Crónica del regreso
Según pasan los años
Por Antonio Tello. Sin Libreto, Río Cuarto, 23 de febrero de 1986
Después de diez años regresé a la Argentina. A Río Cuarto. El abrazo profundo de la ciudad me devolvió el alma secuestrada y sentí que era otra vez quien había sido. Todo pareció ser come entonces, sin embargo los árboles son más grandes y es más oscuro el color de su follaje.
Cierto día -o madrugada- de noviembre de 1975, una bomba y una amenaza inauguraron oficialmente el terror en esta ciudad. ese día reventó la angustia bajo una capa de sospechosa indiferencia civil. Así fue como, al igual que tantos otros, inicié la ausencia, abandonando familia, amigos, amores, proyectos, trabajos, lecturas: el alma.
La noche en que Carlitos Granados y el flaco Malugani tocaron para mí "Según pasan los años" comprendí que le tiempo podía ser diminuto y preciso y la ciudad el mismo amor rubio, de ojos claros, sonrisa irónica, caderas anchas y muslos firmes de la que me alejaron. Esa mujer que te abraza en la calle o aquella que te reclama un poema, el amigo que no reconocés, el nombre que aparece, los muertos que no han muerto, el gesto frugal, incorporando la intensidad y la premura del instante. ¡Cuántas cosas perdidas! ¡Cuántas pendientes queriendo recuperarse en una comida en Gibbon's, en el Café Latino, o en el Pihué... o en un banco de la plaza Roca, donde Alejandro Sansí y yo continuamos la única y múltiple charla que empezamos en los fervorosos setenta!
Tras diez años de forzosa inasistencia compruebo que el paisaje urbano no ha cambiado. Sólo ha crecido algunos edificios que emergen como flacas palmeras sobre los techos, donde crecen rectos yuyos magnéticos por los cuales se infiltra la catódica idiotez del "paquetito".
Los cambios son sutiles. Las bellas estatuas de la plaza Roca han alterado sus emplazamientos, o eso me parece mientras aspiro el frágil olor a lavanda que viene del campo o del cuerpo recién bañado de alguna muchacha, que bien puede ser la hija de una amiga.
Al boulevard para qué nombrarlo. Hubiese preferido hallarlo tal como lo dejé, porque hoy hay cemento y la vulgaridad delinean su trayecto, su abandono.
Pero mi intención es mirar más allá, tras el horizonte que ciñe la ciudad como una cintura esquiva y especular con los colores, con la ansiedad silenciosa de la distancia, el vuelo transparente de los recuerdos, la necesidad de la sombra. Y el viento que no cesa. el viento que me arrastra al otro lado del paredón, por encima de las vías del ferrocarril y me deja en el extrarradio laboral del Alberdi. Allí donde se ayuntan el río y el asfalto, la biblioteca y las vidrieras prostibularias, que hacen del barrio un Amsterdam chacarero. En esta orilla viven mis amigos, como viven en la banda norte del río. Ese río marrón, escaso, indolente: inmutable. El río que sostiene el puente.
El paisaje humano
He regresado sin reproches y he descubierto mi alma limpia, celosamente guardada por la ciudad que no me ha olvidado. He conocido al fin el principio de la historia que nos separó y comprobado que, si alguna vez hubo una deuda pendiente, ya la había condonado mucho antes de que la amargura enquistara el resentimiento. Es el único modo de continuar de andar por el tiempo de la cicatriz. Y en ella encontré a la gente.
Argentina es como una fantástica muñeca rusa. Río Cuarto es una parte idéntica de ese toco que a su vez contiene diminutas identidades semejantes: sus habitantes. Por eso no me extrañó que muy pocos me preguntaran por el lugar donde he vivido todo este tiempo de distancia. como todo argentino, el riocuartense padece el síndrome del ombliguismo e ingenuamente pregunta: "¿Cómo ve Río Cuarto?", "¿Cómo nos ven en España, en Europa?".
La respuesta para mí es sólo sentimiento. Mi patria es Río Cuarto, algo palpable, único, intransferible. No es una entelequia sin rostro ni orografía, ¿cómo veo a esta ciudad?, ¿cómo puede verla el que la quiere?, ¿y a la gente?
Son tantas las individualidades, tantos los pensamientos bienintencionados y al mismo tiempo aislados; tantas las efervescencias, las voluntades fugaces, los discursos prometeicos de orgullo y autocompasión y también de estoica lucha contra la incertidumbre, que toda respuesta se hace mezquina, incompleta.
La otra pregunta tiene una respuesta: los europeos no nos ven. Apenas si merecemos unas escuetas líneas en los diarios por alguna cuestión de escatología social o por algún crimen que deben de ignorar. Mientras tanto, he regresado y me ha sorprendido el modo suicida de conducir, las salvajes picadas en la madrugada y el candoroso relato de corrupciones económicas y sexuales de los antiguos dueños de cuerpos y almas. Me ha escandalizado el alegre derroche "australiano". Si como dicen, el dinero es vil, mucho más vil lo ha sido en argentina hasta la llegada del austral. Pero el argentino parece no haberse dado cuenta de que 0,29 es lo que vale una hora de trabajo de muchos.
Al mismo tiempo, mis compatriotas sienten que algo está cambiando y que todos contribuyen para que eso suceda, aunque su discurso sea contradictorio. Nada más polémico en este sentido que el juicio a los comandantes. En este punto, desde hace mucho me pregunto que si la justicia trata de la reparación de un daño, en el caso que nos ocupa, tal reparación es imposible. Lo es porque la Justicia humana se administra sobre delitos convencionales del hombre, de modo que la indemnización moral o de otra naturaleza responde a otra convención: la Ley. Pero qué hacer cuando un grupo de hombres transgrede todas las leyes y los límites de la dimensión humana. La justicia administrada por los hombres se revela impotente si, como se ha dicho, trata de reparar el atroz daño cometido. Así, el resultado de la justicia argentina surge como algo institucionalmente compresible, pues sus mecanismos no le permite trascender sus propios límites. Por eso el solo hecho de sentar a los transgresores en el banquillo de los acusados debe entenderse como un acto simbólico de afirmación democrática.
Todos los argentinos deberíamos entender las sentencias de este modo, pues si bien sabemos que si no se ajustan a la desmesura de los hechos perpetrados, sí responden a las pruebas aportadas y al pleno ejercicio de la legalidad vigente.
Dentro de este contexto, los organismos de defensa de los Derechos Humanos y de las heroicas Madres de la Plaza de Mayo, me atrevo a pensar que deberían dar un nuevo rumbo a su militancia y no acosar a este gobierno como al de la dictadura. Es posible que ahora su trabajo debería ser menos espectacular e insertarse en la dinámica de una búsqueda minuciosa, en una investigación científica y detallada, capaz de conducirnos al hallazgo de todos y cada uno de los desaparecidos. Es así como tal vez podamos conseguir más pruebas para continuar actuando contra los culpables. No se trata de perdonar ni olvidad, porque nadie puede perdonar lo imperdonable, ni olvidad tan vasto crimen. Significa que los sentimientos no deben primar sobre el ejercicio de la justicia por grande que sea el dolor infligido, por enorme la tragedia desencadenada. Es posible que muchos -con la herida viva- piensen que esta es una postura tan simple como acomodaticia, pero los argentinos hemos sufrido en carne propia lo que significa vivir al soslayo de la Ley y hemos visto que tras ella sólo existe la selva, el caos, el saqueo, la miseria económica y espiritual, ¿caeremos en el mismo equívoco que deliberadamente perpetraron nuestros agresores...?
Hemos traspasado ya la frontera de la noche. Es la hora del lobo y las notas de un piano y un saxon suman una melodía irrepetible, húmeda de whisky y afecto. Todo late a mi alrededor. Es el gozo. La plenitud. El instante en que alguien susurra: "¡Cuánto te he necesitado!". Y miro su rostro de ayer, el porvenir, el de hoy es una especie de síntesis imposible y desesperada que sólo concierne al fatal absurdo de tantas ausencias. Pienso así en el Petiso Pérez, el Flaco Pinto, Paco Bauducco... Y no puedo evitar regresar a casa solo, al fondo de la ciudad, por la insensible cicatriz de asfalto, asombrado de tanto recuerdo. Sin nostalgias.