La orilla africana

Rodrigo Rey Rosa

Fragmento del inicio de la novela


1

   

   Hamsa se levantó cuando todavía estaba oscuro y el viento del Este soplaba con fuerza para hacer sonar el follaje de los árboles como mil maracas y silbar entre las peñas del acantilado, al pie del cual se estrellaban violentamente las olas del mar. Después de hacer sus abluciones, rezó sobre la piel de un carnero sacrificado para el último Aid el Kebir. Preparó un vaso de té sobre un pequeño brasero. Partió un pan redondo y oscuro, y hundió un trozo en un tazón de aceite de oliva. Dijo: «En el nombre de Dios», y comenzó a comer.

   Clareaba apenas cuando se puso en camino hacia las laderas de Shlokía, donde había visto por última vez al cordero extraviado, poco antes de emprender el regreso al cobertizo la tarde anterior. Bajó por el camino que bordeaba los acantilados, donde algunos sapos croaban todavía. Pasó por debajo de la casona abandonada de los Perdicaris y, en lugar de seguir por el sendero entre el bosque de pinos, decidió atravesar los matorrales por un pasadizo que conocía y donde, en ocasiones anteriores, había encontrado otras ovejas descarriadas. Protegiéndose la cara con los brazos, pues la maleza extendía sus manitas espinosas aquí y allá para arañarlo o tirarle del cabello, se internó en el sombrío túnel de vegetación. Aunque existía el riesgo de toparse con un jabalí, Hamsa no tenía miedo, pues aquí no habría ningún djinn, ya que todos detestaban las espinas (y por eso los musulmanes protegen a sus muertos dejando que los cardos crezcan sobre sus tumbas). La maleza estaba húmeda por el rocio y allí dentro olía a resma, a romero y a suciedad de puerco espín.

   Del otro lado del manto de arbustos estaban las grandes rocas y las olas del mar bravo, por encima de las cuales un viento frío zarandeaba a las gaviotas. Hamsa gritó dos veces, llamando al cordero, y miró detenidamente el paisaje inclinado, donde los primeros rayos del sol doraban el costado de las rocas. Nada. Subió hasta el pequeño bosque que ocultaba la casa en ruinas del antiguo club náutico español, y miró en la piscina arruinada, donde crecía la hierba. Nada. Por fin bajó hasta los peñascos donde golpeaba el mar.

   Estaba de pie al borde de una muralla de roca cuando vio al cordero unos metros más abajo, arrinconado entre dos peñas salpicadas intermitentemente por el reventar de las olas; temblaba. ¿Cómo había llegado hasta allí?, se preguntó. Quizá lo habían acosado los perros de los soldados que tenían una barraca cerca del antiguo club. Comenzó a descender, descolgándose peligrosamente por la muralla. Con el cuerpo pegado a la roca arenosa, fue presa de un temblor irreprimible, como el que suele sufrirse al subir por el tronco de un árbol muy alto. El pie buscaba a ciegas un punto de apoyo en algún resquicio de la roca, pero no lo encontraba. Las manos sudorosas estaban aferradas a un cuerno de roca. Una tórtola pasó volando a sus espaldas. Hamsa volvió la cabeza con un encogimiento visceral; el cuerno de roca se desprendió con un crujido sordo, y Hamsa cayó. Aterrizó en las piedras más abajo, con una punzada de dolor en el talón, y miró a su alrededor.

   -Yalatif.

   Con su caída, había hecho que el cordero cayera al mar.

   Sin apartar los ojos del animal, cuya cabecita blanca se agitaba entre las olas cerca de las piedras de la orilla, Hamsa se quitó rápidamente la gandura, los Nike's y los zaragtielles para saltar al agua, invocando el nombre de Dios.