El extranjero
(De cómo llegó la nieve)
Antonio Tello
Yo pensaba que si algún día el regresaba a su tierra, como
efectivamente sucedió, también allí sería un extraño entre su gente. Y lo
es. Cuentan que en los momentos de descanso que se da, relata a los curiosos que
se acercan a él el viejo sueño de las planicies nevadas y las batallas
invisibles, los pueblos que se hundieron y aquellos otros que se subastaron
durante la tormenta.
«En
la batalla de San Carlos -dicen que cuenta el viejo Manuel T.-, los indios
desmontaron de sus caballos y el choque de las lanzas fue de muerte. Los
soldados que presenciaron el duelo
entre los salvajes sintieron la alegría de la traición, mientras los guerreros
de Calfucurá temblaban de furia. La victoria fue derrota y entre el polvo
cabalgaron los sobrevivientes más allá de las salinas, al otro lado del
Río Negro. Esa fue la última batalla de Calfucurá y casi el fin de la guerra.
El cacique murió y su olor a difunto se confundió con la grasa de potro y los
piojos que habitaban el toldo. El chajá se rió en la noche y en la distancia.
La carroña del gran jefe revoloteó sobre los muertos de San Carlos y les
arrebató el odio. Y voló, porque mi abuelo, que despenó tantos infieles como
nunca llegó a contar su memoria, también yacía allí, con el cráneo abierto
de un bolazo, los testículos en la boca y en su cara una mueca irreconciliable.
Así terminó una guerra y comenzaron otras, aunque tanto Calfucurá como mi
abuelo ya habían muerto.»
Antes de marcharse Manuel T. recorrió todas las bibliotecas y librerías de la ciudad. Su casa, que también estaba llena de libros, expuso a los escasos visitantes un desorden inusual. Estanterías revueltas, libros abandonados en cualquier rincón mostrando historias parciales, acciones inconclusas o emociones interrumpidas por la búsqueda afanosa de Manuel T., quien poco a poco se iba consumiendo en la tarea, eran la demostración de que algo había conmovido nuevamente su vida.
Por supuesto, ante tal cambio en la conducta de este hombre, nacieron las
conjeturas y algunos pensaron en que mucho tenía que ver una hermosa mujer que,
durante algún tiempo, convivió con él, hasta que cierto día desapareció de
improviso. Cuando el rumor creció y desbordó se supo que aquella mujer se
llamaba Matilde, que era su amante o su esposa y que por ignoradas razones había
regresado a su tierra abandonándolo.
Otra versión sobre el extraño proceder del señor Manuel T., pero que
no tuvo demasiado eco entre los vecinos, tal vez por su sencillez, fue aquélla
que explicaba que hacía dos meses no recibía carta de su madre. Estas cartas
eran reconocibles por el color del sobre y un vecino llegó a contar que le había
visto leer la última y palidecer y estremecerse por primera vez desde que vivía
allí. Nunca pude saber en qué circunstancias y por qué motivos aquel vecino
presenció la lectura de la carta, ni tampoco por qué razón he preferido creer
este cuento a los otros. Tal vez lo creí porque en cierta ocasión pude ver que
todos los libros leídos por Manuel T. tenían frases subrayadas, anotaciones,
reflexiones, y se me dio por pensar que en el fondo de su comportamiento había
algo literario. Sospeché que buscaba su norte en algún libro o frase o verso
que en cierto momento de su vida le había servido de referencia, de punto de
partida o algo parecido que había olvidado. Al fin y al cabo Manuel T. era un
poeta. Después, cuando comenzó a recorrer todas las bibliotecas y librerías
de la ciudad buscando un libro, casi pude confirmar lo que había intuido.
Manuel T., al que habían comenzado a llamar «el viejo Manuel» por lo mucho
que había envejecido, gastó muchas horas de muchos días detrás de un libro
que al fin encontró. Pero con esto no terminó su búsqueda.
Durante las primeras semanas algunos curiosos se detenían frente a su
puerta esperando alguna novedad, pero no ocurrió nada, salvo que el viejo
Manuel leyó una y mil veces el libro sin hallar lo que buscaba. Así, una mañana
de primavera abrió la ventana de su dormitorio
y muchos niños que iban al
colegio vieron, creyéndolas cometas, las páginas del libro que él destrozaba
furioso.
Al llegar el verano Manuel T. se marchó tal como había venido, con una
pequeña y vieja maleta, y regresó a su tierra, donde, según cuentan, también
allí es extranjero.
Al parecer, en cuanto llegó a su país alquiló un auto y viajó hasta
su ciudad natal, pero no la reconoció sino al cabo de unos meses. Ningún
rostro le era familiar, tampoco el nombre ni el trazado de las calles. El
paisaje le era mezquino comparado con el recuerdo. Pronto las gentes supieron de
un forastero que caminaba por calles, plazas, fuentes, preguntando por avenidas,
edificios y nombres ignorados, hasta que un anochecer del quinto mes de estancia
encontró una casa y se estremeció. Preguntó si en ella había vivido la señora
T. o alguien de su familia, pero sus habitantes no supieron darle razón;
entonces preguntó si por casualidad en esa casa habían hallado muchos libros y
le dijeron que sí y que la vieja que los dejó había muerto en el hospital San
Roque. Vio los libros que quedaban y la humedad de la lectura y la grafía de
antiguas anotaciones le excitaron, sin embargo no halló lo que buscaba. Insistió
y los nuevos moradores de la casa le explicaron que no sabían cómo esos libros
se habían salvado de la quema hecha por los soldados del General, cuando ellos
eran adolescentes. Esos debían de ser los últimos libros que quedaban en la
ciudad, esos y los que un cura, que cierto día desapareció, quizás fusilado,
quizás perdido, enterró en bolsas de polietileno en la Cabeza del Indio, como
llamaban antiguamente a una colina de las afueras de la ciudad y donde dicen se
levantó un fuerte llamado Lavalle.
Aún en estos días suelo escuchar a algunos viajeros, comerciantes y
turistas que van hacia los países del Sur, que un viejo llamado Manuel T. cava
afanosamente desde hace muchos años, nadie precisa cuántos, la arena de una
colina y narra antiguas leyendas para ganarse el pan.