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ESCRITORES Y POETAS ARGENTINOS TRASTERRADOS Por Antonio Tello |
| La diáspora argentina de los últimos 25 años ha desparramado por el mundo una incipiente identidad literaria que con el tiempo, a pesar de los esfuerzos, fue desdibujando sus particularidades para abrirse a una expresión nueva, con una estética y una mirada que aún busca sus formas. Los escritores argentinos en el exterior. Las vacilaciones y el análisis de un puñado de argentinos que no resignan su singularidad pero al mismo tiempo no vuelven. Textos de una producción trasterrada. |
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Los conflictos sociales y políticos que vivió el continente sudamericano durante los setenta provocó una de las emigraciones más grandes de la historia latinoamericana. La violencia y represión institucionales generalizadas en el continente en el marco de la "guerra fría" y bajo el objetivo de liquidar definitivamente las alternativas izquierdistas en todo su espectro alcanzó una particular virulencia en Argentina. Ello dio lugar a una literatura exílica que, sin perder sus raíces culturales, no parece haber encontrado reconocimiento, o acaso su sitio, ni en España ni en Argentina. El estallido del Cordobazo en mayo de 1969 abrió una etapa de progresiva degradación social y política marcada por la violencia, que alcanzó su punto culminante con la institucionalización del terror tras el golpe militar de marzo de 1976 por la junta que encabezó el general Jorge R. Videla, y que perduró formalmente hasta 1982. Sin embargo, sus secuelas son profundas y pesan como una losa en la vida nacional. La quiebra ética que infligió la dictadura militar al conjunto de la sociedad argentina trastocó todos los valores morales de referencia haciendo extremadamente difícil la normalización de la vida ciudadana. Este proceso provocó asimismo una profunda fractura en todos los órdenes de la vida civil y alteró profundamente la biografía de miles de personas. Como es lógico suponer, los intelectuales no salieron indemnes y sus obras acusan desde distintos paisajes geográficos el drama de la partición. La literatura argentina producida fuera de sus fronteras a partir de 1975 no es sólo, como los casos de Daniel Moyano o Juan Gelman, por citar nada más que a un narrador y un poeta, una producción en el exilio, sino una producción del exilio. Esta precisión tiende a marcar la profundidad de las consecuencias de la represión, la cual se tradujo no sólo en los casos flagrantes de persecución política sino también en los de expulsión económica o de "asfixia social" para miles de argentinos. En cualquiera de los casos la raíz era la violencia institucional, de modo que la distinción entre emigrados "políticos" y "económicos" es siempre improcedente. Una falacia mezquina. Muchos de quienes fuimos obligados al trasterramiento por entonces éramos incipientes narradores, cuentistas o poetas que, salvo excepciones, empezábamos a despuntar en esta vocación, mientras que otros la descubrieron ya instalados en España y superadas las etapas de provisionalidad que conlleva toda inmigración. Tanto la narrativa como la poesía que surgió de este diverso y disperso grupo de argentinos radicados en España se asentó sobre el paisaje de la memoria. Comenzó entonces para la mayoría un dramático proceso de profundos cambios que se hicieron cada vez más ostensibles en el estilo y el enfoque de los asuntos a medida que avanzaba el tiempo y el asentamiento en el nuevo medio cobraba carta de naturaleza, consciente o inconscientemente, en el lenguaje y en el imaginario de los trasterrados. Como es de suponer, esta incidencia caló de un modo más hondo en aquellos escritores que acabaron por cuajar su obra en el entorno español que los que ya habían perfilado su creación en el país natal. De los primeros surgió entonces una literatura argentina enraizada conceptualmente con la historia y el modo de ser argentinos; una literatura que descubre un espacio distinto donde campean las vivencias de la extranjeridad, la transitoriedad y, sobre todo, el recuerdo de un paisaje humano y geográfico, cuya sublimación lo acerca más al país de la infancia que al de la realidad presente. No puede decirse que la literatura argentina extraterritorial se verifique como una ruptura con el país original, sino, por el contrario, como un enorme esfuerzo por no perder la referencia original de una identidad que no puede evitar las influencias a las que se ve sometida. En este sentido, la producción literaria de la diáspora argentina asentada en España, tanto la narrativa como la lírica, está marcada por una gran diversidad de asuntos y géneros y por el común denominador de un lenguaje nutrido de un vocabulario y de una cadencia nuevos. En Extraños en el paraíso, ensayo que publiqué en 1997 sobre la identidad y la extranjeridad, en un apartado dedicado a los efectos del destierro en la lengua artística escribo lo siguiente: "La profundidad de la convulsión que provoca el destierro afecta asimismo a la lengua dada su vinculación a la estructura de pensamiento. La lengua es un código de comunicación que identifica a una comunidad, un rasgo diferenciador sobre el que se soporta una etnia, una cultura, una religión o una nación más allá de los límites convencionales de los Estados. La versatilidad de su materia permite a su vez precisar en su misma jurisdicción la región o provincia, extracción o situación social, incluso profesión o bandería del hablante (...). Sin embargo, aunque la lengua propia o ajena aprendida facilite instrumentalmente la comunicación no puede evitar el impacto que el destierro provoca en la identidad personal del hablante. Es más, es inevitable que el habla actúe como elemento diferenciador en el nuevo contexto, aunque éste pertenezca a la misma nación idiomática y el desterrado se esfuerce por abandonar su deje. La profundidad del vínculo se revela en esos momentos de tensión emocional, en los que se fraguan en lo más íntimo el ruego, la maldición o el balbuceo amoroso..." y obviamente en algo tan consustancial al escritor y al poeta como es su narración o su poema. De hecho, en la medida que la palabra crea al poeta y al narrador y los identifica ante sí y ante los demás, cuando se pronuncia en un medio distinto provoca un inesperado y brutal desgarramiento. La palabra se revela no sólo como un instrumento para contar historias, sino como la historia misma que se vale del narrador o del poeta como expresión. Es entonces cuando prevalece un sentimiento de extrañeza y aislamiento sobre el cual se refunda la palabra que sin haber dejado de ser la que era ya no es la misma. Sobre esta peripecia interior se ha fraguado la literatura exílica argentina y sus representantes la expresan en mayor o menor medida caracterizando sus obras a través de las particulares vivencias y objetivos artísticos. Mientras los narradores continúan buscando a través de sus novelas y cuentos el modo de mantener los vínculos paisajísticos, urbanos o rurales, como una dramática rebelión contra el desarraigo y una lucha constante contra la aculturación, los poetas han encontrado, al margen de sus personalísimas voces, un tono que responde a ecos interiores donde las raíces encuentran el sustrato más íntimo del espíritu. Por otra parte y en un plano más social, también es característica de la producción literaria argentina en España la dispersión unicelular de sus productores. Una dispersión que contribuye a restarles peso como colectivo, lo cual probablemente carecería de importancia, sino fuese porque ni el medio español ni el argentino parecen querer, el uno por motivos de mercado y el otro por cuestiones de distancia, reconocer su existencia. Destacados: Como es lógico, los intelectuales no salieron indemnes de la dictadura, y sus obras acusan desde distintos paisajes geográficos el drama de la partición. Surgió una literatura argentina enraizada conceptualmente con la historia y el modo de ser argentinos; una literatura que descubre un espacio distinto donde campean las vivencias de la extranjeridad, la transitoriedad y, sobre todo, el recuerdo de un paisaje humano y geográfico, cuya sublimación lo acerca más al país de la infancia que al de la realidad presente. Mientras los narradores continúan buscando el modo de mantener los vínculos paisajísticos, urbanos o rurales, como una dramática rebelión contra el desarraigo y una lucha contra la aculturación, los poetas han encontrado, un tono que responde a ecos interiores donde las raíces encuentran el sustrato más íntimo del espíritu. |
