Capítulo séptimo
(De una novela apócrifa)
Fernando Sorrentino
1.
Sin una lágrima, María Alejandra se alejó por la calle
Oro, hacia Güemes. Primero pensé con melancolía: «Se
va para siempre; es un acto irreversible; es el final de
una comarca.» En seguida pensé con rencor: «Es mejor
que desaparezca; es una complicación que se esfuma; de
los dos, es ella quien sale perdiendo.»
Pero
la vida continuaba y yo no tenía nada que hacer en la
esquina de Santa Fe y Oro. Me molestaban el ruido y la
atropellante prisa de la multitud que abordaba o
abandonaba colectivos. Traté de caminar con lentitud
hacia mi casa, y es muy difícil caminar con lentitud
cuando se está abrumado por la idea de una separación de
amor. No podía no pensar en María Alejandra, pero mis
pensamientos eran tan extensos, que era como si no pensase
en nada.
Miraba distraídamente las
vidrieras que se iban sucediendo a mi izquierda. Para
hacer más moroso el regreso, poco antes de llegar a la
calle Carranza, me detuve a contemplar el escaparate de
una juguetería. Era un mundo heterogéneo y abigarrado:
me pareció que predominaban soldaditos, revólveres y
automóviles. En situaciones severas, tiendo a pensar en
cosas sin importancia: consideré la desproporción de
tamaños que imperaba entre los juguetes. Un perro de
fieltro era unas diez veces mayor que un trencito de
hojalata, que era unas diez veces mayor que un perrito de
madera. En seguida esas geometrías dejaron de interesarme
y María Alejandra impuso su recuerdo. Entonces se me
ocurrió oponer a la reiteración de María Alejandra un
acto de trivialidad: entré en la juguetería y, por una
suma insignificante, adquirí una corneta de material plástico.
Esta corneta estaba dividida en tres secciones: la de la
embocadura era verde; la central, roja, y tenía tres
agujeritos; la del pabellón de salida era blanca y parecía
una cala.
En
casa me puse a tocar la corneta. Traté de arrancarle
alguna melodía. No intenté nada sublime; buscaba algo
sencillo, pegadizo: canciones de moda, estribillos futbolísticos,
tonterías televisivas. Pero la corneta apenas si emitía
unos sones estridentes y aislados. Esto se debía a que yo
no sé música y también a que la corneta era de juguete.
En
ese momento oí en la cerradura el ruido de la llave de Mónica.
«Pobre», pensé con ternura, «viene de trabajar, estará
cansada, estará aburrida de vivir el tedio de su empleo»,
porque ahora la imagen de María Alejandra me atribulaba
con los primeros remordimientos de cuatro años. Para
rehuirlos, para que secretamente mi mujer me perdonara,
decidí ser chiquilín, decidí alegrarla. Me quité los
zapatos y me puse de pie sobre la mesita ratona del
living. Mi mujer, asustada, me miró con sorpresa primero
y después con alivio al comprobar que no había rayado la
mesita. Entonces soplé con vigor y mi corneta emitió
unas estridencias sumamente alegres. Mónica se rió con
risa de niña y me besó. La risa y el beso me
retrotrajeron a los tiempos de nuestro noviazgo.
Desde
ese día, al salir cada tarde del banco donde estaba
empleado, reemplazaba los pretéritos encuentros con María
Alejandra volviendo rápidamente a casa y poniéndome a
tocar la corneta. Tocaba solamente hasta la hora de cenar:
después de comer, prefería acostarme. No sé si era a
causa del esfuerzo pulmonar a que me sometían las dos
horas diarias de ejecutar la corneta: el hecho era que me
quedaba inmediatamente dormido y caía en un sueño plácido
y profundo, un sueño ajeno a las pesadillas, un sueño
como nunca había tenido antes. A la mañana siguiente, me
despertaba de hermoso humor y poseedor de una visión
optimista del universo.
Habiendo
comprobado los benéficos efectos que la corneta ejercía
sobre mi espíritu, decidí agregar una sesión matutina a
su ejecución. Por eso adquirí el hábito de tocar todas
las mañanas tres o cuatro horas, de acuerdo con el tiempo
que me insumiera efectuar las compras diarias. Luego
almorzaba y partía hacia el banco, donde —queda
sobreentendido— nunca tocaba la corneta.
2.
Mis diez años de experiencia
bancaria me han enseñado que trabajar en un banco se
divide en dos grandes momentos. Las primeras cuatro horas
—en que entran y salen clientes, hacen consultas,
realizan operaciones, formulan preguntas— se me hacían
admisibles, ya que no entretenidas. Pero después, de
cuatro a siete —cuando el banco permanece cerrado al público
y sólo lo animan los empleados—, la tristeza y la
impaciencia invadían mi ánimo. Es cierto que, al no
haber clientes, los empleados solíamos conversar y
ensayar bromas. No es menos cierto que algunas
conversaciones no eran demasiado aburridas y que una que
otra broma era más o menos graciosa. Claro que estas
palideces no podían compararse con tocar la corneta.
El
viernes 27 de marzo de 1970 guardé la corneta en mi
portafolio. A eso de las cinco de la tarde entré en el
cuarto de baño y, enfrentándome con el espejo del
lavatorio, me puse a tocar. Al principio soplé con
prudencia, casi inaudiblemente, casi suspirando. Y, si
bien los sones de mi corneta nunca pudieron formar una
melodía, logré que fueran melancólicos y nostálgicos.
Cuando noté que me iba deprimiendo y que se me llenaban
de lágrimas los ojos, volví a mi vena más feliz: la música
jocunda y optimista. Poco a poco fui elevando el volumen,
hasta alcanzar la intensidad de sonido con que solía
tocar en casa. Simultáneamente, guiándome por el espejo,
procuraba asumir los gestos y las actitudes de los
concertistas de instrumentos de viento. En esos instantes,
ganado por mi propia música, interpretaba con los ojos
cerrados. Al abrirlos, vi que mi rostro ya no monopolizaba
el espejo. Atraídos por los sones de la corneta, los
empleados varones acababan de entrar en el baño y ahora
estaban riéndose a carcajadas.
El
que no se reía era el señor Ansinelli, gerente de la
sucursal. Su nacionalidad es la italiana; su rostro consta
de tres rasgos: una nariz filosa, un bigote recto y unos
anteojos imponentes; sus modales tienden a ser imperiosos.
Mirándome fríamente, me ordenó que dejara de tocar el
clarín y que volviera al trabajo. Fue forzoso obedecerlo,
no sin antes consignar el carácter de corneta de mi
instrumento. Tras el epílogo, todos abandonamos el baño
en tropel. Pasé, con la cabeza erguida, entre las
empleadas, que, no osando penetrar en el caballeresco
recinto, estaban pudorosamente agolpadas en el exterior.
Volví
a mi escritorio, sintiendo que se había posesionado de mi
espíritu una cólera helada contra el señor Ansinelli,
el hombre que no me permitía tocar la corneta. Pero,
fuera del banco, su jurisdicción caducaba. No consentí
que los deseos reprimidos se manifestaran freudianamente
durante el sueño: en casa estuve tocando la corneta hasta
las dos de la mañana, hora en que se produjo el lagañoso
ascenso de mi vecino del piso inferior. Yo, probablemente
respetuoso de los derechos ajenos y seguramente vencido
por el sueño, guardé la corneta y me retiré a
descansar. Mónica hacía largo rato que estaba durmiendo,
bloqueados sus oídos por sendos tapones de algodón.
Al
día siguiente la fortuna me deparó un sábado. No
desperdicié esos preciosos sábado y domingo: la corneta
lanzó los más valerosos sones de libertad.
Lamentablemente, inevitablemente, llegó el temido lunes,
y, tras él, los otros cuatro terribles días en que yo no
podía ser el dueño absoluto de mi corneta.
3.
Aquel viernes 27 de marzo de
1970, el implacable rostro del señor Ansinelli me reveló
la incompatibilidad que mediaba entre el banco y la
corneta. Dos tendencias opuestas pugnaban en mi alma:
amaba la corneta, temía el despido. Mi sentido común me
aconsejaba que, desde ningún punto de vista, era
conveniente perder un empleo donde cobraba un buen sueldo,
gozaba de la estima de mis numerosos superiores —el señor
Ansinelli incluido— y merecía el respeto de mis escasos
subordinados. A los gastos normales de la vida diaria,
acababa de añadir las cuotas del nuevo departamento y de
un automóvil. De modo que me abstuve de tocar la corneta
en el banco.
4.
Comenzaré este párrafo anticipando que el lunes 19 de
febrero de 1971 fui despedido del banco. La encargada de
mi edificio dijo que fue el destino. Yo, sin ánimo de
polemizar, creo que obraron otros factores.
Principalmente, el desdichado azar del calendario. Desde
un punto de vista general, yo apenas había avanzado la
dozava parte del año y frente a mí se hallaban,
obstinados y ordenadamente postergados, once letales
meses. Y, en un aspecto más restringido, esa semana
disponía aún de cuatro días.
Por
otra parte, ese lunes decisivo me encontraba de pésimo
humor. Venía de superar, o de que me superaran,
diferencias conyugales. Pocas cosas me abruman tanto como
que el placer sea contaminado por la cólera. Y
precisamente el último domingo de enero fue un día en
que el goce de tocar la corneta había sido oscurecido por
una exasperante intransigencia de mi mujer.
El
domingo me levanté temprano y contento, tomé tranquilos
mates, leí el diario sin prisa. Luego me dediqué a tocar
la corneta. Hacia el anochecer, Mónica prefirió
concurrir al cine a que yo tocara la corneta. Sobrevino
una escena chocante, en la que Mónica creyó oportuno
desarrollar gritos, llantos y reproches. Sus argumentos
fueron variados y contradictorios. El mío, uno solo y
coherente: le repetí que en el cine no permiten tocar la
corneta. Impuse mi criterio y nos quedamos en casa.
Mientras mi mujer miraba un infinito programa de televisión
en el living, yo me encerré en el dormitorio y seguí
tocando la corneta hasta caer rendido de cansancio. No cené
y dormí vestido. Mi agotamiento era extremo, y el lunes
me desperté pasadas las once y media. Y así, sin
almorzar y sin haber podido tocar la corneta ni un
instante, entré en el banco.
Es
fácil imaginar el estado de nerviosidad y excitación de
que estaba poseído. De pronto me di cuenta de que no podría
resistir hasta las siete de la tarde sin tocar la corneta.
Fingiendo haber olvidado los anteojos, solicité al señor
Ansinelli permiso para ir hasta casa a buscarlos. Como yo
vivo a sólo dos cuadras de la sucursal Pacífico del
banco, le prometí regresar en diez minutos.
Corriendo
con desesperación, devoré las dos cuadras que me
separaban de mi casa y, como en un vértigo, me puse
enloquecidamente a tocar la corneta, tratando de
aprovechar al máximo los pocos minutos disponibles. Al
bajar en el ascensor, oprimí, entre los pisos cuarto y
tercero, el botón de PARAR y volví a subir a mi
departamento. Envolví la corneta en un diario y me dirigí
al banco. En el camino pensé que me convenía vender el
automóvil. En realidad, no me servía para nada: al banco
iba caminando, y los fines de semana prefería quedarme en
casa tocando la corneta.
—El
señor es el subjefe de créditos. Él lo va a asesorar
con mucho gusto.
El
señor Ansinelli destinó estas frases a un hombre
impecable, con aspecto de general retirado, que me
aguardaba en mi oficina. Supe que era el propietario de la
famosa fábrica de soda La Burbuja Popular, de la calle
Fitz Roy, y se había constituido —apeló a este
verbo— en el banco para solicitar un préstamo tendiente
a adquirir no sé qué crípticas maquinarias que, sin
embargo —antes de que yo pudiera impedírselo—,
describió prolijamente, con abundancia de extractores,
émbolos, reguladores
y otros términos incomprensibles. El hombre era
excesivamente cortés. Me estrujó la mano con
agresividad, me encendió el cigarrillo, se negó a
sentarse antes que yo y me demostró que padecía de
incontinencia verbal. Yo no tenía ganas de prestarle
atención. Con tono melancólico, redactó una reseña
oral de sus luchas para avanzar a través del camino del
progreso. En seguida, atraído por el recuerdo de su
primer carro, tirado por caballos, se remontó hasta 1947,
para retornar luego a 1971, ahora al comando de uno de los
modernos camiones de su flota. A continuación me habló
de su familia en general, y en particular de una hija de
gran inteligencia que estudiaba relaciones públicas. En
este punto extrajo la billetera y me mostró la fotografía
de la hija: entreví unos cabellos y unos anteojos.
Para
mitigar su autobiografía, le entregué unos formularios
en blanco y le dije que los fuera completando. Mientras el
empresario escribía con férrea mano, yo me agaché
—como para buscar algún papel en el cajón más bajo
del escritorio— y toqué rápidamente la corneta. El
hombre, sin oír nada, seguía escribiendo: ahora había
desplegado la cédula de identidad y la libreta de
enrolamiento, cuyas informaciones copiaba. Entonces yo,
aprovechando el rumor que a esa hora imperaba en el banco,
de vez en cuando me agachaba y tocaba a hurtadillas la
corneta, con unos sones breves y apagados.
Y
tocar la corneta en esas circunstancias es lo mismo que
fumar en un vagón donde está prohibido hacerlo. El
infractor fuma nervioso, teme la aparición del guarda,
algún pasajero lo mira con reprobación: fumar ya no
constituye un placer sino una posibilidad de multa. En
esos casos, es preferible no fumar, no tocar la corneta.
El hombre, abocado sobre los papeles como si fuera a comérselos,
me formulaba cada tanto una pregunta, que él llamaba
duda.
Irreflexivamente
saqué la corneta del cajón y, dirigiendo su blanco
pabellón en forma de cala hacia la cabeza que se debatía
sobre los formularios, soplé con toda mi alma y le
arranqué un sonido agudísimo que le despeinó al sodero
algunos cabellos. Asustado, alzó el rostro y me miró con
ojos redondos.
—Ah,
para sus chicos —sonrió, en medio de sus dudas.
—No
tengo chicos —respondí con tranquila ferocidad—. Es mía
y toco cuando me da la gana.
Para
subrayar esta afirmación, soplé aún más intensamente,
y no ya unos segundos, sino más de un minuto. Mi oficina
no es otra cosa que una mampara de cristal con un
cartelito que dice CRÉDITOS: me incorporé un poco para
observar mejor el efecto producido por los imprevistos
sones. Los empleados y los clientes, paralizados, tenían
fija la vista en nosotros. Entonces, insensatamente épico,
pensé: «Que sea lo que Dios quiera.»
Me
llevé la corneta a la boca y, recurriendo a las limitadas
variantes que me permitía el instrumento, me puse a
tocar. A veces soy efectista: no conformándome con el
reducido ámbito de la oficina de créditos, emergí al
salón principal, me trepé al mostrador y empecé a
recorrerlo. Los clientes, temerosos, apartaban los codos.
Me encantó ser el protagonista del episodio, me alegró
que los demás estuviesen desconcertados. Oí fragmentos
de comentarios erróneos: «Es una huelga», «Es un acto
de repudio», «Creo que es un empleado que se le murió
la esposa».
En
eso vi al señor Ansinelli, que avanzaba raudo, como un
hombre providencial esperado por una multitud que se
encontrase ante problemas insolubles. Rojísimo, me impetró
en voz bien alta:
—Señor
Del Prete, tenga la bondad de pasar por gerencia
inmediatamente. Tengo que hablar con usted.
Le
respondí entonando en la corneta una especie de carcajada
estrafalaria. Una hilaridad general ganó a los
circunstantes y cubrió de ridículo al señor Ansinelli.
Entonces el señor Ansinelli intentó arrebatarme la
corneta mediante un manotazo. Una gracia angélica guiaba
mis movimientos: con elegancia, sin perder las formas,
salté del mostrador hacia la parte reservada al público.
Así atrincherado, lo miré triunfalmente y ejecuté unos
sonidos belicosos, en los que estaba implícito un desafío.
El
señor Ansinelli, perdiendo los estribos, cruzó el
mostrador y se lanzó contra mí como un toro de lidia.
Yo, sin dejar de tocar la corneta, pisando pies y
propinando codazos, emprendí una veloz carrera en zigzag.
Esto duró bastante. El pánico cundió en el local
bancario. Se sucedieron carreras y gritos. Una señora
protegió intuitivamente a un lactante que llevaba en
brazos. Algunos inadaptados sociales aprovecharon para
robar las lapiceras a bolilla, rompiendo las cadenitas con
que estaban sujetas a la pared. Dos hombres se tomaron a
puñetazos. Oí el estrépito de cristales que estallaban
y, en ese momento, me capturaron.
Disipados
los efectos de los gases lacrimógenos y retiradas las
fuerzas policiales, fue restableciéndose la calma. El señor
Ansinelli, tras efectuar histéricos llamados telefónicos,
se trasladó a la casa matriz del banco y volvió con la
orden de despedirme en el acto. Debo reconocer que nuestro
banco es eficaz: en pocos instantes ya habían preparado
mi liquidación, ya me habían pagado, ya salía del banco
con la corneta bajo el brazo.
Como
yo no sabía cómo era la calle los lunes a las cinco de
la tarde, decidí vagar por ahí hasta las siete. Ahora
que podía tocar la corneta, ya no sentía deseos de
hacerlo. Fui hasta la calle Dorrego y eché a caminar
hacia el bajo. El bocinazo de un tren que pasaba sobre mi
cabeza, a la derecha, pareció inspirarme fugazmente. No
pude tocar más que una o dos notas: ya no me interesaba
la corneta. Al llegar a la cancha de polo, se la arrojé a
un gato que me observaba a través de las rejas. Y ahí,
al pie de unos arbustos, quedó la corneta.
Pero
lo que me llama la atención es el hecho de que, apenas
olvidada la corneta, cuando ya me disponía a cruzar la
avenida del Libertador, me encontrara, por casualidad, con
María Alejandra. Vestía con su elegancia de siempre y,
aunque pasó a mi lado, fingió no verme.
Encontrado en: http://www.badosa.com/main.pl?l=en&m=050100&a=sorrentino