuras de un antihéroe, cuyas "hazañas" se podrían resumir en unos cuantos logros, nada espectaculares, por lo demás: haber sobrevivido a una guerra y a la amargura de la derrota, haber levantado lejos del lar nativo y con su propio esfuerzo una familia, y disponer en la vejez de un patrimonio bien ganado, pero, desde su punto de vista, insuficiente. Estos elementos podrían resultar poco atractivos para construir una novela. En cualquier caso, servirían para elaborar una crónica documentada de la diáspora vasca. Sin embargo, el autor, Josu Landa, logra amalgamarlos en una sustancia densa y al mismo tiempo ligera, maleable, dinámica y atractiva, hace con ellos literatura. Y esto es, en última instancia, lo que cuenta para nosotros, quiero decir para los lectores.

Zarandona es una novela compleja: esta complejidad se refiere a sus varios niveles de lectura y a su riqueza expresiva. El autor no se limita a lo anecdótico, que, de paso, lo hace muy bien. Se adentra en la mente del protagonista (el biografiado). Reflexiona a través de Mikel, el narrador (y biógrafo), acerca del sentido de la vida. "Sin libertad no hay responsabilidad". Habrá que recordar aquí que Josu Landa es, además de poeta, filósofo. Sin embargo, en esta narración sus conocimientos filosóficos están expuestos no como un dogma o un sistema de valores, sino como una experiencia existencial. Por otra parte, el autor conoce a fondo y maneja con propiedad las técnicas narrativas más actuales, hasta el punto de elaborar una novela que se deja leer desde la primera página y en la cual el interés del lector no decae en ningún momento. Un ejemplo de esta afirmación lo constituye el hecho de que en una historia sin concesiones a la moda (nada artificial ni puesto para complacencia o escándalo del lector hay en Zarandona) se logra crear ese fenómeno tan particular llamado suspenso.

Habrá que destacar también la intensidad poética de ciertos pasajes de Zarandona, como aquellos referidos a lo que podríamos llamar elogio de la sabana o poética de la naturaleza, que nos traen a la memoria algunas de las mejores páginas de Canaima, de nuestro novelista mayor, Rómulo Gallegos. No estoy hablando de influencias, sino de algo más sutil y natural: afinidades. Y para convocar otro invitado de honor (un par afín) a esta épica mínima, me atrevo a afirmar que la visión un tanto amarga y escéptica y desencantada, y por encima de todo lúcida, de Josu Landa en relación a la Guerra Civil Española, con su secuela de cuatro largas y estériles décadas, coincide en muchos aspectos con las opiniones radicales de ese extraordinario filósofo Juan Nuño.

Se podría seguir enumerando y comentando otras muchas cualidades de Zarandona, la primera novela de Josu Landa, que, vista en conjunto y ubicada en un contexto histórico, representa un aporte importantísimo a la literatura venezolana. Pienso, sin embargo, que el objetivo de una reseña no es otro que el de la invitación a la lectura. Vamos, pues, leamos Zarandona. Será esta una manera de conocernos un poco más.

A propósito de lectura, terminaré esta nota con un comentario que considero pertinente. La novela de Josu Landa fue editada a finales del 99 por el Centro Vasco de México, y es poco probable, dadas las condiciones actuales de balcanización cultural, que sea distribuida en Venezuela. Sería digno de elogio que alguna de nuestras editoriales se animara a poner a disposición de los lectores vernáculos esta magnífica novela. Zarandona merece y reclama una edición venezolana, pues por múltiples razones forma parte de nuestro imaginario, vale decir que es un legado cultural que nos pertenece.

Encontrado en: http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N98/apuntes.htm