El vuelo del águila
Por Fernando Sorrentino
En el trujamán
titulado El
ilimitado don Francisco Soto y Calvo escribí:
Sin que ahora logre determinar
dónde ni cuándo, recuerdo que en cierta entrevista Jorge Luis Borges
se refirió, de una manera por donde parecía correr una sonrisa irónica,
a don Francisco Soto y Calvo.
«Debo a la conjunción» de mi
memoria y el azar el hallazgo del texto en cuestión. Se encuentra en el
libro de Roberto Alifano El humor de Borges (Buenos Aires, Proa,
2000). Habla —no escribe— Borges y, por supuesto, vale la pena
escucharlo con atención:
[Francisco Soto y Calvo] era un
hombre solemne, sin ningún sentido del humor. Él era estanciero,
poeta, traductor y también editor. Soto y Calvo consagró toda su vida
a las traducciones y a la poesía: un amor no correspondido, por
supuesto, ya que era un poeta mínimo. Ahora, siguiendo aquello que dijo
Bernard Shaw, yo no puedo referirme a este amigo mío en otro tono que
no sea el del humor. Involuntariamente, su obra de traductor está llena
de disparates y no se la puede ver en otra forma que no sea la del
humor. Era el único traductor que traducía del idioma inglés sin
conocer inglés, conociendo solamente el idioma castellano. Un caso
curioso, ¿no? Soto y Calvo partía de la teoría de que había que
traducir palabras, en el mismo orden y con el mismo número de sílabas.
Yo le señalé, alguna vez, que esto era imposible. Por lo pronto, las
mismas palabras, en el mismo orden, ya presupone una sintaxis similar en
los idiomas. En inglés, en alemán o en francés se debe anteponer el
sujeto al verbo: en cambio, en castellano no. Por ejemplo, si yo digo «llegó
un jinete», «un jinete llegó», es lo mismo; pero en otro idioma no
se puede empezar por el verbo. Esto, obviamente, no le importaba para
nada a Soto y Calvo. Él sostenía, convencido, que con su sistema se
podía traducir correctamente.
[…]
Una vez me leyó una traducción
que había hecho de Al Aaraaf, ese poema largo de Edgar Allan Poe,
donde por primera vez se fusionan la técnica y la poesía. Recuerdo que
un verso decía así: The eternal voice of God is passing by, / And
the red winds are withering in the sky! («¡Pasa la voz eterna de
Dios, / y los rojos vientos se marchitan en el cielo!»). Soto y Calvo
me leyó su traducción, realizada con las mismas palabras, con el mismo
orden y con el mismo número de sílabas, y decía: «Ya no brama en la
esfera el hórrido aquilón». Yo, entonces, observé tímidamente que
me parecía que no eran las mismas palabras, en el mismo orden y con el
mismo número de sílabas. Y Soto y Calvo me contestó: «Yo esperaba
algo mejor de usted, Borges; el águila vuela muy alto». Esto lo dijo
con cierta indulgencia hacia mí; el águila era él, por supuesto.
Desde luego, si yo fuera juez,
consideraría con reservas este testimonio de Borges: son más que
evidentes la alegría de crear ficción y de improvisar oralmente una anécdota
graciosa, y también el placer humorístico de la hipérbole y del
embuste.
Y está muy bien que sea así,
pues siempre he sido de la idea de que la literatura debe ser más bella
que la verdad.
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