El cojo bueno

Rodrigo Rey Rosa

(Fragmento del inicio de la novela)


1

     La Coneja le había visto alejarse en el auto por la ventanita del vestíbulo, riéndose para sus adentros. «No es tan hombrecito», pensaba. El, en su lugar, no hubiera dudado en pegarle un balazo, o darle un golpe en la nuca con aquel bastón. Probablemente tuvo la intención de hacerlo, pero se había rajado.

     Después de apartarse de la ventana fue a servirse una copa de whisky al minibar, que estaba en un rincón de la sala, y regresó a sentarse en su sofá. ¿Y si Juan Luis había venido solamente a conhirmarse en SUS sospechas, para luego mandar asesinarlo? «Tendré que esconderme otra vez», pensó con cansancio, y por su conciencia comenzaron a desfilar recuerdos del tiempo del secuestro. Se sentía culpable, pero sólo en parte. No había mentido al afirmar que la idea había sido de EL Horrible. La idea no le había parecido mala, en principio. SU contribución más importante había sido entrar en contacto con Carlomagno y El Sefardí, a los que había conocido por casualidad, a éste en una fiesta de bodas, en una cantina de mala muerte a aquél.

      Se había dejado arrastrar a la desastrosa aventura por imprudencia juvenil, y si la historia del golpe en el cerebro era invención suya, era cierto que el tiempo lo había transformado. Después de todo, había tenido un poco de suerte. Su mujer, aunque no era ninguna belleza, era realmente buena, y sus hijos le habían proporcionado muchas alegrías, le habían devuelto el amor a sus padres y a la respetabilidad.

      Si Juan Luis se hubiera atrevido a matarle, pensó La Coneja con amargura, por lo menos le hubiera evitado la zozobra que sentía al pensar que sus padres, o sus hijos, podían enterarse algún día de aquella historia. Si por lo menos se hubiera enriquecido... Pero era todavía más pobre que sus padres, y ésa era su mayor aflicción.

      Había estado dispuesto a dejarse asesínar, ahora se daba cuenta. Juan Luis había sido incapaz de hacerlo, y La Coneja comprendió que no había sido por bondad, sino por un profundo desprecio. «Todavía podría mandar matarme -se repitió a si mismo-. No debo descuidarme.» Fue a la cocina a dejar la copa vacía en el lavaplatos y le dijo a la sirvienta:

        - Chi yoo sa li tenamit

        - Us -respondió ella sin alzar los ojos de la tabla de cortar, donde estaba destazando una gallina.

     La Coneja salió de su casa y se fue andando hasta el centro del pueblo, para usar uno de los teléfonos públicos del portal de la municipalidad. Marcó el prefijo de Cobán y el número de una cantina que estaba en la salida a Carchá y que pertenecía a Carlomagno.

     -¡Vos, hombre! -exclamó la voz de éste-. Qué sorpresa oírte. Algo malo debe de estar pasando para que me llamés -se rio.

     -Adiviná quién vino a yerme hoy.

     -El Sefardí -dijo inmediatamente

Carlomagno, y La Coneja percibió el sobresalto en su voz.

     -Cerca -dijo La Coneja-. Juan Luis.

     -¿Luna?

     -Claro que Luna.

     -¿Y? ¿Qué quería?

     -Pues no sé. Yo quería preguntarte si no ha ido a verte a vos.

     -No. Yo ni sabía que andaba por aquí. ¿No vivía en Africa?

     -Hace tiempo que regreso.

     -¿Y cómo dio con vos?

     -Por mi vieja.

     -¿No la tenias advertida? 

     -Sí, más o menos. Pero ya no muy le atina, la pobre. Mirá, yo creo que aquél está tramando algo. Se me hace que quiere ajustar cuentas, después de tanto tiempo. Con lo del pie...

     -¡No se le iba a olvidar! ¡Qué le vamos a hacer!

     -Estar avispas. Y comunicados. Yo voy a averiguar con los amigos de la capi si no hay alguna orden de captura a nuestro nombre o algún contrato, ya sabés.

     -Pues manteneme al tanto.

     -Y vos a mi también. Que no nos agarren dormidos, es lo principal.

     -Y aparte de eso, ¿qué tal por Salcajá?

     -Bien, gracias. ¿Y por Cobán?

       Pasándola. Mirá, acaba de entrar don Chusito y me está pidiendo una cerveza.

     -Te dejo, pues, ingrato.

     -Adiós, Coneja. Gracias por llamar.

     Era curioso, pensaba La Coneja mientras caminaba del portal hacia la cantina a la vuelta de la plaza, que las relaciones con los otros fueran así: una serie de hilos cortados y reanudados en desorden, al azar. Carlomagno. Juan Luis. El maldito Sefardí. A éste sí que le gustaría matarlo, aunque ya no hubiese ningún dinero que recobrar. Pensó fugazmente en sus hijos. Hubiera querido darles una buena educación; haberse mudado a la ciudad de México, por ejemplo, o a Buenos Aires, como lo había soñado, en lugar de a Salcajá.

     Entró en la cantina, fue al mostrador y pidió una cerveza fría. Se la bebió de pie allí mismo, pagó y fue de regreso hasta el portal para hacer otra llamada, esta vez al despacho de un abogado, en la zona cuatro de la capital.

     -Pedro, ¿cómo te va?

     -Ah, Coneja. ¿Qué, otra vez en problemas?

     -Pues sí, fijate vos.

     -Qué es ahora.

     -¿Te acordás del cliente aquel..., para qué mencionar el nombre..., de hace como once años?

     -¡No! ¿Qué con él?

     -Vino a yerme, aquí a Salcajá.

     -Y qué quería.

     -Hablar.

     -De qué.

     -De todo aquello que paso.

     -Y vos lo complaciste.

     -Pues sí.

     -Pero qué mula sos, hombre. ¿De dónde me estás llamando?

     -De Salcajá.

     -No de tu casa, espero.

     -No. Del portal. 

     El abogado colgó, o se cortó la comunicación, La Coneja no estaba seguro. Llamó de nuevo.

     -No estoy para bromas, señor -el abogado volvió a colgar.

     Aquel lunes La Coneja, con el pretexto de visitar a su madre, viajó a la capital. Telefoneó al abogado desde la terminal de los transportes Galgos, y se dieron cita en un bar del pasaje Rubio, cerca del Palacio Nacional.

     El abogado lo aguardaba sentado a una mesita para dos al lado de la puerta, bajo una varilla de luz neón. Su piel era grasienta y pálida, tenía ojos de pescado, y unos bigotes ralos le daban un aire de pícaro que parecía calculado.

     -Hola, genio -dijo.

     La Coneja dejó su maletín de viaje en el suelo y se sentó, con una sonrisa de culpable.

     -¿Qué?

     El abogado habló en voz baja:

     - Cuántas veces te habré dicho que el señor Luna no se iba a dormir nunca, Conejita. Hasta la fecha, hay constantemente viajes de agentes especiales a Salcajá y a Cobán. Vos y Carlomagno están más controlados que yo. El viejo no se cansa de pagar, aunque sea sólo por el gusto de comprobar que la gente cambia muy poco sus hábitos. Te apuesto a que sabe cuáles putas te has cogido en Las Flores.