El extranjero

(De cómo llegó la nieve)

Antonio Tello 


     El señor Manuel T., cuentan, tenía cuarenta y dos años cuando recibió la última carta de su madre. Desde hacía veinte el cartero le traía una todos los meses, pero él nunca las contestó. Según dicen, Manuel T. contó a algunos amigos íntimos que todas las noches soñaba el mismo sueño: soñaba con grandes planicies nevadas y con invisibles batallas más allá de la blancura. Eso dicen que soñaba, porque el tal Manuel T. era un hombre extraño que hablaba de cosas también extrañas. Digo extrañas queriendo decir que él y sus historias eran extranjeros, venían de lugares sólo conocidos a través de la geografía escueta de los periódicos, siempre parcos de palabras y tal vez de verdades. Muchos tenían al señor Manuel T. por hombre egoísta, soberbio e insensato; otros pensaban que era cruel e inhumano, influidos, posiblemente, por una fea cicatriz que tenía en su oreja izquierda; y los terceros decían que era un excéntrico, cuando no un infeliz solitario y escéptico. Sin embargo, creo que la palabra más exacta, la que además de definirlo le otorgaba esa aureola insolidaria, era extranjero.

   Yo pensaba que si algún día el regresaba a su tierra, como efectivamente sucedió, también allí sería un extraño entre su gente. Y lo es. Cuentan que en los momentos de descanso que se da, relata a los curiosos que se acercan a él el viejo sueño de las planicies nevadas y las batallas invisibles, los pueblos que se hundieron y aquellos otros que se subastaron durante la tormenta.

«En la batalla de San Carlos -dicen que cuenta el viejo Manuel T.-, los indios desmontaron de sus caballos y el choque de las lanzas fue de muerte. Los soldados que presenciaron  el duelo entre los salvajes sintieron la alegría de la traición, mientras los guerreros de Calfucurá temblaban de furia. La victoria fue derrota y entre el polvo  cabalgaron los sobrevivientes más allá de las salinas, al otro lado del Río Negro. Esa fue la última batalla de Calfucurá y casi el fin de la guerra. El cacique murió y su olor a difunto se confundió con la grasa de potro y los piojos que habitaban el toldo. El chajá se rió en la noche y en la distancia. La carroña del gran jefe revoloteó sobre los muertos de San Carlos y les arrebató el odio. Y voló, porque mi abuelo, que despenó tantos infieles como nunca llegó a contar su memoria, también yacía allí, con el cráneo abierto de un bolazo, los testículos en la boca y en su cara una mueca irreconciliable. Así terminó una guerra y comenzaron otras, aunque tanto Calfucurá como mi abuelo ya habían muerto.»

   Antes de marcharse Manuel T. recorrió todas las bibliotecas y librerías de la ciudad. Su casa, que también estaba llena de libros, expuso a los escasos visitantes un desorden inusual. Estanterías revueltas, libros abandonados en cualquier rincón mostrando historias parciales, acciones inconclusas o emociones interrumpidas por la búsqueda afanosa de Manuel T., quien poco a poco se iba consumiendo en la tarea, eran la demostración de que algo había conmovido nuevamente su vida.

  Por supuesto, ante tal cambio en la conducta de este hombre, nacieron las conjeturas y algunos pensaron en que mucho tenía que ver una hermosa mujer que, durante algún tiempo, convivió con él, hasta que cierto día desapareció de improviso. Cuando el rumor creció y desbordó se supo que aquella mujer se llamaba Matilde, que era su amante o su esposa y que por ignoradas razones había regresado a su tierra abandonándolo.

   Otra versión sobre el extraño proceder del señor Manuel T., pero que no tuvo demasiado eco entre los vecinos, tal vez por su sencillez, fue aquélla que explicaba que hacía dos meses no recibía carta de su madre. Estas cartas eran reconocibles por el color del sobre y un vecino llegó a contar que le había visto leer la última y palidecer y estremecerse por primera vez desde que vivía allí. Nunca pude saber en qué circunstancias y por qué motivos aquel vecino presenció la lectura de la carta, ni tampoco por qué razón he preferido creer este cuento a los otros. Tal vez lo creí porque en cierta ocasión pude ver que todos los libros leídos por Manuel T. tenían frases subrayadas, anotaciones, reflexiones, y se me dio por pensar que en el fondo de su comportamiento había algo literario. Sospeché que buscaba su norte en algún libro o frase o verso que en cierto momento de su vida le había servido de referencia, de punto de partida o algo parecido que había olvidado. Al fin y al cabo Manuel T. era un poeta. Después, cuando comenzó a recorrer todas las bibliotecas y librerías de la ciudad buscando un libro, casi pude confirmar lo que había intuido. Manuel T., al que habían comenzado a llamar «el viejo Manuel» por lo mucho que había envejecido, gastó muchas horas de muchos días detrás de un libro que al fin encontró. Pero con esto no terminó su búsqueda.

   Durante las primeras semanas algunos curiosos se detenían frente a su puerta esperando alguna novedad, pero no ocurrió nada, salvo que el viejo Manuel leyó una y mil veces el libro sin hallar lo que buscaba. Así, una mañana de primavera abrió la ventana de su dormitorio  y muchos  niños que iban al colegio vieron, creyéndolas cometas, las páginas del libro que él destrozaba furioso.

   Al llegar el verano Manuel T. se marchó tal como había venido, con una pequeña y vieja maleta, y regresó a su tierra, donde, según cuentan, también allí es extranjero.

   Al parecer, en cuanto llegó a su país alquiló un auto y viajó hasta su ciudad natal, pero no la reconoció sino al cabo de unos meses. Ningún rostro le era familiar, tampoco el nombre ni el trazado de las calles. El paisaje le era mezquino comparado con el recuerdo. Pronto las gentes supieron de un forastero que caminaba por calles, plazas, fuentes, preguntando por avenidas, edificios y nombres ignorados, hasta que un anochecer del quinto mes de estancia encontró una casa y se estremeció. Preguntó si en ella había vivido la señora T. o alguien de su familia, pero sus habitantes no supieron darle razón; entonces preguntó si por casualidad en esa casa habían hallado muchos libros y le dijeron que sí y que la vieja que los dejó había muerto en el hospital San Roque. Vio los libros que quedaban y la humedad de la lectura y la grafía de antiguas anotaciones le excitaron, sin embargo no halló lo que buscaba. Insistió y los nuevos moradores de la casa le explicaron que no sabían cómo esos libros se habían salvado de la quema hecha por los soldados del General, cuando ellos eran adolescentes. Esos debían de ser los últimos libros que quedaban en la ciudad, esos y los que un cura, que cierto día desapareció, quizás fusilado, quizás perdido, enterró en bolsas de polietileno en la Cabeza del Indio, como llamaban antiguamente a una colina de las afueras de la ciudad y donde dicen se levantó un fuerte llamado Lavalle.

   Aún en estos días suelo escuchar a algunos viajeros, comerciantes y turistas que van hacia los países del Sur, que un viejo llamado Manuel T. cava afanosamente desde hace muchos años, nadie precisa cuántos, la arena de una colina y narra antiguas leyendas para ganarse el pan.