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Los afanes de Segismundo y la resurrección del bondi Por Fernando Sorrentino EL CASO DE «AFANAR»
El hado adverso de dichos jóvenes —somorgujados habitualmente en ciénagas de ignorancia troglodítica— puede arrastrarlos a que sus vidas se crucen con la del rousseauniano pedagogo que firma este trujamán. De ser así, sufren una despótica coacción que los obliga, velis nolis, a leerse La vida es sueño desde el hipogrifo inicial hasta el perdonarlas postrero. Así, transpirando sangre y sudando tinta, cumplen su via crucis por las intrincadas razones de don Pedro Calderón. La mayor parte de ellos logra sobrevivir, de manera que la experiencia es positiva: lo que no te mata, te fortalece. Cuando Segismundo, en el célebre monólogo con que se cierra la jornada segunda, llega a aquello de «sueña el que afana y pretende», tales estudiantes entienden el verbo afanar en la única acepción en que —en su minúsculo universo— lo han visto empleado: no con el llano sentido —habitualmente pronominal— de «hacer diligencias con vehemente anhelo para conseguir alguna cosa» (DRAE), sino con el vulgar —en la Argentina: a veces pronominal, a veces no— de ‘hurtar o robar’. Ése es el
significado más difundido por estas tierras del
Plata. EL CASO DE «BONDI»
También don José Gobello, en 1963, pensó que bondi pronto se convertiría en arcaísmo. Vale la pena transcribir un pasaje del apartado «Brasileñismos» [que han ingresado en el habla argentina] de su libro Vieja y nueva lunfardía:
Muy bien: ya tenemos algunas informaciones sobre el empleo y el sabor que, en Buenos Aires, tienen el verbo afanar y el sustantivo bondi. Ellas nos ayudarán a comprender el trujamán que trata «De la graciosa manera que tuvo don Juan Domingo de restaurar el lunfardo». Episodio que tiene al mencionado Alberto Vacarezza como deuteragonista. |