El trujamán
Viernes, 26 de octubre de 2001

Otra acepción de lenguaraz

Por Fernando Sorrentino

El vocablo lenguaraz, como sinónimo exclusivo y excluyente de trujamán en el habla argentina del siglo XIX, aparece muchísimas veces en Una excursión a los indios ranqueles (1870), de Lucio V. Mansilla, y sólo una en Santos Vega o Los mellizos de la Flor (1872), de Hilario Ascasubi:

Un tal Bruno Salvador,
porteñazo lenguaraz,
era entonces capataz
de la Estancia de la Flor


                             (canto XII)

Nótese que la Excursión y el Santos Vega son dos obras prácticamente coetáneas. Quise verificar si el término había sido empleado en la literatura con anterioridad, y entonces busqué, de modo infructuoso, en tres lugares.

Lo cierto es que el término no aparece:

1) ni en los «Cielitos y diálogos patrióticos» (1812-1822) de Bartolomé Hidalgo (1788-1822 —¿ó 1823?—);

2) ni en «La cautiva» (1837) de Esteban Echeverría (1805-1851);

3) ni en el Facundo (1845) de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888).

Pero vuelve a aparecer en 1879 (Martín Fierro, II, ii, 247):

Vino al fin el lenguaraz
como a trairnos el perdón;
nos dijo: «La salvación
se la deben a un cacique;
me manda que les esplique
que se trata de un malón».

Carlos Alberto Leguizamón, en su labor de escoliasta del Martín Fierro (Buenos Aires, Kapelusz, 7.ª ed., 1965, pág. 97), aporta otro dato: «En España [al lenguaraz] se le llamaba lengua: “El Marqués estava avisado por una lengua que los nuestros la truxeron” (Hurtado de Mendoza, Guerra de Granada)».

El DRAE (1992) brinda dos acepciones de la palabra lenguaraz:

1. Que domina dos o más lenguas.
2. Deslenguado, atrevido en el hablar.

Vemos que, tanto en Mansilla como en Ascasubi y en Hernández, el término es utilizado de manera exclusiva en la primera acepción.

Sin embargo, andando el siglo XX, el vocablo aparece con otro sentido en Don Segundo Sombra (1926), la celebérrima novela de ambiente rural de Ricardo Güiraldes (1886-1927):

Pero los años, pa’l que se divierte, juyen pronto, de suerte que, cumplido el vigésimo, Miseria quiso dar fin cabal a su palabra y rumbió al pago de su herrería.

A todo esto Lilí [un diablo menor], que era medio lenguarás y alcahuete, había contao en los infiernos el encanto’e la silla.

— Hay que andar con ojo alerta —había dicho Lucifer—. Ese viejo está protegido y es ladino. Dos serán los que lo van a buscar al fin del trato.

Por esto jue que al apiarse en el rancho, Miseria vido que lo estaban esperando dos hombres, y uno de ellos era Lilí. (…)

Ante todo, puntualizaré el hecho obvio de que la grafía lenguarás no tiene justificación alguna.

Luego señalaré que Güiraldes emplea el término con una acepción no registrada por el DRAE: la de ‘persona indiscreta, persona con incontinencia verbal, persona que no sabe callar’. Tal sentido aparece reforzado por el sustantivo alcahuete, que aquí no tiene la acepción celestinesca de ‘tercero en amores’, sino, precisamente, la misma de lenguaraz (en la Argentina, un niño alcahuete es el que, ante la maestra, acusa a sus compañeros):

Ahora bien, debo confesar que, según mis recuerdos, jamás he oído a nadie pronunciar la palabra lenguaraz en ninguno de los tres sentidos examinados ni en ningún otro: es posible que su empleo se limite a ciertas obras literarias.

Sí he oído, con la acepción de ‘deslenguado, atrevido en el hablar’, dos expresiones próximas: lengua larga y lengua de trapo.

Encontrado en: http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/octubre_01/26102001.htm