El trujamán
Lunes, 11 de noviembre de 2002

Juegos latinos
Por Fernando Sorrentino

La biblioteca de la Academia Argentina de Letras me resulta un lugar especialmente acogedor y simpático, entre otras razones porque sus libros versan en exclusividad sobre humanidades, sus bibliotecarios son eficaces y cordiales, y sus lectores somos pocos, silenciosos y voluntarios.

Hacia 1995 buscaba yo una información —tan menor como huidiza— sobre un poeta argentino de centésimo orden que había publicado en los albores del siglo XX. Un hombre de cierta edad, que se hallaba leyendo a pocos metros de donde yo lidiaba con mis tribulaciones, me dijo algo así como: «Discúlpeme que me inmiscuya en su trabajo, pero creo que puedo ayudarlo a encontrar lo que necesita...». Y, en efecto, con precisión y con memoria me condujo muy rápidamente a donde yo deseaba llegar.

Desde esa tarde en adelante, se hizo costumbre que, cada vez que yo concurría a la Academia, mantuviera con este agradabilísimo caballero —que solía estar allí casi todas las tardes— larguísimas conversaciones.

Resultó ser el doctor Gerardo Horacio Pagés, catedrático de latín en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y hombre que —además de su sapiencia en lenguas clásicas y modernas, lingüística, literatura, historia, gramática y todas las cuestiones afines imaginables e inimaginables— podía, con total soltura, analizar los recovecos de una letra de tango, relatar vívidas anécdotas de escritores que él había conocido, instruirme sobre alguna paradoja que consentía el reglamento del rugby, describir los combates pugilísticos entre José María Gatica y Alfredo Prada, exponer las características del tenor Giovanni Martinelli, ilustrarme sobre las diferencias entre el léxico guaraní del Paraguay y el de la mesopotamia argentina, o explayarse sobre las muchas virtudes y los escasos defectos de eximios futbolistas de otrora como José Manuel Moreno u Oreste Omar Corbatta. Etcétera, etcétera, etcétera.

En una ocasión, me preguntó si yo conocía el vocablo lunfardo embrocantes. Lo cierto era que yo sólo había oído tal palabra en el tango Soy una fiera (Francisco Martino) y que, aunque no podría en aquel momento explicar su formación y etimología, me daba cuenta, por el contexto, de que significaba ‘anteojos, largavistas, prismáticos, binoculares’. Unos minutos más tarde, y sin que pudiera establecer qué laberintos del diálogo nos habían conducido a este nuevo tema, Gerardo Pagés me explicaba los pasos y las conclusiones de su investigación sobre otros matices etimológicos y semánticos del adjetivo sencido («un prado / verde e bien sençido», Berceo, Milagros de Nuestra Señora, 2bc).* Al rato, yo, atentísimo, lo escuchaba evaluar, mediante un razonado sistema de comparaciones, los méritos de Enrique García, Ezra Sued y Félix Loustau (los tres punteros izquierdos más perfectos del fútbol argentino, lo que equivale a decir del mundo entero).

Así eran nuestros diálogos.

En Ludus (IV, 4, julio de 1995), revista del Colegio Nacional de Buenos Aires que dirige mi amigo Raúl Lavalle (autor del trujamán «Una vieja traducción de Heine»), hay un breve trabajo de Romina Volcovich que registra juegos con oraciones latinas cuya resonancia cómica nada tiene que ver con su recto equivalente español. Aclara que los ejemplos fueron aportados por Gerardo Pagés y por Horacio Sanguinetti (rector del colegio y ex alumno de aquél):

Vacat toro ter Nero no significa «vaca, toro, ternero» sino «Nerón reposó tres veces en el lecho».

Non est peccatum occidere patrem suum no significa «no es pecado matar al padre suyo» sino «no es pecado matar al padre de los chanchos».

Mater tua mala burra est no significa «tu madre es una mala burra» sino «tu madre come manzanas rojas».

Si en español alguien dijera cedo mi sopita de caldo de carne para tu lora, esa oración sería gramaticalmente correcta aunque, desde el punto de vista lógico, tendría sus puntas de extravagancia e irrealidad. Sin embargo, como está en latín, significa: «Vamos, tú, adormecida por el calor, prepara tientos [sacándolos] de la carne».

Y, a la inversa, podemos traducir esta oración española, «¡cómo me río de vosotros!», al latín: Manduco me flumen de vobis!

Pues bien, según los vaivenes de mis actividades, a veces dejaba transcurrir muchos meses sin acercarme a la biblioteca. Hacia mediados del año 2000, volví a ella y, con gran pesar, me enteré de que el doctor Pagés se hallaba gravemente enfermo. Y, en efecto, unos días más tarde, el 17 de junio de 2000, falleció en Buenos Aires, ciudad donde había nacido el 27 de octubre de 1920.

Lo cierto es que, con el pretexto de estas gracias latinas, he podido rendir un modesto homenaje a un hombre a quien yo admiré sin límites. Y que, probablemente, sintiera alguna simpatía hacia mí.

(*) Gerardo H. Pagés, «Para la etimología de sencido,-a», Boletín de la Academia Argentina de Letras, LXI, 1996, págs. 73-79. flecha8x8.gif (166 bytes)

Encontrado en: http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/noviembre_02/11112002.htm