El trujamán
Jueves, 15 de noviembre de 2001

El ilimitado don Francisco Soto y Calvo

Por Fernando Sorrentino

Sin que ahora logre determinar dónde ni cuándo, recuerdo que en cierta entrevista Jorge Luis Borges se refirió, de una manera por donde parecía correr una sonrisa irónica, a don Francisco Soto y Calvo.

Este poeta menor, de vena versátil y torrencial, y ahora casi totalmente olvidado, vivió entre 1860 y 1936. Dedicó, sin embargo, la mayor parte de sus afanes y de su tiempo no a su obra propia sino a la traducción poética, y en esta labor avasalladora no se fijó otros límites que la conclusión de su vida.

Los títulos de algunos de sus libros indican que traducía de variadas lenguas: Cien joyas de Byron (1924); Joyario de Camoens (1924); Joyario de Poe (1926); Antología de la poesía griega (1929); Astros («los más grandes líricos del mundo occidental»; 1929), etcétera. A estas publicaciones deben añadirse unos setenta volúmenes inéditos de traducciones, que incluyen las versiones españolas de La divina comedia, de Dante Alighieri; Cirano de Bergerac, de Edmond Rostand; Los argonautas, de Apolonio de Rodas; La Atlántida, de Jacint Verdaguer, el Kalidasa, el Kalevala, etcétera, etcétera.

Ignoro el nivel de los méritos de don Francisco en su labor de traductor. Pero no me cabe la menor duda de que sería un hombre más que gracioso, a juzgar por la veneración con que se pinta a sí mismo. En el prólogo a su traducción del Kalevala escribió:

Ella [su biblioteca particular] ha sido constantemente no sólo la Ninfa Egeria sino la Musa Inspiradora en esta fiebre continua de más de medio siglo, que deja a la República Argentina, mi patria queridísima, el conjunto más grande de traducciones con que cuente país alguno del mundo. […]. Conozco suficientemente varios de los idiomas de que traduzco: confuto y comparo textos con una paciencia heroica, y es pasmosa, por lo fácil y ágil, mi comprensión y mi plasmación de la belleza que discierno; además, mi resistencia para el trabajo no es ya de nuestros días, y el placer con que la gozo es casi una especie de enfermedad deliciosa […].

(Revista Nosotros, t. LXX, año XXIV, n.os 258-259,
noviembre-diciembre de 1930, págs. 169-170)

Aquellos setenta volúmenes originales, «listos para publicar», se hallan —al menos en teoría— depositados en la Biblioteca Nacional de la República Argentina: cosa muy importante sería salvarlos del deterioro o de la destrucción. Un hombre que escribe con tanta alegría vital no puede no resultarme simpático, y es posible que procure volver a él en el futuro.

Encontrado en: http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/noviembre_01/15112001.htm