JAIME SABINES
CORAZÓN PURO Y LIMPIO

Por Óscar Wong

La expresividad emotiva en la poesía de Jaime Sabines se determina por la serie de recursos estilísticos que utiliza, basándose en el conocimiento del verso hispano. Acentos, pausas, cesuras. Y figuras de dicción y de pensamientos. La métrica –por lo regular endecasílabos y heptasílabos- se apoya en versos irregulares cuando son agudos o esdrújulos, con recurrencia en los encabalgamientos para completar la medida. Una constante: el uso de gerundios y participios. También, como recurso rítmico, utiliza la asonancia y de cuando en cuando versos pareados. En el verso libre de pronto aparece la asonancia y algún endecasílabo, así como figuras de repetición. El lenguaje es directo, con escasa imágenes, aunque se escuda en la asonancia y la consonancia para crear en el verso un tono y una respiración propias, con una cadencia rítmica impresionante. He aquí el fulgor Sabines, el éxito de la poesía del cantor de Chiapas 1 .

Vitalista como es, enamorado de la existencia “terrenal”, Sabines  borda páginas de intenso lirismo. Poeta de los sentidos, su obra sobresale por la intensidad emotiva con que canta sus temas. Su erotismo lo lleva a concebir el amor como un sentimiento integrador, pero siempre apoyado en los sentidos. En su obra busca reflejar esa necesidad, imperiosa, de colmarse en la mujer. Este sentido, este vector erótico-amoroso, lleva al poeta a visualizar diversos niveles sentimentales. Desde Horal 2  (1950), la presencia del amor constituye una constante.

Para Sabines el amor es un sentimiento que ennoblece y trasciende a los seres humanos. Es, por supuesto, un incentivo vital, pero también un deseo de reconocerse, de significarse. Desde la ausencia, que lo lleva a advertir el sentido del tiempo, hasta las lágrimas –producto del dolor y de la desolación- la relación íntima-afectiva se va modificando; Sabines se mueve en el sentimiento con libertad; es decir, para este autor no existe la barrera del remordimiento, de la angustia moral que podría determinar el transgredir alguna ley religiosa: Sabines ama, de manera contundente. Sabines canta, así más:
 

 Me gustó que lloraras,
 ¡Qué blandos ojos
sobre tu falda!
No sé, Pero tenías
 de todas partes, largas
mujeres, negras aguas.
Quise decirte: hermana.
 Para incestar contigo
 rosas y lágrimas.


Los acentos que se advierten a lo largo de la poesía de este autor, van desde el sentido “espiritual” del amor –esto es, la esenciabilidad erótica, perenne en la conciencia de las cosas- hasta el aspecto profundo y desolado. De la intención sensual, al desgarramiento emotivo. Y es que el sentimiento erótico en Sabines responde a la exuberancia sexual, esa “animalidad” del hombre que en ocasiones aterra al individuo, como refiere Bataille 3. Cierto: “El espíritu humano está expuesto a las más sorprendentes conminaciones. Se teme sin cesar a sí mismo. Sus movimientos eróticos le aterrorizan. La santa se aparta con horror del voluptuoso: Ignora la unidad de las pasiones inconfesables de este último y de las suyas propias: sin embargo, es posible buscar la cohesión del espíritu humano, cuyas posibilidades se extienden desde la santa hasta el voluptuoso”4 . Sabines simplemente acepta las posibilidades de su propio ser, con naturalidad, puesto que, si seguimos el razonamiento de Bataille, el erotismo es la afirmación de la vida “hasta en la muerte”. Esta necesidad vital, constante en el poeta chiapaneco, se marca como una definición: participa como un elemento principal en su visión del mundo:
 

 No hay más. Sólo mujer para alegrarnos,
 sólo ojos de mujer para reconfortarnos,
 sólo cuerpos desnudos,
 territorios en que no se causa el hombre.
 Si no es posible dedicarse a Dios
 en la época del crecimiento,
 ¿qué darle al corazón afligido
 sino el círculo de muerte necesaria
 que es la mujer?
 Estamos en el sexo, belleza pura.
 corazón solo y limpio.


Esta afirmación –la mujer: muerte necesaria. Conlleva un planteamiento instintivo: el sexo, lleno de belleza –corazón solo y limpio, externa el poeta- es justamente el eje de la vida y de la muerte. Ahí se concibe, en ambos sentidos una afirmación invertida, una negación que, no obstante, significa lo positivo del espíritu humano. El sexo representa la posibilidad de ser y estar: el sentido erótico de la reproducción del individuo. El erotismo del poeta lo lleva a buscar, incesantemente, la proximidad de la mujer. Su ausencia precipita el deseo. Ausencia de mujer: negación de la vida: presencia de la muerte. No ser. Los poemas citados son demostrativos de su conciencia erótica-amorosa. La descripción del cuerpo de la mujer está en razón directa a la  sensualidad del autor (y del compilador, agregaría con cínica animosidad). De esta manera, la función corporal de la Amada se significa por la experiencia y la intensidad de la exuberancia sexual.

En ocasiones la ausencia del amor lo lleva a imprecar, pues Sabines sabe de manera contundente que el desamor lo acerca a la muerte, a las situaciones límites: el vacío existencial. El amor para Sabines es una afirmación-confirmación de su existencia. La mujer es, prácticamente, un seguro de vida. Por ella –y todo lo que significa: sexo, reconocimiento de la virilidad, profundidad de su visión enlazada a la muerte y a la divinidad-, la vida en suma, existe el otro día; por la mujer existe un nuevo amanecer. La totalidad del amor lleva a la simplificación del sentimiento, clarificado como simpleza por el autor. El grito amoroso lleva el deseo vehemente de guardar silencio y, finalmente, la fortaleza del Amor lo lleva a estar más desvalido ante nadie. El amor es darse. Justamente en esta serie de contradicciones se establece el equilibrio del mundo, el misterio de la existencia.

Pero frente a la transitoriedad de las cosas, el anhelo de inmortalidad del hombre. Y acaso con ello se resume la tesis central de Unamuno, el sentimiento trágico de la vida que prevalece en cada uno de los seres humanos. Sentimiento que, de hecho, también persiste en la obra poética de Sabines. Vida y muerte: temas recurrentes que en este autor expresados de manera rotunda. Temas que, curiosamente, no se encuentran en oposición, sino que por el contrario se complementan de manera admirable. Se agrega el amor –el sentido erótico de las cosas- y, como núcleo subyacente, Dios. Los matices son variados y variables. Desde el tono sosegado de Horal hasta la imprecación y desgarramiento de Algo sobre la muerte del mayor Sabines.

Pero por sobre todas las cosas, el tema único de este poeta es la existencia y su transitoriedad. El hombre y la vida, o la vida del hombre, vista desde su propia perspectiva limitada: tal es, insisto, la preocupación de este poeta que expresa líricamente lo que Unamuno ofrece en sus reflexiones filosóficas 5. El anhelo vital lleva a Sabines a darse en su poesía, acaso como único recurso para sobrevivir, para tocar esa posible frontera de la inmortalidad. El temor a la desaparición física –la angustia existencial- acomete al poeta.

La vida, en este orden de cosas, debe ser disfrutada plenamente. Ante el riesgo de la muerte, la existencia resulta un tesoro que debe aprovecharse. Todo lo que implique vida es exaltado: la mujer, el sexo, el amor, el cuerpo del poeta. Lo contrario, una lamentación: la degradación de la carne, la desaparición del amor, de la mujer, del padre y la madre. Por lo mismo, Tarumba es un cántico vital, donde se había del mundo particular del poeta, quien aguarda el nacimiento de su hijo. Contrariamente la exaltación de la no vida del padre es, justamente. Algo sobre la muerte del mayor Sabines.

Temáticamente hablando estos dos polos no se oponen, sino que se complementan de manera total. La existencia se exalta, pero también la muerte porque implica el destello de lo que fue. No es tan sólo un concepto, sino una realidad crudelísima. Cantar la muerte significa cantar la realidad del mundo y de la existencia. Es, también. aferrarse a la vida. Vivir, por sobre todas las cosas, la consigna del poeta de Chiapas. La realidad con el mundo en Sabines es la del dolor. Sabines es un poeta de la angustia cotidiana. Pero frente a esto predomina el temperamento, el ímpetu, la fuerza lírica de esa voz, de ese espíritu enérgico que nos hace vibrar a través de las palabras.

Las imperfecciones formales que señalan los rigoristas, quedan atrás. La función valorativa de la lengua poética –emotiva, connativa- cercada por la intención referencial propia del discurso comunicativo, queda sin efecto: la emoción surge como un estallido, las palabras germinan y Sabines se instala con naturalidad en el caos ordenado que constituye su universo poético. La realidad del ser humano está aquí, en estos versos claros, directos, donde la metáfora y la imagen fluyen con naturalidad.

Los acentos que se advierten a lo largo de la poesía de este autor, van desde el sentido “espiritual” del amor –esto es, la esenciabilidad erótica, perenne en la conciencia de las cosas- hasta el aspecto profundo y desolado. De la intención sensual, al desgarramiento emotivo. Y es que el sentimiento erótico en Sabines responde a la exuberancia sexual, esa “animalidad” del hombre que en ocasiones aterra al individuo, como refiere Bataille 3. Cierto: “El espíritu humano está expuesto a las más sorprendentes conminaciones. Se teme sin cesar a sí mismo. Sus movimientos eróticos le aterrorizan. La santa se aparta con horror del voluptuoso: Ignora la unidad de las pasiones inconfesables de este último y de las suyas propias: sin embargo, es posible buscar la cohesión del espíritu humano, cuyas posibilidades se extienden desde la santa hasta el voluptuoso”4 . Sabines simplemente acepta las posibilidades de su propio ser, con naturalidad, puesto que, si seguimos el razonamiento de Bataille, el erotismo es la afirmación de la vida “hasta en la muerte”. Esta necesidad vital, constante en el poeta chiapaneco, se marca como una definición: participa como un elemento principal en su visión del mundo:
 

 No hay más. Sólo mujer para alegrarnos,
 sólo ojos de mujer para reconfortarnos,
 sólo cuerpos desnudos,
 territorios en que no se causa el hombre.
 Si no es posible dedicarse a Dios
 en la época del crecimiento,
 ¿qué darle al corazón afligido
 sino el círculo de muerte necesaria
 que es la mujer?
 Estamos en el sexo, belleza pura.
 corazón solo y limpio.


Esta afirmación –la mujer: muerte necesaria. Conlleva un planteamiento instintivo: el sexo, lleno de belleza –corazón solo y limpio, externa el poeta- es justamente el eje de la vida y de la muerte. Ahí se concibe, en ambos sentidos una afirmación invertida, una negación que, no obstante, significa lo positivo del espíritu humano. El sexo representa la posibilidad de ser y estar: el sentido erótico de la reproducción del individuo. El erotismo del poeta lo lleva a buscar, incesantemente, la proximidad de la mujer. Su ausencia precipita el deseo. Ausencia de mujer: negación de la vida: presencia de la muerte. No ser. Los poemas citados son demostrativos de su conciencia erótica-amorosa. La descripción del cuerpo de la mujer está en razón directa a la  sensualidad del autor (y del compilador, agregaría con cínica animosidad). De esta manera, la función corporal de la Amada se significa por la experiencia y la intensidad de la exuberancia sexual.

En ocasiones la ausencia del amor lo lleva a imprecar, pues Sabines sabe de manera contundente que el desamor lo acerca a la muerte, a las situaciones límites: el vacío existencial. El amor para Sabines es una afirmación-confirmación de su existencia. La mujer es, prácticamente, un seguro de vida. Por ella –y todo lo que significa: sexo, reconocimiento de la virilidad, profundidad de su visión enlazada a la muerte y a la divinidad-, la vida en suma, existe el otro día; por la mujer existe un nuevo amanecer. La totalidad del amor lleva a la simplificación del sentimiento, clarificado como simpleza por el autor. El grito amoroso lleva el deseo vehemente de guardar silencio y, finalmente, la fortaleza del Amor lo lleva a estar más desvalido ante nadie. El amor es darse. Justamente en esta serie de contradicciones se establece el equilibrio del mundo, el misterio de la existencia.

Pero frente a la transitoriedad de las cosas, el anhelo de inmortalidad del hombre. Y acaso con ello se resume la tesis central de Unamuno, el sentimiento trágico de la vida que prevalece en cada uno de los seres humanos. Sentimiento que, de hecho, también persiste en la obra poética de Sabines. Vida y muerte: temas recurrentes que en este autor expresados de manera rotunda. Temas que, curiosamente, no se encuentran en oposición, sino que por el contrario se complementan de manera admirable. Se agrega el amor –el sentido erótico de las cosas- y, como núcleo subyacente, Dios. Los matices son variados y variables. Desde el tono sosegado de Horal hasta la imprecación y desgarramiento de Algo sobre la muerte del mayor Sabines.

Pero por sobre todas las cosas, el tema único de este poeta es la existencia y su transitoriedad. El hombre y la vida, o la vida del hombre, vista desde su propia perspectiva limitada: tal es, insisto, la preocupación de este poeta que expresa líricamente lo que Unamuno ofrece en sus reflexiones filosóficas 5. El anhelo vital lleva a Sabines a darse en su poesía, acaso como único recurso para sobrevivir, para tocar esa posible frontera de la inmortalidad. El temor a la desaparición física –la angustia existencial- acomete al poeta.

La vida, en este orden de cosas, debe ser disfrutada plenamente. Ante el riesgo de la muerte, la existencia resulta un tesoro que debe aprovecharse. Todo lo que implique vida es exaltado: la mujer, el sexo, el amor, el cuerpo del poeta. Lo contrario, una lamentación: la degradación de la carne, la desaparición del amor, de la mujer, del padre y la madre. Por lo mismo, Tarumba es un cántico vital, donde se había del mundo particular del poeta, quien aguarda el nacimiento de su hijo. Contrariamente la exaltación de la no vida del padre es, justamente. Algo sobre la muerte del mayor Sabines.

Temáticamente hablando estos dos polos no se oponen, sino que se complementan de manera total. La existencia se exalta, pero también la muerte porque implica el destello de lo que fue. No es tan sólo un concepto, sino una realidad crudelísima. Cantar la muerte significa cantar la realidad del mundo y de la existencia. Es, también. aferrarse a la vida. Vivir, por sobre todas las cosas, la consigna del poeta de Chiapas. La realidad con el mundo en Sabines es la del dolor. Sabines es un poeta de la angustia cotidiana. Pero frente a esto predomina el temperamento, el ímpetu, la fuerza lírica de esa voz, de ese espíritu enérgico que nos hace vibrar a través de las palabras.

Las imperfecciones formales que señalan los rigoristas, quedan atrás. La función valorativa de la lengua poética –emotiva, connativa- cercada por la intención referencial propia del discurso comunicativo, queda sin efecto: la emoción surge como un estallido, las palabras germinan y Sabines se instala con naturalidad en el caos ordenado que constituye su universo poético. La realidad del ser humano está aquí, en estos versos claros, directos, donde la metáfora y la imagen fluyen con naturalidad.

Óscar Wong  

México-Tenochtitlan, abril 13 de 1998.

 

1.  Tuxtla Gutiérrez, Chiapas marzo 25 de 1926-México, D. F., marzo 19 de 1999
2.  Todo las citas pertenecen a Nuevo recuento de poemas, Edit. Joaquín Mortiz, Méx., 19
3.  Véase El erotismo, Tusquets Editores, Barcelona, España, 1982
4.  Op. Cit.
5.  Véase Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida

 Encontrado en: http://www.chiapas.com.mx/Cultura/Literatura/corazon.html