El trujamán
Viernes, 3 de agosto de 2001


Avatares de un ciruja cerca del duomo

Por Fernando Sorrentino

En abril de 1999, y con el título de Sette conversazioni con Borges, y «A cura di Lucio D’Arcangelo», Arnoldo Mondadori Editore publicó en Milán la versión italiana de mi libro Siete conversaciones con Jorge Luis Borges.

En su momento, recibí en Buenos Aires las pruebas de imprenta de la traducción italiana. Tras revisarlas con la atención que merecían, envié, el 19 de enero de 1999, una extensa carta a Lucio D’Arcangelo, en la que señalaba una cantidad de errores de traducción, nunca imputables a ignorancia del español sino a desconocimiento de algunos aspectos de la cultura argentina (por ejemplo, confundir cuadrera, ‘carrera de caballos’, con cuadra, ‘caballeriza’).

Afectado de un mutismo que envidiaría la momia de un faraón, D’Arcangelo jamás respondió una sola palabra. Pero, en general, siguió casi todas mis indicaciones y corrigió casi todo lo que había que corregir.

En las páginas 43-44 del original español Borges dice:

(…) y yo, que he conocido algo a los malevos, he observado —cualquiera puede observarlo— que casi nunca usan el lunfardo. O no sé: usarán una palabra de vez en cuando. Por ejemplo:

Era un mosaico diquero,
que yugaba de quemera.

Si alguien hablara así, pensaríamos que se ha vuelto loco o que está ensayando una broma. Porque nadie habla así. Todo ese lenguaje de las letras de tango, que tomó en serio Américo Castro, es un juego literario, no más.

Los octosílabos lunfardos son obra de Francisco Alfredo Marino (1904-1973) y pertenecen al tango El ciruja (1926). Ciruja es apócope humorística de cirujano, y designa al pobre diablo que vive de recoger desechos de los vaciaderos de basura. Formulada esta aclaración, voy a traducir los versos del lunfardo al español:

Era una muchacha presuntuosa
que trabajaba en la quema [de basura].

En las pruebas italianas, Lucio D’Arcangelo colocó un asterisco en el vocablo diquero para explicar su significado. El asterisco remitía al pie de página, donde —azorado— leí:

*È anagramma di «querido». [N.d.T.]

Como este aserto constituye un disparate mayúsculo, en mi carta le expliqué:

Diquero no es anagrama de «querido»; es palabra que viene del caló español. Adjunto fotocopia del libro de la máxima autoridad en cuestiones de lunfardo, don José Gobello.

Y, en efecto, le mandé fotocopia de la página 26 de Vieja y nueva lunfardía (1963), donde, en el apartado «Del caló», Gobello nos ilustra con su sapiencia habitual:

Dique y diquero son palabras intrigantes. Creo haber deshecho la intriga mediante dicar, que en caló es ver. A comienzos de siglo dar dique era enseñar o dejar ver un objeto, al mismo tiempo que se lo cambiaba por otro sin que lo notara el interesado: una variante prestímana de la estafa. Como muchos otros modismos de la técnica ladronil, adquirió pronto un sentido traslaticio, y dar dique comenzó a ser, simplemente, engañar con falsas apariencias. (...). Luego a quien daba dique, o se daba dique, como se dice ahora, se lo llamó diquero. Tal como en los siguientes versos de El ciruja, menos esotéricos de lo que a simple vista parecen si se tiene en cuenta que mosaico no es sino una deformación de moza:

Era un mosaico diquero
que la yugaba e’quemera,
hija de una curandera
mechera de profesión.

(Nótese una ligera variante en el segundo verso. En rigor, hay elisión del fonema /d/; entonces debería ser que la yugaba’e quemera.)

Cuando, hacia mediados de 1999, tuve en mis manos el ejemplar de las Sette conversazioni con Borges, comprobé —doblemente azorado ante el hecho irreparable— que, al pie de la página 39, se hallaba esta información:

*È anagramma di «querido». [N.d.T.].

Sin embargo, en la página 56, D’Arcangelo añade a mi nota 26 el siguiente corchete, que contradice (y, por suerte, enmienda) la información anterior:

[Esempio di stretto linguaggio gergale, il cui senso è il seguente: «Era una ragazzotta presuntuosa / che lavorava da robivecchi». N.d.T.].