Polvo en la boca

(El cuchillo del mendigo / El agua quieta)

Rodrigo Rey Rosa


   «Una más», se dijo a sí misma sonriendo. Estaba sola en lo que le parecía el cuarto miserable de un hotel. Los tabiques no tocaban el techo, y del cuarto contiguo llegaba una luz gris. Se incorporó en la cama, vencida, en la que no lograba dormirse. La pastilla verde que se puso en la boca era amarga, y, sin agua, hizo una mueca al tragar. No sabía dónde estaba, ni cómo había llegado allí. Estaba perdida; pero seguramente esto era un hotel. Se oía el canto de un gallo. Por algún camino se iba alejando el ronquido de un motor. Sentía que se movía la cama. Una pastilla más.

  La mañana la encontró vacía, sin recuerdos, con el malestar del alcohol; sus pies colgaban al final de la cama y le dolía la espalda. «Dios, Dios, Dios», dijo en voz baja, a la vez irónica y desesperada. El suelo era de concreto pero no estaba frío. Empujó la puerta, que no se abrió completamente, y miró el cielo bajo y gris. Estaba en el patio de un hotel en el que no recordaba haber entrado. Las puertas de los cuartos no estaban numeradas. Atravesó el corredor y salió a la calle.

  Recordaba esta calle, que era de piedra. La había visto ayer, pero el día de ayer le parecía muy lejano. Creía recordar las paredes blancas, los tejados. ¿Había habido gente en la calle? Era un pueblo muy tranquilo, demasiado tranquilo. Esta quietud no era natural y no presagiaba nada bueno, lo sabía. No recordaba el nombre del lugar.

  ¿Por qué no se veía a nadie? ¿Qué día era hoy? Y contaba con los dedos: ¿lunes? ¿domingo? Probablemente lunes. Un pueblo tan silencioso el domingo le habría preocupádo demasiado. El lugar estaba muerto. Recordó que por la noche había cantado un gallo, y eso era mejor que nada. Ahora oía sus pisadas en las piedras. Se acercaba a la plaza principal. En el fondo de la calle se alzaba el costado de una iglesia. Algo le decía que no se acercara más. Se detuvo. Miró calle arriba y calle abajo. Se dio vuelta y comenzó a correr, alejándose de la plaza. Había oído un grito, que llegó débilmente. ¿El grito de un niño? Venía del interior de la iglesia, ¿o lo había imaginado? Dejó de correr, pero siguió andando de prisa y no paró hasta encontrarse dentro del hotel. Cerró la puerta y luego la entreabrió para sacar la cabeza. La calle estaba desierta.

  Quería preguntar a alguien qué pueblo era éste. ¿ Dónde estaba el encargado del hotel?

  -¿Ave María? -llamó suavemente; no se atrevía a gritar. Tenía una mano sobre el pecho y andaba paso a paso por el zaguán, mirando a un lado y a otro.

  Recordó un autobús lleno de gente; así había llegado. Se detuvo en el corredor. Silencio. Éste era un hospedaje de cuarta categoría. ¿Por qué había pasado aquí la noche? Cruzó el patio hacia su cuarto. Se sentó en la cama. No tenía reloj. ¿Dónde estaba el sol? Se miró las manos. ¿Qué había hecho por la noche?

  Una melodía, la letra de una canción. Sí. Un salón lleno de gente, hojas de pino por el suelo. ¿Un baile? Algo que había querido olvidar. Un hombre, el que le había dado las pastillas. Por él, sin duda, estaba aquí. Se veía las lineas de la mano, como si algo hubiera estado escrito en ellas. Recordó un camino de tierra y un río que corría entre montañas. Oscurecía. Recordaba que el pequeño autobús daba saltos y virajes bruscos. Pero no recordaba cuándo se había subido ni hacia dónde iba. No sabía si se dirigía hacia el norte, o hacia el sur. El recuerdo del camino rápidamente se desvanecía; no quería que desapareciera, temía no volver a encontrarlo.

  Salió del patio. En ese cielo oscuro el sol era invisible, y en el suelo de piedra nada proyectaba sombras. Parecía que todos los cuartos estuvieran vacíos. Oyó ruidos de pisadas que venían de la calle. Estaba asustada, y corrió hacia su cuarto. Cuando cerró la puerta, pensó que algo ocurría ahí afuera de lo que ella no quería enterarse. Entonces, tuvo un recuerdo que no sabia si era el recuerdo de un sueño. Le había dado a un hombre un golpe con una piedra en la cabeza. Una piedra pesada, con la forma de un huevo; lo golpeaba a traición. El hombre era su esposo.

  Los sonidos que llegaban del zaguán eran voces de hombres, una de ellas muy aguda. Se iban acercando por el corredor. En el cuarto contiguo, a la derecha, alguien llamó a la puerta. Un momento después, tres golpes secos en su propia puerta le hicieron dejar de respirar. La puerta se abrió.

  El aire apestaba debajo de la cama. Las sábanas caían por el borde de la cama hasta el suelo, y no pudo ver los pies de quien entraba. El frasquito de las pastillas había quedado encima de la cama; le pareció que el hombre se inclinaba a cogerlo. Le oyó girar sobre sus talones, y la puerta se cerró. Ahora llamaba a la puerta del otro cuarto, el de la izquierda.

  Miraba los ovillos de polvo y las telarañas viejas que temblaban con su respiración. No podía quedarse ahí más tiempo. Cuando los ruidos se hubieron alejado, el miedo se convirtió en una sensación de incomodidad, de vergúenza. Salió lentamente de debajo de la cama. Tenía que enfrentarse con el encargado y pagar el cuarto. Iría a la plaza. Quería comer algo. Luego averiguaría la salida del próximo autobús para la capital. Empujó la puerta, pero no se abrío. Empujó con el hombro; estaba encerrada. 

  No quería dar patadas a la puerta ni gritar. Se puso de pie en la cama y miró por encima del tabique; su cuerpo no podría pasar. Se sentó en la cama. Tenía hambre y la boca le sabia a papel. Abrió los ojos y se quedó mirando fijamente el suelo, porque recordaba que antes de tomar el autobús había viajado con su esposo en un avión. El tamaño del ala de metal bajo su ventanilla le había parecido absurdo. Sintió que se había alejado tanto en este viaje que le seria imposible regresar. Se puso de pie y volvió a probar la puerta. La empujó con todo el cuerpo, la golpeó con los pies. Era más fuerte de lo que parecía. Gritó. Y tuvo la sensación aterradora de que el grito no salía del cuarto. Volvió a gritar. 

  ¡Era ridículo! Creía que no serviría de nada presentar una queja ante el dueño del hotel. Golpeó la puerta con los puños. Alguien tendría que venir.

  De pronto la invadió el cansancio y se tendió en la cama. La pared estaba húmeda y olía a hongo. ¿ Por qué estaba segura de que estaba en un hotel? El techo era demasiado bajo. Cerró los ojos. Le hubiera gustado que alguien le diera un masaje en el cuello, pues le dolía. Juntó las manos sobre el vientre. Comenzó a frotarse la boca del estómago, para engañar el hambre. Tenía que tranquilizarse. No era fácil esperar allí tendida. La atravesaron recuerdos claros, pero tan antiguos que no podía situarlos en el tiempo. ¿Cuántos años tenía la primera vez que vio su propio rostro? Recordaba el marco labrado del espejo.

  Su madre la había conducido al cuarto que unos años más tarde seria el suyo. Las cortinas estaban corridas. Su abuela, muerta, parecía dormir en la cama. Su madre la había llevado hasta la cama, y ella había alargado la mano para tocar la nariz, que ya estaba fría. «No -le dijo su madre-. Dale un beso.» Le hubiera gustado saber si en la muerte continuaban los sonidos. Ahora, dejó de recordar para buscar algún sonido. La luz se había hecho más débil. La cara congelada de su abuela le decía: «También tú has muerto. Estás muerta.»

  Desde que se dio cuenta que la puerta había sido cerrada por fuera, desde que gritó y sintió que su grito no era oído, esa idea había comenzado a fermentar en su cabeza. Ahora la atravesó como una luz y la paralizó. Un frío en la sien fue el resultado de querer levantar una mano y no lograrlo. El frío bajaba hacia sus piernas, hasta sus pies, y subía, como si corriera con la sangre. ¿Tenía los ojos abiertos o cerrados? Parpadeó. Ya no había luz.

  ¿Cuánto tiempo había estado allí? No podía creer que fuera un día. La cama comenzó a mecerse y de pronto saltó. Fuera de si, rodó por el suelo. Había oído un rumor que ahora era un rugido. El suelo también se mecía. Se había golpeado la cabeza. Las patas de la cama rechinaban.

  «Tengo que estar soñando -se dijo a si misma-.¡Estoy muerta y sigo soñando!» La entusiasmaba la idea. Llegó a imaginar que de alguna manera ob servaría etapa por etapa el proceso de su descomposición. La carne se convertiría en gusanos. Era la forma más humilde que hubiera imaginado de la transmigración, pero en ese momento le bastaba. Un ruido infernal rompió en el cuarto; le hizo saltar y caer de espaldas. No podía estar muerta, pensó. Del cielo raso caían pedacitos de tierra. ¿La enterraban? «¡Estoy viva! » gritó. Y repitió en voz baja: Estoy viva. Tenía polvo en la lengua. Quería escupir.

  Unos minutos de calma. No quería abrir los ojos, pero tampoco quería tenerlos cerrados. Comenzaba a tener sueño y sabia que no debía dormirse. Le parecía que en el sueño se olvidaría de sí misma, que despertaría convertida en otra: la diosa tutelar de una colonia de gusanos. La locura. Por fin el sueño la venció.

  Despertó. Dos hombres la arrastraban en una postura no del todo incómoda a través del patio. Se dio cuenta de que no les temía. El calor de sus brazos era un alivio. Tenía frío.

  Salieron a la calle. El cielo era rojo. Sentía que no necesitaba de los hombres para andar, pero dejó que continuaran sujetándola. De tiempo en tiempo la tierra temblaba y se oía ese rumor sordo que ya conocía. Entraron por una puerta baja en una pieza circular. Las paredes eran de tela y se movían con el viento. Los hombres eran jóvenes. Uno de ellos comenzó a palparle los brazos y las piernas. Luego le hizo abrir la boca para mirar dentro.

  -¿Le duele la cabeza? -le preguntó.

  -¿Dónde estoy? -dijo ella-. ¿Qué pasó?

  -Podría tener una fractura en el cráneo, aunque no lo creo, señora. Trate de calmarse. Yo haré lo que pueda hacer.

  -Pero no recuerdo nada -protestó ella-. ¿No comprende?

  -Sí, comprendo -dijo él-; ya recordará.

  Del centro del techo colgaba una canastilla de alambre. Allí, entre otras cosas que reconoció como suyas, estaba el frasco de las pastillas; era la prueba de un delito que no recordaba que había cometido. El dueño del hotel llegó a cobrarle.

  Por la tarde le dijeron que viajaría a la ciudad, donde su esposo la esperaba. Un auto de alquiler llegó a recogerla. Atravesaron el pueblo semidestruido, que hombres vestidos de verde comenzaban a descombrar. Los maizales estaban devastados y la tierra era del color de la ceniza. Por el lado bajo del camino, sobre una colina sin árboles, un indio hincado de rodillas quemaba incienso. Hacía oscilar el incensario y el humo se esparcía por el aire gris.