El tren a Travancore (Cartas indias)

Rodrigo Rey Rosa

Índice y fragmento de la primera carta


Índice

                        1

 

A la novia..................................15

A un viejo amigo.........................41

Al editor....................................53

Al ahijado..................................63

A los padres...............................77

A XX.........................................83

 

 

                        II

 

A la novia.................................97

Al editor.................................101

A los padres............................105

A XX......................................119

Al viejo amigo..........................127

Al ahijado...............................131

A XX.....................................135


A LA NOVIA

 

Te escribo desde Madrás, hoy en día llamada Chennai, «la ciudad de los ojos rojos» (culpa del aire, que está muy contaminado). Hace sólo cuarenta y ocho horas que líegué, y de éstas he dormido veinte de un tirón, en una casa de huéspedes bastante cómoda, y cara, que me recomendó la azafata de Lufthansa, una chica muy simpática, nacida en Chennai. «La identidad no es un problema indio -me dijo a propósito de nada-, es un problema europeo.» Dentro de poco tomaré un auto-rickshaw (un triciclo motorizado y con capota para dos pasajeros, el modo de transporte más práctico en esta apretujada, ruidosa, calurosa ciudad) para ir a visitar el ashram de la Sociedad Teosófica, donde me gustaría alojarme. Fue Francesco Clemente quien me lo dijo: a menos que seas millonario y estés dispuesto a vivir en un hotel de estrellas, y por lo tanto a años luz de contacto con la población local, sólo en un ashram se puede vivir decentemente en la ciudad de Chennai.

  Chennai es tan alegre y cálida como Escuintla o Puerto Culebra, pero amplificados en una pesadilla maltusiana. Esta superabundancia de gente me ha hecho imaginar que la degradación de la vida en general es proporcional al número de almas que pululan. Los colores son tan brillantes como los de cualquier ciudad tropical de este milenio De noche las calles se convierten en selvas de carteles luminosos en inglés y en los ensortijados caracteres con que se escribe la lengua tamil. Los olores son únicos, propios de la India. En una misma cuadra flotan, se entremezclan, pelean, desaparecen y reaparecen las esencias de flores, el orín, el sándalo, la bosta, el agua putrefacta de las alcantarillas o de la bahía de Bengala, el ajonjolí tostado, el té, que aquí se llama chal, los azahares, el excremento humano, el café, el cardamomo. Los motores de los rickshaws y las motocicletas hacen un ruido abrumador El rugido del tráfico de las grandes avenidas llega hasta las calles secundarias a través de extensos edificios de múltiples salidas. Y los cuervos están, y gritan, en todos lados; dicen que prácticamente han expulsado de las ciudades de la India a las demás aves, aun a los buitres.

  La comida es deliciosa. Dentro de muy poco vamos a disfrutarla juntos, ¿no?

 

Ayer almorcé en un peligroso restaurante, que por la fachada parecía inofensivo. Después de comer un excelente masala dosa -una especie de crépe gigante rellena de papa- tuve la mala idea de visitar el baño, y para eso era necesario atravesar la cocina. Una caverna enorme ennegrecida con el humo de varias estufas y hornos (de bosta) donde hacia un calor infernal. Unos veinte cocineros y pinches trabajaban allí, todos desnudos salvo por un dhoti, el taparrabos que usan los hombres en el sur de la India, cubiertos de sebo y sudor, que goteaba visiblemente de sus cuerpos a las verduras que picaban o a la pasta que amasaban o a los calderos de bruja llenos de arroz que revolvían con grandes cucharas de madera. Mi apetito de comida india ha disminuido considerablemente.