Los pacientes trujamanes del campo argentino
Por Fernando
Sorrentino
De las dos
acepciones que el DRAE (1992) da para trujamán,
en este caso nos interesa la primera:
intérprete,
persona que se ocupa en explicar a otras, en idioma
que entiendan, lo dicho en lengua que les es
desconocida.
Según el
mismo diccionario, lenguaraz significa más o
menos lo mismo:
Que domina
dos o más lenguas.
Que yo sepa,
el término trujamán no se utilizó en la
Argentina. En la época en que era necesario conversar
—o más bien parlamentar— con los indios, el que
realizaba la labor de intérprete entre aquéllos y
los hombres blancos se llamaba exclusivamente lenguaraz.
Tanto podía ser un indio como un cristiano.
Hilario
Ascasubi (1807-1875) publicó en 1872 el desvaído
—por expresarlo con suavidad— poema gauchesco Santos
Vega o Los mellizos de la Flor. En su extenso
transcurso, el vocablo aparece sólo una vez, y es al
principio del canto XII:
Un tal
Bruno Salvador,
porteñazo lenguaraz,
era entonces capataz
de la Estancia de la Flor.
Evidentemente,
a Ascasubi el vocablo le pareció poco castizo, pues
le pareció útil poner una llamada en lenguaraz
y anotar:
Lenguaraz:
intérprete para los indios, o todo el que habla
otro idioma distinto del suyo.
En cambio,
digamos que, por razones operativas, el
lenguaraz desempeña papel muy importante en los diálogos
que Lucio V. Mansilla (1831-1913) entabla con los indígenas
de la zona del Río Cuarto (Córdoba). El capítulo II
de Una excursión a los indios ranqueles (1870)
expone uno de estos parlamentos (que transcribo después
de haberme permitido corregir la muy deficiente
puntuación del original):
Un
parlamento es una conferencia diplomática.
La comisión se manda anunciar anticipadamente con
el lenguaraz. Si la componen veinte individuos, los
veinte se presentan.
Comienzan por dar la mano por turno de jerarquía y,
en esa forma, se sientan, con bastante aplomo, en
las sillas o sofás que se les ofrecen.
El lenguaraz, es decir, el intérprete secretario,
ocupa la derecha del que hace cabeza.
Habla éste y el lenguaraz traduce, siendo de
advertir que, aunque el plenipotenciario entienda el
castellano y lo hable con facilidad, no se altera la
regla.
Mientras se parlamenta hay que obsequiar a la comisión
con licores y cigarros.
Los indios no rehúsan jamás beber, y cigarros,
aunque no los fumen sobre tablas, reciben mientras
les den.
Pero no beben ni fuman cuando no tienen confianza
plena en la buena fe del que les obsequia, hasta que
éste no lo haya hecho primero.
Una vez que la confianza se ha establecido, cesan
las precauciones, y echan al estómago el vaso de
licor que se les brinda […].
El parlamento se inicia con una serie inacabable de
salutaciones y preguntas, como verbigracia: «¿Cómo
está usted? ¿Cómo están sus jefes, oficiales y
soldados? ¿Cómo le ha ido a usted desde la última
vez que nos vimos? ¿No ha habido alguna novedad en
la frontera? ¿No se le han perdido algunos
caballos?».
Después siguen los mensajes, como por ejemplo: «Mi
hermano, o mi padre, o mi primo, me han encargado le
diga a usted que se alegrará que esté usted bueno
en compañía de todos sus jefes, oficiales y
soldados; que desea mucho conocerle; que tiene muy
buenas noticias de usted; que ha sabido que desea
usted la paz y que eso prueba que cree en Dios y que
tiene un excelente corazón».
A veces cada interlocutor tiene su lenguaraz, otras
es común.
El trabajo del lenguaraz es ímprobo en el
parlamento más insignificante. Necesita tener una
gran memoria, una garganta de privilegio y muchísima
calma y paciencia.
¡Pues es nada antes de llegar al grano tener que
repetir diez o veinte veces lo mismo!
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