"Una vez que empiezo, me gusta"

Entrevista a Fernando Sorrentino, por Carla Pravinsani.

Autor de numerosos libros de narrativa que lo han convertido en uno de los principales exponentes de la literatura argentina, Fernando Sorrentino nos lleva constantemente a transitar por un mundo tan disparatado, tan absurdo y ridículo, que el lector -después de la carcajada- no puede dejar de pensar en mirarse al espejo. En esta entrevista, especial para entender cómo trabaja la cabeza de un escritor de raza, el satírico Sorrentino nos cuenta algunos jugosos procedimientos y trucos que le sirven a la hora de escribir sus historias.

 

CARLA PRAVISANI: ¿Cuándo y por qué empezaste a escribir?

FERNANDO SORRENTINO: De chico era una especie de adicto a que me contaran historias, era una verdadera máquina de leer. Por eso, a los veinte años ya conocía una cantidad respetable de novelas y de cuentos. Uno empieza a escribir como un subproducto de la lectura. En resumen: escribí desde siempre, pero pasó mucho tiempo hasta que mis narraciones tuvieron dignidad suficiente como para que otras personas las leyeran.

CP: ¿Cuál fue tu primer libro publicado?

FS: Mi primer libro, La regresión zoológica, salió en 1969. Al principio yo estaba contentísimo, pero al cabo de un año me arrepentí profundamente de haberlo publicado.

CP: ¿Por qué?

FS: Se ve que maduré un poco tarde: a los veintisiete, veintiocho años volví a leerlo y me di cuenta de que el libro había sido escrito con un concepto equivocado de la literatura. Lastimosamente fue un aprendizaje que hice a costa del lector. Por eso siento que tendría que haber esperado un poco.

CP: ¿Tenés algún método para escribir? ¿Alguna motivación especial?

FS: El placer. Cuando empiezo a escribir, si el texto se me resiste, me canso o me cuesta trabajo, lo dejo. Es decir, escribo mientras me siento cómodo. En cuanto el placer se convierte en un trabajo, abandono. Pienso que todo trabajo que uno hace por obligación es desagradable. Y la literatura yo la hago por afición. Y no quiero que sea desagradable. Es lo que siempre digo: si uno escribe sufriendo, ese sufrimiento se transmite al lector. Si a uno le cuesta escribir, transmite esa torpeza. Y cuando el lector se desespera de aburrimiento, es porque primero se aburrió el autor.

CP: ¿Cuánto y con qué regularidad escribís?

FS: En realidad escribo muy poco. Me cuesta estar sentado tres horas seguidas. Cuarenta minutos -justo lo que dura una clase de secundaria- es lo que puedo dedicarle a la escritura. Después debo hacer una pausa. Porque aunque parezca absurdo para un escritor, yo no puedo estar quieto demasiado tiempo. Me acomete una especie de neurosis de prisionero. Sí, sí: me hace mal estar mucho tiempo encerrado.

CP: ¿Tuviste alguna época de bloqueo?

FS: No tuve ni épocas de bloqueo ni de gran inspiración. Como nunca me pongo voluntariamente a escribir...

CP: Bradbury aconseja escribir dos mil palabras por día.

FS: Sí, hay muchos que se manejan de manera parecida. Y puede ser que algo les salga. Pero a mí ese sistema no me gusta. Si un día, imaginemos que viajando en el colectivo, se me ocurre un cuento, lo empiezo. Si avanzo con felicidad, lo termino. Si se me hace muy difícil, mala suerte: lo abandono. Por eso tengo un montón de cuentos sin terminar. A veces los retomo después de mucho tiempo, cuando estoy con otro estado de ánimo, y puedo concluirlos con cierta felicidad. Pero insisto: nunca podría tomar la literatura como un trabajo. Vos sabés que soy profesor de lengua y literatura, y a veces llego a casa cansado y de lo que menos tengo ganas es de romperme la cabeza escribiendo. Entonces espero estar con el ánimo favorable y no escribir por obligación. Pienso que, si yo no escribo, el mundo no se va a detener. A quién le importa. Hay quienes creen que deben hacerlo porque van a dejar cosas perdurables, qué sé yo, se toman ridículamente en serio a sí mismos. Es el narcisismo del idiota.

CP: ¿A la hora de escribir un cuento sabés de antemano todo el argumento?

FS: Generalmente sé cómo va a terminar. Mi sistema es el siguiente: escribo la primera redacción en un cuaderno de escuela. Sólo uso la página impar, y dejando mucho espacio entre líneas. Escribo con birome, a toda velocidad y de cualquier manera. No me importa si dejo frases por la mitad, si sobre la marcha cambié el nombre de los personajes o de los lugares geográficos. Si la historia empieza, pongamos por caso, en la avenida Santa Fe y, mientras voy avanzando entiendo que es mejor escenario la calle Paraguay, no me tomo el trabajo de tachar. Como, al escribir, uno parte de la nada, lo que me importa es derramar sobre el papel un torrente de palabras. Tener algo. Cuando llego al final, el cuento es una cosa amorfa..., pero lo importante es que en ese momento yo dispongo de elementos tangibles: las palabras de la primera redacción. A continuación, al hacer la segunda redacción voy haciendo agregados y/o modificaciones en la página par. Más tarde, con las dos páginas a la vista, continúo agregando, modificando y, en una palabra, reescribiendo.

CP: ¿Cuál es tu enfoque de la revisión? ¿Por dónde empezás a corregir?

FS: Lo paso en limpio, paso en limpio esa primera versión. La dejo descansar cinco o seis días. Cuando ya la olvidé un poco, la retomo y vuelvo a corregirla. Y así un montón de veces. Digamos que es el método del franeleo aplicado a la redacción la toco y la retoco. Y después la vuelvo a retocar.

CP: Y siempre la dejás descansar un tiempo.

FS: Sí, eso es una gran cosa. Si la releés en seguida, no te das cuenta de los errores. Tenés la melodía en la cabeza, la huella mental.

CP: ¿Quién es la primera persona que lee lo que escribiste?

FS: Yo. La primera, la segunda y la última. Yo mismo.

CP: ¿Nunca mostrás nada antes que sea publicado?

FS: No: aparte de mí, la única persona que ha leído mis cuentos inéditos es el editor, que es quien juzga si los quiere publicar.

CP: ¿Ni a los amigos?

FS: Ni a los amigos. No los torturo. En primer lugar, porque les causaría una molestia; segundo, porque me confundirían. Yo escribo con una actitud determinada. Es decir, puedo equivocarme o no. Pero lo hago porque lo siento así. Y cuando vienen opiniones de afuera, por muy bien intencionadas que sean, si ellos no saben -y no tienen por qué saberlo- cuál fue mi proceso mental, y opinan, me van a hacer equivocar. Me van a hacer confundir.

CP: ¿Descartás mucho?

FS: Bueno..., uso bastante la tijera. Si el cuento empezó con dos mil quinientas palabras -la computadora te permite contarlas muy fácilmente-, la última versión suele ser de unas mil ochocientas. Elimino el exceso de adjetivos y de adverbios. Hay un dicho infinitamente citado, un verso de Vicente Huidobro: "El adjetivo, cuando no da vida, mata". Efectivamente. Si el adjetivo es trivial y no le da una connotación precisa al sustantivo, perjudica porque cansa. Entonces es preferible eliminarlo. Lo mismo con el exceso de adverbios. La mayoría de las veces están de más. Por otra parte, los adverbios terminados en "mente" dan una sensación de prosa rimada que molesta: en español hay muchas palabras que terminan en "ente". No sólo adverbios, sino también sustantivos y adjetivos: ingrediente, potente... Conclusión: hay que evitar el exceso de ese tipo de palabras.

CP: Y, por ejemplo, tu novela Sanitarios centenarios... ¿cómo la fuiste armando?

FS: Uno empieza a escribir, y un capítulo te trae otro. Ese libro tenía una trama paralela que, en un acto de sensatez, decidí eliminar. Le daba una inconveniente seriedad. Sacrifiqué como ciento cincuenta páginas.

CP: ¿Estás con algún proyecto nuevo?

FS: Estoy haciendo cuentos. Últimamente pude escribir tres. Y cuando tenga unos cuantos los publico. Si puedo.

CP: ¿Te cuesta publicar?

FS: Según. Hay cosas que me cuesta publicar, hay cosas que las editoriales me piden. Es muy azaroso. En distintas épocas ha resultado fácil lo que en otras era difícil y viceversa.

CP: ¿Te sentís cómodo escribiendo literatura infantil?

FS: Una vez que empiezo, me gusta. La literatura infantil me da la posibilidad de jugar, de contar aventuras, cosas insólitas. Además no escribo para nenes chiquitos sino para chicos de catorce, quince años. Ahí me doy el gusto de escribir peripecias sorprendentes: eso lo puedo hacer porque no estoy atado por la verosimilitud psicológica, como sí ocurre en la narrativa para adultos. La otra vez, por ejemplo, pensaba en Cervantes. Él no era riguroso para escribir. A él las aventuras se le iban en cualquier dirección. Es decir, Cervantes no seguía una línea narrativa rígida, no iba hacia un final cerrado. Muy arbitrario, por supuesto, pero, como era un mago de las palabras, siempre le salía bien. Y a mí, los libros para chicos me permiten delirar un poco más.

CP: ¿Con la crítica tuviste problemas alguna vez?

FS: Prácticamente no recuerdo ninguna crítica dura. Tuve reseñas con objeciones y salvedades, pero siempre dentro de lo razonable: nunca noté agresividad ni el tinte del ataque personal. Los críticos suelen tratarme bastante bien. A veces leo reseñas que matan al autor: brulotes sanguinarios. A mí jamás me han hecho ese tipo de cosas.

CP: En tus cuentos aparecen ciertos temas recurrentes. Esa cosa de poder, de personas más fuertes y personajes más débiles. Uno que domina al otro. ¿Eso lo hacés conscientemente?

FS: Puede ser…, no estoy seguro…

CP: ¿Qué emociones te estimulan? En Sanitarios centenarios noto una gran indignación.

FS: A menudo pienso en las veces en que he tenido que estar subordinado a personas que, subidas al obelisco, no me llegaban ni a la suela del zapato. Y yo, con ejemplar modestia, pensaba: ¿éste me manda a mí, este tipo me da órdenes? Eso lo sufrí mucho. Pasa cuando las jerarquías responden a valores que me tienen infinitamente sin cuidado, como sucedía en el servicio militar. En el servicio militar, por ejemplo, mis jefes eran personas que tendrían que haberse sentido agradecidas de que les permitieran destapar un inodoro.

CP: ¿Qué opinás de la literatura argentina?

FS: Yo soy un enamorado de Borges. Borges es inagotable. En cada lectura encontrás cosas nuevas. Por ejemplo, "Guayaquil", incluido en El informe de Brodie, me parece maravilloso. Cuando lo leo tres meses después me digo: "Ah, pero qué pícaro; acá está este detalle del que no me había dado cuenta". Y lo vuelvo a leer seis meses después y digo: "Pero acá hay otra cosa más". Él es tan rico... Tiene ese poder de aludir, de resonar, de evocar, de inspirarle reflexiones al lector: yo puedo leer un cuento de Borges cien veces, y cien veces leo un cuento distinto.

CP: ¿Y en tus entrevistas con él qué experiencia tuviste?

FS: En aquel momento yo tenía veintisiete años y un entusiasmo literario ilimitado. Me dio la sensación de estar frente a un hombre superior, un hombre con una inteligencia sideral. Con una asombrosa capacidad de reacción, de improvisación: a veces yo lo contradecía a propósito, para ver qué me decía, para estimularlo. Y él siempre me daba vuelta con respuestas ingeniosas, respuestas que, si mis preguntas hubieran sido indulgentes, no habrían resultado tan atractivas. A sus setenta años, Borges estaba en la plenitud como poeta, como ensayista y como narrador.

CP: ¿Qué narradores te gustan?

FS: Tantos y tantos… Cervantes, Dickens, Kafka... El Quijote es realmente atrapante, maravilloso. Uno no lo puede dejar; cada seis o siete años vuelvo a leerlo, no ha perdido nada de su actualidad. Hablando de Kafka, siempre tengo El proceso en la mesita de luz, bien a mano. Cada tanto, abro al azar y lo releo, para seguir aprendiendo. Me gustan casi todos los cuentos de Chéjov. Poe, con ciertas salvedades: a veces es un poco truculento y efectista... J. D. Salinger tiene una novela maravillosa que se titula El cazador oculto o El guardián en el centeno, según otra traducción: en inglés se titula The Catcher in the Rye. Y más hermosos que esa novela son los cuentos de Salinger: los Nueve cuentos. También leí mucho de la novelística del siglo XIX en general: Flaubert, Tolstói, Dostoievski, Daudet, Balzac -a quien no sé si hoy podría soportar. Cuando era chico leía esa literatura que se dice para "jóvenes y adolescentes". O sea, los libros de Emilio Salgari y de Jules Verne. Pero a los trece años cayó en mis manos un libro que me hizo ver que la literatura de Salgari o de Verne eran el arrabal de la literatura: abundaban las aventuras, sí, pero no había en ellas ni psicologías, ni mentiras, ni vericuetos, ni engaños al lector. Ese libro del que te hablaba, que cambió mi visión de la literatura, fue -es- David Copperfield, de Dickens. Pero después uno empieza a conocer a otros autores. Y eso hizo que, más tarde, Dickens fuera menos importante que los que vinieron. Uno va juzgando, va comparando. A todos les debo algo. Incluso siento un gran afecto hacia autores muy menores. Por ejemplo: Las minas del rey Salomón, de Henry Rider Haggard; El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle. Me encantaron cuando los leí en su momento, y hoy me siguen encantando.

CP: ¿Qué les aconsejarías a quienes empiezan a escribir?

FS: Sobre todo, que lean. Si leen mucho, la escritura surge casi naturalmente. Pero hay que leer bien. Cuando yo era joven, al empezar un libro tenía el deber moral de terminarlo. Con ese criterio, cuando leí la novela Salambó, de Flaubert, transpiraba de nervios, de angustia, de mal humor. Era insoportable Salambó. Ahora, si leo tres páginas y no me gusta, la dejo. Ya no leo por obligación. Eso era un disparate. Ahora me dejo llevar por el agrado. Si me agrada, sigo. Y si no, no... Pero sí, mi consejo es que lean mucho y bien. Yo leo el diario a toda velocidad, porque lo que dice el diario no tiene la menor importancia y, además, está pésimamente escrito; pero leo literatura con elogiable lentitud: volviendo atrás todas las veces que es necesario, con un lápiz en la mano, subrayando y escribiendo en los márgenes. Un error común de los autores jóvenes es que se lanzan a escribir sin tener suficiente combustible de lecturas: tienen la vanidad del semianalfabeto. Entonces cometen ingenuidades. También el que lee mucho puede equivocarse a la hora de escribir, por supuesto; pero se equivoca de otra manera. Es más fácilmente reparable. Por ejemplo, volviendo a mi primer libro, hay cuentos que ya son irreparables. Es imposible reescribirlos, deben ser destruidos. Porque los pensé y los escribí de una manera muy ingenua. Había partido de conceptos erróneos. Pero eso era lo que daba mi cerebro en aquel entonces. Las lecturas no estaban lo suficientemente elaboradas. Mejor dicho: había leído bastante, pero aún no había madurado

CP: ¿Por eso lo de la "máquina de leer"?

FS: Por eso lo de la máquina de leer. Ni más ni menos. Por otra parte, no vas a negarme que es mucho más agradable leer que escribir.

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