El día
en que el pueblo reventó de angustia
Antonio
Tello
Y
de pronto en medio del desierto encapotado de
greda,
descubrimos que había un mundo árido más
allá
de nuestro pueblo. Un mundo en donde el sol
podía
correrse y quemar implacable nuestros cuerpos
y la soledad. Nosotros que vivimos siempre la
dulce
tibieza del mediodía perenne, nos
dimos
cuenta
de que todo podía ser cruel; aun el llanto de
los niños rompiendo el silencio sin fronteras.
Abandonamos
nuestro pueblo en una larga caravana:
gente, trastos y animales, reflejando en cada
rostro
polvoriento la tristeza del abandono. Pero
hoy
ya nada tenemos que hacer en el pueblo y caminamos:
con la cabeza gacha y la garganta seca,
a
paso moroso por la parecida vastedad de la pampa
seca. Pampa con lunares de paja brava hundiendo
en el horizonte su piel desolada. El sonsón múltiple
de pasos humanos y animales y los lamentos
habitan
el aire y los hombres no sienten la percusión
monótona de las viejas cacerolas. De vez en
cuando
algún perro nos alcanza, rezagado, tal vez,
husmeando
las matas en busca de comida. Durante
horas corrió un viento áspero. Después el viento
paró y sin que nadie dijera nada nos sentamos todos
mirando al frente de nuestro invisible camino.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero fue hasta
que el balido de una oveja nos sacó del inesperado
letargo y al instante recomenzó el redondo
gemido de las carretas. Las pajas, que siguen
inclinadas como temiendo volver a enfrentar al viento,
se defienden agudas de nuestro avance dejando
en los pies descalzos de los emigrantes las marcas
de sus impactos fugaces. Es extraño ver ahora a
las mujeres de nuestro pueblo vestidas de negro
y
envueltas en oscuros rebozos; ocultos sus rostros
bellos,
aun de aquellas con muchos años. Ya no
son
las mujeres de vestidos alegres que enfrentaban
las calles de polvorosas frescuras con sonrisas
inolvidables. Hoy sus polleras largas son flameantes
oscuridades; emblemas mudos de nuestro éxodo
a quién-sabe-dónde. Varias mulas rebuznaron al
mismo
tiempo, cargadas de enseres y recuerdos, y
pienso
si en la columna no vendrá también la peste.
Cada tanto cavamos una fosa y dejamos en ella a
un vecino: entrañable y anónimo mineral, abonando
el desierto, mientras su alma aletea silenciosa
al vacío, en busca de los azules pueblerinos
que dejamos atrás. Allí quedó también el viejo de
la
estación. Don Clemente Soria se llamaba y cuando
aparecía una vez al año el tren amarillo, él recibía
al forastero que bajaba y
le indicaba el
camino
al río. Era la única vez que don Clemente
se
levantaba de su silla, vieja de intemperie. Y el mismo
don Clemente tenía el aspecto de las cosas
abandonadas,
percudidas. Corrían muchas
historias
sobre su misión en la estación esperando siempre
el tren, que aparecía como un fantasma amarillo, el tercer domingo del año. Me doy cuenta
de
que estoy hablando de una fecha que jamás supe.
Tal vez porque me he fijado que el sol se
corre
hacia el oeste, casi imperceptiblemente y porque
ahora su luz fija el perfil negro de nuestros cuerpos
sobre el suelo que pisamos y, como una
mancha
premonitoria de nuestro destino, nos
sigue.
Decían que un desconocido le encargó vigilar
los trenes y recibir al forastero e indicarle el camino
al río, que sólo el recién llegado transitaba.
Camino rumbo al nacimiento del río, entre las
montañas.
Cuando esto sucedía y el extranjero cruzaba
el pueblo nadie salía de la casa pero lo espiábamos
por las ventanas. Nunca el viejo nos dijo qué
hablaba con el viajero del tren amarillo. Pero
como
todos teníamos la sensación de otra
cosa, más
lírica o romántica, surgió en algún momento
la
historia de un amor esperado. Don Clemente Soria,
terminaban los viejos muy viejos que contaban
la leyenda, se ha arrugado esperando en su
silla,
a aquella niña de vestido de gasa blanca, que un
día dejó la ronda y se fue en el tren amarillo.
Y
en adelante silla y viejo fueron uno, como yo con
mi guitarra. Cuando salimos del pueblo, porque
ya nada teníamos que hacer en él, don Clemente
arrastró su silla y fue lo único que trajo
consigo.
A medida que avanzamos por estos médanos lisos y blandos, se hace más nítido el graznido
de las aves, que aún no vemos. Hace un rato
no creíamos que fueran graznidos. Sin embargo
son graznidos corales que entonan una invariable
letanía llevada y traída por las brisas. Habíamos
ganado la cima redonda de un médano, cuando
divisamos sobre la superficie amplia, la nube de
tierra. Los perros empezaron a gimotear con la
cola
entre las patas y bajo los carretones. Las mulas
y los burros rebuznaron, tirando coces al vacío
y
se levantaron sobre las patas traseras. Todo es confusión
en medio de ladridos, corridas de ovejas,
que buscan refugio, mujeres que se esconden en
los carros, tintinear de ollas, corcovos y hombres
que corremos sin saber para qué. Un remolino
de tierra y cuervos, pensé, recordando los lejanos
graznidos. Detrás de las carretas y de los animales,
esperamos la tromba terrosa armados de cintos,
correas, palos, masticando el guadal y un
miedo
que nos hace orinar sin contenciones. La cosa
se nos viene con un tropel sordo y liviano que
el
remolino envuelve y mezcla con un fiero ladrar salvaje.
Cientos, miles de perros cimarrones son un
corneta
de estela marrón en su acometida hambrienta.
Lluvias de dentelladas y golpes enrojecidos
en la batalla, caen sobre la caravana, mientras
las
ovejas balan heridas o caen
despedazadas, volcando
sus tripas en la erosión del suelo. Algunas
mulas son desatadas de sus carretas y con tremendas
patadas levantan perros, que rayan el espacio
con sus aullidos. Las otras mulas, prisioneras
de
arneses y varas, caen pronto lanzando un ronquido
impotente, vulnerado en hilachas sangrientas.
Y sangrienta y gris es la masa amorfa que se desliza
de la cabeza partida de un perro salvaje.
Por
un instante contemplo la agonía en sus ojos
zarcos.
La contemplación es una lonja de piel y
carne
que otro me arranca del brazo izquierdo. Y furioso
sigo revoleando mi palo en el revoltijo. Las
cuerdas
de mi guitarra suenan doloridas a
cada mordisco
aéreo y como un ángel sé que me cuida
la
espalda. Atragantándose de gruñidos más allá
la
jauría se disputa una mujer y su cría y arrastra un
hombre cansado de lucha, devorándolos a los tres
excitada.
Todo es un mareo polvoriento y rojo. Un grito
desmesurado sale de mí sin poder contenerlo y
rebalsa
el ámbito flotante del espacio. Y en esa ingravidez
espacial escucho prolongarse mi alarido
hacia
un cosmos negro, sin pastos ni luces distantes y
quiero recordar las coplas que canté en el pueblo,
pero el grito es una queja ondulando en el
vacio:
Oye, globo de color
mi pueblo parió un dolor,
dolor es flaca arruga
que barremos con lechuga.
Lechuga es tierna planta
rebelde pa'l que no canta,
canta la brujita loca
endulzándose la boca.
Boca, huequito bostero
donde murió el manicero,
manicero, hombre viejo
muy afecto al consejo.
Consejo lengua motora
que sedujo a la pastora,
pastora me roba el beso
dejándome sin el queso.
Queso es un masacote
redondo como un escote
escote es curva mustia
empachada con angustia
Angustia peste del suelo
que llora sin más consuelo
consuelo es verde chañar
que no sirve ni pa'soñar.
Todavía
se balancean las voces de nuestro pueblo
simple
de arroyos perfumados y orillas limpias. Fue
como
una peste. Primero los gallos principiaron a
llorar, aunque nadie reparaba en ese lloro ni
tampoco
en que las gallinas entristecían hasta morir.
Después los carneros iniciaron un balido gemebundo
que tras algún tiempo hacía morir, también,
una a una a las ovejas. Lo mismo sucedió con
otros
animales. La alarma fue creciendo y la crisis
se produjo cuando la Casa de Flores Amarillas comenzó
a envejecer y la melancolía ganaba sus
flores,
que al desteñirse sembraban el pueblo de pétalos
blancos. Era como una nieve fragante que
nos
adormecía a cada brisa que venía de la sierra. El
antiguo sol de mediodía lanzaba intermitentemente
sobre nosotros bocanadas de calor que nos barrían
al interior de las casas. En las pausas notábamos
la confusión general, pero sabíamos que
alguien
había profanado la Casa de Flores Amarillas,
casa de bacantes
de labios boquiabiertos.
De hembras sexocaliente.
De palabras suspensas...
Alguien
había faltado en la Casa de Flores Amarillas,
casa de amantes divinas, de mujeres fértiles
de
un pueblo fértil. Alguien había. Las brisas perdían
su concepto al ganar la fuerza con la que revolvían
las aguas estancadas de las lagunas vecinas.
Aguas verdes de podridas plantas, hasta entonces
ocultas. Impotencia, desesperación y angustia
al vernos morir por Ellas. Como una sucesión
de
eruptos volcánicos, andanadas de nubes tapaban
el sol y largaban sobre nosotros masas transparentes de agua verde. Asustados los animales ganaban
los cerros y muchos de nosotros desde los techos
veíamos pasar muebles, artículos privados,
flores
pálidas, dobladas de muerte. De una muerte
que cargaba con los desechos deslucidos de la
gente
de mi pueblo. Una ráfaga violenta de perfume
y putrefacción arrasó los restos de la Casa
de
Flores Amarillas y por las calles inundadas pasó
el cortejo de cadáveres maravillosos de nuestras
amantes. Una bandada de pájaros
enlutados
oscureció
aun más el cielo cubierto de nubes verdeamarillas.
Fue un pequeño momento y no quedó
luego sino la desolación en el pueblo. Tras un recodo
se perdieron las muertas, los pájaros, el
viento
y las nubes. El sol estaba de nuevo sobre
nuestras
cabezas y nos abrasaba con el arco infinito
de sus colores incendiados. Lluvias verdes caerán
en otros lugares y una bruma amarilla y perfumada
los embriagará a todos pero no
sabrán
que
alguien ha. Las aguas comenzaron a retirarse
al
tercer momento de sol caliente, escondiéndose
en
un vapor amarillo-perfumado. Las aguas al irse dejaban
el paisaje desteñido. La superficie quedaba
blanca y del suelo granuloso emanaba una luz
azul,
sin fuerzas para encandilarnos, y supimos lo
que
era la sed. Una garra silenciosa que muerde
las
entrañas y revuelca a muchos hombres en los médanos
albos hasta que mueren boqueando y disolviendo
con los restos de saliva la sal del piso. Una
visión prolongada de vaivenes geográficos me
aturdió
y en la incandescencia de la siesta vi surgir
tras de las dunas salitrosas, oleadas de pétalos
azules.
Eran mariposas. Desde entonces sé que hay esperanzas
para el pueblo. Se lo dije a todos de la
misma
manera como lo hacía un hombre en una
vieja
película: saltando con su túnica blanca sobre los
vagones de un tren en el desierto arenoso. Yo
lo
hice saltando los carros desvencijados en medio de
las salinas.
Hoy el sol se ha corrido y una negrura
inasible nos invade borrándonos casi las figuras
y las sombras que nos seguían. Hoy sabemos
que la noche existe, que más allá de nuestro
pueblo
hay un mundo árido, en donde el sol se corre
y quema implacable los cuerpos y la soledad.
Con
un desierto por donde vagan perros cimarrones
y el llanto de los niños puede ser cruel. Pero nosotros
tenemos una mariposa azul. Eso les dije
saltando
los carretones en medio de frágiles revoloteos.
Fue desde ese instante que comenzaron a
llamarme
Comandante Ordóñez, olvidando que yo canté
sus coplas y aún llevo mi guitarra en bandolera.