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De la graciosa manera que tuvo don Juan Domingo de restaurar el lunfardo Por Fernando Sorrentino Los afanes de Segismundo y la resurrección del bondi Uno de los tantos golpes militares que asolaron la vida política argentina desde el 6 de septiembre de 1930 hasta el 24 de marzo de 1976 derrocó, el 4 de junio de 1943, al presidente conservador Ramón S. Castillo (quien, dicho con el respeto que merece tan fraudulento difunto, llegó al poder como resultado de diversas artimañas electorales). Tres generales se sucedieron ilícitamente en el cargo de presidente de la nación argentina: el fantasmal Arturo Rawson (efímero como un suspiro de muchacha enamorada, aunque no tan dulce); Pedro Pablo Ramírez (que perduró hasta marzo de 1944) y Edelmiro J. Farrell (que entregó el gobierno al presidente constitucional elegido en febrero de 1946: Juan Domingo Perón).A mediados de 1943, bajo la presidencia de Ramírez, el gobierno, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció conveniente y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, imponer la censura a los tangos cuyas letras incluyeran algún término lunfardo. Y no sólo lunfardo, sino, en ciertos casos, cualquier palabra o giro meramente vulgar o familiar u oral (quedando la determinación del nivel de lengua librado al criterio del ínclito censor, en su faceta de lingüista autodidacto). En la imbecilidad extrema confluyen la tragedia y el jolgorio. Veamos algunos pocos de los sorprendentes botones de muestra que obtuvo la expurgación. El tango Shusheta, de Enrique Cadícamo (1920), fue rebautizado como El aristócrata, y Chiqué, de Ricardo Luis Brignolo (1920), como El elegante. En Esta noche me emborracho, de Enrique Santos Discépolo (1928), el eneasílabo «sola, fané, descangayada» fue traducido, con una sílaba de más, en estilo bobo, como «sola, deslucida y averiada» (este último adjetivo parece más aplicable a máquinas que a mujeres). El tango Chorra, también de Discépolo (1928), sufrió parecido estropicio: el apóstrofe furioso («Chorra, vos, tu vieja y tu papá») del pobre infeliz a quien la terrible familia de su cónyuge ha dejado en la miseria se convierte en reconvención de monjita de novela decimonónica a alguna pupila de tendencia rapaz: «ladrona, tú, tu padre y tu mamá». La maravillosa sordidez de El ciruja (Francisco Alfredo Marino, 1926) —que juntaba desperdicios entre la basura— se transformó en El recolector, pulcro coleccionista: acaso delicado numismático o filatelista sutil. Mi noche triste (Pascual Contursi, 1917) comienza con un inmejorable octosílabo; pero «percanta que me amuraste» pasó a ser «muchacha que me dejaste», donde muchacha no implica la adjetivación que carga percanta y donde dejaste es verbo carente de los adverbios tácitos que tiene amuraste. Conclusión obvia: quitarles a los tangos las expresiones lunfardas y/o pintorescas y/o familiares produce efectos tan catastróficos, estériles y paralizantes como los que desencadenarían extirparle a Luis de Góngora los hipérbatos o enmendarle al Martín Fierro la morfología gauchesca de su vocabulario. Para solicitar la derogación de la norma demencial, doce próceres (ya que son doce, será mejor llamarlos apóstoles) del tango (Santiago Adamini, Lito Bayardo [Manuel Juan García Ferrari], Enrique Cadícamo, Francisco Canaro, Charlo [Juan Carlos Pérez de la Riestra], Homero Manzi[one], Enrique P. Maroni, José Razzano, Luis Rubinstein, Rodolfo Sciammarella, Aníbal Troilo y Alberto Vacarezza) consiguieron, el 25 de marzo de 1946, una entrevista con el presidente Juan Domingo Perón. Alberto Vacarezza —el inspirado autor del sainete de los sainetes: El conventillo de la Paloma (1929)— escribió también las letras de varios tangos de renombre. Unos días antes del encuentro con el presidente, un carterista, en el tranvía, le había robado la billetera, hecho menor que, sin embargo, trascendió a terceras personas. Homero Manzi fue el encargado de presentarle, de manera sucesiva e individual, los artistas a Perón, quien iba saludando a cada uno de ellos. Cuando Manzi dijo «Alberto Vacarezza», Perón le estrechó la mano y exclamó, entre risueño y asombrado: — ¡Don Alberto! ¿Así que en el bondi le afanaron la billetera? Los tangueros estallaron en una cordial carcajada: habían comprendido que la censura al lunfardo acababa de eliminarse. Gracias a Dios. |
Encontrado en: http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/noviembre_01/29112001.htm