¿Sabes por qué la ciudad de Tuxtla Gutiérrez
se llama así? Porque hace muchos años el señor don Joaquín Miguel Gutiérrez
llegó a ser gobernador del estado de Chiapas, y desempeñó tan bien su
trabajo, que el pueblo decidió premiarlo para siempre, poniéndole su apellido
a la capital. En aquel entonces la capital se llamaba nada más Tuxtla, y desde
entonces se llama Tuxtla Gutiérrez.
Ese héroe, seguidor de las ideas de don Benito Juárez, tenía muchos parientes, porque provenía de una de las familias más antiguas y acaudaladas de Chiapas. Entre sus familiares más queridos estaba una muchacha llamada Luz, que vivía en la capital chiapaneca. Luz asistía a todas las actividades que una señorita de la alta sociedad debía asistir. Todo el mundo la conocía y la respetaba, al igual que a toda la familia Gutiérrez.
Era la época de la Revolución Mexicana. Fue por eso que a Tuxtla un día llegó el ejército carrancista, es decir, de los que luchaban en el bando de Venustiano Carranza, y con él el altivo y gallardo capitán Julio Sabines.
En cuanto el Capitán Sabines vio a la agraciada Luz, se enamoró de ella perdidamente, y un año después se casaron. Hay quienes no creen en el amor a primera vista, pero en esas calurosas y pródigas tierras hay, además de agua en abundancia, magia regada por todas partes, y por eso ocurren a cada rato milagros.
De ese amor nacieron Juan, Jorge y Jaime. Juan, el mayor, era el líder de esta tercia de chamacos latosos que andaban juntos como los tres mosqueteros por todos los rincones de la vieja casa de la familia Sabines Gutiérrez. Ese liderazgo de Juan se mantuvo siempre, hasta cuando fueron mayores.
Jaime, en cambio, era el más pequeño de los tres, y por tanto el consentido de doña Luz y de toda la familia. Era el pequeño de la casa. Él nació en 1926, mientras que Jorge, el que le seguía, había nacido en 1923, y Juan en 1920. Se llevaban tres años de diferencia entre sí. O sea que cuando Jaime tenía apenas cuatro años, Juan ya tenía diez.
A los tres niños les gustaba oír las
aventuras que vivió su padre, quien después se convertiría en el Mayor
Sabines. Desde chico había pasado por muchas peripecias, como las que lo fueron
deteniendo en su camino a Cuba, donde lo esperaban sus padres. Él estaba junto
con sus tres hermanos y sus padres en Líbano. En aquel entonces tendría unos
siete años, y el más grande de sus hermanos unos catorce.
Tomaron un barco que los llevaría de Líbano a Cuba, y por azares del destino,
de esos que nunca faltan, en una de las paradas del barco, los niños se bajaron
y ya no se pudieron volver a subir. Los padres del Mayor Sabines se encaminaron
rumbo a Cuba, pero sin los hijos, que habían perdido el barco en la isla de la
Martinica.
Los muchachos se quedaron muy tristes. Estaban pensando qué hacer sentados en el muelle, cuando se les acercó un niño francés con ganas de pelea. Los empezó a molestar y que se arma el pleito. Llegó la madre del francesito a separarlos y los Sabines perdidos le contaron su triste historia. Entonces ella los recogió, les dio de comer y se puso en contacto con sus padres, que para ese momento ya habían llegado a Cuba.
No vayas a creer que en ese entonces era como ahora, que tomas un avión y listo, en un ratito estás en cualquier parte del mundo. Antes, hacer un viaje se llevaba varios días en barco, en tren y hasta a caballo.
La francesita puso a los hermanos Sabines, entre los que iba el Mayor Sabines de niño, muy derechito cargando su maletón, en el barco que los conduciría a Cuba, a encontrarse con sus padres, que vendrían a ser los abuelos de Jaime Sabines.
Pues apenas llevaba 15 minutos de haberse echado a andar el barco, cuando desde la cubierta toda la tripulación vio cómo hacia erupción un volcán y dejaba sepultada bajo la lava al 15 por ciento de la población de la isla de Martinica.
Ese tipo de cosas le pasaban al papá de Jaime Sabines. En una ocasión se subió a un globo aerostático y por allá fue a caer. Era un hombre inquieto, recio, curtido por la vida. Ya siendo soldado, después de haberse venido para Chiapas y ya con su mujer, doña Luz, y sus tres hijos, estuvo varias veces a punto de morir. Una vez hasta lo iban a fusilar. Ya estaba frente al pelotón de fusilamiento. A punto, cuando intervino un amigo militar y lo salvó. Le dio dos mil pesos, que en aquel entonces era un dineral, y se fue junto con toda su familia para Cuba. Allí vivieron un tiempo, hasta que cambió la situación política de México y el Mayor Sabines, doña Luz y sus tres mosqueteritos se fueron a vivir a Chiapas. Donde todo comenzó de nuevo.
El Mayor Sabines era un militar, no era un hombre de letras y no había leído muchos libros, pero se sabía de memoria los cuentos de Las mil y una noches, y todos los días antes de dormir, le contaba un pasaje a Juan, Jorge y Jaime, y siempre se las arreglaba para dejarlos en suspenso, precisamente cuando Antar, el héroe, estaba en los peores predicamentos.
Seguramente esas historias del Mayor Sabines las disfrutaban los tres hermanos, pero sin lugar a dudas fue a Jaime Sabines a quien le inspiraron el gusto por la literatura.
Los primeros poemas que publicó Jaime Sabines, fueron dedicados a sus amores preparatorianos, en el periódico de la escuela, del cual él sería director más tarde.
Pero la verdadera pasión por la poesía le nació cuando dejó Chiapas y se vino a estudiar a la capital. Ahí sí que experimentó la soledad. Lejos de sus inseparables hermanos, de doña Luz y del Mayor Sabines, su mejor amigo. Se tuvo que enfrentar solo a una ciudad grande y hostil, en la que no se sabía las reglas del juego y en la cual no era nadie. En Tuxtla Gutiérrez era Jaime Sabines. En la ciudad de México nadie lo conocía, no conocía a nadie y todo era más rápido y menos amable.
Entonces se refugiaba solo en su cuartito de la calle de Belisario Domínguez en el Centro de la ciudad y se ponía a leer, y a dejarse llevar por su imaginación a través del tiempo y la distancia, hasta el momento en que Antar, el héroe de Las mil y una noches se encontraba en los peores predicamentos.
Después se regresó a Chiapas, porque no aguantó y la verdad estaba un poco decepcionado de la carrera de medicina. Él quería inventar medicamentos, curar a la gente, y lo único que le pasaban eran dificultades en la universidad.
En Tuxtla se puso a vender telas en la tienda de su hermano Juan y poco después le empezaron a entrar las ganas de irse a la ciudad de nuevo, y que en una de esas, se anima. (Desde siempre, el pequeño Jaime fue un poco necio.) Nada más que ahora se metió a estudiar letras y ahí sí le fue bien. Eso era lo que en realidad lo devolvía a rescatar al héroe Antar. Ésa era la magia que le gustaba y para la cual tenía un don especial.
Hizo muy buenos amigos; todo el mundo lo quería. Rosario Castellanos y Efraín Huerta, eran de sus mejores amigos. Si buscas sus libros y los lees, te vas a dar cuenta de por qué se llevaban tan bien. Ya sabía cómo eran las cosas en la ciudad; se había aprendido las reglas del juego como quien dice, y se la pasaba muy bien. Le gustaba vivir en la capital y aprendía muchas cosas.
Fue por esa época que el Mayor Sabines se puso enfermo. Y Jaime no dudó un momento y se fue para Chiapas de regreso en el primer avión que pudo. Para entonces ya había aviones, y si hubiera habido teletransportadores hubiera utilizado uno, porque para él el Mayor, su padre, era algo así como el mismísimo Antar.
Cuando su padre murió, Jaime Sabines escribió uno de los poemas más tristes y amargos que hay, se llama "Algo sobre la muerte del mayor Sabines". Ese poema es algo así como una despedida y al mismo tiempo una manera de hacer que el Mayor Sabines nunca se vaya.
Para ese momento ya se habían pasado las inscripciones y Jaime Sabines se tuvo que quedar en Tuxtla; ya no pudo volver a la ciudad de México.
"¿Quién era Jaime Sabines?", texto
elaborado por la Coordinación de Internet de Conaculta.
Encontrado en: http://www.cnca.gob.mx/sabines/ninos.html