Mera
sugestión
Fernando Sorrentino
Mis amigos dicen que yo
soy muy sugestionable. Creo que tienen razón. Como
argumento, aducen un pequeño episodio que me ocurrió el
jueves pasado.
Esa
mañana yo estaba leyendo una novela de terror, y, aunque
era pleno día, me sugestioné. La sugestión me infundió
la idea de que en la cocina había un feroz asesino; y
este feroz asesino, esgrimiendo un enorme puñal,
aguardaba que yo entrase en la cocina para abalanzarse
sobre mí y clavarme el cuchillo en la espalda. De modo
que, pese a que yo estaba sentado frente a la puerta de la
cocina y a que nadie podría haber entrado en ella sin que
yo lo hubiera visto y a que, excepto aquella puerta, la
cocina carecía de otro acceso; pese a todos estos hechos,
yo, sin embargo, estaba enteramente convencido de que el
asesino acechaba tras la puerta cerrada.
De
manera que yo me hallaba sugestionado y no me atrevía a
entrar en la cocina. Esto me preocupaba, pues se acercaba
la hora del almuerzo y sería imprescindible que yo
entrase en la cocina.
Entonces
sonó el timbre.
—¡Entre! —grité sin
levantarme—. Está sin llave.
Entró
el portero del edificio, con dos o tres cartas.
—Se
me durmió la pierna —dije—. ¿No podría ir a la
cocina y traerme un vaso de agua?
El
portero dijo «Cómo no», abrió la puerta de la cocina y
entró. Oí un grito de dolor y el ruido de un cuerpo que,
al caer, arrastraba tras sí platos o botellas. Entonces
salté de mi silla y corrí a la cocina. El portero, con
medio cuerpo sobre la mesa y un enorme puñal clavado en
la espalda, yacía muerto. Ahora, ya tranquilizado, pude
comprobar que, desde luego, en la cocina no había ningún
asesino.
Se
trataba, como es lógico, de un caso de mera sugestión.