Tarumba
Tarumba.
Después de leer tantas páginas
que el tiempo escribe con mi mano,
quedo triste, Tarumba, de no haber dicho más,
quedo triste de ser tan pequeño
y quedo triste y colérico de no estar solo.
Me quejo de estar todo el día en manos de las gentes,
me duele que se me echen encima y me aplasten
y no me dejen siquiera saber dónde tengo los brazos,
o mirar si mis piernas están completas.
"Abandona a tu padre y a tu madre"
y a tu mujer y a tu hijo y a tu hermano
y métete en el costal de tus huesos
y échate a rodar, si quieres ser poeta.
Que no esclavicen ni tu ombligo ni tu sangre,
ni el bien ni el mal,
ni el amor consuetudinario.
Tienes que ser actor de todas las cosas.
Tienes que romperte la cabeza diariamente
sobre la piedra, para que brote el agua.
Después quedarás tirado a un lado
como un saco vacío
(guante de cuero que la mano de la poesía usó),
pero también quedarías tirado por nada.
Yo me quejo, Tarumba, de
estar sirviendo a la poesía y al diablo.
Y a veces soy como mi hijo, que se orina en la cama,
y no puede moverse, y llora.
Oigo palomas en el tejado del vecino
OIGO PALOMAS EN EL TEJADO DEL VECINO,
Tú ves el sol.
El agua amanece,
y todo es raro como estas palabras.
¿Para qué te ha de entender nadie, Tarumba?,
¿para qué alumbrarte con lo que dices
como con una hoguera?
Quema tus huesos y calíentate.
Ponte a secar, ahora, al sol y al viento.
¿Qué putas puedo hacer...?
¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Que puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Que puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Que puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Que, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Que putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Que puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
La
primera lluvia del año
La primera lluvia del año moja las calles,
abre el aire,
humedece mi sangre.
¡Me siento tan agusto y tan triste, Tarumba,
viendo caer el agua desde quién sabe,
sobre tantos y tanto !
Ayúdame a mirar sin llorar,
Ayúdame a llover yo mismo sobre mi corazón
para que crezca como la planta del chayote
como la yerbabuena.
¡Amo tanto la luz adolescente
de esta mañana
y su tierna humedad !
¡Ayúdame, Tarumba, a no morirme,
a que el viento no desate mis hojas
ni me arranque de esta tierra alegre
Amanece la sangre doliéndome
AMANECE LA SANGRE DOLIÉNDOME
y el cigarro amargo.
La herida de los ojos abierta para el alcohol del sol.
Y una fatiga, un cansancio, un remordimiento de estar vivo.
¿A quién le hago el juego, Tarumba?
(Perdóname. Tú sabes que digo esas cosas por decir algo.
Es un remordimiento de estar muerto.)
Mi mujer y mi hijo esperan allá fuera,
y yo me quejo.
Voy a comprar unas frutas para los tres;
me gusta ver que mi hijo brinca en el vientre de su madre
al olor remoto de los mangos.
(Cuando nazca mi hijo, Tarumba, tú le vas a enseñar
los árboles y los caballos.)
Duérmete, mi niño, con calentura
DUÉRMETE, MI NIÑO, CON CALENTURA, con dolor de cabeza, estírate. Duérmete con todo el cuerpo, niño, envidia de los ángeles, hijito enfermo. Duérmete sin el grillo, sin la aguja, sin hambre. Duérmete hasta mañana. Duérmete, duérmete. Vámonos a dormir, a dormirnos. El tubo de la noche, estírate. Que se diga que julio se duerme. (Porque en la noche viene Tará y te quita la enfermedad. Luego encendemos el sol con un cerillo de alcohol.) Pero duérmete mi niño, mi pedacito, a dormir, a dormirse ya. (Don julito el fanfarrón, don julito es un fregón.) Voy a sacudir tu cama: que no tenga calentura ni dolor de barriga ni pulgas. Aquí pongo este letrero contra los mosquitos: que nadie moleste a mi hijo. Vamos a cantar: tararí, tatá . El viejito cojo se duerme con sólo un ojo. El viejito manco duerme trepado en un zanco. Tararí, totó. No me diga nada usted: se empieza a dormir mi pie. Voy a subirlo a mi cuna antes que venga la tía Luna. Tararí, tuí, tuí.
La procesión del entierro
La
procesión del entierro en las calles de la ciudad es ominosamente patética.
Detrás del carro que lleva el cadáver, va el autobús, o los autobuses negros,
con los dolientes, familiares y amigos. Las dos o tres personas llorosas, a
quienes de verdad les duele, son ultrajadas por los cláxones vecinos, por los
gritos de los voceadores, por las risas de los transeúntes, por la terrible
indiferencia del mundo. La carroza avanza, se detiene, acelera de nuevo, y uno
piensa que hasta los muertos tienen que respetar las señales de tránsito. Es
un entierro urbano, decente y expedito.
No tiene la solemnidad ni la ternura del entierro en provincia. Una vez vi a un
campesino llevando sobre los hombros una caja pequeña y blanca. Era una niña,
tal vez su hija. Detrás de él no iba nadie, ni siquiera una de esas vecinas
que se echan el rebozo sobre la cara y se ponen serias, como si pensaran en la
muerte. El campesino iba solo, a media calle, apretado el sombrero con una de
las manos sobre la caja blanca. Al llegar al centro de la población iban cuatro
carros detrás de él, cuatro carros de desconocidos que no se habían atrevido
a pasarlo.
Es claro que no quiero que me entierren. Pero si algún día ha de ser, prefiero
que me encierren en el sótano de la casa, a ir muerto por las calles de Dios
sin que nadie se dé cuenta de mí. Porque si amo profundamente esta maravillosa
indiferencia del mundo hacia mi vida, deseo también fervorosamente que mi cadáver
sea respetado.
Dice
Rubén
Dice Rubén que quiere la eternidad, que pelea por esa memoria de los hombres
para un siglo, o dos, o veinte. Y yo pienso que esa eternidad no es más que una
prolongación, menguada y pobre, de nuestra existencia.
Hay que estar frente a un muro. Y hay que saber que entre nuestros puños que
golpean y el lugar del golpe, allí está la eternidad.
Creer en la supervivencia del alma, o en la memoria de los hombres, es lo mismo
que creer en Dios, es lo mismo que cargar su tabla mucho antes del naufragio.
Ocurre que la realidad
Ocurre que la realidad es superior a los sueños. En vez de pedir "déjame
soñar", se debería decir: "déjame mirar".
Juega uno a vivir.
Soy
mi cuerpo
Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste y está cansado. Me dispongo a dormir
una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando habrá los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme encima todo lo
que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos papeles y recuerdos, y
cierren todas las puertas para que no se vaya mi soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si
digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado,
y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
Aleluya
Si hubiera de morir dentro de unos instantes, escribiría estas sabias palabras: árbol del pan y de la miel, ruibarbo, coca-cola, zonite, cruz gamada. y me echaría a llorar.
Uno puede llorar hasta con la palabra "excusado" si tiene ganas de llorar.
Y esto es lo que hoy me pasa. Estoy dispuesto a perder hasta las uñas, a sacarme los ojos y exprimirlos como limones sobre la taza se café. ("te convido una taza de café con cascaritas de ojo, corazón mío").
Antes de que caiga sobre mi lengua el hielo del silencio, antes de que se raje mi garganta y mi corazón se desplome como una bolsa de cuero, quiero decirte, vida mia, lo agradecido que estoy, por este hígado estupendo que me dejó comer todas tus rosas, el día que entré a tu jardín oculto sin que nadie me viera.
Lo recuerdo. Me llené el corazón de diamantes -que son estrellas caídas y envejecidas en el polvo de la tierra- y lo anduve sonando como una sonaja mientras reía. No tengo otro rencor que el que tengo, y eso porque pude nacer antes y no lo hiciste.
No pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto.