Viaje a la India

Reseña/ Noemí Montetes Mairal


 


Título
El tren a Travancore (Cartas indias)
Autor: Rodrigo Rey Rosa
Editorial: Mondadori, Barcelona
Año: 2001
Número de páginas: 137

 

La imagen que habitualmente se tiene de la India suele asociarse al caos, a la explosión demográfica, a costumbres y formas de organización social tribales, paralelas a las oficiales, a grandes desastres naturales... Un país de brutales contrastes, algo comprensible si se piensa que su superficie es unas diez veces la de España, a pesar de lo que pueda parecer cuando se miran las representaciones habituales en los planisferios.

El viaje a la India, como el viaje a Italia, ha ocupado en más de una ocasión a la literatura, pero a diferencia de este, se ha reflejado mucho más teñido de exotismo, posiblemente por la distancia geográfica y cultural que la separa del mundo occidental. Como todo viaje, tiene un componente de iniciación, de descubrimiento, y a menudo, en el caso de la India, vinculado con la espiritualidad, el misticismo y la meditación trascendente. Tal vez esto se pueda relacionar con el nombre sánscrito del país, Bharata Varsha, que significa "tierra de trabajos y austeridades".

Con todos estos tópicos parece haber querido romper Rodrigo Rey Rosa en El tren a Travancore (Cartas indias). La obra cuenta con una mínima trama novelesca y, como anuncia el subtítulo, adopta la forma de la novela epistolar, con la novedad (ya relativa) de que se trata de misivas enviadas a través del correo electrónico. Un escritor realiza un viaje a la India financiado por su editor para que termine una novela que tiene entre manos. Alojado en la residencia de la sociedad teosófica de Madrás, escribe vía internet una serie de cartas que dirige a su novia, a un viejo amigo, a su editor, a su ahijado Luisito, a sus padres y a un misterioso lector que admira su obra. "Soy como un personaje de una de mis propias historias escrita hace muchos años. Un prisionero que escribe varias cartas a alguien que jamás se digna contestarle. Pero el simple hecho de escribir produce cierto placer, de modo que sigo escribiendo". Esto escribe el protagonista a su novia, que al principio no responde a sus cartas. Sin embargo, aunque con los otros corresponsales sí que establece un intercambio más fluido, en todo el libro sólo aparecen las cartas del escritor. Los demás personajes se van construyendo filtrados por su punto de vista, se van conociendo por lo que él comenta en sus notas, pero resultan prototípicos y bastante esquemáticos, y sólo tienen una existencia funcional, al servicio de la trama: son los necesarios destinatarios de las cartas.

Al mismo tiempo, las cartas son las piezas de un puzzle que retrata al personaje principal, cuya voz resulta pertenecer a un ser materialista, maquiavélico y sin escrúpulos, que se revela al lector en la segunda parte del libro, a partir de que informa del accidente de tráfico que ha sufrido, con el que se da un giro inesperado a la historia.

En sus mensajes las anotaciones personales, principalmente relacionadas con su vida sentimental, con su estado de salud y las alusiones a su precaria situación económica, se entreveran con algunas notas del mundo indio (las castas, la religión y la mitología, el cine...), que al protagonista le resulta paradójicamente proteico y monótono a la vez. Cuando la excusa para introducir estos apuntes es responder a la curiosidad de sus interlocutores, el recurso resulta ingenuo y poco convincente, y la explicación forzada y similar a las de una guía turística, estilo que en algún momento el propio narrador confiesa que quiere evitar. Son mucho más vivas las estampas que acompañan la narración de sus movimientos por la metrópolis: "Hay que ver la variedad de payasadas en que los rickshaw-walas incurren en su obsesión por adelantar. Esto tienen que hacerlo salvando obstáculos en forma de vacas sagradas, o búfalos de agua paseantes o echados, o cerdos de hocico largo que buscan su sustento entre los incesantes botaderos de basura, o cabras que viven de restos de papel o cartón -periódicos, bolsas, el ocasional cuaderno de cuentas o de apuntes-, o astrólogos itinerantes, o vendedores de frutas tropicales o de algodones de azúcar (rosados o celestes, idénticos a los de la Aurora) o de remedios ayurvédicos, o mendigos e inválidos de todas las edades y una que otra persona desnuda".

El tren a Travancore constituye una reflexión burlona sobre la lectura, sobre la escritura y sobre el viaje: ¿hay que leerlo todo sobre un país para llegar a conocerlo, para que su visita sea más intensa, o es mejor vivirlo, dejarse impregnar por sus olores, sabores, experiencias? Pone de manifiesto una concepción desmitificadora, lúdica, del viaje y de la escritura, y lo hace ya desde la elección de internet como canal de comunicación. Con esta opción consigue distanciarse de la correspondencia convencional, a la vez que apuesta por un lenguaje más desenfadado y espontáneo, dada la inmediatez del mensaje. Esta presencia de las nuevas tecnologías en la novela contrasta con los aspectos tradicionales que habitualmente se destacan de la India, del mismo modo que el materialismo del narrador contrasta irónicamente con la espiritualidad de la sociedad que lo acoge.

Rodrigo Rey Rosa demuestra ser un escritor consciente, que lleva las riendas del relato hasta conducir al lector a donde desea. A pesar de que sabe mover los hilos de la trama, la historia resulta ligera y previsible, aunque no por ello menos agradable de leer. Rey Rosa (Guatemala, 1958) es un autor ya consolidadado, cuya obra narrativa ha sido traducida a varios idiomas: al inglés, a partir de su amistad con Paul Bowles, al que conoció durante su período de residencia en Marruecos, al francés y al alemán. Este es su último libro, y se incluye en la colección Año 0, destinada a recoger las impresiones de distintos autores españoles e hispanoamericanos actuales sobre las principales metrópolis del mundo.

(fragmento del texto)

Después de la función, fui a dar un paseo por el pueblo. Como era sábado (y encima Pongal, la festividad tamil más importante) Mamalapuram estaba lleno de gente de Chennai. Familias de todas las castas y varias subcastas (cuyo indefinible y ascendente número tiende a setenta mil); pandillas de niños y adolescentes estrenando vestiduras y con las marcas ceremoniales del puja en la frente; cuadrillas de brahmines jóvenes dedicados a la caza de turistas, que afluyen estos días a Mamalapuram; bandadas de intocables, antes llamados chandala, o sea "fieros" o "comedores de carne", que ahora se llaman harijan (que quiere decir "hijos de Vishnu" en hindi) o dalits ("oprimidos") y cuyo contacto -pese a que la constitución india abolió hace más de medio siglo "la práctica de la intocabilidad en cualquier forma"- todavía hay quienes lo consideran deshonroso. "Asociarse con ellos es malo, porque te vuelves tan impuro como ellos -me dijo un joven comerciante de Cachemira que tiene una tienda de tejidos en Mamalapuram-. Pueden atraer la mala suerte, o causarte accidentes y problemas.