El trujamán
Martes, 13 de agosto de 2002

Cuando Antón Pávlovich se perdió en El túnel
Por Fernando Sorrentino

En el capítulo 24 de la novela El túnel (1948), de Ernesto Sábato, al narrador-protagonista en primera persona (Juan Pablo Castel) el personaje llamado Hunter le presenta a:

(...) una mujer flaca que fumaba con una boquilla larguísima. Tenía acento parisiense, se llamaba Mimí Allende, era malvada y miope.

En el capítulo 25 se produce una especie de contrapunto entre la desazón del protagonista (que, obsesionado por la ausencia de María Iribarne, no presta mayor atención al diálogo entre Mimí y Hunter) y unas digresiones bastante divertidas en torno de distintos aspectos del arte, de la novela policial y de cuestiones de traducción.

Aunque Sábato pretende mostrarnos a Mimí no sólo como persona insoportablemente afectada sino también como cultora del desatino, lo cierto es que —a pesar de las intenciones de tan angustiado intelectual— lo que ella afirma resulta muy sensato:

Yo leí una vez una traducción francesa de Tchékhov donde te encontrabas, por ejemplo, con una palabra como ichvochnik (o algo por el estilo) y había una llamada. Te ibas al pie de la página y te encontrabas con que significaba, pongo por caso, porteur. Imagínate que en ese caso no se explica uno por qué no ponen en ruso también palabras como malgré o avant.

Creo que Mimí tiene toda la razón del mundo y que precisamente ésa es la opinión de Sábato (sólo se trata de un caso —no infrecuente— en que el literato, olvidando la psicología de su personaje, pone en boca de éste palabras que pertenecen al autor pero no al personaje).

Ahora bien, Hunter —entiendo que también muy juiciosamente— le objeta a Mimí:

—Te vuelvo a repetir, Mimí, que no hay motivos para que digás los nombres rusos en francés. ¿Por qué en vez de decir Tchékhov no decís Chéjov, que se parece más al original?

Muy bien. Hunter —abstracción hecha del pleonasmo te vuelvo a repetir— está en lo cierto. Pero ¿qué diablos significa la grafía Tchékhov?

Si el lector está ligeramente familiarizado con la lengua francesa, se dará cuenta de que deberá pronunciar algo muy parecido a tshejóv, según la costumbre gala de darles terminación aguda a los apellidos extranjeros.

Pero, si el lector es un humilde monogloto que sólo entiende el español, leerá la grafía Tchékhov como si sonara tchékov o, más probablemente, tchékob. Con lo cual habrá inventado un escritor inexistente.

Digamos que Sábato ha confundido el campo acústico de los fonemas que oímos con el campo visual de los signos gráficos convencionales que llamamos letras. En rigor, para expresar cabalmente lo que quiso decir, debería haber escrito que Hunter dijo:

¿Por qué en vez de decir Tshejov no decís Chéjov, que se parece más al original?

Eso mismo opino yo. Sábato tiene razón en el concepto, pero lo transmite de manera equivocada.

Encontrado en: http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/agosto_02/13082002.htm