Los
reyes de la fiesta
Fernando
Sorrentino
1.
Mi mujer se llama Graciela; yo, Arturo. «Son una pareja
encantadora», suelen decir nuestras amistades.
Constituimos, en efecto, un matrimonio mundano, joven,
elegante, conversador, sonriente, de buena posición económica.
Como consecuencia, gran parte de nuestra vida transcurre
en reuniones sociales. La gente rivaliza en invitarnos, y
es frecuente que debamos optar por una u otra fiesta.
El rasgo
esencial de nuestra conducta consiste en no hacernos rogar
jamás. Detestamos dar la idea de que somos conscientes de
nuestros méritos y de que, por lo tanto, al aceptar sus
convites, otorgamos un gran honor a nuestros anfitriones.
Pero éstos sí lo consideran un honor, y también este
hecho milita en favor de nuestra fama de personas magnánimas,
generosas, libres de mezquindades y
suspicacias.
Juro que no hacemos esfuerzo alguno para destacarnos.
Sin embargo —y hablo con imparcialidad— Graciela y
yo somos siempre los más hermosos, los más simpáticos,
los más inteligentes: somos los reyes de la fiesta.
A
Graciela la rodean los caballeros; a mí, las damas.
Naturalmente, desconocemos los celos y la desconfianza:
sabemos que ningún hombre, salvo Arturo, es digno de
Graciela; que ninguna mujer, salvo Graciela, es digna de
Arturo.
¡Cuánta
gente, sin duda, envidiará nuestro éxito social! Y,
sin embargo, Graciela y yo aborrecemos la vida social,
detestamos las reuniones, odiamos las fiestas. Más aún,
somos, en realidad, personas tímidas y reflexivas,
dadas al silencio, a la soledad, a la lectura, al íntimo
diálogo; personas que abominamos de las multitudes, los
bailes, las músicas estrepitosas, la frivolidad, las pláticas
olvidables, las sonrisas porque sí...
Y
entonces..., ¿por qué demonios somos tan mundanos? ¿Por
qué no podemos declinar ni una sola invitación a una
reunión social?
Lo
cierto es que, en el fondo, Graciela y yo tenemos carácter
débil y no nos atrevemos a decir que no. Camino de la
fiesta, Graciela y yo vamos sumidos en lúgubres
pensamientos, en amargas tribulaciones, en dolorosos
sentimientos de culpa. Pero, una vez que entramos en el
ruidoso torbellino de la reunión, las voces, los
rostros, las sonrisas, las bromas nos hacen olvidar el
disgusto de estar allí en contra de nuestra voluntad.
Y de
vuelta en casa... ¡cómo nos hiere considerar cuán frágil
es nuestra personalidad!, ¡qué sensación penosa, la
de nuestra impotencia!, ¡qué horrible, vernos
obligados a ser siempre los reyes de la fiesta!
Agobiados
por un problema semejante al nuestro, dos personas
vulgares habrían caído en la desesperación. Graciela
y yo, lejos de ello, estamos en plena campaña para
evitar nuevas invitaciones, para no ser más los reyes
de la fiesta. Hemos elaborado un plan cuyo fin es
hacernos antipáticos, odiosos, aborrecibles.
Ahora
bien, estando en las fiestas, no tenemos valor para
mostrarnos antipáticos y, mucho menos, odiosos o
aborrecibles. Hasta tal punto estamos compenetrados de
nuestro papel de reyes de la fiesta. Pero en nuestra
casa, donde el sosiego invita a la reflexión y a donde
no llega el pernicioso influjo de las fiestas, nos
transformamos en los parias de la mundaneidad, nos
convertimos en la antítesis de los gloriosos reyes de
la fiesta.
Cuando
pusimos en práctica nuestro plan —hará unos dos
meses—, aún adolecía de muchas fallas. Nuestra
inexperiencia, nuestra emoción, nuestra falta de sangre
fría nos hicieron cometer, al principio, algunos
errores importantes. Pero el hombre aprende toda su
vida: poco a poco, Graciela y yo fuimos mejorando.
Exageraría si dijera que hemos alcanzado la perfección:
sin embargo, declaro que nos sentimos contentos,
satisfechos, hasta orgullosos, de nuestro último
desempeño. Ahora estamos esperando los frutos.
2.
Siempre hay alguna pareja que simpatiza especialmente
con nosotros y está deseando que la invitemos a casa.
Nosotros no tenemos inconveniente en hacerlo, sólo que
nos permitimos diferir al máximo el instante de
formular la invitación. Cuando éste llega, la pareja
—sea unión de facto de jóvenes inconformistas o un
provecto matrimonio— no está esperando otra cosa, y
se precipita a aceptarla.
Al
matrimonio Vitaver lo hicimos esperar mucho, muchísimo
tiempo para invitarlo. Es que, dada su peligrosidad, con
esa gente había que tener cuidado: prefería no
improvisar, quería que estuviéramos muy bien
preparados.
El señor
Vitaver, tras su falso aire de respetable caballero, es
semianalfabeto. Por supuesto, su incultura, unida a una
mala fe sin límites, a un total desprecio por el prójimo
y a una implacable deshonestidad, lo ha llevado a hacer
fortuna. Después de todo tipo de negocios al margen de
la ley, se ha instalado como editor de revistas de
chismes y de estupideces; por ello, una de sus frases
preferidas es: «Nosotros, los difusores de cultura...».
De más está decir que aborrezco a Vitaver: su vacuidad
espiritual, su codicia, su burdo humorismo, su afán por
agradar, su rostro impecablemente afeitado, sus ojillos
inescrupulosos de mercader, su ropa de primera calidad,
sus uñas cuidadas por la manicura, su suspicacia, su
desesperación por hacerse respetar, por darse su
lugar…, todas estas desdichas configuraban, para mi
gusto y mi carácter, un cuadro atroz. Y Vitaver buscaba
mi amistad: le convenían mis presuntas relaciones con
«el mundo de las letras» —como decía él—. Sin
duda abrigaba la idea de que el contacto frecuente con
novelistas, críticos o poetas actuaría a modo de
osmosis sobre él, desbastándolo de su rudeza
comercial, sin sospechar que muchos de aquellos
escritores —tan brutos e incultos como él mismo—
ocultaban lo que no era sino estupidez bajo actitudes
extravagantes que pretendían ser asombrosas.
La mujer
de Vitaver no es su esposa, sino su concubina. Esto, que
debería ser un hecho neutro, ajeno al aplauso y a la
reprobación, colma de orgullo a la pareja Vitaver,
quienes suponen que tal osadía los cubre con una
gloriosa aureola de modernidad y desprejuicio: no
pierden ocasión de hablar de ello. No sé cómo se
llama: Vitaver le dice Adidina. Apodo que, aunque con
reminiscencias de prostitución, suena también a
producto farmacéutico; rasgo este último que le cae
muy mal: nada hay de aséptico en la señora Vitaver.
Por el contrario, su piel tensa, brillante, húmeda y
aceitosa evoca todos los humores posibles del cuerpo
humano. En general, cuando ambas dimensiones son
compatibles, tiende más a lo ancho que a lo largo: sus
dedos son cortos y gordos; sus manos son cortas y
gordas; su rostro es ancho y gordo... Toda ella es ancha
y gorda. Y es obtusa y es ignorante y es fastuosa y es
teñida y es pintarrajeada y es enjoyada y es
repugnante.
De modo
que Vitaver y Adidina, basados en razones groseramente
comerciales, buscaban nuestra amistad. La amistad de los
reyes de la fiesta...
Y
nosotros estábamos hartos de ser los reyes de la
fiesta..., y estábamos hartos de estos Vitaver en
particular y de los centenares de Vitaver que nos
torturaban semanalmente con su estupidez, su frivolidad,
su mercantilismo...
Entonces,
invitamos a cenar en casa al matrimonio Vitaver.
3.
Graciela y yo no somos magnates ni indigentes. Pero
vivimos con holgura, podemos renovar a menudo nuestro
vestuario, poseemos un pequeño automóvil y muchos
libros. Somos los propietarios de nuestra vivienda. Ésta
ocupa todo el primer piso de una casa de la calle Emilio
Ravignani, una casa construida en 1941, una casa sólida,
de paredes muy gruesas, excelentes maderas y cielos
rasos altísimos, una casa que aún no ha sucumbido a la
demolición y posterior construcción de un frágil
edificio de hacinados departamentos.
En la
planta baja hay una ferretería, luego está la entrada
de la casa de abajo y, pegada a ella, la puerta de la
nuestra: ésta se abre directamente a una empinada
escalera de mármol negro que conduce al primer piso,
donde realmente empieza nuestro hogar.
A
nosotros nos gusta la casa: es más grande de lo que
necesitamos, de modo que, en caso de emergencia, podemos
cambiar los muebles de una habitación a otra y realizar
otras operaciones estratégicas.
La
intensa lluvia que cayó la noche de la visita de los
Vitaver fue un desafío para mi espontaneidad creadora.
Aunque no estaba prevista en mis planes, supe
aprovecharla al máximo.
Desde la
persiana cerrada del primer piso espiamos la aparatosa
llegada del enorme automóvil de Vitaver, vimos cómo
estacionaba en la acera de enfrente (en la de nuestro
lado está prohibido hacerlo), con delicia observamos
bajar a los Vitaver y, entorpecidos de impermeables y
paraguas, los contemplamos cruzar la calzada a la
carrera y precipitarse contra nuestra puerta como dos
toros de lidia. Por desgracia, tenemos balcón, y éste
los reparaba un poco de la lluvia.
Al
costado de nuestra puerta hay dos timbres con sendos
cartelitos. El primero declara mi nombre y mi apellido;
en el otro dice CARLOS ARGENTINO
DANERI. Vitaver, asediado por los
remolinos de lluvia helada que le asestaba cada tanto el
viento, oprimió una vez y otra vez y otra vez más el
timbre que corresponde a mi persona. Aquel sonido, desde
luego monótono, nos sabía, sin embargo, a música
celestial. Vitaver llamaba y llamaba y llamaba: Graciela
y yo no respondíamos.
Por último,
Vitaver inevitablemente apretó el timbre de Carlos
Argentino Daneri, por lo que recibió la pequeña
descarga eléctrica que yo tenía prevista. Por
supuesto, la culpa es de Vitaver: ¿quién le manda
tocar el timbre de una persona desconocida?
Las
orejas pegadas a las persianas, Graciela y yo escuchábamos
con agrado las conjeturas de los Vitaver:
—¡Te
digo que el timbre me dio una patada!
—Te
habrá parecido...
—Tocá
vos, vas a ver
—¡Ay!
¡A mí también!
—¿Vistes?
¿No sonará el timbre, arriba?
—¿Está
bien el número de la casa?
—Claro...
Además, ahí está su apellido...
Entonces
asomé apenas la cabeza por la persiana y, cubierto por
un sombrero impermeable y un paraguas, grité desde el
primer piso:
—¡Vitaver!
¡Vitaver!
Feliz de
oír mi voz, quiso verme y se corrió hasta el borde de
la acera, con lo que se mojó muchísimo más. Echó la
cabeza hacia atrás y descuidó por completo el manejo
del paraguas.
—¿Cómo
le va, Arturo? —gritó, entrecerrando los ojos ante el
agua que le azotaba el rostro.
—Muy
bien, muy bien, muchas gracias —contesté
cordialmente—. ¿Y su señora? ¿No habrá venido
solo, no?
—Aquí
estoy —dijo, solícita, Adidina, precipitándose junto
a Vitaver: era maravilloso contemplar cómo corría el
agua sobre su compacto peinado y sobre su tapado de
piel.
—¿Qué
tal, Adidina? ¿Cómo le va? Siempre buena moza, eh...
—dije—. ¡Qué lluviecita! Esta mañana hacía un
tiempo espléndido... ¿Quién se iba a imaginar que...?
Pero…, ¡bueno! ¡No se estén mojando...! Pónganse
contra la pared, que en seguida les abro.
Cerré
la ventana y dejé pasar diez minutos. Al cabo, volví a
llamar:
—¡Vitaver!
¡Vitaver!
Se vio
obligado a volver junto al cordón de la acera.
—Disculpe
la tardanza —dije—: no podía encontrar la llave por
nada del mundo.
Vitaver
dibujó a duras penas una lamentable sonrisa de
comprensión.
—Ahí
va la llave —agregué—. Atájela y abra usted, no más,
si me hace el favor. Haga de cuenta que está en su
casa.
Se la
arrojé con tan mala puntería, que la llave fue a caer
en el agua de la cuneta. Vitaver tuvo que agacharse y
revolver un rato con la mano el agua oscura. Cuando se
incorporó, habiendo ya conquistado la llave, estaba
hecho una suerte de trapo rejilla.
Al fin,
abrió la puerta y entró. Ya dije que la escalera es
negra: de manera que, apenas oscurece, ya no se ve nada.
Vitaver tanteó la pared en la oscuridad hasta que
encontró el botón de la luz. Desde arriba oí clic,
clic, clic, pero la luz no se hacía. Entonces grité:
—Parece
que justamente ahora se quemó la lamparita, Vitaver.
Suban despacito, no sea cosa que se vayan a caer.
Férreamente
agarrados de ambos pasamanos y a la incierta luz de efímeros
fósforos, los Vitaver subieron vacilantes la escalera.
Arriba los aguardábamos Graciela y yo con nuestras
mejores sonrisas:
—¿Cómo
le va a la simpática parejita Vitaver?
Vitaver
se disponía a estrecharnos las manos, cuando un grito
de horror de Graciela lo petrificó:
—¡¿Qué
tienen en las manos?! ¡Ay, caramba, cómo se han
manchado! ¡Qué pena, las ropas! ¡Y ese tapado tan
fino de Adidina!
Gigantescas
manchas rojas cubrían el flanco derecho de Vitaver y el
izquierdo de Adidina.
—¡Qué
barbaridad! —me indigné, apretando los puños con saña—.
¿A que a Cecilia se le ocurrió pintar los pasamanos de
la escalera precisamente hoy? ¡Qué muchacha, ésta!
—Cecilia
es la mucama —suspiró Graciela, dando por concluido
el asunto—. Nos tiene cansados con sus torpezas.
—El
servicio doméstico —dijo heroicamente Adidina,
mientras miraba de reojo los pegoteados pelos de su
tapado de visón— cada día viene peor. ¡No sé dónde
vamos a ir a parar las familias pudientes!
No
sospechaba hasta qué punto esta última frase empeoraba
su situación.
—Mañana
mismo —agregué, con gesto trágico e índice
admonitorio— pongo a Cecilia de patitas en la calle.
—Pobre
chica —dijo Graciela—. Justamente ahora que estaba
aprendiendo... Si ya era como de la familia.
—¡De
patitas en la calle! —repetí con mayor énfasis.
—Pero
pensá que la pobre Cecilia es madre soltera, pensá que
tiene dos bebés. ¡No seas inhumano!
—No
soy inhumano —puntualicé—. Soy justo, que es muy
distinto.
—La
justicia no se puede sustentar sin una base humanitaria
—adujo Graciela—. Epicteto decía que, cuando las
nubes cubren el sol, los carpinteros, en cambio,
cosechan manzanas.
—Sí,
pero no olvides que La Rochefoucauld sostenía,
refutando a Voltaire, a Diderot y a Rousseau, que sólo
los males trigonométricos del corazón se originan en
las inmanencias de los serventesios aristotélicos.
—¡Qué
tontería! —exclamó—. ¿Has olvidado, acaso, que
nunca los epifonemas de Mirmecofágido han resistido los
embates de la hipotiposis que preconizaba, en Villurcápolis,
el musageta Erinaceido…?
Y,
dejando desdeñosamente olvidados a los Vitaver,
Graciela y yo nos enfrascamos en una erudita polémica,
abundante de citas disparatadas y autores apócrifos.
Este diálogo fue muy extenso e ilustrativo.
Los
Vitaver escuchaban nuestra conversación, ansiosos por
intervenir pero —negados como eran— sin saber qué
decir. Evidentemente, sufrían..., sufrían muchísimo.
Pero, ¡con qué arte lo disimulaban! También ellos
aspiraban a ser tan mundanos y tan simpáticos como
nosotros: suponían que, en trance similar, Graciela y
yo no hubiéramos perdido nuestra sonrisa.
Al fin,
recordamos la existencia de los Vitaver y los ayudamos a
despojarse de sus impermeables, paraguas y abrigos. Vitaver vestía un magnífico smoking negro, camisa con
puntillas, moñito...: estaba elegante, en la medida en
que aquel atuendo mitigaba su tosca naturaleza de hampón.
Adidina vestía un rutilante vestido de fiesta, blanco y
largo..., estaba profusamente alhajada, finamente
perfumada...
—¡Ay,
Adidina! —exclamó Graciela con admiración, cuando la
luz intensa del comedor cayó de lleno sobre aquellas
maravillas—. ¡Qué elegante, qué mona que está...!
¡Qué vestido precioso...! ¡Y qué zapatos...! ¡Qué
no daría yo por tener ropas así! Pero somos tan
pobres... Miren lo que me tuve que poner... Éstas son
mis mejores ropas...
Los
Vitaver ya habían visto nuestras indumentarias y ya habían
fingido no haber notado nada especial en ellas. Pero
Graciela y yo, implacables, no los íbamos a eximir de
la desagradable experiencia de observar nuestras ropas
mientras, a su vez, eran atentamente observados por
nosotros.
—Mire,
Adidina, mire —repetía Graciela, girando sobre sí
misma como una modelo publicitaria—. Mire, mire.
Estaba
despeinada y sin pintar. Vestía una blusa muy vieja y
remendada, y una sencilla falda, cubierta de lamparones
de grasa y con el ruedo descosido. Tenía medias de seda
perforadas de grandes agujeros y de largas corridas, y,
sobre las medias, un par de soquetes marrones, que
desaparecían parcialmente dentro de unas chancletas
destrozadas.
—Mire,
Adidina, mire...
Adidina
no sabía qué decir.
—¿Y
qué diré yo, entonces? —intervine—. ¡Ni camisa
tengo!
En
efecto, me había puesto un saco grisáceo de barrendero
municipal directamente sobre una agujereada camiseta de
frisa. Alrededor de mi cuello desnudo, ceñía una vieja
corbata deshilachada. Un blancuzco y bolsudo pantalón
de albañil y alpargatas negras completaban mi atuendo.
—Así
es la vida —dije filosóficamente, mientras me rascaba
una barba de cinco días y mascaba un palillo de
dientes—. Así es la vida, amigo Vitaver, así es la
vida.
Vitaver
asintió vagamente con la cabeza, por completo
desorientado.
—Así
es la vida —repitió, como un loro.
—Así
es la vida —insistí todavía—, «ansí es el mundo,
amigazo: / nada dura, don Laguna, / hoy nos ríe la
fortuna, / mañana nos da un guascazo». Fausto,
de Estanislao del Campo. ¿Qué le parece?
—Ah, sí
—se apresuró a decir—. Yo lo leí. Recuerdo que el
viejo Vizcacha...
—¿Usted
sabe qué decía Manrique de los dones de la fortuna?
—lo interrumpí—. Decía: «Que bienes son de
fortuna, / que revuelve con su rueda / presurosa...».
Y le
recité —cosa que me encanta— cinco o seis coplas,
con grandes ademanes y voz impostada.
—¿Se
da cuenta, Vitaver?
—Sí,
sí, qué fabuloso —no había entendido una palabra y
ese adjetivo desdichado venía a agravar sus delitos.
—Hoy
usted está lleno de plata —agregué, pinchándole el
pecho con mi índice—. Tiene éxito social. Tiene
inteligencia. Tiene cultura. Tiene savoir
vivre. Tiene una mujer hermosa. Tiene todo, ¿no es
cierto?
Me
detuve y lo miré fijamente, obligándolo a una
respuesta.
—Bueno...,
tanto como todo... —sonrió fatuamente, como dando a
entender que prefería no ufanarse de sus dones.
—Mañana
puede perderlo todo —dije entonces con lúgubre
acento, para mostrarle otra faceta del drama de la
vida—. Puede perder su fortuna. Puede ir a parar a la
cárcel. Puede enfermar gravemente. Su inteligencia
puede atrofiarse, su cultura diluirse. Su savoir
vivre puede ser despreciado... Su mujer puede
ponerle los cuernos...
Seguí
un largo rato apostrofándolo con la visión de un
futuro atroz de cautiverios, enfermedades y desdichas.
Formábamos una curiosa escena: un mendigo harapiento
pontificaba ante un caballero de rigurosa etiqueta. Éramos
una suerte de alegoría sobre los desengaños del mundo.
Mientras
yo monologaba, los ojillos de los Vitaver saltaban
preocupados de aquí para allá. ¡Qué escarnio, haber
vestido sus mejores ropas y ser recibidos por dos
vagabundos mugrientos, plañideros y melancólicos! «¡Cómo!»,
parecían pensar, «¿y las ropas y las joyas y la
elegancia que siempre lucieron en las fiestas?».
—Nos
hemos quedado sin nada, amigo Vitaver —dije como
respondiendo a su pensamiento—. Ayer inclusive tuvimos
que malvender los muebles del comedor.
Los
Vitaver pasearon entonces —como si fuese necesario—
una estúpida mirada por el evidentemente desierto
comedor.
—Ubi
sunt? Ubi sunt? —subrayé—. Dígame, Vitaver: ubi
sunt?, ubi sunt? Ubi sunt mensa et sellae sex?
—De
modo —dijo Graciela— que no tendremos más remedio
que cenar en la cocina.
—¡Oh,
por favor! No es nada... —dijo Adidina.
—...y
tampoco tenemos mesa en la cocina, así que vamos a
tener que comer sobre el mármol de la mesada. Si
quieren ir pasando...
Yo sabía
el estado en que se hallaba la cocina. Observé los
rostros de los Vitaver: por allí pasaron rápidamente
el estupor, la incredulidad, la cólera reprimida.
La
cocina era una suerte de monumento en homenaje al
desorden, a la desidia, a la suciedad, al abandono.
Dentro de la pileta, semisumergidos en un agua espesa de
tan pringosa, en la que flotaban restos de comidas, se
amontonaban platos, ollas, fuentes, cubiertos, cacerolas
pegajosas... Tirados aquí y allá por el piso, había
decenas de diarios viejos y húmedos. Contra una pared,
se destacaba un enorme tacho de basura, desbordante de
desperdicios, sobre el que corrían y se agitaban
multitudes de moscas, cucarachas y gusanos. Flotaba un
olor de grasa, de frituras, de papel mojado, de agua
estancada...
Los
Vitaver estaban muy serios.
—En
dos minutos —dijo Graciela, procurando en vano dar a
sus palabras un tono optimista— en dos minutos tiendo
el mantel —y señaló el mármol de la pileta,
cubierto también de restos de comidas y latas de
caballa vacías— y comemos... Aunque..., aunque...
Graciela
se echó a llorar estrepitosamente. Adidina, haciéndose
la humanitaria, intentó consolarla.
—Pero,
Graciela, ¿qué le pasa? ¡Por Dios…!
—...
es que, es que... —tartamudeó Graciela, entre
sollozos e hipos—, es que tampoco tenemos mantel...
Yo pegué
un rabioso puñetazo contra la pared, indignado por
aquella infidencia. Pero Graciela estaba incontenible:
—¡Todo,
todo hemos perdido! —aullaba—. ¡No tenemos nada! ¡Todo,
todo, malvendido! ¡Hasta mi vestido de primera comunión!
¡Todo, todo, perdido... por culpa de él!
Y me señaló
con un trágico índice acusador.
—¡¡Graciela!!
—grité yo, melodramático, dándole a entender que
una sola palabra más de ella podría arrastrarme a
cometer un acto irreparable.
—¡Sí,
sí y sí! —insistió, llorando cada vez con más
fuerza y dirigiéndose a los Vitaver, como poniéndolos
de testigos de sus desdichas—. ¡Todo por culpa de él!
¡Yo era feliz en casa de mis padres! Éramos ricos, vivíamos
en San Isidro, en una casa alegre, con un jardín de
rosas... Un mal día, aquella felicidad quedó trunca...
Un mal día llegó un monstruo, un monstruo que estaba
al acecho de mi belleza y de mi juventud, un monstruo
que se aprovechó de mi inocencia...
—¡¡¡Graciela!!!
—insistí, con rabia reconcentrada.
Ella,
ignorándome, continuó dirigiéndose siempre a los
Vitaver:
—El
monstruo tenía forma humana y tenía un nombre: se
llamaba... ¡Arturo! —y subrayó este nombre
oprimiendo el puño cerrado contra su frente—. Y este
monstruo me sacó de mi hogar, me arrancó del cariño
de mis padres y me llevó con él. Y me hizo pasar una
vida de privaciones, y perdió toda mi fortuna en el hipódromo
y en el casino... ¡Y cuando se emborracha, mezclando
ajenjo y vodka, me azota en la espalda desnuda con un látigo
de alambre de nueve colas, y en el extremo de cada cola
hay una bolita de acero!
Ciego de
ira, me lancé contra Graciela y le asesté una sonora
bofetada en la mejilla:
—¡Cállate,
loca y vil mujer! —grité, hablándole de tú, para
que todo fuera más teatralmente trágico—. ¿Cómo
osas hacerme reproches a mí? ¡A mí, pobre víctima de
tus caprichos, tus impertinencias y tus adulterios! ¿Cómo
injurias así a un hombre digno y altivo que, arrancándote
del cieno de la taberna portuaria, te redimió del
pecado y de la culpa casándose contigo?
Y yo
también me puse a llorar y a rivalizar con Graciela
sobre quién gritaba más fuerte. ¡Qué manera de
llorar! Llorábamos con tanto placer, que llegó un
momento en que nuestras lágrimas resultaban casi
sinceras.
Los
Vitaver, pálidos y lóbregos, estaban desconcertados.
Habían llegado a nuestra casa —a la casa de los reyes
de la fiesta— con la certeza de gozar de una velada
agradable, y se encontraban ahora, dentro de sus lujosos
trajes, como espectadores de una incomprensible pelea
entre un matrimonio de menesterosos.
Algo nos
decían, pero nosotros, concentrados en el placer de
nuestro llanto, no les prestábamos atención. Vitaver
me arrastró hasta la pared, cerca del tacho de basura,
palmeándome afectuosamente la espalda.
—Ya
vendrán tiempos mejores, hombre —decía—. Dios
apreta, pero no ahorca.
Ese apreta,
unido a sus pienso de que y a sus estuvistes
habituales, me dio renovados ánimos para la lucha.
—No
hay que desesperar —insistía, y el desesperado era él:
bien se veía que deseaba desaparecer lo antes posible.
Ya
llegaba Adidina, sosteniendo a la desfalleciente
Graciela, hasta mi lado; ya nos instaban a la paz; ya
nos reconciliábamos...
Enjugándose
las lágrimas y sonándose la nariz, Graciela despejó
el mármol a su manera: empujó negligentemente con el
revés del brazo las latas y los platos hasta hacerlos
caer en el agua sucia de la pileta. Pero, de todos
modos, el mármol quedó lleno de migas y restos de
comidas: a guisa de mantel extendió sobre aquellas
protuberancias uno de los diarios que recogió del
suelo. Sobre el diario puso cuatro platos atravesados de
grietas, cuatro cucharas amarillentas, tres vasos
ordinarios de distintos modelos y colores, y una taza
para café con leche.
—Sólo
tenemos tres vasos —explicó—. Yo tomo en la taza.
Nos
sentamos los cuatro contra el mármol. Nuestras rodillas
chocaban con las puertas del aparador que forma parte de
la estructura general de la pileta. Estábamos incomodísimos.
Las moscas revoloteaban sobre nuestras cabezas, las
cucarachas corrían por las paredes, los gusanos se
arrastraban por el suelo. Figura extraña hacía Vitaver,
sentado, en medio de esa suerte de basural, con smoking,
camisa de puntillas y moñito negro, junto a su mujer,
con blanco vestido escotado y valiosas joyas. En cambio,
Graciela y yo guardábamos armónica coherencia con ese
ambiente sórdido y sucio.
—Hay
plato único —dijo Graciela, disculpándose—. Sopa
de cabellos de ángel.
—¡Qué
ricos! —exclamó Adidina, como si alguien pudiera
considerar sabroso ese plato para enfermos.
—Sí,
son ricos —admitió Graciela—. Lástima que, por la
pelea, se quemaron un poco.
Y de una
olla toda chorreada empezó a sacar unas informes
madejas de fideos resecos, quemados y ya fríos, y a
distribuirlos en los platos.
—Adidina
—dijo Graciela—, ya que está al lado de la pileta,
¿no podría llenar los vasos con agua, por favor? Vino
no tenemos...
Adidina
se levantó resignadamente y abrió la canilla. De
acuerdo con lo previsto, el agua brotó con
extraordinaria presión, rebotó en los utensilios de la
pileta y le salpicó a Adidina con restos de comida su
vestido blanco.
Los
Vitaver comían con cara de asco y, para no ofendernos,
trataban de disimularla. Estaban perplejos: ¿éramos
realmente nosotros los reyes de la fiesta...? ¿No seríamos
dos impostores...?
Terminaron
como pudieron su sopa reseca y quemada, bebieron un poco
de agua en los vasos agrietados, y dijeron que querían
retirarse, que tenían no sé qué compromiso... Pese a
que los exhortamos reiteradas veces a comer más sopa,
insistieron en que debían retirarse, desaire que, por
cierto, nos dolió. Vistieron sus abrigos, se cubrieron
con sus impermeables y descendieron la escalera.
—No
toquen el pasamanos —les advertí—. Miren que está
recién pintado.
Antes de
que subieran al coche, los saludamos afectuosamente a
través de la ventana:
—¡Hasta
la vista, amigos! ¡Ha sido un placer! ¡Ojalá pudiéramos
repetir estas reuniones tan gratas más a menudo! ¡Vuelvan
cuando gusten!
Nos
saludaron rápidamente con la mano y se precipitaron
dentro del automóvil, que partió a extraordinaria
velocidad.
4.
Han pasado quince días. Confiábamos en que, durante
ese lapso, los Vitaver nos hubieran calumniado lo
suficiente para disuadir a cualquiera de invitarnos a
otra fiesta. Pero, por desgracia, nuestra fama es
demasiado sólida: no es fácil destruirla mediante el
vilipendio.
De modo
que ahora nos hallamos en otra fiesta. Vestimos nuestros
mejores trajes, nos perfumamos con las más finas
fragancias, lucimos las más costosas joyas, ostentamos
las sonrisas más mundanas, exhibimos la más cálida
cordialidad. Vemos a los Vitaver, con sendas copas, que
sonríen, que sonríen porque sí. Los Vitaver nos ven y
la sonrisa se les congela. Sin dejarlos reaccionar, les
estrechamos con toda naturalidad las manos y rápidamente
nos ponemos a conversar con el matrimonio Carracedo.
Tampoco
los Carracedo nos agradan, por razones similares a las
que nos hacen rechazar a los Vitaver. En cambio, ellos
están deseosos de intimar con nosotros; nos admiran y
esperan obtener ventajas materiales de nuestra relación.
Él es un comerciante enriquecido, experto en estafas,
idóneo en defraudaciones. Para estrechar vínculos,
cree oportuno apelar a las confidencias: me cuenta sus
proyectos económicos, me describe la futura ampliación
de sus negocios, me confía algunos ardides para ganar
dinero ilícito sin consecuencias penales.
Carracedo
sonríe, sonríe porque sí, orgulloso de su sagacidad
comercial, satisfecho de ser tan hábil para multiplicar
su riqueza, feliz de sus posesiones, de su casa de fin
de semana, de su automóvil importado...
Tan
corteses, tan cordiales, tan amistosos se nos muestran
los Carracedo, que, al fin, no invitarlos a cenar en
casa sería una inconcebible grosería, una desatención
sin límites, indigna de los reyes de la fiesta. Los
invitamos, pues: vendrán el sábado.
Y,
entonces, nosotros, Graciela y Arturo, ya
definitivamente arrebatados por el torbellino de la
fiesta, vamos mariposeando de salón en salón,
prodigando sonrisas y besos y apretones de mano. Y
bailamos y ensayamos bromas y festejamos bromas y
decimos agudezas y nos lucimos y nos hacemos admirar y
todos sienten aprecio y también envidia hacia nosotros.
«Son
una pareja encantadora», suelen decir nuestras
amistades. Porque Graciela y yo somos siempre los más
hermosos, los más simpáticos, los más inteligentes.
Porque Graciela y yo aún somos los reyes de la fiesta.
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