La muerte en dos cuentos de Juan Rulfo
Ramón Moreno Rodríguez
La cara oculta de Moisés
La muerte, el amor, el odio, el miedo, la justicia y la injusticia son los elementos constitutivos del cuento "El hombre" de Juan Rulfo. Todos se entremezclan y confunden entre sí, conformando una mentalidad diferente en cada personaje. En el fondo es una misma manera de ver la realidad. Esta también, y ante todo, es una historia de honor.
Es la maestría que caracteriza al autor lo que hace que, sin que sepamos cómo, nos encontremos en el complejo mundo mental de dos campesinos. Narrado éste con una no menos compleja estructura cuentística.
La historia cuenta el recorrido que hacen dos hombres desde su propio pueblo hasta otro -aparentemente no lejano. Los personajes no logran concluir el periplo pues en el trayecto se resuelve el conflicto que provoca dicha excursión. Uno persigue al otro por asesino. Ambos lo son.
Antes que la venganza, es el sentido del honor y el deber lo que desencadena esta serie de asesinatos. El perseguidor mató también por honor y deber. Parece que la cadena no tendrá fin y amenaza con desbordar la historia del cuento mismo, prolongándose más allá de las generaciones que ya afectó.
Es de notar que en los rivales existe una clara y sobre entendida conciencia de lo poco que se puede esperar de la justicia. Esto se demuestra cuando ésta se presenta personificada -y despersonalizada- en el "licenciado". Por eso, por esta desconfianza en "los hombres del gobierno" es por lo que estos campesinos deciden derimir el conflicto de forma personal.
No será el miedo lo que haga desistir al perseguido (que mató a la familia del perseguidor) de su obligación moral. Inmersos en su remolino del honor se entregan a los acontecimientos con una total predeterminación. No está en ellos, ciertamente, cambiar un código moral férreamente establecido, por lo tanto se entregan a los acontecimientos de forma indolente.
Ellos son, paradójicamente, la personificación de la justicia y la venganza, ligadas y unidad en un sólo concepto. Como estas dos, los rivales llegan a confundírsenos, conformando una sola personalidad. En ésta ya no logramos percibir dónde y cuándo empieza una y se continúa la otra.
Rulfo, al crear esta deliberada confusión moral (venganza-justicia) crea una confusión similar a nivel estructural. Esto es claramente evidenciable ya que en una primera lectura difícilmente logramos saber quién es cuál. Perseguido y perseguidor son un mismo fluir de pensamiento.
Cuando hacemos un estudio cuidadoso de la estructura del cuento, encontramos hasta cuatro narradores diferentes. El primero que interviene es un narrador omnisciente. Estos es, se ubica desde fuera de la historia y nos va dando el ambiente que rodea los acontecimientos, incluso, este narrador conoce todo lo que ha sucedido, lo que piensan los personajes protagonistas. El segundo narrador es el perseguidor, deduce la conducta del asesino, su miedo; lo va siguiendo pacientemente, seguro de que lo encontrará y podrá matarlo; todas sus intervenciones están escritas entre comillas. El tercer narrador en intervenir es el perseguido, sus expresiones son de miedo, está descalzo y frecuentemente alude a esta circunstancia; Rulfo deja también una marca gráfica, las intervenciones de este personaje se anotan con cursivas. El cuarto narrador es el pastor que descubre el cadáver del perseguido y que termina de contar la historia. Esta cuarta voz se establece, también, como la primera, desde una perspectiva distanciada de los hechos, como si fuera la voz de un narrador heterodiegético. Su intervención es un monólogo dicho ante el "licenciado", para informarlo de su descubrimiento.
El fragmento del cuento referente a la persecución misma está narrado en presente, éste se nos complica desde el principio ya que los tres primeros narradores intervienen en forma alterna. Esta alternancia se complica más cuando se introducen referencias al pasado. Así, la historia brinca de un personaje a otro, de un tiempo a otro. Curiosamente la primera referencia al pasado (cuando se empieza a narrar el motivo de la persecución a través del recuerdo de los dos personajes)es introducida por una alusión al futuro: "lo señaló su propio coraje -dijo el perseguidor-. Él ha dicho quién es, ahora sólo falta saber dónde está. Terminaré de subir por donde subió, después bajaré por donde bajó, rastreándole hasta cansarlo. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca. Eso sucederá cuando yo te encuentre."
Después de este párrafo
interviene el narrador primero, para hablar del momento y las circunstancias
del asesinato cometido por el perseguidor. A partir de este momento la sucesión
de tiempos y narradores se hará precipitadamente, una tras otra, como un vértigo
semejante al que existe en la persecución misma. Llega incluso a haber párrafos
de dos o tres líneas donde intervienen dos o más de estos elementos:
En la cabeza le rebotaban las burbujas de sangre. "Creí que el
primero iba a despertar a los demás con su estertor, por eso me di
prisa." 'Discúlpenme la apuración', les dijo.
Hasta el primer punto, podemos ver, habla el primer narrador en pasado, estos es cuando el perseguido va huyendo. En las letras cursivas habla el tercer narrador(el mismo perseguido) también en pasado, en el momento de cometer su crimen, por lo tanto es un tiempo más remoto respecto del tiempo referido por el narrador primero. El fragmento restante es del narrador primero, citando las palabras del narrador tercero, dicho en un tiempo presente ya sucedido, este último equivale al llamado presente histórico.
El cuento está dividido en dos
partes claramente notorias. La primera corresponde a la persecución y los
recuerdos de los hechos que motivan ésta. La segunda es el desenlace, contado
por el pastor. La primera parte está formada por treinta y cinco párrafos.
Como ya dije, hay párrafos donde se alude tanto al presente como al pasado,
en total son treinta y una alusiones al presente y trece al pasado. El primer
narrador interviene dieciocho veces (catorce en presente y cuatro en pasado),
el segundo narrador interviene en doce ocasiones (nueve en presente y cuatro
en pasado) y el tercero interviene trece veces (seis en presente y siete en
pasado). Una gráfica del tiempo de la primera parte quedaría así.

Una lectura del esquema daría lo
siguiente: La acción del cuento está dada exclusivamente por la persecución,
todo los hechos se realizan en presente (treinta y una referencias) al que se
le intercalan algunas referencias al pasado (trece) que sirven de contexto
para explicar las causas que dieron origen al conflicto. Es decir, se dan
cinco primeras alusiones temporales en presente; luego, se da la primera
referencia al pasado, de aquí, se hace una (la sexta) referencia al presente,
luego se pasa a la segunda del pasado y de ésta a las séptima, octava novena
y décima del presente, para de ahí pasar a la tercera del pasado y así
sucesivamente, según las marcas del esquema. Si los hechos previos a la acción
los acompañamos del signo menos y a los de la persecución misma con el signo
más, entonces tendríamos: 5+, 1-, 6+, 2-, 10+, 3-, 13+, 7-, 16+, 9-, 23+,
10-, 31+, 11-, 12-, 13-. Dicho de otra forma, esta parte del cuento inicia con
cinco alusiones al presente y concluye refiriéndose tres veces al pasado.
Siete idas y vueltas del presente al pasado con una última referencia, la
octava, al pasado. * * * En la segunda parte el
recorrido ha terminado, el perseguidor pacientemente espera que regrese del río
el hombre. Como en la tragedia griega, no presenciamos el asesinato sino que
la obra se interrumpe y se ubica en un tiempo futuro respecto de la acción
principal. No se especifica cuánto tiempo transcurrió entre el asesinato y
el monólogo del pastor. Pareciera que el autor comparte el pudor que tiene
José Alcancía, el perseguido, ante la muerte. Una vez más en Rulfo la
muerte se nos presenta mitificada al quedar velado el momento del asesinato.
No podemos tener acceso al motivo que prometía revelarnos la historia. La
muerte no sólo queda triunfante, sino que además se diviniza, ya que como a
Moisés, nos está prohibido contemplar su rostro.
Esta, la historia de "Diles que no me maten", es una historia de la tierra. Es la tragedia humana, y en ese sentido se convierte en un canto desesperado por la vida, que irremediablemente se convierte en una elegía de la muerte. A diferencia del cuento anterior, los motivos de la muerte se diluyen o pasan a segundo término. Por lo tanto se hace una reivindicación de la necesidad de vivir como única razón de la misma vida. Me explico.
El cuento narra los avatares de un campesino, Juvencio Nava, que se ve obligado a huir durante toda su vida por haber matado a su compadre, Lupe Terreros, que a su vez había negado la pastura para los animales de aquél. Al poco tiempo de estos hechos muere la mujer de don Lupe. Quedan vivos solos los dos pequeños hijos de éste.
Juvencio, después de muchos años de andar huyendo, y completamente en la pobreza -por el dinero gastado en el soborno de las autoridades-, se enfrenta al tan eludido destino: aparece uno de los hijos de don Lupe, convertido en jefe de una cuadrilla militar aparentemente revolucionaria, y manda buscar al asesino de su padre, para fusilarlo y así cobrarse su muerte. Es en este momento cuando se inicia el cuento. Juvencio, atado a un tronco, manda a Justino, que resulta ser su hijo, a pedir clemencia al coronel Terreros. De nada sirven las angustiadas exhortaciones de Juvencio, quien termina su vida pasado por las armas. Su hijo recoge el cadáver a toda prisa, para alcanzar a llegar de día hasta Palo de Venado y poder preparar el velorio.
Como habíamos dicho, el motivo del asesinato pasa a segundo término y el cuento constituye el largo monólogo de Juvencio Nava, quien narra su angustioso deseo de vivir. Es éste un hombre acorralado eternamente en su miedo y su sentimiento de culpa. Más que las autoridades son sus propios sentimientos los que no lo dejan en paz. Por eso decíamos que es la tragedia humana la que nos habla a través del cuento; la tragedia ante la angustia que provoca al hombre la desaparición del mundo: fenecer. De ahí deriva la universalidad de la literatura de Rulfo, ya que sus temas y la forma como los trata, aunque se ubiquen en un lugar y un tiempo determinados, reflejan preocupaciones y sentimientos que son de toda la humanidad. Aún así, existen matices propios que distinguen las tragedias de los personajes de Rulfo, es decir del campesino mexicano.
En dichos personajes, todas las posibilidades de tener una razón para qué existir se han perdido; los motivos del ser del hombre rulfiano se reducen a vivir en sí. A Juvencio Nava (como a José Alcancía o a Macario o a los habitantes de Luvina) no lo mueve la felicidad, el enriquecimiento, el amor, etc. Ante tal vacío existencial, Juvencio se aferra a la vida como el único motivo de ser. En otras circunstancias, lo mismo le ha sucedido a su ajusticiador (el hijo de Lupe Terreros), cuando niños: "Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta". De ahí que la angustia ante la muerte sea mayor, y que, a pesar de tanto sufrimiento padecido, aún quiera vivir.
A diferencia de la propuesta orteguiana ("yo soy yo y mi circunstancia"), en los personajes de Rulfo ésta pierde el primer elemento del binomio y el hombre es sólo su circunstancia. El hombre está sólo y vacío existencialmente; son los hechos que lo rodean lo que determinan su existir, dejándose llevar por ellos, ya que no posee la fuerza suficiente para oponérseles o para modificarlos. Esto nos revela una constante de toda la obra de Rulfo: un total pesimismo ante la vida. El hombre sólo está aquí, en este mundo, para sufrir su existencia y de esa manera Juvencio Nava paga su tributo a la muerte: viviendo. Vida que no es más que otra forma de la muerte, y peor aún, pues se padece y se es consciente del sufrimiento, mientras que la muerte real sería una forma de liberación.
Con base en lo anterior, podemos detectar en la obra de Rulfo el sentido de la muerte que admitieron los antiguos mexicanos. Así, la angustia que padece Juvencio Nava se emparenta con la angustia del poeta indígena que dice: "!Ojalá siempre se viviera, ojalá nunca tuviera uno que morir¡[...] ¿Vivimos donde sólo hay tristeza? ¿Acaso es verdad, acaso no es verdad como dicen?[...] De verdad no es el lugar del bien aquí en la tierra: de verdad hay que ir a otra parte[...] ¿O acaso es que sólo en vano venimos a la tierra?".
Lo explicado hasta aquí nos hace comprender otros hechos dentro del cuento. Por ejemplo, el pesimismo de Rulfo respecto de la condición humana queda patente cuando se evidencia la sinrazón del conflicto entre los compadres Nava y Terreros. Este sólo es el pretexto que desencadena los otros acontecimientos y que son los que le interesan al autor. Al difuminarse y perderse los motivos del conflicto, el autor nos quiere decir que los mecanismo de la desgracia humana normalmente nos son desconocidos: ¿el pobre sabe por qué es pobre?, ¿el infeliz se explica a sí mismo por qué no logra la felicidad?, ¿por qué el solitario no puede alcanzar la compañía de alguien?
De la misma manera se diluyen las responsabilidades. ¿Hasta qué punto Juvencio Nava es el total culpable de la muerte de Lupe Terreros? ¿Qué tanta responsabilidad carga el hijo de Lupe Terreros al mandar fusilar al asesino de su padre? Casi es circunstancial que lo mande ajusticiar; es el azar el que pone a Juvencio Nava en su camino: "Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo... pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimo para acabar con él". Esto es tan claro que Rulfo echa mano de algunos recursos narrativos para diluir esa responsabilidad: los hombres que lo apresan están completamente despersonalizados, son como sombras: "No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él". En una circunstancia análoga está el coronel Terreros. Éste se encuentra alejado de Juvencio Nava; es sólo el mecanismo para echar a andar la maquinaria de la desdicha humana; su presencia es casi etérea y sus órdenes se cumplen como las órdenes divinas: sin saber bien a bien de dónde vienen: "se había detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz[...] Entonces la voz de allá dentro cambió de tono[...] Desde acá, desde afuera, se oyó bien claro cuanto dijo[...] En seguida la voz de allá dentro dijo".
Como en el cuento anterior, la muerte se mitifica y diviniza, aunque por otra vía. En "Diles que no me maten" el sentenciado no puede mirar a su ejecutor; no tiene acceso, no sólo para verlo, sino para hablarle. El diálogo entre ellos se da por interpósitas personas; los soldados son los vasos comunicantes entre el deseo divinizado de la muerte y el humano intento de vivir. Como en el ritual de la misa, ante la consagración de la hostia, tenemos que inclinar el rostro ante la presencia divina; es decir, que no se tiene, o no se puede, hablar directamente con Dios, sino a través de sus ministros.
Encontrado en: http://www.geocities.com/ramonmr.geo/RulfoMue.htm