El desertor en pena
(El
interior de la noche)
Antonio
Tello
a Juan Filloy
.... poco se supo de esta comarca siempre abatida por la
erosión de la tierra y de las almas.»
J.F.,
Urumpta
Aunque sabía que mis perseguidores continuaban
detrás
de mí, dejé que el caballo pastara junto a las osamentas
de una pobre bestia y su jinete. De pronto, la
tierra
que tanto conocía me era extraña. El paisaje de
la
memoria no se correspondía con ese vasto territorio facultado
de horizontes adonde me había arrastrado el
sueño
de don Gerónimo Luys de Cabrera.
El nieto del fundador de Córdoba La Llana de la
Nueva
Andalucía concibió la aventura de conquistar
la
Ciudad de los Césares, en los confines del Sur, al pie de
los Andes patagónicos. Los afanes del amor y la gloria
inspiraron al capitán la ilusión de apropiarse de la rica
urbe construida en mármol, oro y plata y empedradas
sus calles con topacios. esmeraldas, rubíes, diamantes
y aguamarinas. Tantas eran las riquezas que incandescían
a los hombres que decían haberlas visto, que
ninguno
refería si alguien vivía o no en la mítica ciudad.
Ni siquiera Hernando Arias de Saavedra, nombrado
Hernandarias, aquel que confirmó su existencia, si
bien nunca cruzó la puerta de la Trapalanda, pues
los
que lo hacían no regresaban jamás.
En pos de la fabulosa ciudad, que los nativos se empeñan
en llamar Urumpta, del amor de la hermosa Isabel,
hija de Hernandarias, y cuentan que también en pos de
un título de nobleza, partió don Gerónimo Luys rumbo
a la Cruz del Sur, con la venia del virrey Esquilache.
Una luenga vermícula de cinco leguas articulada de
soldados,
sastres, escribas, curas y familias hidalgas;
de
ganados bovino, ovino y caballar y carretas cargadas de vituallas
y de paño de Quito, Londres y Portoalegre, tafetán
de Castilla y México, delicada holanda, pelmilla y
adarmes de oro fino, constituía la ampulosa ambición
de
asentamiento.
Al cabo de un año de infructuosa búsqueda, el desaliento
y las penurias, la soledad y la incertidumbre y
el
acoso de las enfermedades y de los indios fueron menguando
la caravana. Disputas insignificantes al
principio
y conatos de motines después, precedieron las
deserciones y complicaron la vida de la expedición,
que
por entonces avanzaba apenas sostenida por el débil
aliento de un sueño.
De un modo casi imperceptible, los recuerdos familiares
y la añoranza me fueron ahogando y en las noches
comenzaron a asaltarme visiones de ciudades ignotas,
abigarradas y crueles. Tan vívidas eran estas
visiones,
tan equivoco el trazado de sus calles que no sólo
llegué a creer que pertenecían a una misma ciudad
maligna,
sino que eran una distorsión del sueño de
don
Gerónimo Luys.
Al final de uno de esos días de desconcierto, una
súbita
desesperación me comprometió en una querella
con
un sargento que había guerreado contra diaguitas y
calchaquíes. Todos estaban deseosos de violencia y tal
vez
por eso ninguno se interpuso entre nosotros. El sargento
era un extremeño cazurro, hábil con la alabarda,
pero
no tanto con la espada. Así que me bastaron unas pocas
acometidas para abreviarle la vida. Deserté.
Durante muchas jornadas cabalgué huyendo de la
partida
que salió por mí. Durante muchas jornadas he
galopado
a campo traviesa por la dudosa región de la Trapalanda,
situada por algunos en ese vasto territorio
que
hay entre los ríos Cuarto y Quinto que cursan la llanura.
Y siempre sobre mis huellas, la polvareda que
levantan
mis perseguidores. Aún cuando no distingo sus
presencias, sé que están detrás de mí. De día retumban
los cascos de sus caballos y de noche sisean sus
pasos
entre los pajonales, como un insidioso apremio del
trastornado sueño de don Gerónimo Luys.
Ciertos atardeceres, cuando el sol declina y en el aire sólo permanece
un tembloroso resplandor, me detengo en un altozano y suelo divisar, aunque
nuestros rumbos son diferentes, el errático andar de ese gusano de greda en
suspensión que es la caravana. Entonces, el viento levanta franjas de polvo
inferidas por los gritos secos de los sedientos y los mugidos agónicos de
alguna vaca. Después, las corrientes se llevan esas hilachas de aire y queda el
silencio. Entristecido por la visión, encaro enseguida alguno de los muchos
senderos fraguados por los matorrales, por el oculto tembladeral, por la grieta
donde vive la sabandija, por la boca de una vizcachera o el trajinar del indio.
Un día cualquiera. un gigantesco malón de indios pampas cruzó el
desierto. La tierra temblaba al paso
del
salvaje y de miles de cabezas vacunas, producto del latrocinio.
El profundo tropel rodaba con la prepotencia
del trueno sofocando los gritos indios y los alaridos de
las cautivas. Las pobres mujeres, con sus rostros desencajados,
perfilaban con sus melenas el mismo flamear
que las dinas de sus captores, contra el paisaje
turbio
de la tarde final. Tras de silos pampas incendiaron
los campos y las llamas alimentadas por la sed crecieron
devorando la llanura.
Aquéllos fueron días de resplandores violentos y
cielos
convulsos. Mientras los pajonales y matojos resecos
se consumían, cuanto animal y alimaña habitaba en
el desierto huía despavorido a favor del viento, cuyas
lenguas de aire incendiado chamuscaban cueros y plumajes,
corrían y se arremolinaban impregnadas de
humo
y olores ácidos. Las bestias, con el instinto aturdido,
buscaban las lagunas y las aguadas para salvarse
de
la muerte.
La glotonería del fuego duró hasta que la lluvia aplacó su deseo y la
tierra ofreció el espectáculo de su piel lacerada y humeante. En esos días
abrasados menudearon los espejismos, y en una ocasión alcancé a ver un chasqui
a lo lejos. Alcé el brazo a modo de saludo y como no contestó me lancé al
galope tras la sombra del jinete y su caballo. Poco antes del anochecer, se
desvaneció en un recodo invisible frustrando mis ansias de compañía.
Aquella galopada inútil me dejó tan solo que los bosquecillos de
churques y espinillos se me aparecieron como matorrales de silencio dispersos
sobre un silencio más hondo e inalterable. Y así fue, cuando cercado por la
soledad, que ellos, que prendían el fuego de su acampada para que yo supiera
que estaban allí, cometieron la malicia de encender varios fuegos en la
intemperie. Aunque ignoro la hora exacta, pues las nubes cubrían el cielo, sé
que fue al despuntar del primer sueño cuando percibí, en la humedad púbica de
la tierra, los pasos de la trama sobre el arenal. Y al alzar la cabeza sobre los
pastos, los fuegos saltaban de un lado a otro en una danza diabólica que hizo
relinchar de miedo mi caballo. A duras penas lo calmé prendiendo un fuego y
luego otro y otro hasta que volví a dormirme protegido por la confusión.
Después de este sucedido tuve conciencia de que no era más que un punto
ínfimo de esa llanura sin objeciones. Pensé en mis perseguidores. El mismo afán,
la misma pena nos justificaba. En la lejanía cada vez más huera de
sentimientos fui creciendo poco a poco y al llegar a la tapera, que había sido
el rancho donde viví con mi familia, recobré mi estatura.
Detrás de los adobes gastados por el tiempo y la ruina busqué cobijo y
al punto la noche se apropió de mi sombra. Dormí abandonado a la visión del
cielo, donde mi caballo resoplaba, corría y pastaba entre las estrellas. Imaginé
que soñaba y que oía las voces de los seres queridos que habitaron el rancho,
los gemidos del amor y también el correteo nocturno del zorro por el gallinero
inexistente. El olor de las sombras de mis perseguidores me despertó al alba y
desenvainé la espada. Presentí que atacarían enseguida, pero amaneció y sólo
descubrí sus huellas en el patio.
Cabalgué durante todo el día excitado por la proximidad del encuentro y
creo que le contagié el desasosiego al caballo, que cabeceaba de un lado a otro
olfateando
las aguadas. Al llegar la tarde, exhausto de horas
y contradicciones, sofrené el animal. Frente a mí ascendían
al cielo unos enormes médanos y su densidad
de
tierra cubría la llanura espolvoreando una niebla marrón
que mastiqué no sin temor. Aquella mole de
guadal
se desplazaba amenazadora como una oscura
premonición.
Mas no fue el miedo lo que me detuvo, sino
el asombro. En la hondonada reciente, la greda
había
dejado al descubierto una espada ganada por la herrumbre
y la puerta lítica de la Trapalanda. Aquélla que franqueaba el paso a la Ciudad de los Césares.
No la atravesé y en unos totorales cercanos hice
noche.
Por la madrugada mis perseguidores me atacaron. No
sé cuántos eran, salvo que eran muchos. En esa
hora
gris, cuando el frío de la tierra es parte del cuerpo, escuché
el subrepticio viboreo de los pasos entre las totoras
y al primero que saltó lo ensarté abortando su grito
de muerte. Después, la pampa constató el vuelo de
una
bandada de patos, la risa del chajá y el alboroto de
los teros alertados por la textura muelle de la agresión,
por el regurgitar de las maldiciones y los estertores
últimos.
Herido en el vientre, retrocedí hasta mi caballo y al
montar
perdí la espada. Atravesado en la montura como
un
augurio de mal agüero, traspuse la puerta de la Ciudad
y galopé hasta que la bestia desfogada rodó sobre
el
guadal bufando espumarajos, virando los ojos al sol abierto
en mil anillos ardientes, aquí, donde hemos
caído.
Donde, en este penar de ánimas, tropezamos con nuestras
osamentas.