El hijo del arquitecto

Novela, Anaya & Mario Muchnik, 1993


 
  
Críticas:
  • Crear el universo. Jacobo Manchover. Diario 16, 2 de junio de 1994:

Cualquier creador tiene en sus manos el destino del mundo. A veces, su obra es un mero eslabón de una cadena infinita. A veces es un compendio de la historia del mundo. Entre esos dos postulados no hay término medio. Un artista aspira siempre a crear el universo. Sobre todo cuando se trata de un arquitecto, un inventor de quimeras, que pretende con cada edificio alcanzar el cielo, codearse con Dios, alcanzar la posteridad o, lo que es casi lo mismo, la inmortalidad.

En la novela de Antonio Tello el arquitecto es un constructor de catedrales, un artesano de lo inútil, de lo inacabable. Su oficio lo va aprendiendo a través de un largo recorrido iniciático, un vagabundeo sin rumbo fijo, que le lleva de Assur a Yerushalayim, pasando por Ninive y Babilonia, por Bagdad y Córdoba, en una sucesión de siglos y de historias que hace caso omiso de una cronología racional. Esta historia pertenece al mito, a un tiempo diferente al nuestro, al de la contemporaneidad. Basta con que esté situada en la antigüedad para percibir que se está hablando de nuestra vocación eterna, fuera de cualquier contingencia de tiempo y de espacio. El hijo prosigue el trabajo emprendido por el padre, como su propio hijo lo hará él también. Pero la cadena se rompe porque ocurre un accidente, una voluntad total de pureza, inalcanzable. Y lo que era una aventura humana dirigida hacia un solo sentido, el progreso, se vuelve una ruptura total, una tragedia.

El hijo del arquitecto es un libro corto como muchas novelas esenciales, en que lo superfluo queda eliminado como expresión de un verborreo inútil, en provecho de un ritmo lancinante, de una oración poética, donde la palabra es a la vez concepto e imagen, un punto de referencia hacia un más allá cercano. Antonio Tello, argentino exiliado, residente en España desde 1976, ha incluido su errancia en una errancia universal, buscando nuevos derroteros para una metáfora que admite innumerables lecturas, como el gesto del padre que muere por haber buscado la perfección y por haberse engañado a sí mismo en su carrera hacia el absoluto y hacia la gloria. Los constructores de catedrales saben que su obra no tiene fin, que en medio de la tarea llegará la muerte o la catástrofe anunciada y que, sin embargo, cada piedra quedará como testimonio de los hombres en tiempo de paz o de guerra, en un universo mítico o vulgarmente real.

 

  • IMAGINEM, nº 14, 1994: 

A veces, y por razones bastante oscuras, el mundo editorial esconde a los lectores ciertas obras que merecerían ocupar el primer plano de estanterías y escaparates. El azar, sin embargo, suele conspirar para que algunas de esas obras vean la luz a través del diminuto ojo de una cerradura. Es el caso de El hijo del arquitecto, publicado por Anaya & Mario Muchnik, relato breve y denso nacido de los dedos y la erudición de Antonio Tello. Partiendo de la fabulosa leyenda de la Torre de Babel, Tello nos lleva  a través de territorios asombrosos donde la historia y la fábula componen un fresco de extraordinaria textura, pleno de criaturas que nutren el relato de peripecias y poesía. La excusa de la arquitectura es el fundamento de una visión del mundo, descrita en la voz de constructores de maravillas que tiemblan ante la misteriosa belleza de la piedra. No diré, como es aburrida costumbre, que se trata de una de las mejores novelas de los últimos años ni que su estatura literaria destaca en el panorama literario español. No porque no sea cierto, sino porque Tello es, básicamente, un ser dotado para contar historias y esa virtud, o condena, no tiene nada que ver con el marketing ni los éxitos de ventas. Sólo cabe reclamar que no nos haga esperar demasiado para tener su próximo invento.