Caretas, 7 de Diciembre, 1995 - N° 1392
CONFORME pasa el tiempo -ya se cumplió un año de la muerte de Julio Ramón
Ribeyro-, se hace cada vez más difícil para mí hablar sobre el amigo que
partió. Y es que Julio, como muchos de nosotros, ha ido cambiando en el camino.
Yo, en todo caso, puedo hablar solamente de la persona que he conocido en dos épocas
diferentes de su vida Julio, el amigo mayor de principios de los setenta:
inteligente, sensible, cálido y distante a un tiempo, que era la discreción
personificada, la más compleja aleación de esos duros metales del alma -la
timidez y la generosidad- y, sobre todo, el punto de referencia para todos los
escritores jóvenes peruanos que viajábamos al Viejo Mundo: Julio Ramón,
nuestro hombre en París. O bien, el otro Julio, que surge veinte años después,
cálido y elegante como lo fuera en todo momento, pero pletórico de ideas, ávido
de aventuras, con las ganas de vivir de un adolescente y dispuesto a celebrar
tertulias tres veces por semana en bares, restaurantes o en la agradable terraza
de su departamento barranquino mientras la noche avanzaba y la brisa marina nos
refrescaba y revolvía el cabello; Julio, en fin, el socio del velero soñado
que nunca llegamos a comprar, el ciclista con quien fatigamos (él, por
supuesto, en tramos cortos, pero enérgicamente pedaleados) los malecones de la
Costa Verde, y Julio, por último, el cómplice de la luna a altas horas de la
madrugada, horas en que dejaba salir a su otro yo, el Dostoyevski apacible o el
cabalista jugador de la ruleta -comenzaba a jugar apostando siempre al 35, dos o
tres fichas colocadas sobre el paño verde con una media sonrisa.
Julio decía que el 35 le daba suerte. Lo sentía como un polo magnético y, por
cierto, había acertado varios plenos en su vida de jugador apostando a ese número.
Yo, que he tratado de seguir su ejemplo en la literatura, quise también
seguirle los pasos en el casino. Y la ocasión no tardó en presentarse.
Sucedió una noche, cuatro o cinco días después
de su fallecimiento.
Me había despertado aquel día pensando en telefonear a Julio para proponerle
salir juntos de noche, o como decíamos "para soplarle un ojo a la Diosa de
la Fortuna" y, al cabo de un instante, recordé que ya no estaba en este
mundo y que la fuerza de la costumbre ignoraba esa lamentada ausencia. Sin
embargo, no por ello dejé de preguntarme: ¿Debería probar suerte esta noche?
"No", me dije. "Hoy es viernes, y los viernes no me son
favorables". Y me quedé de lo más tranquilo, aunque más tarde, durante
el almuerzo, reconsideré la idea. Pensé que si iba con otra persona tal vez no
me iría mal y decidí avisarle a Guillermo Niño de Guzmán, empecinado compañero
de fortunios e infortunios. Pero nuevamente retrocedí. Llegada la noche fui
dejando que pasara el tiempo, no llamé a Guillermo, y de pronto me dieron las
once de la noche y, sin saber bien por qué hacía aquello, en vez de ponerme
piyama y deslizarme en la cama, que era lo que tenía previsto, acabé duchándome
y vistiéndome como para una gran fiesta -terno oscuro, camisa blanca, corbata-
y saliendo de casa.
Salí solo. Viandante solitario y sin rumbo
fijo, como en ese cuento de Julio Ramón, Una aventura nocturna, aunque sin el
aire patético del pobre Arístides ni las ganas de conocer a una señora que me
obligue a cargar pesadas macetas. Hasta que, en una de ésas, desplazándome
-tanto en auto como a pie- con la celeridad y la convicción de un marido
celoso, arribé a la puerta del lugar en el que inconscientemente había estado
pensando todo el día: el lujoso casino La rosa náutica, un salón de juego
ubicado en el extremo de un espigón que se interna doscientos metros mar
adentro. "¡Ya está!", exclamé. "¡Estoy aquí porque así tenía
ser!"
Hay una sensación agradable cuando uno se encuentra solo y recién duchado y
bien vestido e ingresa a un casino. Uno se mueve diferente, camina más erguido,
fuma los cigarrillos con mucho estilo, sonríe de una manera seductora e incluso
observa a los jugadores de las mesas de juego como un espía británico en misión
especial. Con esa sensación, y con ese buen ánimo, compré mis fichas y tomé
asiento en una mesa de ruleta. Y casi en seguida, esbozando como Julio una media
sonrisa, le aposté cuatro fichas al 35.
Unos segundos después, el apuesto James Bond huía de mí y de pronto sentía
la caspa en las solapas que el pobre y triste Arístides debía descubrir si
estuviera en un trance semejante. El rastrillo del croupier se llevó mis fichas
perdidas.
¡Jugarle al 35, qué locura! ¿Por qué diablos se me antojó tal cosa? ¿Acaso
había oído yo una voz interior que me dictaba ese número? ¿Acaso pretendía
ser un pálido remedo de Mirandâo, el íntimo amigo de Vadinho, ese
extraordinario personaje de la novela de Jorge Amado, Doña Flor y sus dos
maridos? El difunto Vadinho, o más bien su fantasma, le aconsejaba a Mirandâo
que apueste al 17? ¡17!, susurraba febrilmente en los casinos de Bahia, sólo
para que Mirandâo pudiera escucharle. Y su amigo sacudía la cabeza, resistiéndose.
Pero Vadinho no claudicaba y arremetía otra vez en tono exigente: ¡17, filho
da puta!
Y Mirandâo apostaba y ganaba. El fantasma de Vadinho le tenía arreglada la
ruleta.
No, no era ése mi caso. Yo no sentía una voz interior ni nada por el estilo.
Todo lo mío se reducía a la nostalgia por el amigo ausente, al homenaje banal
y el ludismo literario, a la soledad en medio de distinguidos extraños que no
sabían, ni tenían por qué saber, de mi tristeza obligatoria.
De manera que mi primera reacción fue beber un whisky, y salir a tomar un poco
de aire fresco. Me detuve en el puente, entre el restaurante y el casino, y me
apoyé en la balaustrada, el vaso de whisky dando vueltas entre los dedos,
mirando la noche, el mar, la fulgurante espuma de las olas bajo la luz de unos
potentes reflectores. Y entonces me acometió una extraña ansiedad. Leí, o creí
leer, en las misteriosas fragancias del mar, que no estaba haciendo lo que debía
y que lo conveniente y necesario era volver a la ruleta.
Fue en ese momento que miré mi reloj pulsera. Eran las doce y cinco de la
madrugada. El viernes de mal agüero, me dije, ya me ha dejado, comienza el sábado,
y a lo mejor el buen Julio está de vuelta, prestándome otra vez su media
sonrisa y conminándome a tentar suerte.
Altiva la mirada, retorné a la mesa cuando ya la bolita giraba velozmente en la
fina madera de la ruleta -¡James Bond volvía al ataque!-, y esta vez, con más
audacia, alcanzando con las justas la apremiante voz de ¡últimas apuestas!,
dejé caer cinco fichas sobre la casilla del 35 y además arriesgué diez al
negro para reforzar mi fe, mi esperanza, y por el momento la promesa de mi
caridad -me refiero a las propinas que los ganadores suelen darles a los
croupiers- porque todavía la bolita seguía girando y girando, y mis ojos y los
latidos de mi corazón se movían al mismo ritmo aunque nadie parecía darse
cuenta. Y luego la velocidad aminoró y la bolita pegó un par de brincos y, paf,
se plantó en un número. ¿En cuál, Dios mío? ¡El 35!, vociferó el croupier
y seguramente también Julio que debía estar en algun rincón del casino
felicitándose por mis buenas ganancias.
No voy a dar cuenta de la enorme alegría que me tremolaba en todo el cuerpo, de
cómo disimulé esa alegría (porque no es de buen gusto ponerse tan alegre
cuando otros pierden)y, mucho menos, de cómo opté por ir a cambiar mis fichas,
pensando que ya había ganado lo suficiente y que, si seguía en el casino, a lo
mejor lo perdía todo en unas horas. Pero sí diré que Julio, no sé de qué
manera, estuvo esa noche a mi lado. ¿Qué es todo esto? ¿Un artículo de
Ciencias Ocultas o sólo mera literatura? Ojalá que sean las dos cosas. Y también,
si se puede, lo que en realidad es por encima de todo: el testimonio de una
vivencia real, que habla de mi gran afecto y amistad por la excelente persona y
por el notable escritor que fue Julio Ramón Ribeyro. Encontrado en: http://www.caretas.com.pe/1392/ramon-ribeyro/ribeyro.html

Apostar al 35 en la ruleta era la cábala favorita de Julio Ramón.


Escritor Julio Ramón Ribeyro y sus lados secretos. En sus últimos años
frecuentaba los casinos. Derecha, tapa del tomo III del diario.