El trujamán
Miércoles, 6 de junio de 2001


Literatura y ciencias naturales

Por Fernando Sorrentino

En el trujamán titulado «Al Parnaso por medio de la traducción» me ocupé de José Antonio Miralla (1789-1825) y de su versión española («Elegía en el cementerio de una aldea») de la «Elegy Written in a Country Churchyard», del poeta inglés Thomas Gray (1716-1771).

Allí, con toda deliberación, transcribí un pasaje algo gárrulo de don Fermín Estrella Gutiérrez:

Los otros traductores españoles de la célebre «Elegía», se ven forzados, según Menéndez y Pelayo, a usar muchas más palabras que las que hay en el original inglés —una tercera parte más de versos casi siempre—, acudiendo a paráfrasis y amplificaciones que desnaturalizan por completo el poema, no ocurriendo así con la versión de Miralla, siempre fiel, y que «en algunas estrofas —dice el ilustre crítico— acertó a no perder nada del texto y a calcarle en una expresión sobria y castiza, sin afectación ni violencia». Las estrofas de este poema están trabajadas con una conciencia artística rara en esta época en nuestras letras […].

Etcétera, etcétera.

Ahora bien, de que los versos de Miralla están construidos con pulcritud y elegancia y de que suenan muy bien, no caben dudas. Pero que la traducción sea «siempre fiel» es una loable expresión de deseos de don Marcelino o de don Fermín.

Veamos, por ejemplo, la estrofa cuarta:

Bajo esos tilos y olmos sombreados
do el suelo en varios túmulos ondea,
para siempre en sus nichos colocados
duermen los rudos padres de la aldea.

El original inglés dice:

Beneath those rugged elms, that yew-tree’s shade,
Where heaves the turf in many a mould’ring heap,
Each in his narrow cell for ever laid,
The rude forefathers of the hamlet sleep.

Aceptemos como lícita figura la metonimia de reemplazar el sujeto por el objeto: es evidente que los árboles no están «sombreados» (no reciben sombra) sino que son sombreadores, es decir, proyectan sombra.

Para no pecar de sutil, eludiré los matices finos; sin embargo, creo que aquí caben, al menos, dos observaciones gruesas:

La primera observación se refiere al segundo verso: «do el suelo en varios túmulos ondea» constituye un excelente endecasílabo de 6.ª, pero, aunque túmulo tiene siempre una connotación fúnebre, no da la idea de degradación o podredumbre que hay en la frase mould’ring heap. Es posible que una aproximación razonable sea: «Donde el césped se levanta sobre muchos montones de podredumbre».

La segunda señala que el yew-tree no es el tilo sino el tejo. Uno de los tantos señores Espasa sostiene que el tejo es un

Árbol conífero de la familia taxáceas, especie Taxus baccata, siempre verde, con tronco grueso y poco elevado, ramas casi horizontales y copa ancha.

En cambio, el tilo es un

Árbol de la familia tiliáceas, con varias especies del género Tilia, que llega a medir 20 m. [sic] de alt[ura]. Se utiliza como árbol de adorno en los paseos, y su madera se usa en escultura y carpintería.

En inglés tilo se dice lime. The Oxford Dictionary nos informa sobre lime en la acepción pertinente:

n. (in full lime-tree) any ornamental tree of the genus Tilia, esp. T. europaea with heart-shaped leaves and fragrant yellow blossom. Also called LINDEN.

Sobre yew consigna:

n. any dark-leaved evergreen coniferous tree of the genus Taxus, having seeds enclosed in a fleshy red aril, and often planted in churchyards.

Como vemos, son dos árboles por completo diferentes.

El último dato sobre yew («often planted in churchyards») es decisivo. Los funcionarios municipales ingleses plantaron tejos en el Country Churchyard, y nuestro traductor, acaso por la tendencia congénita de todo argentino de oponerse a las perfidias de Albión, decidió reemplazarlos por tilos.

Por otra parte, tampoco hay ninguna licencia poética, pues tantas sílabas tiene un tilo como un tejo. Y, si bien es verdad que a los inquilinos del cementerio nada les importará que sobre sus tumbas caiga la sombra de uno u otro árbol, el asunto tiene su importancia literaria: por ejemplo, no podríamos elogiar una traducción del Martín Fierro en la que el héroe, en lugar de jinetear su moro de número, caballo por cierto sobresaliente, montase en el humilde rucio de Sancho Panza.