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Un vos extemporáneo Por Fernando Sorrentino Digamos un escritor español y un escritor argentino que hayan nacido, como el novelista inglés Charles Dickens (1812-1870), alrededor de 1810. Entonces elijo a Mariano José de Larra (1809-1837), el mordaz Fígaro que, en los Artículos de costumbres, con el maravilloso humorismo de su mal humor solía, y suele, hacerme pasar muy placenteros ratos de lectura. Casi de la misma edad que Larra fue su admirador argentino Juan Bautista Alberdi (1810-1884). Hasta tal punto lo admiraba que, si Larra decidió ser Fígaro, Alberdi, para declararse su discípulo, se hizo Figarillo (respetuoso seudónimo en diminutivo). Como se sabe, Alberdi fue hombre de múltiples inquietudes culturales y, entre ellas, la literatura no ocupó precisamente el lugar más importante. Examinemos cómo dialogan los personajes de Larra:
Como vemos, Fígaro y el señor Sin Demora conversan, no utilizando el usted que figura en el título del artículo, sino empleando el ceremonioso vos de respeto, con el verbo en plural. Pero me parece obvio que, mediante este artilugio, Larra —sin decirlo explícitamente— nos está dando a entender que ambos amigos están conversando en francés (vous), la lengua de monsieur Sans-Délai. Consignada esta excepción, lo normal es el empleo del usted, con el verbo y los pronombres, naturalmente, en tercera persona.
En la llanura de Buenos Aires podemos ejemplificar con El gigante Amapolas, farsa que Alberdi escribió para satirizar —trocando una flor por la otra— al gobernador Juan Manuel de Rosas:
No harán falta profundos estudios para demostrar lo archisabido: que, en el siglo XIX, tanto en España como en América el pronombre de tratamiento de respeto llano es el mismo usted que continuamos empleando hoy. Entonces, sería interesante saber por qué, donde Dickens escribió, por ejemplo:
el traductor vertió:
Esas formas de la conjugación, en extremo laboriosas y pesadas, no sólo no se emplean en los países hispanohablantes en la lengua actual, sino que tampoco se empleaban en la época en que Dickens escribía sus novelas. Los motivos que habrán inducido al traductor a adoptar un criterio tan extenuante como extemporáneo representan para mí un enigma insondable. Unas doce mil páginas de ejemplos de este vos mayestático pueden consultarse en las Obras completas de Dickens (6 tomos, Madrid, Aguilar, 1952). Los textos, en su mayor parte —entre ellos el fragmento transcripto—, fueron traducidos por José Méndez Herrera; un número menor de ellos, por Amando Lázaro Ros. |
Encontrado en: http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/febrero_02/27022002.htm