Autor: Carlos Yusti
Abril, 2000.
México ha perdido sus dos más insignes poetas: Octavio Paz y Jaime Sabines. El primero considerado, con justa razón por Vargas Llosa, como un mandarín de la cultura. El segundo era más bien una figura de bajo perfil, un personaje de la poesía hecha con las extrañas sin otras pretensiones histriónicas que la de ser una sombra amarga y huraña que escudriñaba en las minucias mundanas de los que sufren la historia.
Jaime Sabines y Octavio Paz formaron, cada uno a su manera, parte del decorado y de la parafernalia del PRI. Aunque Sabines fue un parco funcionario del PRI nunca resultó antipático. En cambio Octavio Paz resultaba, con su periplo de izquierdista decepcionado y toda su grandilocuente sabiduría, un intelectual algo mamón. Paz a pesar de hacer gala de una visión, si se quiere, abierta, era un conservador que se movía a sus aires gracias a su inteligencia crítica y muy bien peinada.
Por otra parte tuvo siempre el porte seguro de inmortal de las letras. Jaime Sabines por el contrario era un hombre común, un intelectual incorporado a la cotidianidad, era un paisano más entrampado en las dichas y desdichas de la existencia. Luis Ignacio Helguera escribió: "Paz, por cierto, me preguntó una vez -1987 o 1988, durante mi breve y largo año en el puesto de redactor de Vuelta- como había estado la sesión de Poesía en Ciudad Universitaria, la noche siguiente a su presentación, exitosa, pero moderadamente concurrida. Acaparada por Sabines, le dije. ¿Y eso qué?-replicó de inmediato-. Lo mismo le pasó en su época a Nervo. ¿No cree usted?".
Con semejante observación dejaba por sentado Octavio Paz que Sabines era a lo sumo un populista de la poesía. Lo cierto es que Sabines con una metáfora urgente y necesaria intentaba desentrañar los conflictos humanos del día.
Octavio Paz escribió con enorme tacto: "Jaime Sabines es uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua. Muy pronto, desde su primer libro, encontró su voz. Una voz inconfundible, un poco ronca y áspera, piedra rodada y verdinegra, veteada por una líneas sinuosas y profundas que trazan en los peñascos el rayo y el temporal".
Nacido en 1926, Jaime Sabines, llegó a la poesía mexicana a romper cánones, a pulverizar las modas poéticas en boga. Su primer libro "Horal" (1950), apenas contaba 24 años, pronto lo ubica como una voz nueva y peculiar en eso de trabajar el poema. Al año siguiente, 1951, publica "La señal" confirmando su presencia poética de gigante. Carlos Monsiváis ha puntualizado: "Desde Horal y La Señal , Sabines ha pretendido una sola cosa: desquitarse, tomar la revancha, vencer en el poema a la impotencia. En él la piedad se contamina de odio, y la devastación no esta exenta de ternura".
Jaime Sabines Metaforizó la vida sin mucho retórica. Asumía las palabras frotandose las manos y el corazón. Era un impecable artesano de la metáfora. Aunque en muchas oportunidades la poesía venía a buscarlo, lo sorprendía en la madrugada, llegaba como un viento rápido, se aparecía por ráfagas, no aclaraba dudas ni daba explicaciones y con prontitud Sabines se apresuraba con papel y lápiz, tratando de capturar ese oleaje de imágenes envolventes y bruscas o como el mismo lo dijo: "En mis años de estudiante, cuando vivía en las calles de Cuba, me desperté como a las dos de la mañana. Encendí la luz, tomé mi libreta y escribí:
El mar se mide por olas
El cielo por alas,
Nosotros por lagrimas.
El aire descansa en las hojas,
El agua en los ojos,
Nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
Nosotros y nada.
Después de caligrafiarlo, apagué la luz y me volví a dormir."
Mucho de los poemas de Jaime Sabines son producto de su experiencia personal. Surgen para saldar cuentas con su estado de animo, para dejar en claro sus sentimientos abismales ante las situaciones difíciles que le toca vivir. Así cuando estudiaba medicina, y estaba como acorralado siguiendo una carrera que no le satisfacía, escribió:
Pasa el lunes y el martes
y pasa el miércoles y el jueves y el viernes
y el sábado y el domingo,
y otra vez el lunes y el martes
y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere dormir
la estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón aturdido,
la vida pasando como estas palabras.
A Sabines se le perdonó todo debido a su poesía. Su famoso poema "Los amorosos" ("Los amorosos andan/ como locos porque no pueden salvar al amor) se ha escrito en las paredes del metro, acompaña a los enamorados al quedar solos o al momento del encuentro con el otro, se ha convertido en bandera y consigna. Myriam Moscona escribe en un texto: "En una ocasión, en un día agitado de la Cámara de Diputados, un grupo de perredistas vio, de lejos, a Sabines.
Como un acto de solidaria protesta por no tenerlo aparentemente, de su lado, le gritaron a coro: Los a-mo-ro-sos son del P-R-D, los a-mo-ro-sos son del P-R-D."
Muchas veces la poesía de Sabines se despoja de las formulas aprendidas en sus primeros libros, de esa sabinismo baboso y algo manoseado que ensayó en muchos poemas desafortunados y resueltos con esquemas metafóricos un tanto forzados. No obstante Sabines era un poeta natural atrapado en la reseda de la vida sin afeites ni máscaras. Cuando Sabines asumía el poema como filosofía de vida, como argumento de amor, dolor y rabia conseguía unos poemas de aquilatada pulcritud y belleza:
Te digo a media voz
cosas que invento a cada rato
y me pongo triste y solo
y te beso como si fueras tu retrato
Tú, sin hablar, me miras
y te aprietas a mí y haces tu llanto
sin lágrimas, sin ojos, sin espanto.
Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas
Se ponen a escuchar lo que no hablamos.
En una oportunidad Sabines escribió: "La literatura ha sido, para mí, un goce íntimo. No una profesión." Quizá por esa razón trató de darse integro en la poesía y en la vida. No fue un poeta profesional como muchos otros, se dejo ir en el río de las palabras, se perdió en la selva del lenguaje y nos dejó su epitafio hecho poema:
Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
-maldita y arruinada soledad
sin uno mismo-
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
-mi piel como mi lengua-
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos,
remoto- nada hay detrás-
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.
Carlos Yusti. E-mail: carlosyusti@cantv.net Fecha: Abril, 2000.