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Bruno
Hernández Piché
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Ribeyro
o el desdiario de un hombre cansado |
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as formas de la indiferencia son múltiples, abrumadoramente ilimitadas.
Con dificultad podría decirse de quien mantiene un diario que es un apático
consumado, un olvidado de sí, no se diga de su realidad circundante; el
diarista, para ser tal, no puede prescindir de la materia misma con que
registra las fatigas del calendario: él y lo demás. Aun así, es
posible estar al día y ser indiferente y anodino. Por ejemplo Kafka en
la entrada del 2 de agosto de su Diario, año 1914: “Alemania declaró
la guerra a Rusia. Por la tarde, en la Escuela de Natación”. Otro
gran insatisfecho, Julio Ramón Ribeyro, comparte con el autor de La
metamorfosis el hastío del solitario que se aburre los domingos, el
personaje cansado que busca con desesperación salir de sí mismo y lo
único que logra es caer con las palmas de las manos en el fango del
mundo.
Pero en su diario personal, la indiferencia del escritor peruano al que
le horroriza la monótona vida de todos los días, se vuelve a veces en
su contra prodigándolo con el favor de la visión –a veces profética–
en el teatro de los acontecimientos; como en París, durante el año
axial de 1968: “La caída de De Gaulle: Gulliver vencido por los
enanos. Los franceses no soportan la grandeza, la desmesura. Prefieren
una confortable mediocridad. [...] Por no haber tolerado a un Quijote se
condenaron a ser gobernados por una cohorte de Sanchos”. Llama la
atención que alguien asediado por la pobredumbre de una existencia tan
inmóvil como incógnita, pueda al mismo tiempo reconocer en la imagen
de un estadista el pulso de la época (o elucubrar en un minucioso texto
de criminología, “Al pie de la letra”, el perfil psicológico del
antropófago más célebre del momento: Akito Kamura). Cioran es otro
miembro distinguido de esa cofradía de ensimismados capaces de
concentrar su lucidez pesimista y descreída en un aforismo, o de
prolongar amistades en rigurosos ejercicios de admiración.
Los diarios propician la frase sentenciosa, buscan lo imposible: el
sentido de un acto vano, el sitio que ocupará un hecho absolutamente
mediocre en la complicada historia personal. El antídoto contra el
virus de la solemnidad: la ironía llevada hasta la burla y la
autoparodia. No es extraño que José Miguel Oviedo, en su prólogo a
las Prosas apátridas, refiera el escepticismo de Ribeyro, su humor
generoso que no le reprocha a la vida su avaricia para con los destinos
ensañadamente malogrados: incontables fragmentos de ese pequeño y
luminoso libro provienen de La tentación del fracaso, su diario
personal de 1960 a 1974. Ribeyro, el auténtico marginal y segregado del
boom por decisión estética propia, hubiera podido escribir una página
del diario de Jules Renard fechada en mayo de 1894:
Mi literatura no es sino la continua corrección de lo que me sucede en
la vida. Como alguien que febrilmente busca en un libro qué hacer para
reanimar al ahogado que yace en la orilla. ~
— Bruno Hernández Piché
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