Piccirilli
Fernando
Sorrentino
Desde hace tiempo, la capacidad de mi
biblioteca se halla del todo colmada. Tendría que hacerla
ampliar, pero la madera y la mano de obra son caras, y
prefiero postergar esos gastos en favor de otros más
urgentes. Mientras tanto, recurrí a una solución
provisional: coloqué los libros horizontalmente y logré
de este modo aprovechar mejor el poco espacio disponible.
Ya
se sabe que los libros —estén verticales u
horizontales— acumulan polvo y bichos y telarañas. Yo
no tengo tiempo ni paciencia ni vocación para efectuar la
limpieza periódica que convendría.
Hace
unos cuantos meses, en cierto sábado nublado, me decidí,
por fin, a sacar, uno por uno, todos los libros, a darles
una cepillada y a pasar una franela húmeda por los
anaqueles.
En
uno de los estantes más bajos encontré a Piccirilli.
Pese al polvo de esos rincones, su aspecto era, como
siempre, impecable. Pero eso lo advertí después. Al
principio sólo me pareció un cordón o un trozo de género.
Me equivocaba: ya era, de pies a cabeza, Piccirilli. Es
decir, un hombrecillo cabal de cinco centímetros de
estatura.
Absurdamente,
me resultó extraño que estuviese vestido. Desde luego,
no había ninguna razón para que se hallara desnudo, y el
hecho de que Piccirilli sea diminuto no nos autoriza a
pensar en él como en un animal. Dicho, entonces, con más
precisión: no me sorprendió tanto que estuviese vestido
sino cómo vestía: botas altas desbocadas, chaqueta de
amplios faldones, vaporosa camisa de puntillas, sombrero
emplumado, espada a la cintura.
Piccirilli,
con su bigote erizado y su barbita en punta, era el facsímil
viviente y reducido de D'Artagnan, el héroe de Los
tres mosqueteros, tal como lo recordaba de viejas
ilustraciones.
Ahora
bien: ¿por qué lo bauticé Piccirilli y no D'Artagnan,
como parecería lógico? Creo que, sobre todo, por dos
razones que se complementan: la primera es que su físico
aguzado exige, literalmente, las pequeñas íes de Piccirilli
y rechaza, en consecuencia, las robustas aes de D'Artagnan;
la segunda es que, cuando le hablé en francés,
Piccirilli no comprendió una palabra, lo que me demostró
que, al no ser ningún francés, tampoco era D'Artagnan.
Piccirilli
contará cincuenta años; por sus cabellos oscuros corren
unas pocas hebras blancas. Así le calculo yo la edad, a
la manera de los seres de nuestra dimensión. Sólo que no
sé si, para la pequeñez de Piccirilli, el tiempo
estipula idénticas proporciones. Al verlo tan diminuto,
uno tiende —¿injustificadamente?— a pensar que su
vida es más breve y que su tiempo transcurre más rápidamente
que el nuestro, según lo entendemos en las alimañas o en
los insectos.
Pero,
¿quién puede saberlo? Y, aun en caso de ser así, ¿cómo
se explica, entonces, que Piccirilli vista ropas del siglo
XVII? ¿Es admisible que Piccirilli tenga cerca de
cuatrocientos años? ¿Piccirilli, ese ser casi sin
espacio, podrá ser dueño de tanto tiempo? ¿Piccirilli,
ese ser de apariencia tan endeble?
Me
gustaría formularle estas y otras preguntas a Piccirilli,
y que él las respondiera y, de hecho, se las formulo a
menudo, y Piccirilli, en efecto, las responde. Sólo que
no logra hacerse entender, y ni siquiera sé si comprende
mis preguntas. Me escucha, sí, con semblante atento y,
apenas yo callo, se apresura a contestarme. A contestarme:
pero, ¿en qué lengua habla Piccirilli? Ojalá hablara en
una lengua que yo desconociese: lo malo es que habla en
una lengua inexistente en la tierra.
A
despecho de su físico propicio a la i,
la vocecilla atiplada de Piccirilli sólo modula palabras
en que la vocal exclusiva es la o.
Claro que, siendo tan extremadamente agudo el timbre de
voz de Piccirilli, esa o suena casi
como una i. A la vez, ésta es una
mera conjetura de mi parte, pues Piccirilli nunca pronunció
la i, de modo que tampoco puedo
asegurar, por comparación, que aquella o
sea realmente una o y, en rigor, que
sea ninguna otra vocal.
Con
mis escasos conocimientos he procurado determinar qué
lengua habla Piccirilli. Los intentos resultaron
infructuosos, salvo que pude establecer en ella una
invariable sucesión de consonantes y vocales.
Este
descubrimiento podría tener alguna importancia, si uno
estuviera seguro de que, en realidad, Piccirilli habla
alguna lengua. Pues cualquier lengua, por pobre o
primitiva que sea, tendrá una razonable extensión. Y el
caso es que toda el habla de Piccirilli se reduce a esta
frase:
—Dolokotoro
povosoro kolovoko.
La
llamo frase por comodidad, pues quién puede saber qué
encierran esas tres palabras. Si es que son palabras, si
es que son tres: las escribo así porque ésas son las
pausas que, en la monocorde elocución de Piccirilli, creo
percibir.
Que
yo sepa, ninguna lengua europea posee tales características
fónicas. En cuanto a lenguas africanas, americanas o asiáticas,
mi ignorancia es total. Pero ello no me preocupa, pues,
con toda evidencia, Piccirilli es, como nosotros, de
origen europeo.
Por
eso le dirigí frases en español, inglés, francés,
italiano; por eso intenté palabras en alemán. En todos
los casos, la imperturbable vocecilla de Piccirilli
respondía:
—Dolokotoro
povosoro kolovoko.
A
veces, Piccirilli me indigna; otras, siento pena por él.
Es evidente que lamenta no poder hacerse entender y
entablar así alguna conversación con nosotros.
Nosotros
somos mi mujer y yo. La intrusión de Piccirilli no
produjo ningún cambio en nuestras vidas. Y lo cierto es
que apreciamos, y hasta queremos, a Piccirilli, ese mínimo
mosquetero que come atinadamente con nosotros y que guarda
—quién sabe dónde— todo un ajuar proporcionado a su
tamaño.
Aunque
no logro que conteste mis preguntas, sé que sabe que le
decimos Piccirilli y no ha
demostrado oposición a ser llamado así. En ocasiones, mi
mujer lo llama, cariñosamente, Pichi.
Esto me parece un exceso de confianza. Es verdad que la
pequeñez de Piccirilli se presta a motes y diminutivos
amables. Pero, por otra parte, es ya un hombre mayor,
acaso de cuatro siglos de edad, y sería más adecuado
llamarlo señor Piccirilli, salvo
que se hace muy difícil llamar señor
a un hombre tan reducido.
En
general, Piccirilli es atildado y muestra una conducta
ejemplar. Sin embargo, a veces juega, con su espada, a
atacar a las moscas o a las hormigas. Otras, se sienta en
un camioncito de juguete y yo, tirando de una cuerda, le
hago dar largos paseos por el departamento. Éstas son sus
escasas expansiones.
¿Se
aburrirá Piccirilli? ¿Estará solo en el mundo? ¿Tendrá
congéneres? ¿De dónde habrá venido? ¿Cuándo nació?
¿Por qué viste como un mosquetero? ¿Por qué vive con
nosotros? ¿Cuáles son sus propósitos?
Infructuosas
preguntas repetidas centenares de veces, a las que
Piccirilli, monótono, responde:
—Dolokotoro
povosoro kolovoko.
Cuántas
cosas querría saber yo de Piccirilli, cuántos misterios
se llevará con él cuando muera.
Porque,
por desgracia, Piccirilli se encuentra, desde hace algunas
semanas, moribundo. Sufrimos mucho cuando cayó enfermo.
En seguida supimos que gravemente enfermo. ¿Cómo
curarlo? ¿Quién se atrevería a someter al juicio de un
médico el cuerpecito del ser llamado Piccirilli? ¿Qué
explicaciones daríamos? ¿Cómo explicar lo inexplicable,
cómo hablar sobre algo que ignoramos?
Sí,
Piccirilli se nos va. Y nosotros, pasivamente, lo
dejaremos morir. Ya me preocupa saber qué haremos con su
casi intangible cadáver. Pero más, infinitamente más,
me preocupa no haber desentrañado un secreto que tuve
entre las manos y que, sin que pueda evitarlo, se me
escapará para siempre.
Encontrado en: http://www.badosa.com/main.pl?l=en&m=050100&a=sorrentino