Ed. Seix Barral (Barcelona, 1999). Rodrigo Rey Rosa. 159 págs.La orilla africana
Daniel Attala
Barcelona Review nº 17
Antes de La orilla africana leí de Rey Rosa algunos relatos de Ningún lugar sagrado (Seix Barral, 1998). Eran textos cortos; con un plácido comienzo en el suburbio de alguna ciudad norteamericana, acababan estrellándose contra finales casi siempre truculentos. De frases escuetas y directas, exudaban un aire satisfactoriamente irrespirable. Eran relatos parcos, sin concesiones, buenos (aún recuerdo uno, en el que alguien hervía o descuartizaba un mono). Y si algo no dejaban prever, era que su autor llegase, un día, a recurrir a una paleta pintoresquista, justo cuando menos debía necesitarla: al trasladar uno de sus buenos argumentos al paisaje norteafricano. La orilla africana desconcierta.
El libro es un relato largo, digamos, dilatado a novela (es por la hábil disposición de sus cincuenta y cinco capítulos, cada uno de una página real de promedio, y la cálida inclusión del denso estudio de [Pere] Gimferrer que las antecede, que el libro logra las 159 páginas). Su estructura narrativa es esa de las dos historias casi independientes, cada uno de cuyos protagonistas principales ignora la existencia de la otra pese a tener acontecimientos en común. Esa ignorancia convierte a las historias en líneas paralelas, pero que ante la mirada del narrador y del lector, se cruzan. Eso es, al fin y al cabo, la literatura, ¿no?; hacer saltar la chispa del sentido golpeando con habilidad dos pedazos de materia que nada saben el uno del otro, ni tampoco de chispas. ¿Salta la chispa en La orilla africana? A mí me parece que sí.
Pero lo desconcertante no es la estrategia narrativa del nuevo libro de Rey Rosa, sino la descriptiva.
Desde que la novela ocurre en Marruecos, es obvio que corría el albur de acabar siendo una de las muchas que tratan, como se dice, de "temas exóticos". Rey Rosa leyó mucho a Borges; lo afirmó en una entrevista reciente. Seguro que conocerá entonces la vieja discusión sobre el "color local", zanjada por Borges con aquel chiste ahora proverbial: en todo el Corán no hay un solo camello. Y no es que en La orilla africana haya camellos; al menos no de carne y hueso. Pero el autor teme al camello borgeano (y calzar a un pastor marroquí con unas Nike’s es su manera de conjurarlos). Y es ese temor el que vuelve a traer, esta vez de contrabando, al camello borgeano. Lo temido vuelve en forma de fantasma.
La siguiente es una lista (incompleta) de esos fantasmas.
De Tánger, se menciona por poco el nombre de cada calle y de cada edificio público por donde pasan los personajes (como si conocer una ciudad fuese nombrar sus calles y edificios). Los occidentales son llamados "nazarenos". Los personajes se arremangan la "gandura". Las colinas son de "color camello" (y aunque no sé si será éste o no un chiste sobre el chiste de Borges, lo cual sería otra forma de fantasma, queda la pregunta sobre el color que tendrán los camellos. Y, sobre todo, esta otra: quienes conviven con ellos ¿no distinguirán –pregunto? a un camello de otro por su distinto color?). El cielo es "un espléndido cielo marroquí" (lo cual no dice nada a quienes no conocen Marruecos, y es tan poco marroquí, como es malagueño "un espléndido día malagueño", o paraguaya una "espléndida noche paraguaya"). Los personajes de La orilla africana parecen no poder entregarse a la vida directa que solían llevar en los cuentos de Ningún lugar sagrado; la gente ahora no hierve leche, sino leche de oveja; no se echa a dormir, ni a dormir sobre pieles; se echa a dormir sobre pieles de carnero; y tampoco se cobija si no es con un jaique de lana; al cuerpo se lo frotan, en fin, con grasa de carnero.
Los personajes tampoco aciertan a sentir cosas simples, como el miedo o la falta de miedo, sin una larga cadena de razones antropológicas. En el ejemplo siguiente, la cadena va desde la osadía inocente de un muchacho ante unas matas de espinos, hasta las costumbres funerarias de "los musulmanes"; (uno de los personajes se interna en un "túnel de vegetación"): "Aunque no existía el riesgo de toparse con un jabalí, Hamsa no tenía miedo, pues aquí no habría ningún djin, ya que todos detestaban las espinas (y por eso los musulmanes protegen a sus muertos dejando que los cardos crezcan sobre sus tumbas)". (Desechemos la duda sobre si será una costumbre de todos los musulmanes, desde los de Nueva York hasta los de Afganistán, el plantar cardos en sus tumbas).
Podría mencionar otros fantasmas del camello borgeano, como son las notas arqueológicas sobre los paisajes de Marruecos, donde se informa sobre las actividades de los romanos en su época (moler aceitunas, salar sardinas, etc.). Pero estos son detalles tontos, y es probable el lector se sume –al terminar de leer la novela? al aplauso que Gimferrer le brinda antes de comenzar. En cuanto a la comparación que propone Gimferrer al final de su estudio, entre La orilla africana por un lado, y los relatos de Raimundo Lulio, Las mil y una noches y Tirant lo Blanc, por otro, me parece interesante.
Encontrado en: http://www.barcelonareview.com/16/s_criticaja.htm