Tres argentinos descendientes de Lope
El "Fénix de los ingenios" escribió en 1617 uno de los sonetos más famosos en lengua hispana. En él, obedeciendo un encargo de la imaginaria Violante, explicaba con mucho humor en qué consistía aquella forma poética. Más de trescientos años después, Baldomero Fernández Moreno, Alberto Vacarezza y Luis Alposta lo imitaron en versos memorables
Parece una verdad ya irrebatible que Fuenteovejuna (1618) es el drama arquetípico de Lope de Vega: es el que con más frecuencia se enseña en los colegios y en las universidades, el que más estudios académicos ha merecido y el que primero acude a los labios del lector no especializado cuando de nombrar una obra del prolífico autor se trata.
Un año antes (1617) Lope había estrenado una comedia sin duda menor, titulada La niña de plata , la cual es ignorada, en general, por los puntillosos índices de la mayoría de las historias de la literatura española. Sin embargo, esta obra casi olvidada incluye uno de los sonetos más célebres del autor, el soneto que –a modo de juego– se va explicando a sí mismo mientras se desarrolla, hasta coronar su exitoso final:
Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.
En rigor, no fue Lope el creador de este juego de sonetos, sino que era una práctica habitual en las literaturas de Europa occidental. Antes que él, en España habían realizado travesuras parecidas dos autores de menor relevancia: Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) y Baltasar del Alcázar (1530-1606).
La bella meditabunda
Ni el real Lope ni su ficticia Violante tuvieron modo de sospechar que, en fecha tan lejana como 322 años más tarde y en lugar tan remoto como la llanura bonaerense, el razonable médico y distinguidísimo poeta Baldomero Fernández Moreno (1886-1950) se diera a conjeturar sobre cuál habría sido la reacción de la dama ante el ostentoso virtuosismo técnico exhibido por el poeta.
En el número 37 (abril de 1939) de la revista Nosotros Baldomero publicó el "Epílogo al soneto de Violante". Más tarde, tras haber introducido modificaciones en cuatro versos, el poema, retitulado en su versión definitiva, pasó a integrar el libro Parva (1949). El autor nos explica que el soneto, lejos de halagar a la dama, había despertado la
Cólera de Violante
Cuando Violante vio que en un segundo
Lope de Vega terminó el soneto,
miró al maestro, que sonrió, discreto,
y su pecho quedó meditabundo.
El pecho de Violante, un breve mundo
por un tajo partido en dos, direto,
casi escapó del regalado peto,
elástico como era y furibundo.
Porque ella no quería la acrobacia
de que dio muestras el de la perilla
y la guedeja montañesa y lacia.
Ella soñó el soneto maravilla,
el que hiciera inmortal toda su gracia
de ricahembra y marisabidilla.
Acaso el segundo cuarteto (con su forzada rima en direto ) y el primer terceto (con su excesiva perífrasis por "Lope") sean de construcción algo engorrosa. Sin embargo, los tres últimos versos (al describir la femenina frustración de Violante "ricahembra y marisabidilla", que esperaba elogios hacia su persona y sólo encontró la prestidigitación verbal del poeta que se ufana de su destreza) constituyen un prodigio de precisión expresiva y de acierto psicológico.
Guapos de conventillo
Alberto Vacarezza nació en Buenos Aires en 1888 y falleció en la misma ciudad en 1959. Escribió las letras de más de un tango meritorio ("¡Padre nuestro!", "¡Araca, corazón!", "El carrerito", "Botines viejos", "La copa del olvido", "No le digas que la quiero", "Otario que andás penando") y, como hombre de teatro, compuso dramas y comedias, de vena más popular que elitista. Pero, sobre todo, se destacó en el bien o mal llamado "género chico", para el que escribió una considerable cantidad de sainetes que, casi sin excepción, obtuvieron el éxito del público. Entre ellos, el más célebre es El conventillo de la Paloma , que la compañía de Pascual Carcavallo estrenó en el Teatro Nacional de Buenos Aires el 5 de abril de 1929.
Pues bien, don Alberto había encontrado la fórmula más eficaz para escribir sainetes y lo cierto es que, con las modificaciones del caso, cada uno de ellos no difiere demasiado de los demás. La escena suele ser el patio de un conventillo de Buenos Aires y, entre los personajes, son infaltables los compadritos porteños, la bella muchacha con más de un pretendiente, el italiano y el español (en ocasiones, también representantes de otras corrientes inmigratorias). Los argumentos son más bien endebles (y, a veces, encadenamientos de pretextos para el lucimiento de tal o cual actor o cantante) pero las situaciones, aceptados los convencionalismos e inverosimilitudes de rigor, suelen ser muy graciosas.
Lejos de toda solemnidad, Vacarezza se tomó el pelo a sí mismo al declarar cuál era su receta para componer sainetes. Tomando como punto de partida el primer verso del soneto de Lope, escribió el que se reproduce a continuación, incluido en sus Cantos de la vida y de la tierra (1944):
Un sainete en un soneto
Un soneto me manda hacer Castillo
y yo, para zafarme de tal brete,
en lugar de un soneto haré un sainete,
que para mí es trabajo más sencillo.
La escena representa un conventillo.
Personajes: un grébano amarrete,
un gallego que en todo se entromete,
dos guapos, una paica y un vivillo.
Se levanta el telón. Una disputa
se entabla entre el gallego y el goruta,
de la que saca el vivo su completo.
El guapo que pretende a la garaba
se arremanga al final, viene la biaba
y aquí acaba el sainete y el soneto.
El Castillo que menciona Vacarezza es su amigo, el dramaturgo y compositor José González Castillo (1885-1937), autor del sainete Entre bueyes no hay cornadas y de tangos tan famosos como "Organito de la tarde"; "Sobre el pucho", "Silbando", "Griseta", "El aguacero".
Escrito el soneto en un moderadísimo, aunque arcaico, lunfardo, para el lector argentino más joven será suficiente con aclarar el significado de cuatro vocablos: grébano y goruta (= tarugo) son términos despectivos que señalan al italiano (sobre todo, al de pocas luces); paica y garaba constituyen formas afectuosas para "muchacha" (se supone que agraciada).
El escalvo y el opio
El también médico Luis Alposta (Buenos Aires, 1937) es miembro de la Academia Porteña del Lunfardo desde el año 1968 y de la Academia Nacional del Tango desde el 2000. Como estudioso de ambas disciplinas, ha publicado, entre otros libros, El lunfardo y el tango en la medicina (1986) y El tango en Japón (1987). Asimismo ha compilado una Antología del soneto lunfardo (1978). Edmundo Rivero (cuya biografía redactó con el título de Todo Rivero ) ha musicalizado y grabado sus tangos "El jubilado", "Tres puntos", "El piro", "A lo Megata".
Uno de sus libros de poemas ( Con un cacho de nada , 1986) registra un soneto, ligeramente lunfardesco, cuyos dos primeros versos son paráfrasis del de Lope y cuya general intención lúdica es exactamente la misma que animó al poeta español:
Un soneto me pide el amor propio
y en mi vida me he visto en tal apuro.
Si cuatro versos ya me dan laburo,
antes de los catorce será un opio.
De las formas no quiero ser esclavo.
Además, sobre el tema ya se ha escrito.
En el séptimo verso lo medito
y no sé si plantarme en el octavo.
¿Seguir o no seguir? Esa es mi duda.
Pues la cosa se me hace peliaguda
al tratarse de historia tan junada.
Pero ya falta poco, y lo importante
es ahora encontrar la consonante
y dar esta cuestión por terminada.
Nótese cómo, en el segundo cuarteto, Alposta encuentra la manera de disculparse por la heterodoxia que implica el cambio de rima. También, la humorística alusión a Hamlet en el noveno verso.
Sin duda, el afortunado poema de Lope habrá tenido, tanto en España como en América, otros descendientes, que los lectores curiosos podrán señalar. En este artículo, sólo quise referirme a los tres émulos argentinos que, gracias al azar de las lecturas, he tenido el gusto de conocer.
Por Fernando Sorrentino
Para LA NACION - Buenos Aires, 2003
http://www.lanacion.com.ar/suples/cultura/0312/sdq_480762.asp
LA NACION | 16/03/2003 | Página 02 | Suplemento Cultura