Aprendí que el pueblo no tiene un
hombre,
sino muchos nombres, no tiene una cabeza
sino muchas cabezas,
el pueblo se llama Pedro López, Baldemar,
José Luis, Guillermo, Carlos, Donato,
Arturo, Toño, Eliseo, Lurias, Anita, Rosa,
Pepito, Donaciano, Carmelita, Don Rafa,
Manuel Ángel, Armando; se apellida
Gutiérrez, Castellanos, Rojas, Esquinca,
Ruíz, Estrada, Gómez, Rodríguez,
Pastrana y es Ernesto Gonzáles, Valentín Palacios,
Jaime Fernández, Juan Tamayo,
Gente de carne y hueso, con su casa, con sus sueños,
sus hijos, su trabajo, sus manos,
su ternura, el pan que busca y el que está en su plato.
El pueblo tiene dirección y nombre,
cocina, oficio, corazón, zapatos.
En Primera Poniente, se encuentra el pueblo,
en la calle del cerro o en el patio.
Se le conoce porque siempre tiene unas ganas
enormes de dar algo.
Lo importante de experimentar
sería experimentar la muerte,
cerrar todas las puertas e
introducirse en lo obscuro y no regresar.
Yo tengo la certeza de que podría en un momento
detener mi corazón, morirme, casi he llegado a hacerlo
pero antes de dar la orden definitiva,
me salta el miedo y ¿quién va a indicarle latir de nuevo?
Hay otro camino más activo y espléndido,
ejercitarse en la pasividad, en la sensación total,
romper de algún modo y salirse de la órbita normal
del pensamiento humano. La muerte es una ide,a
llegar a la anti-idea, ver en la obscuridad,
respirar el vacío, hablar sin articular palabra,
atravesar los muros normalmente, algo así.
Descubrir que lo extraordinario,
lo monstruosamente anormal
es estar breve cosa que llamamos vida.
Tú eras mi otro licor
del que solía
beber mi corazón de día.
Eras mi otro destino, mi otra suerte,
aquella emparentada con mi muerte.
Tu boca me servía para el agua,
tus manos para tocar las cosas,
en tus ojos sentía la luz que dan las rosas.
Éramos sólo una locura, sólo un sueño,
o como andar fatigándose en la una
o ser humo en un leño.
Nada nos era extraño
de los dos, nos conocimos
con todos los tentáculos del cuerpo,
la saliva, la voz, la sangre, el alma.
Éramos un rebaño de impurezas fecundas
pastoradas por un Dios en calma.
A la yerba asistimos, jugamos al arroyo,
bautizamos al pájaro y al mirto,
éramos la corteza y el cogollo
del mismo alucinante sacrificio.
Inventamos la flauta y enmudecimos
en el tiempo encerrado en un carrizo,
y tu cuerpo y el mío nos quedaron como un signo.
Herederos del agua y de la tierra,
del fuego tutelar, del aire antiguo,
horneamos nuestro pan y en nuestras venas
hicimos nuestros hijos.
Los Universitarios,
UNAM, 4ª época, 3 de septiembre de 1997.
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