El trujamán
Martes, 16 de octubre de 2001


Los afanes de Segismundo y la resurrección del bondi

Por Fernando Sorrentino

EL CASO DE «AFANAR»
A los dieciséis o dieciocho años, los estudiantes argentinos que cursan hoy el último tramo de la enseñanza media poseen una comprensión de la lengua y manejan un vocabulario sin duda inferiores a los que teníamos, hace más de diez lustros, los niñitos que comenzábamos la escuela elemental. Y estoy seguro de no incurrir en hipérbole.

El hado adverso de dichos jóvenes —somorgujados habitualmente en ciénagas de ignorancia troglodítica— puede arrastrarlos a que sus vidas se crucen con la del rousseauniano pedagogo que firma este trujamán. De ser así, sufren una despótica coacción que los obliga, velis nolis, a leerse La vida es sueño desde el hipogrifo inicial hasta el perdonarlas postrero. Así, transpirando sangre y sudando tinta, cumplen su via crucis por las intrincadas razones de don Pedro Calderón. La mayor parte de ellos logra sobrevivir, de manera que la experiencia es positiva: lo que no te mata, te fortalece.

Cuando Segismundo, en el célebre monólogo con que se cierra la jornada segunda, llega a aquello de «sueña el que afana y pretende», tales estudiantes entienden el verbo afanar en la única acepción en que —en su minúsculo universo— lo han visto empleado: no con el llano sentido —habitualmente pronominal— de «hacer diligencias con vehemente anhelo para conseguir alguna cosa» (DRAE), sino con el vulgar —en la Argentina: a veces pronominal, a veces no— de ‘hurtar o robar’.

Ése es el significado más difundido por estas tierras del Plata.

EL CASO DE «BONDI»
Cuando yo era chico, el tranvía (que desapareció de Buenos Aires en febrero de 1963) sólo se llamaba tranvía. Personas de la edad de mis abuelos solían llamarlo tránguay (inglés tramway). Hubo, en épocas anteriores, un término de uso familiar: bondi (palabra extravagante que los de mi generación jamás hemos empleado). Exactamente en 1982 la oí en boca de una alumna de quince años, que llamaba bondi, no al difunto tranvía, sino al muy rozagante colectivo (‘autobús’). No dejó de causarme perplejidad la resurrección —y el traslado de significado— de un término que yo creía extinto para siempre: en efecto, bondi, como sinónimo amable de colectivo, goza hoy de excelente salud.

También don José Gobello, en 1963, pensó que bondi pronto se convertiría en arcaísmo. Vale la pena transcribir un pasaje del apartado «Brasileñismos» [que han ingresado en el habla argentina] de su libro Vieja y nueva lunfardía:

La historia de bondi me parece más divertida. La cuenta el doctor [Francisco] Da Silveira Bueno: «Cuando se fundó en Río de Janeiro la Compañía de Transportes Colectivos, la empresa, que era inglesa, lanzó bonds, esto es, acciones, bonos, cauciones, para formar el capital destinado a la adquisición de los carros eléctricos, y el pueblo, que no sabía inglés, identificó la palabra bond con el propio vehículo». Bondi es palabra que se pierde irremediablemente. Los tangos se olvidaron de fijarla. Otra cosa ocurriría si, en lugar de «Talán, talán, talán... / Pasa el tranvía por Tucumán...» [Talán, talán, 1924], hubiera escrito Vacarezza: «el bondi pasa por Tucumán».
(…).
Pero bondi ha desaparecido de Buenos Aires mucho antes que los tranvías.

Muy bien: ya tenemos algunas informaciones sobre el empleo y el sabor que, en Buenos Aires, tienen el verbo afanar y el sustantivo bondi. Ellas nos ayudarán a comprender el trujamán que trata «De la graciosa manera que tuvo don Juan Domingo de restaurar el lunfardo». Episodio que tiene al mencionado Alberto Vacarezza como deuteragonista.