EL UNIVERSAL
EL GRAN DIARIO DE MEXICO

Cultura

Jaime Sabines, condenado a vivir

 

JUAN DOMINGO ARGÜELLES

 

El año próximo se cumplirá medio siglo de la primera edición de Horal, obra ésta con la que Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1926) inauguró, en 1950, su intensa y espléndida obra poética con la que se nos ha mejorado a todos.

Horal es la puerta de entrada a la apoteosis de la emoción sabiniana y, desde su primera página, nos entregó esta límpida imagen del hiriente abandono al abrir los ojos a luz del día: "Amaneció sin ella. Apenas si se mueve. Recuerda. (Mis ojos, más delgados, la sueñan.) ¡Qué fácil es la ausencia! En las hojas del tiempo esa gota del día resbala, tiembla.

A lo largo de los años, el hechicero Jaime Sabines nos ha acompañado. Su pródigo espíritu y su honda escritura nos entregaron, después, La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1960), Diario semanario y poemas en prosa (1961), Yuria (1967), Maltiempo (1972) y Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973).

Su poesía, reunida primero en Recuento de poemas (1962), después en Nuevo recuento de poemas (1977) y, finalmente, en Otro recuento de poemas (1991), ha llegado a sus muchísimos lectores que lo releen y lo admiran sin reservas y a quienes ha abierto una puerta mejor que el de la lectura de la información, la erudición o la moda: la puerta del sentimiento a través de la auténtica poesía.

La poesía de Sabines ha entrado en las casas que no tienen biblioteca ni conocen nada de las preceptivas ni de los prestigios literarios. Sabines es uno de los últimos poetas populares (Rafael Alberti es otro).

Quien lee no obligado por los prestigios sino empujado por la fuerza de la emoción que encuentra en la página, tiene más posibilidades, que cualquier otro, de entrar en el reino de la poesía; reino éste, lo dijo Efraín Huerta, al que no deben penetrar los huecos, los desapasionados, "los líricamente desmadrados".

La poesía de Sabines es una pócima. Y no otra cosa es la poesía, según sus propias palabras: "La poesía es el descubrimiento, el resplandor de la vida, el contacto instantáneo y permanente con la verdad del hombre. La poesía es una droga que se tomó una vez, un cocimiento de brujas, un veneno vital que le puso otros ojos al hombre y otras manos, y le quitó la piel para que sintiera el peso de una pluma".

He aquí una definición de la poesía hecha por un verdadero poeta. Definición, en efecto, de poeta, y no definición de teórico. En esto, y en su carácter de gran poeta popular, Sabines se asemeja a Pablo Neruda. Fue el chileno, autor del Crepusculario, el que dijo que "la poesía es una insurrección", ni más ni menos. Y fue también el que dijo, y probó, que la materia de la poesía no está, únicamente, como algunos suelen pensar, en el esplendor de los libros, sino también en "las ásperas tareas humanas".

Y estas certezas son parecidas a las dos certidumbres que Sabines enfatizó hace exactamente cuarenta años, en 1959, al recibir el Premio Chiapas: que "no se debe vivir a lo poeta sino a lo hombre" y que "toda arte poética debe estar comprendida, subordinada al arte de vivir".

Nerudiana y sabinianamente he ahí algunos de los deberes del poeta para que la poesía aspire a no cantar en vano, y para que el poeta sea, como ha querido Sabines, "el condenado a vivir", a condición, claro está, de que la poesía lo haya atrapado para siempre, sin posibilidad de dejarlo salir del mundo. Y no únicamente del mundo libresco y de la simetría y de la belleza, sino también del mundo infinito que está detrás de la ventana, fuera de la torre de marfil de los marfilistas.

Jaime Sabines ha enseñado a muchas generaciones a leer en la poesía y no sólo en los libros. ¿Es esto poco? Ciertamente no lo es. Porque son muchos los que leen en los libros y no advierten la poesía ahí donde la hay, y porque son muchos también los que escriben libros, en verso, y, sin embargo, carecen de la capacidad de entregar alguna poesía al lector; porque, en su fatuo y equívoco propósito de alumbrarse y deslumbrar "se han dispuesto a oscurecer la luz, a convertir el pan en carbón, la palabra con tornillo", como nos lo advirtió también Pablo Neruda.

Jaime Sabines habita en lo mejor de nosotros. Lo llamamos poeta popular y lo es, aunque no falte aquel que cuando oye el término popular añadido al de poeta se lleve la mano a la faltriquera (¿a dónde, si no?), en recuerdo de aquel general que cuando oía la palabra libertad se llevaba la mano a la pistola. Lo llamamos poeta popular porque con Sabines, lo mismo que con cualquier otro verdadero poeta, la emoción rompió la estructura del libro y la poesía se echó a andar a la calle.

Ya quisieran algunos, para uno de sus días de vanidad, que un lector, el que fuera y en el rincón más alejado de su país, recuerde y retenga para siempre el verso perdurable que le hace sentir como necesaria la poesía. Ya quisieran algunos no sólo ser leídos y releídos sino retenidos en el corazón y en la memoria sin necesidad ya del libro y sin que nada tenga que ver, con ello, el prestigio, falso o verdadero que se teje alrededor del renombre del poeta.

Jaime Sabines le ha entregado a la poesía mexicana una nueva intensidad. Le ha dado nuevas alas. La ha convertido no en una fatua tarea de señoritos que escriben para que los críticos los avalen y los académicos los estudien; la ha convertido, sí, en un oficio de verdadera dimensión humana, de comunicación entre los hombres. Porque, ya que hemos llegado a este punto, "¿de qué sirven los poetas? Sirven, como en el mito de Sísifo, para subir la roca que ha de caerse, para sacar la flor de las cenizas, para arrojar del corazón del hombre el desencanto.

Sabines lo sabe y sus lectores también: la poesía no es esa ocupación de los desocupados que con sus páginas más que sacar la flor de las cenizas buscan sacar las canonjías y los privilegios de tener las ruinas de un país demasiado acostumbrado a la mentira y al interés de la conveniencia. Sabines lo sabe y sus lectores también: no vale la pena ser poeta si se fracasa como ser humano.

¿Qué puede hacer el verdadero poeta "en este remolino de imbéciles de buena voluntad"? ¿Y qué puede hacer "entre los poetas uniformados por la academia o por el comunismo"? ¿Qué puede "entre vendedores o políticos o pastores de almas"? "¿Qué putas puedo hacer, Tarumba -se pregunta el poeta-, si no soy santo, ni héroe, ni bandido, ni adorador del arte, ni boticario, ni rebelde?"

La poesía de Jaime Sabines nos abre los ojos ante la realidad; nos advierte, a tiempo, de los peligros de un oficio que muchos creen demasiado inocuo. La poesía de Jaime Sabines le ha quitado la piel a los lectores para que sientan el peso de una pluma. Les ha entregado, con ello, el don de emocionarse, la gracia de saber a través de los sentidos. Tal es la poesía y no sólo palabras.

Encontrado en: http://www.unam.mx/universal/net1/1999/feb99/21feb99/cultural/01-cu-a.html