RICARDO AZUAJE Y LA RUPTURA DEL CONTRATO SOCIAL

Por Julio Ortega

             Viste de verde nuestra sombra (1993), de Ricardo Azuaje (1959), es un cuento largo con formato de novela breve y postulaciones de ópera bufa nacional.

            La novela breve es un género privilegiado; tiene una tradición extraordinaria, que favorece, por un lado, los rigores de la sátira y, por otro, las licencias de lo fantástico. Este relato de Ricardo Azuaje confirma las virtudes del género, tanto por su economía, que no solamente se refiere a la brevedad sino a la casi simultaneidad de los hechos; como por su terso planteamiento, de curso sólo en apariencia casual, que se da como la búsqueda de Orlando, un joven caraqueño que ha puesto en crisis el orden cotidiano al suscitar un simulacro de batalla en los subterráneos del Parque Central.

            El pasado de los personajes se actualiza como sustrato de la acción, para descifrar el acto de ruptura de Orlando. Así, la economía de la fábula es sinecdótica: cada dato alude a una historia más amplia, sólo latente. A nombre de esta economía poética de lo suscinto, la escritura intercambia las posibilidades del detalle, el suspenso y la argumentación de la fábula (la secuencia de las acciones) por las explica­ciones, implicaciones y análisis de los hechos (la hipótesis del discurso narrativo); cede la potencialidad argumentativa a nombre de la agudeza interpretativa. Es el lector quien debe aportar como testigo (urbano) de la intriga (¿rebelión o locura, simulacro o desocialización?) las resoluciones, desatar los nudos para que la fábula se cumpla como figura ejemplar.

            Porque aquí todos los hechos son sospechosos, y todas las palabras están cargadas de implicaciones y alusiones. No estamos seguros de la certidumbre mutua sino, más bien, de la culpa íntima, el desapego egoísta y la amoralidad rebajadora que pasan por sentido común, y asumen la lógica del sistema en la voz del narrador. Azuaje ha logrado una clásica proeza: que los hechos se precipiten sin hacerse obvios. El relato opera como una espiral: cada hecho remite a uno anterior y va a encadenarse a uno siguiente. En este sentido, es una típica novela breve impecable, en la cual el texto se cita a sí mismo; y donde las palabras están dinamizadas por lo que antecede y lo que viene. El relato se desplaza y gira a través de los hechos, y vuelve sobre sí a través de las fugaces explicaciones del pasado, de lo que se podría llamar las señales de una refracción. Ese diseño es de una precisión exploratoria.

             Esta es una novela (¿novela?) que se encuentra consigo misma una y otra vez porque tiene también la virtud de la condensación. Las cosas suceden, aparentemente, por primera vez, pero acontecen dentro de discursos más amplios que están latentes. Como en la gran tradición del género, el lector es decisivo, no porque participe en la construcción del texto, como en la novela abierta de los años 60 y 70, que se basaba en las permutaciones del montaje; sino porque es convocado a una actuación distinta, que es una reinterpretación permanente. Leer es aquí tratar de comprender, sin todas las cartas en la mano, como si lo real fuera un escamoteo que nos interpela. Todo es sospechoso porque nada es inocente, y hay más de una intención; y entre la sospecha y la culpa tenemos una realidad construida por la pura interpretación. Ya los mismos personajes, el narrador, la muchacha y los policías, actúan una interpretación que es defensiva o agresiva, comprensiva o violenta. Lo único que sabemos de la realidad es lo que los personajes nos dicen, y lo que nos dicen son interpretaciones y, a veces, justificaciones. Como lectores estamos todo el tiempo alertas, actuando el desciframiento de esta espesura de la interpretación que pasa por lo real.

            Si todo es interpretación, quiere decir que aunque compartimos una realidad objetivamente construida, se trata sólo de un simulacro. Por lo mismo, es interesante que esta sea una aventura de la subjetividad en el exterior; en las calles, en las plazas, en el Parque Central, en una zona privilegiada del escenario urbano, que sería el lugar objetivado de lo moderno. Y, sin embargo, todo lo que ocurre aquí es una licencia de la subjetividad: el relato se debe a un personaje que parece haber enloquecido, que parece romper el pacto de la sociabilidad, que parece asumir una identidad impugnadora a través de una mascarada, en una especie de desafío a las fuerzas disciplinarias que controlan lo objetivo y que se representan en la policía. Esta aventura de Orlando, aunque es sin consecuencias y sólo un gesto anárquico de protesta bufa, nos hace pensar que, justamente, entre la subjetividad y el mundo construido como objetivo no hay transiciones suficientes, intercambios fluidos; sino, más bien, representaciones sustitutivas, roles y comedia; y, además, que lo real  está interferido o perturbado por las transacciones del vivir social. Esta denuncia desde la transgresión es también una hipérbole simbólica de la sobrevivencia del sujeto en este mundo aparencial. Son muchas cosas en una historia posibilista, que no pretende ser realista y que es una licencia poética, pero que concentra en su relato, gracias al diálogo, al mapa urbano, al retrato moral actual, una apariencia de realidad certera. Aunque esquemático, ese marco referencial es verosímil, y tiene como función sostener el gesto inverosímil: la hipérbole del joven rebelde que enloque­ce, que se hace “indio” (de película norteamericana), y que entre el juego y la desocialización busca, a su modo, el diálogo que lo reconozca.

            La otra dimensión del relato breve atañe a la fábula. La historia se sostiene en el probabilismo de la anécdota, que se desdobla en sátira social. La fábula es definida por este carácter hiperbólico de la anécdota. Discurso articulado debajo de la historia, la sátira es casi un comentario razonado acerca de la condición del sujeto en la vida urbana caraqueña de estos años; la sátira lleva la fuerza de lo específico, debajo de la hipérbo­le humorística, empática y frágil, de un personaje disfrazado de indio con una hacha de piedra, que habla una supuesta lengua extranjera; y que actúa la irrisión esquizoide de la comedia urbana posfreudiana, prevista por Deleuze y Guattari para la ciudad hiper-capitalista.

            La sátira es el nivel en el cual la novela se inscribe, ligeramente, iluminando las relaciones humanas, amorosas y sociales, la vida cotidiana naturalizada como civilidad zozobrante. Esa civilidad se simboliza en el Metro de Caracas, que como en todas las urbes modernas es un espacio de refracción social, una metáfora colectiva. En Caracas, se nos dice, y es fácil verificarlo, la gente se hace más civil en el metro, como si el usuario reconociera estar ingresando a un templo de los buenos modales. Pero esa civilidad quizá encubre otras transacciones, que la sátira procede a revelar, ilustrando una vida cotidiana domesticada o anestesiada; la que está representada aquí por el narrador, el profesor amoralista, quien denuncia y cuestiona a Orlando y su furia peligrosa, en la que anida el gesto de ser Otro. Este papel de la sátira es evidente; más inquietante es el discurso que tiene que ver con la locura, con el gesto de lanzarse a la calle disfrazado de indio. Este gesto supone la pérdida del yo unitario y socializado, que aquí sólo se da como comedia pero cuya potencialidad disolvente se sugiere. Por la fuerza de los hechos y por la organización formal, o sea por la propia economía narrativa, esos dos discursos (sátira, locura) corren paralelos en esta espiral. Lo cual nos advierte sobre la elegante ironía de un relato transparente y a la vez malicioso, ya que la sospecha es su perspectiva. Porque este es un relato que se lee con placer también por los guiños al lector. Uno de esos guiños es la función del policía que ha sido estudiante y que es reconocido por los personajes; se trata de un cómplice cómico: aparece periódicamente, y siempre a tiempo.

            Este es un relato que se relee muy bien. No sólo porque nos parece mejor sino porque podemos comprobar el trabajo de articulaciones, lúcido y preciso, del autor. Advertimos, por ejemplo, hasta qué punto cada elemento tiene que ver con el conjunto. Hasta la frase "Vuelvo a tocar", con que empieza la novela, declara el gesto de una repetición; declara que todo recomienza y que las palabras son las que vuelven. Esta repetición implica, por un lado, que la historia es el ensayo reiterado de una hipótesis (la rebelión contra el medio); y, por otro lado, que predomina el principio de la sospecha (el cálculo escéptico sobre la suerte humana).

            Este relato no deja nada a la casualidad. Primero, porque tiene una conciencia puntual de su economía producti­va; un control de las proporciones, los tiempos y las pistas para el lector. Segundo, porque la transparencia de la fábula se organiza en torno a las opacidades del sentido, a las relaciones de la lectura con las áreas conflictivas de la historia. Uno de esos nudos de sentido lo ata el discurso de la locura, otro el discurso razonado. El primero tiene que ver con la pregunta por el lugar del sujeto en una sociedad que ha internalizado para su sobrevivencia la conformi­dad. De hecho, la conformidad viene a ser la metáfora moderna de la socialización; lo que rebela, tal vez, a Orlando, quien es una especie de lector, quizá un proyecto de lector, porque está actuando su lectura, confrontándola a través de una práctica que es muda pero elocuente. Sujeto del discurso, es casi una cita literaria del habla novelesca; sólo que nos resulta una página sobreescrita y a la vez por escribirse. Debe ser socializado por la complicidad social, pero se rebela contra el oficiante de la socialización que es su profesor y mentor, con quien tiene relaciones ambiguas de celos, posesión e imitación; se siente traicionado y asume una especie de suicidio simbólico de su yo social, un recomienzo bufo de su relato.

            Esta es otra evidencia del linaje ilustre de la novela breve. La novela breve suele adquirir un sentido alegórico debido a que el discurso suscinto provee a los hechos de un valor de figura irónica. La ironía es la distancia con la cual se analizan los hechos, desde la perspectiva del narrador, cuya mediación abre el espacio de una alegoría, si no nacional por lo menos urbana y de estos años del desencanto sin discurso. Pero como aquí el narrador es parte interesada, la ironía es promediada por el lector, por una lectura no prevista por el narrador.

            Orlando nos hace recordar la tradición del antihéroe, un personaje que en las novelas breves se rehúsa a pertene­cer a su sociedad. Este es el gran gesto heroico (discursivo) del antihéroe (desplazado), cuya interdicción no es un acto revolucionario programático, sino uno estrambótico y marginal; pero suele estar radicalizado por su exceso de absurdo y su sacrificio enigmático. Probablemente, habrá que llamar de estirpe romántica a este gesto de refutaciones, ya que se trata de un sujeto que dice no a una sociedad construida sobre los contratos del sí. No en vano uno de los temas favoritos de la novela del siglo XIX es este del sujeto  destruido por la sociedad que confronta. Basta recordar la famosa novela breve de Melville, "Bartleby, el escribiente,” que tradujo Borges; está contada por un abogado que tiene funciones equivalentes al profesor que narra Viste de verde nuestra sombra; es un narrador que no quiere comprometerse demasiado con los hechos, aunque su vida ha sido perturbada quizás para siempre por esos hechos. Bartleby rehúsa cumplir las órdenes del abogado, replicando que “preferiría no hacerlo;” en un mundo donde todos están, fáusticamente, haciéndolo todo de nuevo ese gesto de autoexclusión equivale a la locura. Lo interesante del narrador de Ricardo Azuaje es que  pertenece a la conformidad negociada. No podemos siempre confiar en lo que dice, aunque parece un narrador que se desnuda en su relato; ejerce una especie de amoralismo, que se revela en el momento crucial en que encuentra a Orlando huído y no lo quiere reconocer ni ayudar; pero tampoco le comunica a la novia de Orlando ese enuentro, probablemente porque la quiere a ella para sí. Es importante esta amoralidad como la falta de vertebración de este sujeto. El narrador de Melville, en cambio, es un personaje confiable, que cuenta una historia intrigante para la cual no tiene explicación. El narrador de Azuaje cree tener explicaciones para todo, incluso para sí mismo; pero ese uso del discurso para reconstruirse, lo hace ilegítimo en el relato. Bartleby posee una convicción, determinada y vulnerable, paralela a la de Orlando. Pero si Bartleby elige el contradiscurso desnudo de la exclusión, el otro opta por el espectáculo de las identidades bufas, donde la suya carece de discurso. No hacer equivale a no decir, lo que es una reiteración del no que lo define. En cambio, no decir para actuar, es un simulacro. Bartleby se juega la vida, y la pierde. Orlando se juega una noche, en una “performance,” y seguramente regresa a sí mismo, redimido. Entre uno y otro, hemos pasado de la noción de lo social como destino a la práctica desocializadora (gesto postmoderno de escepticismo crítico) como contradestino, esto es, como ruptura de la sociedad disciplinaria. Pero uno y otro pertenecen, más que a sus medios, a la tradición del relato antiheroico, allí donde el sujeto irrisorio (desde Chaplin hasta Martín Romaña) contradice el fatum moderno de que el individuo se realiza, o no, socialmente. La suerte tragicómica del “vagabundo” o el “tonto” refuta, con su disidencia, una y otra vez ese programa.

            Nuestro relato actualiza esa tradición en un contexto relativista, donde la noción (adelantada por El AntiEdipo de Deleuze y Guattari) de que el esquizo (el sujeto que rompe la vitrina de un almacén como si su perturbación lo sacara del programa) anuncia que los espacios de libertad son los descentrados, los de ruptura y alteridad. Esta representación de la subjetividad controlada por el malestar social naturalizado, es característica del desencanto con el optimismo de la modernidad. La antigua imagen privilegiada del “filósofo autodidacta,” que recupera el siglo XIX en su versión nostálgica del hombre natural, presuponía que el niño extraviado en la naturaleza era capaz de leer el mundo como un texto escrito acerca de su propia capacidad de lectura. Creado a escala divina, ese héroe de los saberes innatos descubría el alfabeto, el alma eterna, y a su Creador. Pues bien, frente a la tradición humanista de los héroes del discurso protagónico, nuestro pequeño antihéroe (este Orlando en fuga de los grandes discursos) es un filósofo anti-natural; alguien que utiliza una regresión esquizoide para hacer el camino inverso, perder el habla, rehusar la ciudad, contradecir las identidades previstas por la sociabilidad falaz; y alcanzar así, tal vez, un grado cero de la contralectura: la promesa de un balbuceo.

 

Conversación con el autor

             Julio Ortega: Bien, vamos a conversar con Ricardo Azuaje sobre Viste de verde a nuestra sombra y su experiencia de escritor. La primera pregunta es por el proceso de escritura de este relato.

             Ricardo Azuaje: En un número de la revista española El viejo Topo vi un artículo acerca de un grupo de estudiantes italianos radicales que ocupaban edificios abandonados y que luchaban contra la policía cuando los venían a desalojar; estos grupos se llamaban a sí mismos "los indios metropolitanos". Recuerdo una ilustración  excelente, la de un policía antimotines con una cara de terror y con un escudo atravesado por una flecha; o sea, era como la policía actual luchando contra indios; esa imagen se me quedó mirando. En el 86-87 vivía yo en la Gran Sabana, bastante alejado de Caracas, y sólo venía cada dos o tres meses; en uno de esos viajes, el relato surgió prácticamente solo. Es un relato que a mí siempre me ha inspirado un poco de sospecha, porque casi todo lo demás que he escrito ha sido un poco más duro; en cambio esto salió demasiado fácil, salió en dos o tres noches, y tanto fue así que lo olvidé. Lo había incorporado a un libro de cuentos que presenté a Monte Ávila, porque nunca lo pensé como novela o como un texto independiente, formaba parte de un libro de relatos. Lo presente en Monte Ávila, para entonces yo ya había publicado un libro de cuentos, pero éste fue rechazado. De hecho perdí el texto, durante cuatro años no volví a tenerlo, extraviaron el manuscrito en Monte Ávila y yo perdí mi copia. Un amigo a quien yo le había enviado la otra copia a Cumaná, me la envió, y así pude pasarla a FUNDARTE y así salió como libro; antes, lo revisé, lo corregí un poco, quité algunas partes. No sé, es un tema que me sigue interesando e imagino que de alguna manera volveré sobre él; no tanto por el lado de la locura, sino por el lado de esa relación extraña que tenemos con la identidad, que tenemos con la gente del mundo indígena y todo ello en este nido de violencia que es Caracas.

             J.O.: ¿Tiene que ver también con tu experiencia universitaria? ¿Estos personajes son posibles o los imaginaste?

            R.A.: No, son inventados. Quizás un poco Orlando tenga algo que ver con mi época de estudiante; y Colmenares es algo que conozco muy bien, porque tengo dos tíos que son profesores de bachillerato, ninguno de castellano, pero conozco un poco la lógica del profesor de liceo, de ciertas mentalidades, no sé si eso habrá cambiado. El hecho es que yo me retiré de la Universidad antes de hacerme escritor. Orlando es un estudiante de Humanidades, pero no se precisa en ningún momento de qué especialidad, podría ser de psicología, por los libros que lee.

            J.O.: Y de la escritura misma, ¿qué recuerdas de esas tres noches?

            R.A.: Para mí era demasiado sencillo, eso es todo lo que recuerdo; y que quizás me resultaba como cinematográfico; incluso creo que antes de terminarlo me pasó por la cabeza la posibilidad de que eso fuera un guión, por la estruc­tu­ra, por la forma como se contaba, y porque estaba muy lleno de imágenes.

            J.O.: Y cuando asumiste la voz narrativa como la del profesor, ¿sentiste que había que definirla de algún modo diferencial o también te salió muy fluida?

             R.A.: Yo creo que fue más fácil contarlo desde el punto de vista de Colmena­res. Lo otro es un tema que siempre me toca, quizás un poco esa especie de quiebre ético, que no sé si pasará en otros países, pero que aquí es muy notorio; después que tú sales de la universidad, ahora imagino que ya estará pasando dentro de la universidad, la gente lleva un plan de vida, pero cuando se topan con la realidad, con la parte laboral, se quiebran y tratan de adaptarse y salvar lo que puedan, y ven a veces un poco como enemiga cualquier cosa que pueda reflejar eso; en este caso, la relación entre Colmenares y Orlando.

             J.O.: Tu anterior novela breve, Juana la roja, presenta a una madre izquierdista que abochorna al hijo estudiante. Esta situación entre un hijo y una madre, podría ser equivalente a la situación entre discípulo y maestro. 

            R.A.: Sí, sólo que invertida; en Juana la roja la madre es militan­te de izquierda mientras que el hijo es conservador, abogado, estudiante de derecho.

            J.O.: En tu visión de la sociedad venezolana, ¿ves que hay una diferencia entre generaciones, en cuanto a roles sociales, identida­des y compromisos?

            R.A.: No sé si será un fenómeno latinoamericano o sólo venezolano, pero sí han habido cambios muy claros, ideológicos, culturales, incluso sociales, de una sociedad donde había una gran preocupa­ción ética y política a esta sociedad; de la sociedad del período de Pérez Jiménez y del boom petrolero que detrás tenía todavía una presión política, aunque suavizada, y una intención de tratar de recuperar el país o de darle una cierta idea al país, a un quiebre total en los 80, marcados por la crisis económica, en que además hay una pérdida total de ideologías; es casi un "sálvese quien pueda". 

            J.O.: ¿Se podría decir que no hay en Venezuela una confrontación generacional? Da la impresión de que la sociedad se mantiene, a pesar de las diferencias culturales y económi­cas, como una negociación permanente de generaciones, y no se ve un gesto parricida. 

            R.A.: No, literariamente no. Pero tampoco políticamente, o sea, no hay jóvenes políticos cuestionando a los viejos, y los que hay son como muy leves. En Acción Democráti­ca hay una lucha de poder, una lucha de facciones, pero están luchando por cuotas de poder, nadie está hablando de regenerar las organizaciones. Lo mismo en el Movimiento al Socialismo (MAS) o en cualquier partido político que se observe, no hay una discusión generacio­nal. Litera­riamente, es mucho más curioso; los escritores muy jóvenes no están cuestionando a los escritores mayores, lo más parecido a un cuestiona­miento es la proposición de "basta de experimentalismo, volvamos a las anécdotas", que más que un cuestionamiento es casi otra vez Juana y el hijo; es casi el grito de los jóvenes: "seamos conservadores;” es raro, pero no hay una lucha generacional. 

            J.O.: ¿Tú te sientes caraqueño? 

            R.A.: Claro que sí. He vivido17 años en la Gran Sabana, viví 3 años en Mérida, y estoy planeando irme el año que viene otra vez. Pero siempre que escribo, escribo sobre Caracas. Tengo a la ciudad metida. 

            J.O.: También hay una visión desde fuera de la ciudad, que es la que permite el punto de vista crítico. ¿Tú sientes un gozo de la ciudad, o cuando piensas en la ciudad la ves como una problemática conflictiva? 

            R.A.: Esto es un nido de violencia, de agresión continua, desde que uno se levanta hasta que se acuesta, pero también es el sitio del cine, del teatro, donde uno consigue gente con la que puede discutir; quizás uno de los pocos sitios que quedan en el país donde hay posibilidades de comunica­ción, de acceso a la información.

            J.O.:  O sea que hay espacios abiertos en la ciudad. 

            R.A.: Sí, todavía, cada vez más deteriorados, cada vez más riesgosos, pero sí los hay. 

            J.O.: Y en tus cuentos y en tus novelas breves, cuando estás escribiendo, ¿concibes esos espacios abiertos o todos son cerrados? 

            R.A.: En Juana la roja es un poco la Universidad, el espacio universita­rio, porque la Universidad Central es un gran respiradero en la ciudad. Y en la que estoy escribiendo, sí, hay varios espacios, incluso el techo de una casa que aparece como es un sitio donde conversar. 

            J.O.: Pero, ¿se podría decir que tu visión de la ciudad es escéptica, crítica, o pesimista?  

            R.A.: Pesimista, sí. Caracas es una relación continua de violencia; a veces, la única forma de que puedes andar es siendo más agresivo que el otro. Tenemos como las pausas subterráneas, ha sido muy cómico eso de que por debajo todos nos portamos tan bien, pero apenas sales, entras en un ritmo de violencia, de desconfianza; el que camina detrás de ti puede ser que te vaya a atacar. Y el hecho de que sea para nosotros normal el tiroteo, que haya cuarenta muertos cada fin de semana, es un deterioro incluso de la sensibilidad, porque se ha hecho normal lo que no debería serlo. 

            J.O.: Y el título Viste de verde nuestra sombra, ¿cómo aparece? 

            R.A.: Por el Ávila. No lo recuerdo muy bien, pero creo que es el verso de un poema mío, el poema desapareció y quedó esto. 

            J.O.: ¿Cuál es tu visión de Orlando? ¿Lo ves como un rebelde potencial que cuestiona el orden o lo ves como un niño pequeño burgués que se permite un momento de expansión? 

            R.A.: Bueno, es un muchacho de clase media, inteligente, que es llevado a la crisis por el profesor; y tiene esa noche la crisis, pero además es una locura shakespereana, es una locura que de algún modo sabe a dónde va; él va a vengarse del profesor y lo que está estableciendo es una ruta de asedio, lo va arrastrando y el profesor se da cuenta, un poco. Aunque esa puede ser una suposición del profesor.

            J.O.: Y, al final ¿cómo se resuelve esa situación? 

            R.A.: Él vuelve a la normalidad, pero el que queda realmente herido es el profesor. Hay que decir que cuando un caraqueño piensa en un indio no piensa en un Yanomami, quizás ahora sí porque ha habido mayor presencia con lo de los Garimpeiros; tú piensas en un indio y lo primero que se te viene es "Jerónimo;” o sea que implica un nivel de cultura empezar a pensar en Yecuanas y Yanomami. La imagen del indio que tenemos adentro es el indio norteamericano, de hecho Orlando ni siquiera es aindiado, pero se vuelve indio; el que es mestizo es el profesor. 

J.O.: O sea, que hay un sustrato étnico; se menciona a un negro también.

R.A.: Sí, Orlando es de descendencia negra.

J.O.: Los libros de la biblioteca de Orlando incluyen a Eliade y a Monzoñe. ¿Puedes comentar esas lecturas?

R.A.: Monzoño es un antropólogo venezolano que creó toda una corriente hacia los 70 sobre el movimiento de identidad nacional; trató de imponer la idea de que la identidad nacional estaba en los grupos indígenas que quedaban y que debía ser rescatada. Lo de Eliade es más bien por lo del inconsciente colectivo. 

            J.O.: Quizás se podría preguntar por tus lecturas más inmediatas al momento que escribías el libro.

            R.A.: De esa época recuerdo a Cortázar porque siempre lo leo.

            J.O.: En cuanto a tus viajes y trabajos, no fueron precisamente literarios, ¿verdad? 

            R.A.: No. Vivía yo en una comunidad pemón, aunque era una comunidad pemón donde aterrizaba un helicóptero diariamente, donde hay avionetas, teléfono y una mezcla de todo eso. En esa comunidad que se llama San Ignacio de Yuraní funcionaba una base de control de incendios  forestales, en los mismos nacientes del Caroní, que alimentan al Guri; y bueno, los bomberos eran pemones y trabajé con ellos. Hasta hace tres años ninguno de mis trabajos fue literario. No, creo que el primer trabajo que tengo vinculado a la literatura es éste, soy editor en Monte Ávila. 

            J.O.: ¿Cómo fue que descubriste tu vocación de narrador?

            R.A.: Bueno, escribía un poco desordenadamente desde los 15 años, pero empecé a tomarlo en serio hacia los 19. Mi plan era estudiar Letras, graduarme, ser profesor, tratar de quedarme como profesor en la Universidad; pero desgraciadamente me topé con José Balza en el primer semestre en la Universidad. Ya había escrito algo, mientras comenzaba la Universidad y estuve un año en una Agencia de Noticias, donde tenía muchísimo tiempo libre, de hecho la agencia quebró cuando yo me retiré; y en esa época escribí una novelita como de 70 páginas en dos cuadernos, ni siquiera a máquina. Conocí a Balza en la Escuela de Letras de la Universidad y después lo vi en las vacaciones aquí en Caracas, y le presté las dos libretas. Las leyó y me dijo que eran igualitas a Piedra de mar de Francisco Massiani, pero que allí había un escritor; me convenció a que tomara en serio lo de la escritura y, desde allí, me heché a perder; o sea, empecé a descuidar la Escuela de Letras y a escribir y a leer. 

J.O.: O sea, para ti, el gesto de empezar a escribir fue dejar la Universidad. 

            R.A.: Hubo un tiempo en que estudiaba y estaba en la Universidad. Y después hubo un momento en que pensé quizás si hubiera esperado un poco más hubiese seguido en la Universidad. Pero ocurrió que estaba trabajando en una novela larguísima, y estudiaba o escribía; porque  si seguía en ese juego, si me graduaba, iba a tener siempre el dilema: doy clases o escribo, y siempre iba a estar en ese juego, toda la vida, así que la solución fue abandonar. 

J.O.: ¿Y, qué pasó con la novela? 

            R.A.: Me la botó una chilena dos o tres años después. Se la presté a una amiga chilena, ella la tuvo en su carro durante varios días, pero le robaron el carro y mi novela; tuve mi primer problema grave con Caracas. Reaparecieron como 100 páginas, fue lo que quedó cuando recuperaron el carro, pero no las publiqué. 

            J.O.: Entre un libro y otro, el de los cuentos y las dos novelas, ¿sientes que había un proyecto narrativo armándose o escribías más casualmente según los estímulos del caso? 

            R.A.: Quizás hay un proyecto, creo que lo he venido viendo pero a distancia, no conscientemente. Por lo menos yo sí siento este libro muy afín a Juana la roja; no en cambio junto al resto de los cuentos que formaban el libro original que presenté a Monte Ávila, frente al cual sí creo que hay una ruptura. No estoy muy seguro, pero creo que no es necesariamente literaria sino una preocupación ética, o de otra clase, no literaria. 

           J.O.: A ti te preocupa enfrentarte con situaciones sociales y generacionales... 

            R.A.: O, no sé, contar y aclararme cosas. 

           J.O.: Y este personaje, Games, el policía, ¿es más literario que verosímil? 

            R.A.: No, no es nada inverosímil. Lo de su historia es bastante común aquí, la historia del extremista de izquierda que termina siendo informante de la DISIP; terminan siendo soplones, y casi siempre acaban mal. 

            J.O.: Volvamos a Orlando y su venganza. 

            R.A.: Bueno, la venganza es hacia Colmenares. Orlando está escuchando todo, de alguna manera, en la medida en que el relato es del profesor, y es como un llamado a la normalidad, o a la conciencia, que él hace a Orlando. Y después de todo lo que escucha Orlando es como si, realmente, ya no tuviera sentido matar al profesor; para qué, si ya ha roto con él. Por otra parte, el profesor envidia a Orlando; primero, por la facilidad con que le está saliendo todo en la vida, o sea, tiene vivienda, acceso fácil a la Universi­dad, puede comprar libros, lo que quiera, puede sentarse en El Gran Café a tomarse un café, cosa que al profesor le ha costado 10 años de trabajo; además, tiene una muchacha joven a su lado, tiene su juventud, y tiene ideales que no han sido todavía corrompidos por la vida real, por la salida a la calle. Sí, hay una envidia clara, una envidia bastante frontal. 

            J.O.: En otro sentido, digamos, simbólico se podría decir que Colmenares es quien lo tiene todo, y que la novela sacrifica al joven al alienar su cuerpo y dispersar su cuerpo, que no es hallado, como si fuera un cuerpo fragmentado. Colmenares es quien le ha robado la novia, el que tiene amantes y el que estaba muy cómodo en la Facultad; demuestra que su profesión es robusta socialmente, mientras que el otro es un muchacho que conforma el cuadro clásico de la víctima propiciatoria, del chivo expiatorio. Pero háblanos ahora de la novela que estás avanzando, ¿también tiene estos elementos de humor paradójico? 

            R.A.: Bueno, sí, en realidad, creo que conserva, al menos, el humor y también hay algo, que creo que está en los dos libros, que es el interés político. Y, a lo mejor, cuando termine voy a ser comunista de nuevo porque tengo que leer algunas cosas de Marx, porque es la historia de un personaje que diez años después, por azar, empieza a recordar cosas de cuando era militante del MIR, antes de que el MIR se dividiera; y lo que eran las luchas internas, y el marxismo, todas estas cosas previas a la caída de la izquierda. 

            J.O.: Es interesante que varias novelas importantes escritas en Venezuela tengan que ver con ese horizonte: la política de izquierda, las guerrillas, y luego las transacciones sociales. Es como si lo que hubiera pasado después fuera una resta de ese drama. 

            R.A.: Es que fue el último movimiento, o el último intento serio para hacer de este país algo distinto; fracasó, pero fue un riesgo y una lucha.