Cuerpo
y alma
A
propósito de la gestación de El hijo del
arquitecto
Por Antonio Tello
Sitges,
verano del 90. Estoy atrapado. Tirado al sol a orillas de la piscina de
Vallpineda, miro el cielo despejado. Parezco un tipo feliz. Arriba, en el
apartamento, un montón de folios escritos cuenta una historia verosímil.
Bastaría. Pero sé que los personajes han nacido muertos. No. No tienen alma.
Alguien me saluda desde el agua. Sonrío. Estoy atrapado entre el bienestar y la
desesperación. La voz que debía alentar los personajes es sólo un eco de la
memoria.
Ahora
sé que ya no oigo sino mi empeño en aferrarme a aquel que fui. Ese que en
diciembre de 1975, en unas pocas horas, pasó del verano de Buenos Aires al
invierno de París. Nada sobrenatural en un siglo de grandes innovaciones tecnológicas.
Velocidad y transporte. Pero
el paso sin transición de una estación a otra arrastraba un ruptura
irreparable. Los lazos biográficos que me unían al paisaje conocido se habían
tensado más allá de lo soportable. Había perdido mi mundo. Debía fundar
otro. Otro.
Aunque
en general no nos demos cuenta tendemos a seguir nuestra voz interior. El
profundo sonido que nos guía a través de la realidad inmediata. Entre los
gestos de supervivencia. Entre los restos del naufragio. Acaso porque la palabra
es aquello que nos crea y nos identifica, recalo en Barcelona. Refundo el
paisaje. Estoy salvado. Pero de un modo brutal reconozco el trazo de la pérdida.
El valor de la palabra. Ésta no sólo es un medio para contar una historia. Es
la historia misma. Sí, la nueva voz me sirve para escribir reportajes, artículos,
pero no para narrar historias que
describan el mundo con las íntimas vicisitudes que provocan el dolor y la alegría,
el temor y el arrojo, la soledad y la compañía. Esas historias que corren por
mis venas como la savia por el cuerpo del árbol. Y ahora sé que tampoco la
antigua voz vale para contarlas. Estoy
perdido. Sin voz.Oigo las risas y mi propia risa entre ellas. Sin embargo, no
puedo evitar un sentimiento de aislamiento y extrañeza.
El
extranjero. Sin nostalgia que cultivar sólo me queda el vacío. La
imposibilidad de pronunciar la palabra verdadera
que salve las historias de su falsedad argumental y a sus protagonistas de su no
vida. Entonces sucede. La cuadrícula de la piscina se abre al mar y al
horizonte del valle. El recuerdo de
una lectura y del breve apunte para un poema o historia que suscitó aparece
como una pequeña nube en el cielo despejado. Ni siquiera entorpece el sol. Está
allí: «Sospecho que Howard Phillips
Lovecraft al escribir The colour out of Space fue presa de la misma patética
emoción que turbó al anónimo astrólogo asirio de Dur Sarrukin, cuando, en
escasas líneas llenas de venerable estupor, refirió en el Libro Sagrado de
Ishtar, el paso de un cometa y el recuerdo de una piedra que cayó del cielo, en
tiempos en que los hombres aún ignoraban la forma de notariar sucesos y
asombros».
Alzo
la vista al cielo. Miro la nube. Sé que por algo está allí. Como la piedra fundamental de un edificio en un
baldío. La metáfora, aunque vulgar, tiene la facultad de remitirme a un cuento
escrito años antes: «El arquitecto». Es la historia de un hombre que
construye una catedral que todos tienen por la más bella del mundo. Sin
embargo, él queda atrapado en ella. Ha cometido un error. Acaso arrastrado por
el afán de gloria ha construido un edificio perfecto. No importa que los demás
confundan belleza y perfección. Él sabe que su catedral es perfecta, pero no
bella. La coincidencia sólo se verifica cuando el espacio, la materia y el alma
comulgan en plenitud. Cuando, en algún instante, se convierten en un destello
del mundo.
Me
pregunto qué hacen esas dos nubes en el cielo. El sol y el agua siguen su juego
de brillos. El calor no deja espacio para la brisa. Sin embargo, un escalofrío
me eriza la piel. Un sutil cataclismo me agita. Miro hacia arriba y el sol me
enceguece. Cierro los ojos y veo un cielo oscuro y líquido. Pequeñas estrellas
van y vienen por esa bóveda ocular ¿o son planetas?
He
llegado a un momento decisivo. Sé también que cualquier cosa que haga todo
seguirá igual, salvo para mí. Las voces de los bañistas suenan próximas. No
obstante el silencio crece. Estoy en compañía y solo. Inmerso en la
familiaridad y la extrañeza. Comprendo que como el arquitecto del cuento también
he cometido un error. Sin saberlo entonces he escrito sobre la misma confusión.
La palabra que nos expresa y nos identifica vive con nosotros. No pertenece a
ningún paisaje geográfico. Éste ha sido mi error. Creer que podía fijar y
moldear mi verdadera voz en la memoria
sin atender a que el tiempo discurre con nosotros.
Algo que no aceptamos naturalmente porque también estamos ligados al
cuerpo. A la parte de nuestro ser que se nutre de sentimientos y sensaciones; a
la parte que envejece y perece induciendo a aferrarnos de aquello que fuimos.
Ahora
entendía la razón por la cual resultó un engaño creer que había recuperado
la voz tras viajar a Argentina y reencontrarme con la gente y el medio. La
absurda geografía del recuerdo. Lo vi todo igual. Creí verlo todo igual, pero
ya nada lo era. No comprendí entonces que la identidad no tenía nada que ver
con la constatación de los afectos ni el reconocimiento de una calle. Estas
eran sensaciones que permanecían a pesar de todo en algún lugar de nuestras
biografías, pero que éstas habían seguido caminos diferentes, apartadas y
desmembradas del entorno común. No, la voz no podía ser la misma. Tampoco
otra. Quiero decir que mi voz había sufrido el desgarro de todo destierro, pero
también que había sobrevivido. Sigue definiéndome como hombre y como artista.
Aunque parezca traicionar los sentimientos, continúa fiel al espíritu que me
alienta. Soy yo, ser de cuerpo y alma, quien debe reconocer su identidad más
allá del paisaje y de la memoria.
A
partir del día siguiente, comencé a viajar en tren a Barcelona por la mañana
muy temprano y a regresar por la noche. Durante todo el día escribía como un
poseso una novela que en principio llamé «El señor de los vientos» y después
«El hijo del arquitecto». A partir del cuento «El arquitecto» y del poema en
el que un sacerdote asirio lee unas páginas del «Libro de Ishtar» construí
el relato de una metáfora. La del dramático esfuerzo del artista, cualquiera
sea el tiempo y el lugar, por hallar y expresar la palabra capaz de fundar el
mundo y hacerlo más habitable y armonioso.
No
sin sorpresa para mí, dada mi lentitud habitual para dar forma a una novela, en
dos meses acabé un texto de más de doscientas páginas. Al leerlo supe que había
recuperado el tono, pero también que éste estaba confundido en un bosque de múltiples
sonidos. De modo que me aboqué a la tarea de despojar a la palabra de todo
aquello que disimulaba u ocultaba su sustancia. Así, durante más de un año,
cayeron episodios superfluos, giros ampulosos, adjetivos y adverbios que
contaminaban el sustantivo y el verbo y distorsionaban su potente significación.
El libro quedó reducido a un centenar de páginas. Un amigo – Virgilio
Ortega- tras una gestión fallida me sugirió que se lo enviase a Mario Muchnik
y así lo hice a finales de 1992. Al cabo de una semana de habérselo enviado,
Mario me llama para decirme: «No sé qué decirte, es un libro extraño, se lo
he pasado a Jacobo (su padre), para que me aconseje». El libro fue publicado en
agosto de 1993, con un fragmento de Agonía en el jardín, de Andrea Mategna, ilustrando la portada.
Fue
así como aquel verano del 90, cuando, atrapado entre dos poderosas fuerzas
opuestas que cuestionaban mi presente, hallé el modo de reconocerme en mi
extranjeridad y de armonizar, aunque fuese por un instante, con el mundo. Uno de
los personajes que descubrí en esos días me hizo escribir: «...el
mundo, el mundo humano, es una palabra sin pasado, sin presente y sin futuro.
Una palabra que simplemente existe por un acto de voluntad. Es la lectura lo que
fragmenta el ser de la palabra en presente, pretérito y futuro. Pero la lectura
es también un acto de voluntad que perfecciona el mundo, porque evoca la
dimensión del todo y valora el esfuerzo del hombre por superar el dolor, aunque
este esfuerzo no sea más que un fugaz destello en el gran espacio».