JAIME SABINES EN LA UNIVERSIDAD
Salvador Mora Velázquez
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Un encuentro de poesía en nuestra Universidad era de un pasado ya lejano. Ahora estaba uno de los poetas consagrados y queridos. De los que arrastran multitudes.
Por eso la espera de cuatro horas, para admirarlo, para saber de Los amorosos, aunque se tenga trece años como la niña que ha traído torta y refresco para aguardar en calma.
La sala Nezahualcóyotl, en el lapso de una hora, fue llenándose poco a poco, llegaban de todos lados poblando los silencios, venían a beber la poesía, a sentirse, como lo dijo Gonzalo Celorio, "uno de esos amorosos que sueña que se lo comen los gusanos".

Y la poesía fluyó del poeta hacia su público, el de afuera y el de adentro.
El Lento amargo animal fue, como siempre, su carta de presentación, y en ese silencio entre un poema y otro dijo que se sentía en su ambiente, aunque "les llevo 50 años".
El tercer poema hizo que la sala estallara en aplausos la sala, era Los amorosos. Su voz se perdió en el segundo verso por los aplausos cuando dijo "el amor es el silencio..."
Sí, era el silencio más fino, porque ora las mujeres detenían el llanto con las manos, ora sentadas en el filo de la butaca, quizá querían ir corriendo a abrazar al maestro. Entonces, ante la imposibilidad, se asían del brazo de su compañero con emoción.
La mujeres tomaban forma con la música de la poesía, se sabían celebradas, acariciadas por la voz, por el canto de la palabra hecha luz en poemas como: Pequeña del amor, Los he visto en el cine. Más, no sólo a la mujer le dedicaba poesía sin decirlo, sino también a la nueva generación de universitarios:
Este que viene, es un poema que nunca había leído en algún recital era Otra carta.
Después, La Tía Chofi de Gonzalo Celorio, la de Jaime Sabines, la de todos, salió de la voz del poeta; así como fragmentos de Adán y Eva, de Tarumba.
Pero no hizo concesión con Algo sobre la muerte del mayor Sabines.
No, no me atrevo a leerlo ni en públio ni en privado, porque me pongo a llorar... y se le agradecía la explicación con aplausos. Cada uno de los poemas que siguieron de Diario Semanario, no sólo fueron aplausos sino con risas, bravos y más.
Era Sabines en una silla de ruedas quien ponía de pie a la mujer de la tercera fila ante las primeras palabras de Espero curarme de ti.
Y una y otra vez, las peticiones eran contenidas con un "Sí, ya van..., pero antes hay otros".
En esos silencios entre aplauso y poema preguntó: "¿No se han cansado todavía?" y los universitarios decían "no"; entonces, Don Jaime Sabines señaló que faltaba "una receta de tres kilómetros".
Y la lluvia de poesía siguió, El peatón, quizá la autocrítica a Jaime Sabines, al poeta que no trae estrella; él no la necesitaba, los aplausos no eran por ser peatón sino por describir desde la orilla la hermosa vida.
El punto final llegó a las 19:30 horas con un poema sacado del bolsillo interior del saco azul, para leer Me encanta Dios. Era el final, el maestro se fue entre aplausos.
Ya afuera, la luna celebrada por el poeta, no había podido asistir. La parejas iban más enamoradas, se iban... como Los amorosos...
Encontrado en: http://morgan.iia.unam.mx/usr/humanidades/151/COLUMNAS151/Mora.html