El trujamán
Miércoles, 16 de agosto de 2000


En el desliz de la uve a la be, un traductor distraído puede beber un indigesto cuatro (I)

Por Fernando Sorrentino

Hace muchos años leí el Egmont (1788) en la traducción española que, para la edición de Aguilar (Madrid, 1944) de las Obras completas de Goethe, realizó don Rafael Cansinos Assens.

Y, aunque no siempre leo poniendo toda la atención que se debiera, hubo, ya muy al principio, unos diálogos que me sorprendieron y me hicieron poner en actitud de alerta. Transcribo íntegra y escrupulosamente las dos primeras escenas del acto primero:

Escena primera
Disparos de arcabuces. Soldados y paisanos armados de arcabuces.
Jetter (sastre) y Soest (tendero), ambos ciudadanos de Bruselas.

Soest. — (A Jetter, que le apunta con su arma.) ¡Vaya, disparad, y acabemos de una vez! ¡No me cogeréis! Tres aros negros: en toda vuestra vida no hicisteis ese blanco. Así que este año soy yo el maestro.
Jetter. — Maestro y rey también. ¿Quién se os pondría en frente? Así que debéis pagar doble escote; habéis de pagar por vuestra habilidad, según es justo.

Escena II
Dichos y Buyck, holandés, al servicio de Egmont.

Buyck. — Jetter, en vos delego: haced las particiones de lo ganado y obsequiad a los señores; yo ya llevo aquí harto tiempo y soy deudor de hartas atenciones. Si fallo será como si hubiereis tirado vos.
Soest. — Debería oponerme, pues realmente salgo perdiendo. Pero, Buyck, siempre adelante.
Buyck. — (Disparando.) Ahora, ¡Pritschmeister, reverencia!… ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!… ¡Cerveza!
Soest. — ¿Cuatro aros? ¡Sea!
Todos. — ¡Viva el rey! ¡Viva! ¡Viva!
Buyck. — Gracias, señores. Ser maestro ya era mucho. ¡Gracias por el honor!
Jetter. — Eso, agradecéoslo a vos mismo.

Este breve parlamento parece entablado por un conjunto de personas que, en el mejor de los casos, sufren de incoherencia verbal, y que, en el peor, son víctimas de alguna forma del despropósito. No resulta verosímil que Goethe haya compuesto estas escenas inconexas, en las que cada personaje habla solo, sin prestar atención a su interlocutor, y, en consecuencia, responde, como si fuera sordo o como si estuviera loco, con las primeras palabras que acuden a su lengua.

No pude menos que formularme, al menos, unas cuantas preguntas, que, en rigor, pudieron haber sido bastantes más:

1) Disparos de arcabuces: ¿será verdad?

2) Jetter apunta con su arma a Soest: ¿será verdad? ¿Por qué haría tal cosa?

3) Soest contesta: «¡Vaya, disparad, y acabemos de una vez!», lo cual significa que Soest exhorta a Jetter a que se resuelva a matarlo en seguida. ¿Será verdad esta escena tan trágica y tan épica, protagonizada sin embargo por un pacífico sastre y un no menos pacífico tendero? A continuación agrega: «¡No me cogeréis!». ¿Qué habrá querido decir el buen Soest, que, a esta altura de la ficción, ya se halla, totalmente cogido, en poder de Jetter (ya que, en efecto, éste lo está apuntando con su arma)?

4) ¿Quién o qué es ese «Pritschmeister», del cual nadie ha hablado hasta ahora y que aparece yuxtapuesto a un «reverencia» que no sabemos si es sustantivo o verbo?

5) ¿Por qué, cuando Buyck exclama «¡Cerveza!», Soest le contesta con una frase tan enigmática como «¿Cuatro aros?»

El camino que recorrí para elucidar las respuestas, y las propias respuestas, requieren mostrarse en el próximo El trujamán.